Detectan contaminantes ambientales en niños de cero a dos años
Durante los primeros veinticuatro meses de vida, el cerebro se construye a una velocidad crítica. Un estudio detecta contaminantes ambientales y metales neurotóxicos en niños de cero a dos años, una exposición silenciosa que podría condicionar su desarrollo futuro.
Por Enrique Coperías, periodista científico
Durante los dos primeros años de vida, el cerebro humano crece a una velocidad vertiginosa. Se forman millones de conexiones neuronales cada segundo, se consolidan funciones motoras y cognitivas básicas y se sientan las bases del lenguaje, la atención y la interacción social. Es una etapa decisiva, pero también extremadamente vulnerable.
Un nuevo estudio realizado en Sevilla (España) pone cifras y nombres a una amenaza silenciosa: la exposición ambiental de bebés y niños pequeños a una mezcla de metales y metaloides neurotóxicos presentes en el entorno urbano y rural.
La investigación, publicada en la revista científica Environmental Pollution, ha analizado muestras de cabello infantil de 254 niños y niñas de entre seis y veinticuatro meses de edad que nacieron entre 2020 y 2022 en dos hospitales públicos de la capital andaluza. Los resultados son tan claros como inquietantes: todos los menores analizados presentaban en su organismo al menos dos contaminantes ambientales, y la media superaba los ocho metales por niño. En algunos casos, se detectaron hasta diez contaminantes simultáneos.
Qué contaminantes se encuentran en los niños pequeños
El estudio se centra en diez metales y metaloides: aluminio, cromo, manganeso, níquel, cobre, zinc, arsénico, selenio, cadmio y plomo. Algunos de ellos son elementos esenciales para el organismo en cantidades muy pequeñas, como el cobre y el zinc, pero pueden resultar tóxicos cuando se acumulan o interactúan entre sí.
Otros, como el plomo, el arsénico y el cadmio, no cumplen ninguna función biológica conocida y están ampliamente reconocidos por sus efectos perjudiciales sobre el neurodesarrollo infantil.
Para medir esta exposición crónica a contaminantes, los investigadores utilizaron el cabello como biomarcador. A diferencia de la sangre o la orina, el pelo permite reconstruir una historia más larga de contacto con contaminantes ambientales y hacerlo además de forma no invasiva, algo especialmente relevante en población infantil. Las muestras se recogieron a los seis, doce, dieciocho y veinticuatro meses, lo que permitió observar cómo evolucionaba la presencia de metales a lo largo del tiempo.
A mayor carga de metales, peores puntuaciones en varias áreas del desarrollo neurológico
Los resultados muestran un patrón común: las concentraciones de metales eran más altas a los seis meses de vida y tendían a disminuir con la edad. Sin embargo, esta reducción no elimina el problema. En más del 90 % de los niños se detectaron aluminio, manganeso, plomo, cobre, zinc, cromo y selenio. El arsénico apareció en más de la mitad de los casos y el cadmio en casi uno de cada dos. El plomo, uno de los neurotóxicos más estudiados, estaba presente en el 94 % de las muestras.
La pregunta clave es qué significa esta exposición temprana para el desarrollo infantil. Para responderla, el equipo evaluó a los menores con el Inventario de Desarrollo Battelle, una herramienta ampliamente utilizada en pediatría para medir habilidades motoras, cognitivas, lingüísticas, adaptativas y socioemocionales.
Aunque la mayoría de los niños se situaban dentro de los rangos considerados normales para su edad, los análisis estadísticos revelaron una relación preocupante: a mayor carga de metales, peores puntuaciones en varias áreas del desarrollo neurológico.
Cómo afectan el plomo y el arsénico al desarrollo infantil
El arsénico destaca como el elemento con una asociación más fuerte y consistente. Su presencia se relacionó con puntuaciones más bajas en todas las áreas evaluadas: desarrollo cognitivo, lenguaje, motricidad, adaptación y habilidades sociales.
