Científico alerta de que las megaconstelaciones de satélites podrían desencadenar una avalancha imparable de basura espacial

Miles de satélites prometen revolucionar las comunicaciones, pero un nuevo estudio del especialista en basara espacial Hugh G. Lewis advierte de que su crecimiento podría tener un coste inesperado: desencadenar una reacción en cadena de colisiones capaz de convertir la órbita terrestre en un inmenso campo de escombros.

Por Enrique Coperías, periodista científico

Según el estudio, nueve de las dieciséis propuestas evaluadas podrían generar una población de basura espacial inestable o descontrolada, aumentando el riesgo de colisiones en órbita.

Representación de una megaconstelación de satélites alrededor de la Tierra. Según el estudio, nueve de las dieciséis propuestas evaluadas podrían generar una población de basura espacial inestable o descontrolada, aumentando el riesgo de colisiones en órbita. Cortesía: ESA Science Office (ESA).

En la madrugada de cualquier día despejado, mientras la mayoría de nosotros duerme, miles de satélites atraviesan el cielo a más de 27.000 kilómetros por hora. Algunos proporcionan conexión a internet en regiones remotas, otros mejoran la navegación GPS, monitorizan el clima o vigilan los océanos. Sin que apenas nos demos cuenta, la órbita terrestre baja —la región del espacio situada entre unos 160 y 2.000 kilómetros de altitud sobre la superficie de la Tierra— se ha convertido en una gigantesca infraestructura tecnológica de la que depende buena parte de la economía mundial.

Pero esa infraestructura podría estar acercándose a un límite físico.

Un nuevo estudio del investigador Hugh G. Lewis, especialista en basura espacial de la Universidad de Birmingham, en el Reino Unido, concluye que varios de los grandes proyectos de megaconstelaciones de satélites previstos para los próximos años podrían generar una proliferación descontrolada de fragmentos orbitales. El problema no sería únicamente el enorme número de satélites, sino el hecho de que, a partir de cierto umbral, las colisiones comenzarían a producir más basura espacial de la que la atmósfera es capaz de eliminar de forma natural.

Ese escenario tiene nombre desde hace casi medio siglo: síndrome de Kessler.

Qué es el síndrome de Kessler y por qué preocupa tanto

La idea fue propuesta en 1978 por el astrofísico de la NASA Donald Kessler. Su hipótesis era inquietante: si el número de objetos en órbita alcanzaba una densidad suficiente, bastaría una colisión para desencadenar una reacción en cadena. Cada choque produciría miles de nuevos fragmentos; esos fragmentos impactarían contra otros satélites, lo que generaría todavía más escombros, en una espiral que acabaría haciendo prácticamente inutilizable parte del espacio cercano a la Tierra.

Durante décadas aquella posibilidad pareció un problema lejano. En aquella época apenas existían unos cientos de satélites activos y hablar de flotas compuestas por decenas o centenares de miles de aparatos sonaba a ciencia ficción.

Hoy la situación es completamente distinta.

Cómo puede crecer la basura espacial sin control

En apenas cinco años, el número de satélites operativos en órbita baja ha aumentado en unos 12.000 aparatos, una cifra escalofriante impulsada sobre todo por las constelaciones destinadas a ofrecer comunicaciones e internet global. Y los planes presentados ante los reguladores internacionales contemplan cifras mucho más ambiciosas: más de 1,8 millones de satélites repartidos entre distintos proyectos comerciales. Solo las solicitudes registradas por la Comisión Federal de Comunicaciones (FCC) estadounidense supondrían multiplicar por casi ochenta la población actual de satélites operativos.

La pregunta ya no es si es técnicamente posible lanzar semejante cantidad de satélites. La cuestión es si el entorno orbital puede soportarlos.

