Científicos de Stanford descubren cómo revertir el blanqueamiento de los corales en tiempo récord

Un coral al borde de la muerte puede volver a la vida gracias a otro sano. Investigadores de Stanford han descubierto un sorprendente mecanismo natural que permite recuperar en pocas semanas corales devastados por el blanqueamiento y abre una nueva esperanza para los arrecifes del planeta.

Por Enrique Coperías, periodista científico

Un buceador contempla un arrecife de coral, uno de los ecosistemas marinos más amenazados por el calentamiento de los océanos. Un descubrimiento de Stanford abre nuevas posibilidades para su recuperación.

Un buceador contempla un arrecife de coral, uno de los ecosistemas marinos más amenazados por el calentamiento de los océanos. Un descubrimiento de Stanford abre nuevas posibilidades para su recuperación. Foto de NEOM en Unsplash

En un laboratorio de la Universidad de Stanford, en California, dos pequeños fragmentos de coral protagonizaron accidentalmente una escena que podría cambiar nuestra manera de combatir una de las mayores catástrofes ecológicas de los océanos. Uno de ellos estaba sano, cubierto de su característica coloración marrón. El otro había perdido casi todas sus algas microscópicas, estaba completamente blanqueado y se encontraba en una situación crítica.

Ambos corales procedían de la misma colonia y habían caído uno sobre otro dentro de un acuario. Al cabo de un tiempo, los investigadores observaron algo inesperado: el coral moribundo comenzaba a recuperar su color justo por el lugar donde tocaba a su compañero sano.

Aquella observación fortuita, realizada en 2025 por el biólogo marino Stephen Palumbi, se convirtió en el punto de partida de una investigación que acaba de publicar la revista científica Science Advances. El resultado es extraordinario: corales que habían perdido prácticamente el cien por cien de sus algas simbióticas consiguieron recuperarse por completo en unas siete semanas, un plazo excepcionalmente corto frente a los meses que habitualmente puede prolongarse este proceso.

Y lo más sorprendente es que algunos solo necesitaron permanecer cinco días en contacto con un coral sano para iniciar una recuperación que después continuó por sí sola.

El descubrimiento, realizado por un equipo de la Estación Marina Hopkins de Stanford y encabezado por el investigador Daniel S. Collins, revela un mecanismo natural de recuperación que hasta ahora no se había descrito con este nivel de detalle. Los corales genéticamente idénticos pueden fusionar sus tejidos y establecer conexiones por las que se transfieren algas beneficiosas de un individuo sano a otro blanqueado. Una especie de transfusión biológica que devuelve al organismo debilitado la posibilidad de alimentarse y crecer.

«Aunque los corales blanqueados pueden estar muriéndose, todavía no están muertos», explica Collins. La pregunta que impulsó la investigación era tan sencilla como urgente: ¿qué podemos hacer una vez que un coral ya ha sufrido el blanqueamiento?

Qué es el blanqueamiento de los corales y por qué puede matarlos

La gran alianza con las algas

Para comprender la importancia del hallazgo hay que recordar que los corales no son plantas ni piedras de colores, sino animales. Cada colonia está formada por numerosos pólipos, pequeños organismos invertebrados emparentados con las anémonas y las medusas, capaces de construir los esqueletos calcáreos que, generación tras generación, levantan los grandes arrecifes tropicales.

Buena parte de su éxito evolutivo depende de una alianza extraordinaria con unas algas unicelulares de la familia Symbiodiniaceae, que viven alojadas en sus tejidos. Mediante la fotosíntesis, estas algas aprovechan la energía solar para fabricar compuestos orgánicos que transfieren al coral. A cambio, reciben protección, dióxido de carbono y nutrientes.

Esta cooperación permite que los arrecifes prosperen incluso en aguas tropicales relativamente pobres en nutrientes.

Pero la relación es vulnerable. Cuando la temperatura del mar supera durante suficiente tiempo los límites de tolerancia de los organismos, el estrés térmico altera el funcionamiento de esta simbiosis. Los corales pierden una parte importante de sus algas y de sus pigmentos, y dejan al descubierto el blanco del esqueleto calcáreo que se transparenta a través de sus tejidos.

