¿Por qué los humanos somos los únicos primates con barbilla? La ciencia descubre que se trata de un accidente evolutivo
La barbilla es uno de los rasgos más distintivos del rostro humano y, durante décadas, también uno de los más enigmáticos para la evolución. Un nuevo estudio revela que no surgió por utilidad ni adaptación, sino como un inesperado subproducto de los cambios que moldearon nuestro cráneo y nuestra cara.
Por Enrique Coperías, periodista científico
¿Por qué los humanos tenemos barbilla y los otros primates no? Porque el mentón surgió como subproducto de cambios evolutivos en el cráneo, la mandíbula y el tamaño de los dientes, no por selección directa, sugiere un nuevo estudio. Crédito: IA-Grok-RexMolón-Producciones
La barbilla es uno de los rasgos más distintivos de la anatomía humana. Ningún otro primate la posee tal como aparece en nuestra especie: una prominencia ósea en la parte inferior del rostro que sobresale por delante de los dientes. Su singularidad la ha convertido en un rasgo distintivo del Homo sapiens en el registro fósil y, al mismo tiempo, en un enigma evolutivo.
En efecto. ¿Para qué sirve exactamente una barbilla? ¿Es una adaptación funcional o simplemente un efecto secundario de otros cambios evolutivos? Un nuevo estudio publicado en la revista PLOS One sugiere que la respuesta se acerca más a lo segundo: la barbilla humana podría ser, en gran medida, un accidente evolutivo.
🗣️ «La barbilla evolucionó en gran medida por accidente y no mediante selección directa, sino como un subproducto evolutivo resultante de la selección directa sobre otras partes del cráneo», explica Noreen von Cramon-Taubadel, autora principal del estudio y profesora de Antropología en la Universidad de Buffalo (Estados Unidos).
Solo los humanos tienen barbilla: un misterio evolutivo
La investigación parte de una observación básica: los seres humanos somos los únicos primates con mentón. Ni chimpancés, ni gorilas, ni orangutanes presentan esa estructura tal como se define de forma anatómica en nuestra especie. Incluso los neandertales (Homo neanderthalensis), nuestros parientes evolutivos más cercanos, carecían de ella.
Esta singularidad ha alimentado numerosas hipótesis a lo largo del último siglo. Algunas propuestas han sugerido que la barbilla sirve para reforzar la mandíbula frente a las tensiones de la masticación; otras la han vinculado al habla, a la selección sexual e incluso a cambios hormonales.
Sin embargo, ninguna de estas explicaciones ha logrado reunir pruebas concluyentes.
Un estudio evolutivo del cráneo y la mandíbula
El nuevo trabajo adopta una estrategia diferente: en lugar de buscar una función concreta para la barbilla, se pregunta si realmente tuvo que evolucionar por una función específica.
Para ello, los investigadores analizaron la evolución de múltiples rasgos del cráneo y la mandíbula en quince especies de hominoideos —el grupo que incluye a humanos y grandes simios— mediante herramientas de genética cuantitativa y morfometría evolutiva.
En esencia, reconstruyeron cómo cambiaron las formas del cráneo y la mandíbula a lo largo del árbol evolutivo de los primates y trataron de identificar qué rasgos estuvieron sometidos a selección directa y cuáles pudieron cambiar como consecuencia indirecta de otros.
Esquema del cráneo y la mandíbula humanos con los puntos anatómicos que analizaron los científicos para estudiar el origen de la barbilla. Las líneas rojas y azules muestran qué partes habrían aumentado o disminuido si la barbilla hubiera evolucionado por selección directa desde el ancestro común con los chimpancés. Cortesía: Noreen von Cramon-Taubadel et ala
La barbilla como enjuta: un subproducto evolutivo
El concepto clave que emerge del estudio es el de enjuta, un término introducido por los biólogos evolutivos Stephen Jay Gould y Richard Lewontin para describir rasgos que no surgen por selección directa, o sea, que no se han formado como consecuencia de la adaptación biológica frente a una presión selectiva, sino como subproductos de otros cambios adaptativos.
