Ni tigre ni lobo: así cazaba realmente el tilacino

Perseguido hasta la extinción como un feroz cazador de ovejas, el tilacino, también conocido como lobo o tigre de Tasmania, pudo ser víctima de una terrible equivocación. Su descomunal cráneo nos dice ahora que fue un depredador único, especializado en abatir pequeñas presas con mordiscos rápidos y fulminantes.

Por Enrique Coperías, periodista científico

Benjamin, considerado el último tilacino conocido, muestra la extraordinaria apertura de sus mandíbulas.

Benjamin, considerado el último tilacino conocido, muestra la extraordinaria apertura de sus mandíbulas. El nuevo estudio indica que este marsupial abatía pequeñas presas mediante mordiscos rápidos y de gran impacto. Cortesía: Dr. David Fleay

El tilacino (Thylacinus cynocephalus), también conocido como lobo de Tasmania, lobo marsupial, tigre de Tasmania o tilacín, fue perseguido por los colonos europeos por su fama de ser un feroz depredador de ovejas. Un nuevo análisis de su extraordinario cráneo apunta, sin embargo, a un cazador especializado en abatir presas pequeñas mediante mordiscos rápidos y de gran impacto.

Durante décadas, el tilacino cargó con una identidad que nunca fue del todo suya. Sus rayas oscuras le valieron el nombre popular de tigre de Tasmania; su cuerpo esbelto, su hocico alargado y su aspecto general hicieron que se lo comparara con un lobo. Incluso su denominación científica, Thylacinus cynocephalus, significa literalmente cabeza de perro. Pero este marsupial carnóvoro de Australia no era un felino ni un cánido. Tampoco parece que cazara como ninguno de ellos.

Un estudio liderado por zoólogos de la Universidad de Flinders, la Universidad de Melbourne y el Australian Museum de Sídeney propone ahora una interpretación radicalmente distinta de su forma de alimentarse. El análisis detallado de cráneos conservados en museos indica que el tilacino poseía una combinación anatómica que no se encuentra en ningún mamífero carnívoro actual. En lugar de sujetar y forcejear con animales grandes, como hacen los lobos con sus presas, habría empleado sus largas mandíbulas para lanzar mordiscos muy rápidos y violentos contra animales relativamente pequeños y ágiles.

El trabajo, publicado en la revista Nature Communications, no solo obliga a revisar la ecología del mayor marsupial depredador de la era moderna. También cuestiona uno de los ejemplos más célebres de evolución convergente, el proceso por el que especies sin parentesco cercano desarrollan rasgos semejantes al enfrentarse a problemas ambientales parecidos.

Qué era realmente el tilacino

A primera vista, el tilacino y el lobo parecen versiones evolutivas de una misma criatura. Sin embargo, sus linajes se separaron hace entre 122 y 166 millones de años. El primero era un marsupial, más emparentado con los canguros y los koalas que con los perros; el segundo es un mamífero placentario.

Sus antepasados ya habían tomado caminos diferentes mucho antes de la extinción de los dinosaurios.

La semejanza externa llevó a pensar que ambos ocupaban un nicho ecológico similar. El tilacino fue retratado como un gran cazador capaz de derribar ovejas y otros animales de considerable tamaño. Esta reputación contribuyó a justificar su persecución por los colonos europeos, pese a que existían pocas pruebas de que causara daños importantes a la ganadería.

➡️ En apenas 130 años fue exterminado un linaje evolutivo con más de 30 millones de años de historia. El último ejemplar conocido murió en cautividad en 1936.

«Nuestros hallazgos sobre sus adaptaciones alimentarias contradicen los mitos que impulsaron su extinción», sostiene Vera Weisbecker, profesora de la Universidad de Flinders y autora principal del estudio, en el comunicado difundido por la institución. La anatomía del animal, añade la investigadora, no encaja con la imagen de un depredador especializado en dominar grandes presas domésticas.