BASURA ESPACIAL: UN VERTEDERO A MILES DE KILÓMETROS POR HORA

  • Más de 46.000 objetos son seguidos regularmente por las redes de vigilancia espacial, aunque solo una parte corresponde a satélites activos.
  • La Agencia Espacial Europea (ESA) estima que existen alrededor de 54.000 objetos de más de 10 centímetros, unos 1,2 millones de fragmentos de entre 1 y 10 centímetros y cerca de 140 millones de piezas de entre 1 milímetro y 1 centímetro.
  • Toda esa población de objetos artificiales que orbita la Tierra suma una masa superior a 16.700 toneladas.
  • La basura espacial no está formada únicamente por satélites abandonados. También incluye etapas de cohetes, piezas desprendidas, restos de explosiones, fragmentos de colisiones e incluso pequeñas partículas de pintura.
  • El tamaño engaña. Debido a las enormes velocidades relativas en órbita, un fragmento de apenas un centímetro puede causar daños graves o incluso inutilizar una nave espacial.
  • En algunas colisiones orbitales, los objetos pueden encontrarse a velocidades relativas de hasta aproximadamente 56.000 km/h, convirtiendo incluso pequeños fragmentos en peligrosos proyectiles.
  • Desde el inicio de la era espacial se han registrado más de 660 explosiones, colisiones y otros episodios de fragmentación capaces de generar nueva basura orbital.
  • La atmósfera ayuda a limpiar las órbitas más bajas. El tenue rozamiento atmosférico frena progresivamente muchos objetos hasta hacerlos reentrar y destruirse, pero a mayor altitud los restos pueden permanecer en el espacio durante décadas, siglos o más.
  • No toda la basura puede seguirse desde tierra. Los sistemas de vigilancia controlan principalmente los objetos mayores; millones de fragmentos pequeños son demasiado diminutos para rastrearlos individualmente.
  • El escenario más preocupante es el síndrome de Kessler: una situación en la que las colisiones producen nuevos fragmentos más rápido de lo que estos desaparecen, provocando una reacción en cadena de basura espacial capaz de hacer peligrosas determinadas regiones orbitales.

Fuente: Agencia Espacial Europea (ESA), Space Debris Office. Datos actualizados a junio de 2026.

Hugh G. Lewis, investigador de la Universidad de Birmingham especializado en basura espacial.

Hugh G. Lewis, investigador de la Universidad de Birmingham especializado en basura espacial. Su estudio advierte de que algunas de las megaconstelaciones previstas podrían superar un umbral crítico y desencadenar una proliferación descontrolada de fragmentos orbitales. Ilustración: IA-DALL-E / RexMolón Producciones.

El estudio que cuestiona la sostenibilidad de las grandes constelaciones

Hasta ahora, los organismos reguladores exigen a las empresas planes para minimizar la generación de basura espacial. Sin embargo, esas evaluaciones suelen centrarse en cada satélite de manera individual: cuánto tiempo permanecerá en órbita, cómo evitará colisiones o de qué forma será retirado cuando termine su vida útil.

Según Lewis, ese enfoque deja fuera el problema fundamental.

Una megaconstelación no funciona como un satélite aislado, sino como una infraestructura permanente formada por miles de aparatos que deben ser sustituidos de forma imparable conforme envejecen o fallan. El resultado es un flujo constante de lanzamientos, maniobras, retiradas y reemplazos que modifica por completo la dinámica del entorno orbital.

Para estudiar ese efecto colectivo, Lewis desarrolló una versión modificada de los modelos clásicos del síndrome de Kessler. En lugar de analizar solo la probabilidad de colisión entre objetos individuales, calculó el tamaño crítico de cada constelación: el número máximo de satélites que podría mantenerse antes de que la producción de fragmentos comenzara a crecer de manera autosostenida.

Su modelo incorpora factores que las compañías consideran esenciales para reducir riesgos:

✅ La capacidad de maniobrar para esquivar colisiones.

✅ La retirada controlada de los satélites al finalizar su misión.

✅ El efecto del rozamiento con la atmósfera, que hace que algunos objetos acaben reentrando y se destruyan.

Lejos de tratarse de un escenario pesimista, el propio autor reconoce que muchas de sus hipótesis son deliberadamente optimistas.

Las constelaciones que podrían superar el límite crítico

Lewis evaluó inicialmente catorce constelaciones ya desplegadas, parcialmente operativas o todavía en fase de planificación, que en conjunto sumarían cerca de 1,7 millones de satélites. Entre ellas figuran proyectos de SpaceX, Amazon, Eutelsat, Blue Origin, Guowang y AST SpaceMobile.

Posteriormente amplió el análisis incorporando otras propuestas de gran tamaño.

El resultado es llamativo. Veamos.

➡️ Según el modelo, seis constelaciones superarían el umbral que conduce a una proliferación descontrolada de fragmentos. Entre ellas aparecen la red china Guowang, la futura Starmind de SpaceX —concebida como una gigantesca infraestructura de centros de datos orbitales—, el proyecto Project Sunrise de Blue Origin, la constelación Stampede de Cowboy Space, Starcloud y la propuesta combinada de E-Space.

