¿Murieron los dinosaurios achicharrados tras el impacto del meteorito? Un estudio muestra cómo el polvo convirtió la Tierra en un horno

Un nuevo estudio propone que el impacto del asteroide de Chicxulub, hace 66 millones de años, levantó una gigantesca nube de polvo ultrafino que atrapó el calor en la atmósfera. Ese efecto habría multiplicado la radiación térmica, lo que desencadenó incendios globales y acabó con gran parte de la vida terrestre en apenas unas horas.

Por Enrique Coperías, periodista científico

Un grupo de dinosaurios huye desesperadamente mientras el impacto del asteroide de Chicxulub desencadena incendios y una lluvia de material incandescente.

Un grupo de dinosaurios huye desesperadamente mientras el impacto del asteroide de Chicxulub desencadena incendios y una lluvia de material incandescente. Crédito: DALL-E / Rexolón Producciones

Hace exactamente 66 millones de años, un asteroide de unos diez kilómetros de diámetro irrumpió en la atmósfera terrestre a una velocidad cercana a los 20 kilómetros por segundo. Su destino era la actual península mexicana de Yucatán. En apenas unos segundos excavó un cráter de unos 180 kilómetros de diámetro —el hoy conocido como Chicxulub— y desencadenó una de las mayores catástrofes biológicas de la historia del planeta. En concreto, la quinta extinción masiva, conocida como la extinción masiva del Cretácico-Paleógeno,

Sabemos desde hace décadas que aquel impacto marcó el final del reinado de los dinosaurios no avianos y abrió el camino para el ascenso de los mamíferos. Y los apelontólogos calculan que el evento catastrófico se llevó por delante a las tres cuartas partes de las especies de plantas y animales de la Tierra.

Lo que sigue siendo motivo de intenso debate es cómo murieron realmente la mayoría de aquellos animales. ¿Fue una lenta agonía provocada por el frío, la oscuridad y el colapso de la cadena alimentaria? ¿O sucumbieron casi de inmediato a las consecuencias del impacto?

Un nuevo estudio publicado en la revista Journal of Geophysical Research: Biogeosciences reabre esa discusión con una hipótesis tan espectacular como inquietante: gran parte de la fauna terrestre pudo morir prácticamente abrasada durante las primeras horas tras la colisión, cuando la Tierra se convirtió en una gigantesca parrilla planetaria.

El impacto de Chicxulub: el comienzo de una catástrofe planetaria

La idea de que el impacto provocó incendios globales no es nueva. Ya en los años noventa algunos investigadores propusieron que los fragmentos de roca expulsados por la explosión, al regresar a la atmósfera, calentaron el aire hasta irradiar suficiente energía como para prender fuego a los bosques de todo el planeta. Sin embargo, estudios posteriores rebajaron de forma notable esa posibilidad.

Según aquellos modelos, el calor generado era intenso, pero insuficiente para desencadenar incendios generalizados a escala mundial.

El trabajo dirigido por Brandon Johnson, científico planetario de la Universidad Purdue, en Estados Unidos, introduce ahora un ingrediente que hasta hace muy poco había pasado prácticamente desapercibido: una inmensa nube de polvo ultrafino producida por la vaporización de las rocas durante el impacto de Chicxulub.

Ese polvo, sostienen los autores, habría cambiado por completo las reglas del juego.

«Con esta nube de polvo ultrafino cubriendo la atmósfera, la radiación térmica no puede escapar al espacio. Así que el único lugar al que puede dirigirse ese calor es de vuelta hacia la Tierra. Sin ese polvo fino, aquel tampoco habría sido un buen día para los dinosaurios: habría acabado con muchos de ellos, pero probablemente no habría bastado para provocar numerosos incendios forestales. Con la presencia de ese polvo, los animales del Cretácico recibieron una dosis de radiación térmica equivalente a diecisiete veces la considerada letal para un ser humano. Fue suficiente para prender fuego a la hierba, las acículas de los pinos, los líquenes e incluso, posiblemente, para incendiar directamente la madera.»

¿Por qué las esférulas calentaron la atmósfera?

Cuando el asteroide, del tamaño del monte Everest, chocó contra la Tierra liberó una energía inimaginable. La violencia del encontronazo cósmico vaporizó enormes cantidades de roca, y las lanzó miles de kilómetros por encima de la atmósfera. Al mismo tiempo, parte del material fundido se condensó formando millones de pequeñas gotas de roca de apenas unas décimas de milímetro de diámetro conocidas como esférulas.