Reconstrucción digital de un cráneo de tilacino escaneado mediante tomografía, con los robustos caninos resaltados en rosa. Estas piezas habrían soportado los impactos de sus mordiscos rápidos y precisos.

Reconstrucción digital de un cráneo de tilacino escaneado mediante tomografía, con los robustos caninos resaltados en rosa. Estas piezas habrían soportado los impactos de sus mordiscos rápidos y precisos. Crédito: Vera Weisbecker / Universidad de Flinders

Cómo se estudió el cráneo del tilacino

Para reconstruir cómo mordía un animal que ya no puede ser observado, los investigadores recurrieron a la morfometría geométrica, una técnica que permite comparar formas anatómicas mediante cientos de puntos de referencia tridimensionales. Para realizar el análisis, los investigadores compararon 225 cráneos de mamíferos actuales y extintos, pertenecientes a sesenta especies y catorce familias.

Los investigadores situaron sobre los modelos 381 puntos y semipuntos anatómicos para comparar regiones funcionales y embrionarias del cráneo. Además, tomaron nueve medidas lineales en 73 cráneos del tilacino —la mayor muestra de este tipo publicada hasta ahora— y las compararon con las de lobos, dingos, coyotes, chacales y zorros.

Los resultados dibujan un animal anatómicamente desconcertante. Un tilacino adulto pesaba de media unos 17 kilos, aproximadamente la mitad que un lobo gris, pero su cráneo podía alcanzar un tamaño semejante al de este. También era comparable al de depredadores mucho más pesados, como el licaón, el puma y el leopardo. Incluso superaba en tamaño absoluto al de marsupiales de cuerpo mucho mayor, como el canguro rojo.

🗣️ «Aunque el tilacino medio pesaba solo la mitad que un lobo, su cráneo era aproximadamente igual de grande», explica Douglass Rovinsky, paleobiólogo del Australian Museum y coautor del estudio.

Un mordisco rápido en lugar de una lucha prolongada

Ese enorme cráneo, sin embargo, no tenía la forma habitual en un cazador de grandes presas. El lobo cuenta con un hocico relativamente corto, ancho y robusto, preparado para soportar las tensiones generadas al morder, sujetar, sacudir o arrastrar a un animal que se resiste.

El tilacino presentaba justo la combinación contraria: un rostro muy largo, estrecho y aparentemente delicado, más parecido al de un zorro o un chacal especializado en capturar pequeños vertebrados.

Una mandíbula alargada funciona como una palanca que permite que su extremo se desplace a gran velocidad al cerrarse. El precio de esa rapidez es una menor capacidad para resistir torsiones y esfuerzos laterales. Por eso, el hocico del tilacino habría resultado poco adecuado para aferrarse durante mucho tiempo a una oveja o dominar a una presa grande y forcejeante.

La profesora Vera Weisbecker, de la Universidad de Flinders, compara el hocico del tilacino con modelos de las mandíbulas superiores de un lobo, un zorro y un cocodrilo.

La profesora Vera Weisbecker, de la Universidad de Flinders, compara el hocico del tilacino con modelos de las mandíbulas superiores de un lobo, un zorro y un cocodrilo. Su anatomía revela una combinación única, adaptada a mordiscos rápidos y de gran impacto. Cortesía: T. Bawden / Universidad de Flinders

Unos dientes parecidos a los del gato marsupial

Por otro lado, sus piezas dentales también se parecían más a los de los pequeños cuoles o gatos marsipiales, que atacan mediante mordiscos repetidos de penetración y retirada, que a los de los lobos, acostumbrados a sujetar, tirar y desgarrar.

La aparente contradicción entre un hocico fino y un cráneo gigantesco es precisamente la clave de su estrategia. Según los autores, el gran volumen de hueso habría compensado la fragilidad relativa de las mandíbulas al absorber y distribuir la energía de cada impacto. El animal podía así combinar velocidad y potencia: cerrar la boca con rapidez, clavar los caninos y retirar la cabeza antes de que la presa tuviera tiempo de responder.