El blanqueamiento no significa que el coral haya muerto, pero sí que ha perdido una de sus principales fuentes de energía. Si las temperaturas elevadas persisten o las algas no regresan a tiempo, los pólipos pueden morir de inanición. Además, los tejidos debilitados quedan expuestos al crecimiento de otras algas que colonizan su superficie y dificultan todavía más su supervivencia.

Daniel «Danny» Collins, investigador de la Universidad de Stanford, examina una pareja de fragmentos de coral en el laboratorio de Stephen Palumbi, donde se descubrió un mecanismo capaz de acelerar su recuperación tras el blanqueamiento.

Daniel «Danny» Collins, investigador de la Universidad de Stanford, examina una pareja de fragmentos de coral en el laboratorio de Stephen Palumbi, donde se descubrió un mecanismo capaz de acelerar su recuperación tras el blanqueamiento. Cortesía: Dan Griffin / GG Films

Uno de los grandes símbolos de la emergencia climática

Esta amenaza se ha convertido en uno de los grandes símbolos de la crisis climática. Las olas de calor marinas son cada vez más frecuentes e intensas, y los arrecifes han sufrido cuatro episodios globales de blanqueamiento desde 1998, incluido el iniciado en 2023.

El problema trasciende a la pérdida de unos organismos especialmente vistosos: los arrecifes proporcionan refugio y alimento a innumerables especies, sostienen pesquerías, favorecen el turismo y actúan como barreras naturales frente al oleaje y las tormentas.

Hasta ahora, buena parte de los esfuerzos científicos se había dirigido a encontrar corales más resistentes al calentamiento, seleccionar variedades tolerantes a las altas temperaturas o desarrollar técnicas de restauración. Sin embargo, existía una pregunta mucho menos explorada: cómo ayudar a recuperarse a los corales que ya han perdido sus algas, antes de que el deterioro resulte irreversible.

Y precisamente ahí es donde entra en juego el nuevo descubrimiento.

El experimento de Stanford: recuperar corales blanqueados mediante el contacto con otros sanos

Collins y sus colegas trabajaron con Pocillopora damicornis, una especie de coral ramificado ampliamente distribuida por los arrecifes del Indo-Pacífico. Los investigadores prepararon pequeños fragmentos procedentes de colonias mantenidas en acuarios y sometieron una parte de ellos a un tratamiento de estrés térmico hasta provocar su blanqueamiento.

El procedimiento permitió obtener corales prácticamente desprovistos de sus algas simbióticas. Las mediciones posteriores mostraron una diferencia abismal: mientras los pólipos sanos contenían una media superior a 6.700 células simbióticas por milímetro cuadrado, los blanqueados apenas conservaban siete. En términos porcentuales, habían perdido entre el 99,9 % y el 100 % de sus algas detectables.

Los científicos organizaron entonces un experimento sencillo. Prepararon diez parejas, cada una formada por un fragmento sano y otro blanqueado, ambos genéticamente idénticos. En cinco parejas, los colocaron en contacto directo. En las otras cinco, dejaron una separación de apenas cinco a siete milímetros.

La diferencia fue espectacular.

La importancia del contacto íntimo

En las parejas cuyos fragmentos se tocaban, las algas comenzaron a colonizar el tejido blanqueado desde los puntos de contacto. Su expansión fue progresiva, hasta que todos los fragmentos tratados recuperaron completamente sus pólipos en un máximo de ocho semanas. Uno de ellos lo consiguió en solo cuatro.

En los corales separados por unos pocos milímetros, el desenlace fue muy distinto. Aunque estaban cerca de un individuo sano, las algas no lograron recolonizarlos con suficiente rapidez. Su superficie empezó a cubrirse de algas filamentosas y diatomeas, y la pérdida de tejido se agravó con el paso de del tiempo. Después de nueve semanas, dos de los cinco fragmentos habían muerto y los otros tres presentaban una invasión de algas que afectaba, como mínimo, al 87 % de su superficie.