Por su parte, el aluminio y el manganeso también mostraron correlaciones negativas significativas con el desarrollo global y con varios dominios específicos. Y el plomo se asoció especialmente con peores resultados en el lenguaje infantil y la función cognitiva.
Lo más relevante no es solo el efecto de cada metal por separado, sino su acción combinada. Los investigadores subrayan que los niños no están expuestos a un único contaminante aislado, sino a auténticos cócteles químicos ambientales cuyos efectos pueden potenciarse entre sí.
Cuando se analizó el impacto del conjunto de metales detectados, ajustando por edad, sexo y nivel educativo materno, se observó una asociación negativa significativa con el desarrollo global, así como con las áreas personal-social, cognitiva y del lenguaje.
Diferencias entre niños y niñas
El estudio también revela diferencias por sexo. Las niñas presentaron concentraciones significativamente más altas de aluminio, cobre y plomo que los niños, y en ellas las asociaciones negativas entre contaminación ambiental y desarrollo fueron más marcadas.
Aunque las causas no están claras, los autores del estudio apuntan a posibles diferencias biológicas en el metabolismo de los metales o en la vulnerabilidad del sistema nervioso en etapas tempranas.
El contexto ambiental de Sevilla ayuda a entender estos resultados. La ciudad y su área metropolitana combinan varios factores de riesgo: tráfico intenso, contaminación del aire, partículas en suspensión con metales pesados, proximidad a zonas con pasado minero, como la faja pirítica ibérica, y amplias áreas agrícolas donde se utilizan pesticidas y fungicidas con compuestos metálicos.
Todo ello configura un entorno donde la exposición crónica a bajas dosis de contaminantes es prácticamente inevitable.
Por qué los dos primeros años son críticos
A diferencia de las grandes catástrofes ambientales, estas exposiciones son invisibles y silenciosas. No provocan síntomas agudos ni generan alarmas inmediatas, pero pueden tener efectos a largo plazo.
Numerosos estudios previos han vinculado la exposición infantil a metales con menor cociente intelectual, dificultades de aprendizaje, problemas de atención y comportamiento, e incluso peores resultados académicos años después.
Este trabajo aporta evidencia específica para los dos primeros años de vida, una etapa crítica del desarrollo cerebral que había sido menos estudiada.
Implicaciones para la salud pública
Los autores insisten en que los niveles detectados no implican necesariamente una patología inmediata ni permiten hacer diagnósticos individuales. Sin embargo, sí funcionan como indicadores de riesgo a nivel poblacional.
La combinación de exposición ambiental y factores sociales —como el nivel educativo de la madre, que en este estudio se asoció positivamente con mejores resultados en lenguaje y desarrollo social— dibuja un escenario donde las desigualdades en salud pueden amplificarse desde la cuna.
La principal conclusión es clara: incluso en ciudades no industrializadas, la vigilancia ambiental, la biomonitorización infantil y el control de contaminantes ambientales deberían formar parte de las políticas de salud pública. Reducir la contaminación del tráfico, controlar el uso de metales en agricultura, mejorar la calidad del aire y del suelo y prestar atención a los determinantes sociales de la salud no son solo medidas ecológicas, sino inversiones directas en el desarrollo cognitivo y emocional de las futuras generaciones.
Porque, como recuerda este estudio, los contaminantes ambientales no entienden de edades ni de clases sociales, pero sus efectos sobre el neurodesarrollo infantil sí pueden dejar huella para toda la vida.
TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR:
👶 Bacterias modificadas genéticamente podrían descomponer el nailon no reciclable de la ropa
Información facilitada por la Universidad de Sevilla
Fuente: María Quintana-Mejía, María G. Hinojosa, Ana I. Garrido, Marta González, Antonio Millán, Laura Acosta, Ángela Periañez, Isabel M. Moreno. Exposure to mixed metals/metalloids in early childhood: a cross-sectional cohort study in children from Sevilla, Southern Spain. Environmental Pollution (2025). DOI: https://doi.org/10.1016/j.envpol.2025.127261