«Cuanto más larga es una mandíbula, más deprisa se mueve su extremo durante la mordida», explica Weisbecker. El tamaño desproporcionado del cráneo habría permitido soportar la fuerza generada en esos ataques. El resultado sería una especie de golpe seco y letal, más próximo a un mordisco de percusión que al prolongado pulso muscular de un lobo.

La extraña «roseta terminal» de su hocico

El extremo del hocico ofrece otra pista nada despreciable. A la altura de los caninos, el maxilar se ensanchaba y después se estrechaba bruscamente, formando lo que los investigadores denominan una roseta terminal. Esta estructura concentraba más hueso alrededor de los colmillos y ayudaba a resistir impactos verticales.

Los caninos, además, eran más robustos que los del lobo gris. Todo apunta a un arma diseñada para golpear con precisión y perforar, no para soportar largos tirones laterales.

A esto hay que sumar que los arcos cigomáticos, situados a ambos lados del cráneo, también eran relativamente anchos. Es posible que ayudaran a sostener la articulación de la mandíbula y proporcionaran espacio para una musculatura potente, aunque esta función todavía debe comprobarse mediante nuevos análisis biomecánicos.

Retrato de un tilacino conservado en el Museo de Ciencias Naturales de Berlín. Su hocico largo, alto y estrecho favorecía el cierre veloz de las mandíbulas, aunque resultaba poco apropiado para sujetar grandes presas que ofrecieran resistencia.

Retrato de un tilacino conservado en el Museo de Ciencias Naturales de Berlín. Su hocico largo, alto y estrecho favorecía el cierre veloz de las mandíbulas, aunque resultaba poco apropiado para sujetar grandes presas que ofrecieran resistencia. Cortesía: Aiwok 

Un hocico posiblemente muy sensible

El tilacino también poseía unos orificios infraorbitarios —pequeñas aberturas del cráneo, situadas bajo los ojos, por donde pasan nervios y vasos sanguíneos que proporcionan sensibilidad al hocico, los labios y las mejillas— excepcionalmente grandes. Por ellos pasa en concreto una rama del nervio trigémino encargada de transmitir información sensorial procedente de las mejillas, el labio superior, la nariz y los bigotes.

Los autores plantean que esta característica pudo proporcionarle una sensibilidad facial muy desarrollada y ayudarlo a colocar los caninos con exactitud allí donde mordía.

No obstante, reconocen que esta hipótesis es provisional: no existen disecciones de tilacinos que permitan comprobar el tamaño de los nervios y sus bigotes eran relativamente cortos y finos.

¿Qué presas cazaba el tilacino?

La anatomía del cráneo apunta hacia animales relativamente pequeños, veloces y difíciles de capturar. Entre sus posibles presas se encontrarían los bandicuts y otros pequeños marsupiales, así como aves terrestres y otros vertebrados de tamaño comparable al de un conejo.

Investigaciones anteriores estimaron que el tilacino podía consumir animales de hasta aproximadamente el 45 % de su propio peso. Para un ejemplar de 17 kilos, esto equivaldría a una presa de alrededor de siete u ocho kilos.

No obstante, el nuevo estudio no identifica directamente su dieta. El análisis del cráneo permite deducir qué movimientos podía realizar y qué esfuerzos soportaban sus mandíbulas, pero no reconstruir todas las especies que formaban parte de su alimentación.

El cráneo permite inferir qué movimientos podía realizar y qué esfuerzos soportaba, no reconstruir cada especie que figuraba en su menú.

Ejemplar de tilacino conservado en el Museo de Historia Natural de Viena.