El contraste demuestra que la simple proximidad no basta. El contacto físico entre tejidos compatibles desencadena un proceso de recuperación mucho más eficaz que la captación de algas dispersas en el agua.

Los investigadores volvieron a examinar los ejemplares en la vigésima semana. Los que habían recibido algas de sus compañeros sanos no solo mantenían la recuperación, sino que habían desarrollado nuevos pólipos y ramificaciones. Habían pasado de una situación próxima al colapso a reanudar su crecimiento.

La imagen muestra cómo un fragmento de coral blanqueado (izquierda) recuperó su coloración en siete semanas gracias al contacto directo con otro sano y genéticamente idéntico.

La imagen muestra cómo un fragmento de coral blanqueado (izquierda) recuperó su coloración en siete semanas gracias al contacto directo con otro sano y genéticamente idéntico. Cortesía: Danny Collins

Cómo se recuperan los corales: una transferencia de algas que comienza en apenas tres días

El siguiente paso consistía en averiguar cómo se producía aquella recuperación. Para ello, el equipo recurrió a la microscopía confocal, una técnica que permite observar estructuras diminutas y distinguir las señales fluorescentes de diferentes componentes celulares.

Las imágenes sacaron a la luz una secuencia fascinante. Durante las primeras horas de contacto, unas pocas algas aparecían en los pólipos del coral blanqueado. Pero entre las 36hotas y las 60 horas se producía un cambio decisivo: la transferencia de algas se aceleraba en puntos muy concretos de unión entre ambos fragmentos.

Desde esas zonas, los microorganismos avanzaban hacia los tejidos vecinos. Si la conexión se establecía cerca del extremo superior del fragmento, la recolonización progresaba hacia abajo. Si aparecía en la base, avanzaba en sentido contrario. Cuando el contacto se producía aproximadamente en el centro, la recuperación se extendía en ambas direcciones.

Los investigadores observaron incluso que, dentro de un mismo pólipo, las algas podían reaparecer primero en unos tentáculos y después extenderse a los restantes, siguiendo la dirección general de la recolonización.

La fusión de tejidos, el mecanismo que permite compartir las algas

La clave estaba en la capacidad de los corales genéticamente idénticos para reconocer sus propios tejidos y fusionarlos. Al entrar en contacto, desarrollaban pequeños puentes de tejido vivo que permitían la transferencia directa de simbiontes.

Cuando los científicos separaron los fragmentos, encontraron desgarros coincidentes en los dos individuos, justamente en los lugares donde había comenzado la recolonización. Era una prueba física de que habían estado conectados.

Palumbi recurre a una comparación con la medicina humana para explicar el fenómeno. Según señala en la información difundida por Stanford, los corales genéticamente idénticos se reconocen y pueden fusionar sus tejidos, de manera parecida a lo que sucede con los trasplantes entre gemelos idénticos, cuya compatibilidad inmunológica es especialmente elevada.

La analogía ayuda a comprender el proceso, aunque existe una diferencia fundamental: los corales no necesitan una intervención quirúrgica para establecer estas conexiones. Sus tejidos pueden unirse espontáneamente cuando las condiciones biológicas lo permiten.

Las observaciones sugieren, además, que las algas transferidas se desplazan por el sistema gastrovascular del coral, una red interna que participa en la distribución de sustancias por la colonia.

No obstante, los investigadores todavía desconocen si los simbiontes viajan dentro de células del propio coral o si pueden desplazarse libremente por sus tejidos.

Las imágenes microscópicas muestran cómo las algas simbióticas de un coral sano recolonizan otro blanqueado en apenas 12 días, iniciando su recuperación.

Las imágenes microscópicas muestran cómo las algas simbióticas de un coral sano recolonizan otro blanqueado en apenas 12 días, iniciando su recuperación. Cortesía: Danny Collins / Jana Sipkova

¿Cuánto tarda un coral blanqueado en recuperarse?