➡️ Otras tres constelaciones no entrarían plenamente en el síndrome de Kessler, pero sí alcanzarían un estado inestable en el que la cantidad de basura espacial seguiría aumentando hasta alcanzar un nuevo equilibrio mucho más elevado.

Lo más provocativo del estudio, publicado en el archivo en línea para las prepublicaciones de artículos científicos arXiv, es que el problema no depende exclusivamente del número de satélites.

Una de las constelaciones que entra en una situación inestable es Eutelsat Next, formada por apenas 528 satélites. En cambio, otras mucho mayores permanecen por debajo de los límites críticos gracias a una combinación más favorable de altura orbital, diseño de los satélites, capacidad de maniobra y tiempo de vida útil.

En otras palabras, no basta con fijar un número máximo de satélites. La sostenibilidad orbital depende de múltiples variables que interactúan entre sí.

Recreación artística de un satélite de la futura constelación StarMind de SpaceX. La compañía proyecta desplegar centros de datos en órbita equipados con hardware de NVIDIA para ejecutar tareas de IA en el espacio

Recreación artística de un satélite de la futura constelación StarMind de SpaceX. La compañía proyecta desplegar centros de datos en órbita equipados con hardware de NVIDIA para ejecutar tareas de IA en el espacio, una iniciativa que podría requerir miles de nuevos satélites a partir de 2027. Cortesía: SpaceX

Un modelo que, paradójicamente, podría quedarse corto

Otra conclusión sorprendente del trabajo es que el modelo ni siquiera considera el peor escenario posible.

Cada constelación se analiza como si estuviera completamente sola en el espacio, e ignora tanto los miles de satélites que ya existen como las restantes megaconstelaciones previstas. También deja fuera numerosos fragmentos pequeños, explosiones no provocadas por colisiones y otros elementos que, en la realidad, aumentarían el riesgo. El propio Lewis admite que incluir todos esos factores reduciría todavía más el tamaño crítico de muchas constelaciones.

Precisamente por eso, la astrónoma Samantha Lawler, de la Universidad de Regina (Canadá), que no participó en la investigación, considera especialmente preocupantes los resultados. En declaraciones a la revista Science, señala que el estudio realiza «tantas suposiciones favorables como es posible para los operadores de megaconstelaciones» y, aun así, termina entrando en el régimen de colisiones descontroladas. A su juicio, eso demuestra hasta qué punto algunas de las propuestas actuales están alejadas de lo que el entorno orbital puede soportar.

¿Exagera el estudio? No todos los expertos lo creen

Como ocurre con cualquier modelo matemático, las conclusiones no han convencido por igual a toda la comunidad científica.

Uno de los especialistas consultados por Science, Clayton Swope, subdirector del Proyecto de Seguridad Aeroespacial del Center for Strategic and International Studies (CSIS), considera que el modelo empleado es relativamente sencillo comparado con las sofisticadas simulaciones utilizadas por la NASA o la Agencia Espacial Europea (ESA). En su opinión, esos modelos incorporan el comportamiento individual de cada satélite y pueden describir con mayor precisión la evolución del entorno orbital.

Sin embargo, otros investigadores creen que precisamente esa simplicidad constituye uno de sus puntos fuertes.

El experto en sostenibilidad espacial Aaron Boley, de la Universidad de Columbia Británica, en Canadá, destaca que el trabajo pone sobre la mesa una cuestión mucho más amplia: la enorme laguna regulatoria que existe en la actualidad. Hoy no hay normas internacionales claras que establezcan, por ejemplo, qué operador debe apartarse cuando dos satélites se encuentran en trayectoria de colisión o cómo coordinar cientos de miles de maniobras simultáneas entre empresas rivales.

El problema ya empieza a ser visible.

Según los datos citados por Science, los satélites de SpaceX realizan a fecha de hoy una maniobra de evasión aproximadamente cada 75 segundos. Mientras hablamos de unas pocas decenas de miles de satélites, el sistema todavía puede gestionarse. Pero imaginar un escenario con varios cientos de miles o incluso más de un millón obliga a preguntarse si esa estrategia seguirá siendo viable.