Ejemplar de tilacino conservado en el Museo de Historia Natural de Viena. Las rayas de su parte posterior originaron el nombre de tigre de Tasmania, aunque este depredador era en realidad un marsupial sin parentesco cercano con tigres o lobos. Cortesía: GoleGole

Una forma de cazar sin equivalente entre los mamíferos actuales

El extraño mecanismo tiene pocos equivalentes entre los mamíferos vivos. Algunas características recuerdan al aguará guazú (Chrysocyon brachyurus) o lobo de crin y al lobo etíope o caberú (Canis simensis), cazadores de roedores y liebres, pero ninguno reúne todas las especializaciones del tilacino.

Para encontrar paralelismos más completos hay que mirar fuera de los mamíferos: cocodrilos, peces depredadores, pterosaurios y dinosaurios como el Spinosaurus también desarrollaron mandíbulas largas, veloces y ensanchadas en el extremo para capturar presas escurridizas.

No significa que el tilacino viviera ni cazara como un pez o un cocodrilo, sino que compartía con ellos algunas soluciones biomecánicas.

La investigación también introduce una cautela importante. El estudio deduce una función probable a partir de la forma de los huesos; no constituye una filmación del comportamiento ni demuestra que el tilacino jamás atacara ganado. Es posible que aprovechara la carroña o que capturara ocasionalmente animales mayores.

Hay que insitir en que lo que muestra su anatomía es que no estaba especialmente preparado para retenerlos y luchar con ellos como lo hace un gran cánido.

Un depredador más singular de lo que imaginábamos

Paradójicamente, los tilacinos y los lobos sí comparten ciertas señales genéticas relacionadas con el desarrollo del cráneo. Pero esas coincidencias no desembocaron en estructuras adultas con idéntico funcionamiento. La evolución construyó una apariencia superficialmente parecida a partir de historias biológicas muy distintas.

Bajo la piel rayada no había un lobo marsupial, sino una solución depredadora que hoy carece de equivalente.

Para Weisbecker, el hallazgo devuelve el debate al origen de la tragedia. El tilacino fue condenado por una mezcla de analogías engañosas, intereses ganaderos y desconocimiento de la fauna australiana, mientras se ignoraba la relación cultural de los pueblos indígenas con el animal. Los propios autores reconocen que muchos ejemplares estudiados llegaron a los museos sin consentimiento ni consulta a las comunidades locales.

Australia continúa figurando entre los países con mayor número de extinciones de mamíferos. Comprender al tilacino no permitirá recuperarlo, pero sí desmontar la caricatura que ayudó a eliminarlo. No fue el tigre que anunciaban sus rayas ni el lobo que los colonos creyeron ver en su silueta. Fue algo mucho más singular: el último representante de una forma de cazar que desapareció con él.▪️(31-agosto-2026)

LO MÁS IMPORTANTE DEL ESTUDIO, EN 30 SEGUNDOS

  • No era un lobo marsupial: pese a su apariencia, el tilacino poseía una anatomía depredadora sin equivalente entre los mamíferos actuales.
  • Un cráneo descomunal: pesaba unos 17 kilos, pero su cráneo alcanzaba un tamaño similar al de un lobo gris, mucho más pesado.
  • Mordiscos rápidos y fulminantes: sus mandíbulas largas favorecían un cierre veloz, mientras que el gran cráneo absorbía la fuerza de cada impacto.
  • Cazaba presas relativamente pequeñas: probablemente atacaba bandicuts, pequeños marsupiales, aves y otros vertebrados ágiles, en lugar de grandes animales.
  • No estaba preparado para luchar con ovejas: su hocico estrecho soportaba mal las torsiones y los forcejeos prolongados propios de la captura de presas grandes.
  • Una anatomía única: el ensanchamiento del hocico alrededor de los caninos reforzaba la zona y permitía clavar los colmillos con potencia y precisión.
  • Un mito con consecuencias trágicas: su injustificada fama como depredador de ganado contribuyó a una persecución que acabó provocando su extinción.
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