Aquellas diminutas partículas emprendieron un viaje balístico alrededor del planeta antes de regresar a la atmósfera como una lluvia de minúsculos meteoritos. Durante su reentrada, el rozamiento con el aire transformó su enorme energía cinética en calor, lo que generó un intenso pulso de radiación infrarroja.

🗣️ «Toda esa energía cinética tenía que ir a parar a alguna parte y, finalmente, se transformó en calor. Con la nube de polvo atrapando la radiación térmica, fue como si la superficie terrestre y todo lo que había sobre ella estuvieran siendo asados a la parrilla —dice Brandon Johnson—. Y añazde—: Eso fue lo que acabó con los dinosaurios y con la mayoría de los demás animales. No fue la onda expansiva del impacto ni la bola de fuego inicial, porque esos efectos no llegan muy lejos. Lo que convierte este episodio en una extinción global es la eyección de esa enorme nube de vapor alrededor de todo el planeta. Sin la nube de polvo habría sido un desastre y habría matado a muchísimos seres vivos, pero no se habría convertido en una catástrofe planetaria».

Hasta aquí, el mecanismo ya era conocido. La novedad reside en qué ocurrió con el resto del material vaporizado.

El gran descubrimiento: una nube de polvo convirtió la Tierra en un horno

Los investigadores calculan que cerca del 44 % de la roca vaporizada no llegó a condensarse inicialmente en forma de esférulas, sino que permaneció suspendida como vapor antes de enfriarse poco a poco y transformarse en una inmensa nube de polvo superfino distribuida por toda la atmósfera terrestre.

Esa conclusión no procede solo de simulaciones numéricas. En los últimos años, diversos yacimientos geológicos que registran el límite entre el Cretácico y el Paleógeno, especialmente el famoso enclave de Tanis, en Dakota del Norte (Estados Unidos), han revelado una capa formada por ese polvo microscópico rico en iridio y otros elementos extraterrestres, depositado después de la caída de las esférulas.

Para los autores, constituye una prueba de que ese polvo existió en realidad y se distribuyó por todo el planeta.

Es precisamente ahí donde aparece el efecto que cambia toda la historia.

El paleontólogo Robert DePalma, que no participó en este estudio, examina uno de los extraordinarios fósiles hallados en Tanis (Dakota del Norte)

El paleontólogo Robert DePalma, que no participó en este estudio, examina uno de los extraordinarios fósiles hallados en Tanis (Dakota del Norte), un yacimiento que conserva evidencias de las primeras horas tras el impacto del asteroide de Chicxulub. Cortesía: BBC

Cuando la atmósfera se convirtió en una manta aislante

Los modelos anteriores asumían que buena parte del calor generado por las esférulas escapaba rápidamente al espacio. Sin embargo, Brandon Johnson y sus colaboradores sostienen que aquella enorme nube de polvo actuó como una gigantesca manta aislante.

La comparación resulta muy gráfica. Igual que una manta impide que el calor corporal escape al exterior durante una noche fría, la nube de polvo habría impedido que la radiación térmica abandonara la atmósfera. En lugar de disiparse hacia el espacio, gran parte de esa energía fue reflejada de nuevo hacia la superficie terrestre.

El resultado fue un aumento extraordinario del calentamiento.

Según sus cálculos, el flujo de radiación que alcanzó el suelo habría sido aproximadamente tres veces y media superior al estimado en estudios anteriores que solo tenían en cuenta las esférulas.

Las consecuencias pudieron ser devastadoras.

Una radiación «pirómana»

Los autores muestran que esa intensidad de radiación habría superado ampliamente el umbral necesario para inflamar vegetación muy seca, líquenes, hierbas y agujas de pino. Aunque prender directamente grandes troncos resulta mucho más difícil, bastaría con que comenzaran a arder los combustibles más ligeros para desencadenar incendios forestales de enorme extensión.

«Descubrimos que la capa de polvo era tan impermeable que atrapó casi todo el calor generado por la caída de las esférulas cerca de la superficie del planeta. En esencia, el polvo actuó como la tapa de una olla —comenta Alexandria Johnson, experta en nubes de la Universidad de Purdue, y coautora del estudio. Y continúa—: Precisamente por esa capa de polvo, cualquier organismo que no pudiera refugiarse de alguna manera —bajo tierra o bajo el agua— habría terminado literalmente asado o frito. Excavar una madriguera proporcionaba protección porque la transferencia de calor entre la atmósfera y el suelo sigue unas leyes termodinámicas diferentes».