Como resume Boley, resulta difícil imaginar que un entorno tan congestionado no acabe produciendo accidentes importantes.

El contrasentido de las normas actuales

Una de las críticas centrales del trabajo no va dirigida a las empresas, sino a los propios sistemas regulatorios.

Hoy cualquier operador debe demostrar que cada uno de sus satélites cumple determinados requisitos para minimizar la basura espacial. Pero casi nadie analiza el efecto acumulativo de lanzar decenas de miles de aparatos pertenecientes a una misma constelación.

Lewis compara estas redes orbitales con las grandes infraestructuras terrestres, como autopistas, redes ferroviarias o sistemas eléctricos. Nadie autorizaría una nueva autopista evaluando solo la seguridad de cada automóvil por separado. Sin embargo, eso es exactamente lo que sucede actualmente con muchas constelaciones orbitales.

El investigador sostiene que el verdadero riesgo aparece cuando miles de satélites permanecen a la vez en órbita durante años, siendo reemplazados continuamente conforme finaliza su vida útil. Esa población invisible de satélites que están ascendiendo, descendiendo o esperando reentrar en la atmósfera también ocupa espacio y puede participar en futuras colisiones.

Recreación de un satélite de Eutelsat OneWeb en órbita terrestre baja. La compañía prepara Eutelsat Next, un nuevo proyecto de 528 satélites

Recreación de un satélite de Eutelsat OneWeb en órbita terrestre baja. La compañía prepara Eutelsat Next, un nuevo proyecto de 528 satélites que, pese a su tamaño relativamente reducido, figura entre las constelaciones que el estudio sitúa por encima del umbral de inestabilidad para la generación de basura espacial. Cortesía: Eutelsat OneWeb

Hay margen para evitar el problema

La buena noticia es que el estudio no presenta un escenario inevitable.

De hecho, uno de los resultados más interesantes es que pequeñas modificaciones en el diseño de las constelaciones pueden cambiar por completo el resultado:

✅ Por ejemplo, prolongar la vida útil de los satélites desde cinco hasta ocho años reduce el número de lanzamientos necesarios para mantener una constelación y disminuye de manera significativa el riesgo de generar fragmentos. En algunos casos analizados, esa simple modificación basta para que una constelación deje de superar el umbral crítico.

✅ Otra posibilidad consiste en aumentar ligeramente la superficie de los satélites para que el rozamiento con las capas superiores de la atmósfera los frene con mayor rapidez una vez finalizada su misión. Cuanto menos tiempo permanezcan como objetos inactivos en órbita, menor será la probabilidad de que sufran una colisión.

✅ El estudio también destaca las ventajas de mantener el control de los satélites hasta prácticamente su reentrada atmosférica, en lugar de abandonarlos en órbitas de eliminación durante varios años. Esa estrategia —denominada control-to-re-entry— reduce el tiempo durante el cual un satélite fuera de servicio puede convertirse en un obstáculo para los demás.

Una llamada de atención antes de que sea demasiado tarde

Lewis insiste en que sus resultados no deben interpretarse como una predicción exacta del futuro.

Los modelos contienen incertidumbres inevitables. El comportamiento real dependerá de factores imposibles de conocer con precisión: la actividad solar, el éxito de las maniobras automáticas, la fiabilidad de los sistemas de seguimiento o la evolución tecnológica de los próximos años son algunos de ellos.

Pero precisamente porque existen esas incertidumbres, sostiene que las decisiones regulatorias deberían ser más prudentes y no menos.

El propio autor reconoce que su análisis adopta numerosas hipótesis optimistas: considera cada constelación de forma aislada, supone maniobras de evasión prácticamente perfectas, tasas de éxito muy elevadas en la retirada de satélites y un entorno orbital inicialmente libre de otros fragmentos. Si se incorporaran todos los objetos que ya orbitan alrededor de la Tierra, así como las futuras constelaciones funcionando simultáneamente, los límites de seguridad probablemente serían aún más restrictivos.

➡️ En otras palabras, el estudio no pretende anunciar un colapso inminente del espacio cercano a la Tierra, sino advertir de que algunos de los proyectos actualmente sobre la mesa podrían estar acercándose peligrosamente a un límite físico que hasta ahora apenas se había tenido en cuenta.

La Tierra, rodeada por una nube creciente de basura espacial. Esta visualización de la ESA muestra los satélites activos y millones de fragmentos de distintos tamaños que se estimaba orbitaban nuestro planeta en agosto de 2024.