Una de las preguntas más importantes del estudio era cuánto tiempo necesitaban permanecer unidos los dos corales para que el fragmento blanqueado pudiera recuperarse.

El equipo repitió el experimento y separó las parejas después de distintos periodos de contacto: un día, tres días, cinco días, una semana, dos semanas y tres semanas.

Los resultados revelaron que una semana de contacto era suficiente para iniciar una recuperación completa y autónoma. Todos los fragmentos examinados que habían permanecido unidos durante ese periodo o más tiempo consiguieron recuperar sus pólipos. También lo logró uno de los ejemplares que había recibido algas durante solo cinco días.

Los fragmentos que recibieron suficientes simbiontes pudieron completar su recuperación en unas siete semanas, incluso después de separarse del donante.

En cambio, aunque los contactos de tres días permitieron detectar la transferencia de algas y los primeros signos de mejoría, esa aportación no resultó suficiente para impedir que los fragmentos terminaran invadidos por algas externas. En las muestras separadas después de un único día, los científicos no observaron una recuperación apreciable.

La distinción es importante: tres días pueden bastar para iniciar la transferencia, pero no necesariamente para salvar al coral. La supervivencia depende de que consiga incorporar suficientes algas para mantener después una población estable.

Las algas se multiplican a una velocidad extraordinaria

La sorpresa cobró un nuevo nivel cuando los investigadores analizaron la velocidad a la que se multiplicaban estos microorganismos.

Durante la segunda semana, su población se duplicaba aproximadamente cada cuatro días, una rapidez muy superior a la observada en muchos corales que se recuperan de forma natural en los arrecifes.

En estudios anteriores realizados en la Gran Barrera de Coral australiana, por ejemplo, se habían documentado periodos de duplicación de alrededor de tres meses. En otros trabajos desarrollados en Samoa, algunas poblaciones de simbiontes tardaban entre 16 y 24 días en duplicarse, aunque también se registraron casos más rápidos.

El contraste apunta a que la recuperación acelerada no depende únicamente de recibir nuevas algas. También interviene la extraordinaria capacidad de estas para multiplicarse una vez instaladas en el organismo debilitado.

🗣️ «Una vez que las algas beneficiosas entran en los corales blanqueados, no se limitan a extenderse —explica Palumbi. Y añade—: Entran en grandes cantidades y comienzan a dividirse a las velocidades más rápidas observadas en corales».

Todavía no está claro por qué ocurre. Una posibilidad es que las algas procedentes del coral sano lleguen sin haber sufrido el estrés térmico que deterioró a las poblaciones originales. Otra es que los tejidos blanqueados, prácticamente vacíos de simbiontes, ofrezcan inicialmente más recursos y espacio para su reproducción.

Los científicos también plantean que el intercambio de nutrientes entre ambos corales podría contribuir al proceso, aunque el estudio no permite determinar hasta qué punto.

En cualquier caso, el hallazgo revela un mecanismo de recuperación especialmente eficaz: el coral sano proporciona las algas que faltan y, una vez establecidas, estas se multiplican hasta restaurar la simbiosis.

Por qué no funciona con cualquier coral sano

El descubrimiento incluye una limitación biológica que podría resultar decisiva para sus futuras aplicaciones. Así es, los investigadores quisieron comprobar qué ocurría si ponían en contacto un coral sano y otro blanqueado pertenecientes a individuos genéticamente diferentes, aunque fueran de la misma especie.

Esta vez, el encuentro no fue amistoso.

En lugar de fusionar sus tejidos y compartir sus algas, los corales comenzaron a mostrar señales de antagonismo. En cuestión de horas desplegaron filamentos mesentéricos, unas estructuras provistas de células urticantes que pueden utilizar para defenderse y competir con otros organismos.

La interacción terminó perjudicando especialmente a los fragmentos blanqueados, que ya se encontraban debilitados. En varios casos, los tejidos de los corales sanos avanzaron sobre sus vecinos hasta cubrirlos.