Pero el fuego quizá no fue el único enemigo.

¿Qué animales tenían posibilidades de sobrevivir?

El estudio también analiza el efecto directo del pulso térmico sobre los animales expuestos. Como no existen datos experimentales sobre la resistencia de los dinosaurios al calor extremo, los investigadores utilizan estudios realizados con seres humanos únicamente como referencia física. A partir de esa comparación estiman que los organismos terrestres habrían recibido una dosis de radiación térmica equivalente a unas diecisiete veces la considerada letal para una persona expuesta durante un breve intervalo.

Para Brandon Johnson, el escenario es estremecedor.

«Estamos entrando en un terreno en el que podríamos estar acabando prácticamente con toda la vida terrestre durante la primera o las dos primeras horas», explica el investigador.

La hipótesis también ayuda a explicar uno de los grandes enigmas de aquella extinción: por qué sobrevivieron precisamente los animales capaces de esconderse.

Por qué se libraron las aves

Los registros fósiles muestran que lograron superar la catástrofe especies que vivían en madrigueras, bajo tierra o en aguas poco profundas. Muchas plantas también sobrevivieron gracias a sus raíces o a semillas enterradas. Incluso los únicos dinosaurios que atravesaron la frontera entre el Cretácico y el Paleógeno —las aves— pertenecían a grupos que anidaban en galerías o mantenían una estrecha relación con medios acuáticos.

Ese patrón encaja sorprendentemente bien con un episodio de calor extremo de corta duración del que solo podían escapar quienes encontraran refugio antes de que comenzara el pulso térmico.

🗣️ «Quzá aquello se parecía más al infierno que a Venus —sostiene Brandon Johnson—. Las nubes habrían bloqueado la luz del día y, para cualquier animal que, como los seres humanos, no pueda ver bien en el infrarrojo, la superficie habría permanecido prácticamente a oscuras. Lo único visible sería un resplandor rojizo procedente de los incendios. Pero, en realidad, apenas quedaría nadie vivo para contemplarlo, salvo los animales que hubieran logrado refugiarse bajo tierra, en el agua o de algún otro modo. Debió de ser algo terrible».

Las imágenes muestran el cráter de Chicxulub, oculto bajo la península mexicana de Yucatán.

Las imágenes muestran el cráter de Chicxulub, oculto bajo la península mexicana de Yucatán. Arriba, un modelo del relieve revela el sutil anillo de unos 180 kilómetros de diámetro dejado por el impacto; abajo, una imagen del satélite Landsat muestra la misma región cubierta por la vegetación actual. Cortesía: Shuttle Radar Topography Mission

¿Fue el meteorito o los volcanes del Decán?

El nuevo trabajo no pone fin al debate, pero sí desplaza el foco hacia las primeras horas posteriores al impacto. Durante los últimos años había ganado fuerza otra explicación para la gran extinción del final del Cretácico: que las gigantescas erupciones volcánicas de las Traps del Decán, en la actual India, habían alterado el clima durante cientos de miles de años y dejado a los ecosistemas tan debilitados que el impacto del asteroide solo fue el golpe definitivo.

Brandon Johnson y sus colaboradores discrepan de esa interpretación, al menos en lo que respecta a la fauna terrestre. A su juicio, si el pulso térmico fue tan intenso como indican sus nuevos cálculos, no habría hecho falta recurrir a un largo deterioro ambiental para explicar la desaparición de la mayoría de los grandes vertebrados. El impacto de Chicxulub habría sido, por sí solo, el agente letal decisivo.

No todos los especialistas, sin embargo, consideran que el caso esté cerrado.

Un caso abierto

El paleontólogo Alfio Alessandro Chiarenza, de la University College de Londres, que no ha participado en la investigación, coincide en que el trabajo aporta argumentos sólidos para reconsiderar el papel de los incendios globales, aunque recuerda que las pruebas geológicas siguen siendo incompletas.

«Puede que terminemos encontrando evidencias de incendios verdaderamente globales —explica—. Simplemente, todavía no las tenemos».

Esa cautela refleja uno de los mayores desafíos de la paleontología: reconstruir con precisión un episodio que duró apenas unas horas hace 66 millones de años utilizando únicamente las huellas conservadas en unas pocas capas de roca repartidas por el planeta.

Precisamente una de esas huellas es la que ha permitido replantear toda la historia.

