La muerte del Sol podría desmantelar el Sistema Solar antes de lo previsto
La pérdida irregular de masa del Sol durante su evolución como gigante roja podría alterar las órbitas de Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno. Un estudio basado en 672 simulaciones plantea que la desestabilización del Sistema Solar exterior puede comenzar antes de que nuestra estrella se convierta en una enana blanca como resultado de su envejecimiento.
Por Enrique Coperías, periodista científico
Un Sol moribundo sacude las órbitas de los planetas gigantes en esta ilustración conceptual del posible futuro del sistema solar. Imagen generada con IA. Crédito: IA-DALL-E / RexMolón Producciones
Saturno expulsado hacia el espacio interestelar. Urano y Neptuno intercambiando posiciones. Las órbitas ordenadas de los planetas gigantes —Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno— convertidas en trayectorias alargadas que permiten encuentros peligrosos. Estas escenas aparecen en simulaciones de un futuro remoto y tienen un responsable inesperado: el propio Sol.
Un nuevo estudio plantea que nuestra estrella, al desprenderse de sus capas exteriores durante su agonía, podría desorganizar el Sistema Solar mucho antes de lo que indicaban los cálculos anteriores. Incluso antes de convertirse en una enana blanca, el pequeño y denso remanente que dejará tras su último estertor.
El trabajo, publicado en The Astrophysical Journal Letters, lo firman Konstantin Batygin y Jim Fuller, del Instituto de Tecnología de California, y Fred C. Adams, de la Universidad de Míchigan. Su conclusión depende de un detalle que los modelos habían simplificado: cómo pierde masa una estrella envejecida.
Si el gas sale de forma suave y equilibrada, los planetas pueden conservar el orden. Si escapa en grandes expulsiones irregulares, cada una provoca un pequeño retroceso de la estrella. Miles de esos impulsos pueden acabar alterando las órbitas.
Qué pasará cuando el Sol se convierta en una gigante roja
La muerte del Sol pertenece a una escala temporal difícil de imaginar. Dentro de unos 5.000 millones de años agotará el hidrógeno de su núcleo y comenzará a abandonar su etapa actual.
Después se hinchará hasta convertirse en una gigante roja, una estrella de poca masa capaz de engullir Mercurio y Venus, y posiblemente también la Tierra.
Más adelante expulsará sus capas externas y dejará al descubierto su núcleo. La investigación de Batygin y sus colegas analiza cómo podrían atravesar esa transformación los cuatro planetas gigantes y cuánto tiempo conservarían sus órbitas después.
Por qué los planetas gigantes parecían a salvo
Hasta ahora, Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno parecían disponer de una larga prórroga. Los cálculos que incorporaban la pérdida de masa solar y los encuentros con otras estrellas situaban el desmantelamiento del sistema exterior en unos 30.000 a 100.000 millones de años. El argumento era razonable: al perder masa, el Sol ejercería una atracción menor y las órbitas se ampliarían.
Los cuatro mundos gigantes seguirían girando alrededor de su remanente solar, aunque a mayor distancia, hasta que una estrella de paso perturbara el conjunto.
Batygin y sus colegas comenzaron su trabajo comprobando esta versión. Cuando hicieron que el Sol perdiera masa de forma gradual, Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno mantuvieron una organización muy parecida a la actual. En su modelo, la estrella termina con aproximadamente el 54 % de su masa inicial y las órbitas se ensanchan por un factor de 1,85. Cambia el tamaño del sistema, pero se conservan las proporciones entre los tiempos que tardan los planetas en completar sus vueltas. Las simulaciones prolongadas no mostraron incidentes durante 3.000 millones de años.
El Sol, observado en ultravioleta por el observatorio SDO. Durante su agonía, la expulsión irregular de sus capas externas podría alterar las órbitas de los planetas gigantes. Cortesía: SDO/AIA.
Cómo la pérdida de masa del Sol puede alterar las órbitas
La pista para revisar ese desenlace viene de estrellas que ya han pasado por este trauma. Las observaciones del satélite europeo Gaia indican que las enanas blancas recién formadas reciben pequeños cambios de velocidad, del orden de 0,75 kilómetros por segundo. Ese retroceso requiere que la estrella expulse materia de manera asimétrica.
Una posible explicación es que la envoltura estelar se desprenda en expulsiones sucesivas y orientadas en distintas direcciones, en lugar de salir de manera uniforme.
La física nos recuerda que se asemeja al retroceso de un arma o al movimiento de un cohete: cuando el material sale hacia un lado, el cuerpo que lo expulsa recibe un impulso en sentido contrario. En una estrella gigante, las pulsaciones y los grandes movimientos del gas podrían lanzar esas bocanadas. Las imágenes de estrellas evolucionadas y las simulaciones de sus atmósferas ofrecen indicios de estructuras irregulares. Sin embargo, la forma exacta que adoptará la pérdida de masa del Sol sigue siendo una incertidumbre decisiva.
Según explican los autores, la estabilidad futura de los planetas exteriores depende de cuánta materia salga en cada expulsión. Esa es una de las ideas centrales del artículo: perder la misma cantidad total de masa puede tener consecuencias muy diferentes según cómo se reparta el proceso. Muchas expulsiones diminutas producen una evolución relativamente tranquila; episodios mayores introducen sacudidas capaces de reorganizar el sistema.