Un ejemplo clásico sería el ombligo humano: no evolucionó por sí mismo, sino como consecuencia inevitable de la forma en que se desarrollan los mamíferos. Según los autores, la barbilla humana podría encajar en esta categoría.
🗣️ «Solo estudiando el conjunto podemos comprender mejor qué aspectos de un organismo tienen una función y cuáles son subproductos de esa función —señala Von Cramon-Taubadel en un comunicado de la Universidad de Búfalo. Y añade—: El hecho de que tengamos un rasgo único, como el mentón, no significa que haya sido moldeado por la selección natural para mejorar la supervivencia de un animal, por ejemplo, como un refuerzo de la mandíbula inferior para ayudar a disipar las fuerzas de la masticación».
En palabras de esta antropóloga, «de hecho, la barbilla es probablemente un subproducto, no una adaptación».
Para llegar a esta conclusión, el equipo examinó 46 medidas del cráneo y la mandíbula en más de quinientos especímenes de primates, incluidos humanos modernos. A partir de estos datos, estimaron cómo habrían sido los rasgos de los ancestros comunes y calcularon las tasas de cambio evolutivo en cada linaje.
Cuando un rasgo cambia en una especie mucho más rápido o más despacio de lo que cabría esperar por puro azar —es decir, por cambios aleatorios en las poblaciones— los científicos lo interpretan como una señal de que la selección natural está influyendo en su evolución.
Qué cambios evolutivos dieron lugar a nuestro mentón
Los resultados revelan un patrón claro. En la mayoría de los linajes de los grandes simios, como el gorila o el chimpancé, la forma del cráneo y la mandíbula evolucionó lentamente y bajo selección estabilizadora, es decir, manteniendo un equilibrio sin cambios drásticos.
En cambio, en la línea evolutiva que conduce a los seres humanos modernos se detecta un episodio de selección direccional intensa: nuestro cráneo y nuestra mandíbula cambiaron más rápido de lo que cabría esperar por azar.
Pero esas modificaciones no se centraron en la barbilla en sí. La selección directa afectó sobre todo a otros rasgos: la expansión del neurocráneo (asociada al aumento del tamaño cerebral), la flexión de la base del cráneo, la retracción del rostro y la reducción del tamaño de los dientes anteriores y de la mandíbula.
En conjunto, estos cambios reflejan transformaciones bien conocidas en la evolución humana, como el bipedismo, la reducción del aparato masticador y la reorganización del cráneo en torno a un cerebro mayor.
🗣️«Mientras que encontramos algunas pruebas de selección directa en partes del cráneo humano, vemos que los rasgos específicos de la región de la barbilla encajan mejor con el modelo de enjuta —explica Von Cramon-Taubadel. Y continúa—: Los cambios desde nuestro último ancestro común con los chimpancés no se deben a la selección natural sobre la barbilla en sí, sino a la selección sobre otras partes de la mandíbula y del cráneo».
Cría de gorila. Esta especie de simio carece de mentón. Foto: Dixon Newman
Una reorganización general de la cara y la mandíbula
Cuando los investigadores analizaron específicamente los rasgos asociados a la barbilla —nueve medidas relacionadas con la zona frontal de la mandíbula— encontraron que solo tres mostraban señales claras de selección directa.
Los otros seis rasgos no parecían estar bajo selección o cambiaron de forma indirecta, como consecuencia de su relación con otros rasgos.
Esta distribución sugiere que la barbilla no fue un objetivo evolutivo en sí misma, sino el resultado colateral de la reorganización general de la cara y la mandíbula.
La clave está en la integración morfológica. En biología evolutiva, los rasgos del cuerpo no cambian de manera independiente: están conectados por redes de desarrollo y genética. Cuando la selección natural actúa sobre un rasgo —por ejemplo, la reducción del tamaño de los dientes— otros rasgos asociados pueden cambiar también.
👉 En el caso humano, la disminución de los dientes anteriores y la retracción de la cara habrían alterado el crecimiento de la mandíbula de tal manera que la parte inferior empezó a proyectarse hacia delante, generando la barbilla.