El hallazgo de 2023 que sembró la semilla del nuevo trabajo

En 2023, un equipo internacional describió en el yacimiento de Tanis una delgada capa formada por polvo de silicatos extraordinariamente fino depositada sobre el nivel que contiene las esférulas expulsadas por el impacto. Lo llamativo era que ese polvo carecía de las pequeñas gotas de roca habituales, lo que sugería que se había formado a partir del vapor de roca que permaneció suspendido en la atmósfera tras la explosión. Ese hallazgo despertó el interés de Brandon Johnson.

«Reavivó mi interés por averiguar qué ocurrió con el vapor que había quedado sin condensar. Ahí empezó este trabajo», explica el investigador.

A partir de esa observación, el equipo combinó modelos físicos del impacto con las nuevas evidencias geológicas para reconstruir el comportamiento de ese polvo en la atmósfera. Sus cálculos indican que la nube resultante era prácticamente opaca a la radiación infrarroja. En otras palabras, el calor tenía enormes dificultades para escapar al espacio y permanecía atrapado alrededor del planeta durante el tiempo suficiente para intensificar el calentamiento de la superficie.

La imagen recuerda, salvando todas las distancias, al funcionamiento de un termo. El mismo aislamiento que mantiene caliente un café también puede conservar fría una bebida con hielo. En este caso ocurrió algo parecido: primero, la nube de polvo ayudó a retener el calor extremo generado por la lluvia de esférulas; más tarde, cuando esa lluvia terminó y los incendios comenzaron a extinguirse, ese mismo polvo pasó a bloquear la luz solar.

Los investigadores Brandon Johnson y Alexandria Johnson, de la Universidad de Purdue, autores del estudio.

Los investigadores Brandon Johnson y Alexandria Johnson, de la Universidad de Purdue, autores del estudio. Cortesía: Purdue University / Kelsey Lefever

Un enfriamiento global y adiós a la fotosíntesis

Así, el mismo mecanismo físico podría explicar dos fenómenos aparentemente opuestos:

1️⃣ En un primer momento, la atmósfera se transformó en un inmenso horno.

2️⃣ Después, una vez desaparecida la fuente de calor, la Tierra quedó sumida en un prolongado invierno de impacto. La espesa nube de polvo impediría durante años —e incluso décadas— que la radiación solar alcanzara la superficie, lo que desató un enfriamiento global, el colapso de la fotosíntesis y el hundimiento de las cadenas alimentarias.

Esa hipótesis ya había sido respaldada por otro estudio publicado en 2023, y el nuevo trabajo resulta compatible con ella.

Los propios autores reconocen que ambos procesos pudieron actuar de forma consecutiva. Sin embargo, consideran que el episodio de calor extremo habría sido el principal responsable de la mortalidad inicial entre los organismos terrestres.

Un patrón en el registro fósil

La investigación también aporta un argumento interesante desde el punto de vista evolutivo.

Si la mayor parte de la fauna murió durante las primeras horas, la supervivencia dependía mucho menos de adaptarse al frío posterior que de disponer de un refugio inmediato. Animales capaces de esconderse bajo tierra, introducirse en madrigueras o permanecer sumergidos en aguas poco profundas tendrían muchas más posibilidades de superar aquel breve pero devastador episodio de radiación térmica.

Ese patrón coincide bastante bien con el registro fósil de los supervivientes del límite entre el Cretácico y el Paleógeno.

Interrogantes en el aire

Aun así, los propios investigadores subrayan que quedan numerosas incógnitas por resolver.

Una de las más importantes consiste en determinar si los incendios fueron realmente globales o si su intensidad disminuyó conforme aumentaba la distancia respecto al punto de impacto en la actual península de Yucatán.

Hoy por hoy, las mejores evidencias proceden de Norteamérica, mientras que en otras regiones del planeta el registro geológico está mucho más fragmentado.

Nuevos yacimientos con capas del límite K-Pg excepcionalmente conservadas permitirán comprobar hasta qué punto aquella lluvia de fuego afectó por igual a todos los continentes.

Una maqueta de un dinosaurio y un cangrejo herradura ilustran el contraste entre los grandes animales que desaparecieron tras el impacto de Chicxulub y algunos organismos capaces de sobrevivir a la catástrofe.