Para explorar esa diferencia, el equipo realizó 672 simulaciones combinando distintos tamaños de expulsión y direcciones aleatorias de los impulsos. En su escenario de referencia, compatible con los retrocesos observados, el Sol recibe alrededor de 4.600 pequeñas sacudidas. Cada una modifica su velocidad en unos pocos metros por segundo. Como llegan cuando los planetas se encuentran en diferentes puntos de sus órbitas, sus efectos se acumulan de manera irregular y no se cancelan por completo.
Qué dicen las simulaciones sobre los planetas gigantes
Las consecuencias para la configuración del Sistema Solar pueden ser profundas. Las perturbaciones pueden alargar la órbita de Neptuno, modificar las inclinaciones de los planetas y reducir las separaciones que los protegen de encuentros cercanos. Cuando las regiones recorridas por dos mundos gigantes se solapan, su interacción gravitatoria puede alterar sus trayectorias o expulsar a uno de ellos del sistema.
Los investigadores señalan que, en algunos escenarios, la inestabilidad acompaña a la muerte del Sol y comienza cuando todavía es una gigante roja. En la variante que extiende las expulsiones irregulares a las distintas etapas de gigante, alrededor del 40 % de las simulaciones del escenario de referencia muestra desorganización o fuertes alteraciones orbitales antes de formarse la enana blanca.
En una de las secuencias estudiadas, Saturno es expulsado apenas unos millones de años después de formarse el remanente.
Otros desenlaces se hacen esperar. Hay sistemas que parecen ordenados al terminar la pérdida de masa y se desestabilizan cientos de millones de años después. En el escenario de referencia, el 96 % de las simulaciones de la variante más amplia resulta inestable dentro de los 3.000 millones de años siguientes a la formación de la enana blanca. Si las expulsiones se restringen a la última etapa de gigante, donde este comportamiento está mejor respaldado, la cifra es del 83 %.
Recreación artística del satélite Gaia, cuyas observaciones han revelado pequeños retrocesos en enanas blancas recién formadas, una pista sobre la futura agonía del Sol. Cortesía: ESA / ATG
Qué sabemos y qué sigue siendo incierto
Estas cifras dependen de cómo pierda masa el Sol y no deben interpretarse como una predicción definitiva del futuro del sistema solar. Para que el caos comience ya en la primera fase de gigante roja, las expulsiones irregulares de gas tendrían que producirse también en esa etapa, una posibilidad que cuenta con menos respaldo.
El desenlace depende, además, de cuánta materia escape en cada bocanada y de si su dirección es independiente de las anteriores. Si el gas sale en episodios suficientemente pequeños, los planetas pueden conservar buena parte de su estabilidad.
El azar también puede crear nuevas regularidades. Algunas simulaciones terminan con parejas de planetas cuyas vueltas quedan coordinadas en una resonancia orbital. Júpiter y Saturno pueden aproximarse a una relación de cinco vueltas del primero por cada dos del segundo; Urano y Neptuno, a una de dos por una. Estas configuraciones aparecen sobre todo con sacudidas intermedias. Sin embargo, entrar en una resonancia tampoco garantiza la supervivencia cuando las perturbaciones son grandes.
Qué sabemos y qué sigue siendo incierto
Los retrocesos de las enanas blancas aportan evidencia observacional de pérdida asimétrica de masa. Interpretarlos como el resultado de expulsiones independientes, de determinados tamaños y direcciones, constituye el mecanismo que explora el modelo.
Adelantar el caos a la primera fase de gigante roja requiere extender a esa etapa un comportamiento menos establecido. Con expulsiones suficientemente pequeñas, los planetas conservan gran parte de su estabilidad. Por eso, los porcentajes describen las simulaciones estudiadas y no una probabilidad definitiva para el Sistema Solar.
El trabajo también propone consecuencias observables. Como destacan los autores, las alteraciones tardías podrían llevar restos de cuerpos rocosos hacia las enanas blancas, ayudando a explicar el material planetario detectado en sus atmósferas. La expulsión de gigantes contribuiría a la población de planetas errantes, que viajan sin una estrella.▪️(13-octubre-2026)
🕒 LO MÁS IMPORTANTE DEL ESTUDIO, EN 30 SEGUNDOS
- La idea clave: el Sol moribundo podría desestabilizar las órbitas de los planetas gigantes mientras pierde sus capas externas, antes de convertirse en una enana blanca.
- Cómo ocurriría: las expulsiones irregulares de gas provocarían miles de pequeños retrocesos del Sol, cuyos efectos se acumularían sobre las órbitas.
- Qué se analizó: los investigadores realizaron 672 simulaciones para estudiar el futuro de Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno.
- Qué encontraron: en el escenario de referencia que permite expulsiones durante las distintas etapas de gigante, alrededor del 40 % de las simulaciones muestra alteraciones violentas antes de formarse la enana blanca.
- Qué podría pasar después: dentro de los 3.000 millones de años posteriores a esa formación, la inestabilidad alcanza entre el 83 % y el 96 %, según cuándo comiencen las expulsiones. Algunos planetas podrían intercambiar posiciones o ser expulsados al espacio.
- La cautela esencial: estos porcentajes dependen de los supuestos del modelo. No son una predicción definitiva, y el estudio no calcula el destino de la Tierra.
Fuente: Konstantin Batygin et al. Terminal Instability of the Solar System Triggered by Stochastic Solar Mass Loss. The Astrophysical Journal Letters (2026). DOI: 10.3847/2041-8213/aea290
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