El papel indirecto de la marcha erguida en el mentón
Este proceso se entiende mejor si se observa cómo crece la mandíbula durante el desarrollo. La región que contiene los dientes y la base inferior de la mandíbula no lo hacen al mismo ritmo. Si los dientes se reducen y la cara se hace más plana, la parte basal de la mandíbula puede seguir proyectándose hacia delante por razones estructurales y biomecánicas. El resultado final es una protuberancia ósea: la barbilla.
La evolución del bipedismo también pudo desempeñar un papel indirecto. Caminar erguidos cambió la posición de la cabeza y la base del cráneo, lo que a su vez afectó a la disposición de los músculos y tejidos blandos de la boca y la garganta.
Estas modificaciones pudieron ejercer presiones adicionales sobre la forma de la mandíbula, contribuyendo a la aparición de la barbilla sin que esta fuera objeto de selección directa.
¿Podría la barbilla tener una función?
El estudio no descarta por completo que la barbilla tenga alguna función. De hecho, podría aportar estabilidad estructural a la mandíbula o haber adquirido funciones secundarias con el tiempo. Pero los resultados sugieren que no surgió para cumplir una función específica, sino como consecuencia inevitable de otros cambios evolutivos.
En este sentido, el mentón sería un ejemplo de cómo la evolución produce rasgos complejos sin necesidad de que cada uno de ellos tenga una finalidad adaptativa propia.
«Dentro de la antropología existe una tendencia adaptacionista en la forma en que se interpretan las características físicas. Las diferencias observadas entre especies pueden llevar a asumir que todas las características han sido moldeadas deliberadamente con el tiempo, lo que sugiere propósito o función —afirma Von Cramon-Taubadel. Y añade—: Generar pruebas empíricas que cuestionen ese razonamiento es un objetivo importante de este estudio y de la antropología biológica en general. Los resultados subrayan la importancia de analizar la evolución de los rasgos físicos teniendo en cuenta la integración entre ello».
Qué significa este hallazgo para entender el cuerpo humano
Esta perspectiva encaja con una visión más amplia de la evolución humana. Muchas de nuestras características distintivas —desde la forma del cráneo hasta la disposición del rostro— no pueden entenderse como adaptaciones aisladas. Son el resultado de redes de cambios interconectados que se desarrollan a lo largo de millones de años.
La barbilla, en lugar de ser una innovación diseñada por la selección natural, sería el subproducto visible de esa compleja historia.
En última instancia, el hallazgo invita a replantear una pregunta clásica: no solo por qué tenemos mentón, sino por qué la evolución produce rasgos aparentemente superfluos. La respuesta, según este trabajo, es que la selección natural no diseña organismos pieza por pieza. Actúa sobre sistemas integrados, y de esos ajustes surgen a menudo características inesperadas.
La barbilla humana, ese rasgo tan familiar y tan exclusivo, podría ser simplemente la huella de una serie de transformaciones que moldearon nuestro rostro sin proponérselo.▪️(12-febrero-2026)
PREGUNTAS&RESPUESTAS: Barbilla y humanos
👩🦳 ¿Por qué los humanos tienen barbilla y los primates no?
Porque la barbilla surgió como subproducto de cambios evolutivos en el cráneo, la mandíbula y el tamaño de los dientes, no por selección directa.
👩🦳 ¿La barbilla tiene una función evolutiva?
El estudio sugiere que no evolucionó para una función concreta. Es probablemente un subproducto evolutivo.
👩🦳 ¿Los neandertales tenían barbilla?
No. La barbilla tal como existe en los humanos modernos es exclusiva de Homo sapiens.
👩🦳 ¿Qué es una enjuta en evolución?
Un rasgo que aparece como efecto secundario de otros cambios adaptativos, no por selección directa.
Información facilitada por la Universidad de Búfalo
Fuente: Noreen von Cramon-Taubadel, Jill E. Scott, Chris A. Robinson, Lauren Schroeder. Is the human chin a spandrel? Insights from an evolutionary analysis of ape craniomandibular form. PLOS One (2026). DOI: https://doi.org/10.1371/journal.pone.0340278