Una maqueta de un dinosaurio y un cangrejo herradura ilustran el contraste entre los grandes animales que desaparecieron tras el impacto de Chicxulub y algunos organismos capaces de sobrevivir a la catástrofe. Cortesía: Purdue University / Kelsey Lefever

Qué significa este descubrimiento para entender la extinción de los dinosaurios

Más allá del destino de los dinosaurios, comprender qué ocurrió durante aquellas primeras horas tiene un enorme interés científico. La extinción del final del Cretácico constituye el mejor laboratorio natural del que disponen los investigadores para estudiar cómo responden los ecosistemas cuando sufren una perturbación extrema.

Saber si los grandes animales murieron abrasados en cuestión de minutos o si resistieron durante décadas antes de sucumbir al hambre cambia profundamente nuestra interpretación de cómo se reorganizó la vida sobre la Tierra.

«Sería fantástico averiguar qué animales sobrevivieron inmediatamente después del impacto y cuáles eran sus características biológicas —señala Chiarenza—. Eso podría decirnos por qué algunos lograron salir adelante mientras otros, como los dinosaurios, desaparecieron para siempre».

Sesenta y seis millones de años después, el gigantesco cráter de Chicxulub permanece oculto bajo los sedimentos de Yucatán. Sin embargo, cada nueva capa de roca estudiada y cada modelo físico más preciso acercan un poco más a los científicos a reconstruir minuto a minuto el peor día de la historia de la vida compleja en la Tierra. Y esa reconstrucción empieza a dibujar una escena tan sobrecogedora como plausible: un planeta entero envuelto durante unas horas en una lluvia incandescente, con una atmósfera convertida en una gigantesca campana que devolvía el calor hacia el suelo hasta transformar la superficie terrestre en un inmenso horno del que muy pocos seres vivos pudieron escapar.

«Hoy estudio las nubes y los contaminantes atmosféricos presentes en nuestra atmósfera. El polvo de 2,5 micrómetros que analizamos en este trabajo tiene prácticamente el mismo tamaño que las partículas de humo que nos preocupan durante los grandes incendios forestales —explica Alexandria Johnson. Y concluye—: Son partículas capaces de penetrar en los pulmones e incluso llegar al torrente sanguíneo, por lo que representan un importante problema para la salud humana. Así que, aunque algunos animales hubieran sobrevivido al intenso calentamiento inicial, quizá también habrían sufrido efectos duraderos por inhalar estas partículas. Pero si se comparan las escalas de tiempo, el asado era mucho más rápido que los riesgos derivados de la inhalación».▪️(29-julio-2026)

LO MÁS IMPORTANTE DEL ESTUDIO, EN 30 SEGUNDOS

  • El impacto de Chicxulub ocurrió hace 66 millones de años.
  • El asteroide vaporizó enormes cantidades de roca.
  • Parte de ese material formó una nube de polvo ultrafino.
  • Ese polvo impidió que el calor escapara al espacio.
  • La radiación térmica aumentó aproximadamente 3,5 veces.
  • El calor pudo provocar incendios globales.
  • La mayor parte de la fauna terrestre pudo morir durante las primeras horas.
  • Después llegó un prolongado invierno de impacto causado por el mismo polvo.

PREGUNTAS & RESPUESTAS: Dinosaurios y Chicxulub

🦖 ¿Qué mató realmente a los dinosaurios?

El nuevo estudio sostiene que el impacto del asteroide de Chicxulub generó una nube de polvo ultrafino que atrapó el calor en la atmósfera. Ese fenómeno habría provocado incendios globales y una intensa radiación térmica durante las primeras horas tras el impacto.

🦖 ¿Qué es Chicxulub?

Chicxulub es el cráter de unos 180 kilómetros de diámetro situado bajo la península de Yucatán (México) que se formó tras el impacto de un gran asteroide hace aproximadamente 66 millones de años y está asociado a la extinción masiva del final del Cretácico.

🦖 ¿Qué son las esférulas?

Son diminutas gotas de roca fundida expulsadas por el impacto del asteroide. Al regresar a la atmósfera liberaron enormes cantidades de calor mediante el rozamiento con el aire.

🦖 ¿Qué papel desempeñó el polvo?

Según el estudio, el polvo ultrafino actuó como una manta térmica que impidió que el calor escapara al espacio, aumentando significativamente la radiación que alcanzó la superficie terrestre.

🦖 ¿Los incendios fueron realmente globales?

Los autores consideran que es una posibilidad muy sólida, aunque reconocen que todavía hacen falta más evidencias geológicas en distintas regiones del planeta para confirmarlo.

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