La Tierra, rodeada por una nube creciente de basura espacial. Esta visualización de la ESA muestra los satélites activos y millones de fragmentos de distintos tamaños que se estimaba orbitaban nuestro planeta en agosto de 2024. Cada objeto puede provocar nuevas colisiones y alimentar una cascada capaz de hacer inutilizables determinadas órbitas. Cortesía: ESA.

Un recurso limitado que condicionará el futuro del espacio

Durante décadas hemos contemplado el espacio como un territorio prácticamente infinito. La inmensidad del cosmos hacía pensar que siempre habría sitio para un satélite más.

Sin embargo, las órbitas útiles alrededor de la Tierra son sorprendentemente limitadas. Las altitudes que ofrecen buenas comunicaciones, lanzamientos asequibles y una vida operativa razonable ocupan una estrecha franja alrededor del planeta. Y esa franja empieza a parecerse cada vez menos a un océano vacío y más a una red de autopistas congestionadas.

Las megaconstelaciones satelitales prometen llevar internet a cualquier rincón del planeta, mejorar la observación terrestre, facilitar las comunicaciones de emergencia e incluso alojar futuros centros de datos en el espacio. Son tecnologías con un enorme potencial económico y social.

Pero el trabajo de Lewis recuerda que existe una condición indispensable para que ese futuro sea posible: que el espacio siga siendo utilizable.

Porque, una vez desencadenada una cascada de colisiones al estilo del síndrome de Kessler, detenerla podría llevar décadas o incluso siglos. Y el precio no sería únicamente perder algunos satélites. También quedarían comprometidas las misiones científicas, la navegación por satélite, las comunicaciones globales, la observación de la Tierra e incluso el acceso seguro al espacio para futuras generaciones.

Aún estamos a tiempo de evitar ese escenario. Pero, como concluye el propio Lewis, llegará un momento en que habrá que tomar decisiones regulatorias antes de disponer de todas las certezas. Esperar a que la realidad confirme los peores pronósticos podría significar descubrir demasiado tarde que la autopista orbital más importante de la humanidad ya está irremediablemente colapsada.▪️(9-agosto-1963)

LO MÁS IMPORTANTE DEL ESTUDIO, EN 30 SEGUNDOS

  • El trabajo analiza 16 megaconstelaciones previstas o ya desplegadas.
  • Se basa en un nuevo modelo para calcular el tamaño crítico de una constelación.
  • Seis proyectos superarían el umbral asociado al síndrome de Kessler.
  • Otras tres constelaciones entrarían en un estado inestable con crecimiento continuado de basura espacial.
  • El modelo es deliberadamente optimista porque estudia cada constelación por separado.
  • Los autores creen que será necesario endurecer la regulación internacional.

PREGUNTAS & RESPUESTAS: Megaconstelación de Satélites y Basura Espacial

🛰️ ¿Qué es una megaconstelación de satélites?

Es una red formada por cientos, miles o incluso millones de satélites que trabajan conjuntamente para ofrecer servicios como internet, comunicaciones, observación terrestre o navegación.

🛰️ ¿Qué es la basura espacial?

Son todos los objetos artificiales que permanecen orbitando la Tierra sin utilidad: satélites averiados, etapas de cohetes y fragmentos producidos por explosiones o colisiones.

🛰️ ¿Qué es el síndrome de Kessler?

Es una reacción en cadena en la que las colisiones generan nuevos fragmentos que provocan todavía más colisiones, aumentando de forma exponencial la basura espacial.

🛰️ ¿Qué concluye el nuevo estudio?

Los investigadores estiman que varias megaconstelaciones actualmente planificadas podrían superar el límite de seguridad a partir del cual la generación de basura espacial se vuelve autosostenida.

🛰️ ¿El estudio afirma que el colapso orbital sea inevitable?

No. Los autores indican que el modelo contiene incertidumbres y que existen medidas capaces de reducir significativamente el riesgo, como modificar el diseño de las constelaciones o mejorar la regulación.

🛰️ ¿Qué consecuencias tendría un síndrome de Kessler?

Podría dificultar el lanzamiento de nuevos satélites, aumentar el riesgo para astronautas y estaciones espaciales, afectar a las comunicaciones, al GPS y a numerosos servicios que dependen de la infraestructura espacial.

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