Ninguno de los fragmentos blanqueados emparejados con un individuo genéticamente diferente consiguió recuperarse.

Los investigadores comprobaron que sí podía producirse una transferencia limitada de algas entre corales no idénticos, probablemente mediante la liberación de simbiontes y su posterior captación por los pólipos vecinos. Pero la cantidad recibida era demasiado pequeña para desencadenar una recuperación comparable a la observada entre clones.

La eficacia del mecanismo depende, por tanto, de la compatibilidad genética entre el coral donante y el receptor.

Esta condición representa un obstáculo formidable si se pretende trasladar el descubrimiento a los arrecifes naturales. No sería viable buscar un ejemplar sano genéticamente idéntico para cada coral blanqueado en las inmensas extensiones que pueden resultar afectadas por una ola de calor marina.

Sin embargo, el resultado ofrece una pista valiosa: el problema no parece estar exclusivamente en las algas, que pueden ser captadas en pequeñas cantidades por otros individuos, sino en la capacidad de los tejidos del coral para permitir una transferencia abundante y rápida.

Comprender los mecanismos moleculares que gobiernan ese reconocimiento podría abrir la puerta a estrategias que faciliten el intercambio de simbiontes sin exigir una identidad genética completa.

Por ahora, es una posibilidad científica que habrá que investigar, no una tecnología disponible.

Coral cuerno de alce muerto en el arrecife Sombrero, en los Cayos de Florida. Las zonas blancas muestran el blanqueamiento, mientras que las manchas marrones y anaranjadas corresponden a tejido que ha muerto.

Coral cuerno de alce muerto en el arrecife Sombrero, en los Cayos de Florida. Las zonas blancas muestran el blanqueamiento, mientras que las manchas marrones y anaranjadas corresponden a tejido que ha muerto. Cortesía: Coral Restoration Foundation

¿Puede este descubrimiento salvar los arrecifes de coral del calentamiento global?

El hallazgo llega en un momento en el que la conservación de los corales necesita tanto medidas urgentes como nuevas herramientas científicas. Las estrategias actuales incluyen el cultivo de fragmentos en viveros submarinos, la selección de colonias resistentes al calor, la reproducción asistida y el estudio de microorganismos capaces de mejorar la tolerancia de los corales a las temperaturas elevadas.

La investigación de Stanford introduce una perspectiva complementaria. En lugar de concentrarse exclusivamente en evitar el blanqueamiento, plantea intervenir después de que se haya producido, aprovechando la capacidad de recuperación de los organismos que todavía permanecen vivos.

Fiorenza Micheli, profesora de ciencias marinas de Stanford y coautora del trabajo, subraya en las declaraciones publicadas por la universidad que los corales blanqueados suelen considerarse casos perdidos porque su recuperación tras una ola de calor es extremadamente lenta, cuando llega a producirse.

La investigadora espera que este nuevo conocimiento inspire soluciones capaces de mantener vivos a los corales el tiempo suficiente para que puedan recuperarse y reanudar procesos esenciales como el crecimiento y la reproducción.

No obstante, conviene distinguir entre un descubrimiento prometedor y un tratamiento listo para utilizarse en el océano.

Las limitaciones científicas de la nueva técnica

El estudio se realizó en acuarios, con fragmentos pequeños de una única especie, Pocillopora damicornis, y con un número limitado de muestras. Los investigadores trabajaron con dos genotipos y unas condiciones ambientales controladas, incluida una alimentación que, según reconocen, tal vez fue más abundante que la disponible en muchos arrecifes naturales.

Además, las pruebas de recuperación se desarrollaron después de retirar a los corales de las condiciones de estrés térmico que habían provocado su blanqueamiento. Por tanto, los resultados no demuestran que el procedimiento pueda salvar organismos sometidos a una ola de calor persistente.

Tampoco se sabe todavía si la transferencia puede funcionar con la misma eficacia en especies de coral diferentes, en colonias de gran tamaño o en arrecifes donde las corrientes, las enfermedades y la competencia biológica complican cualquier intervención.

Hay otra cuestión fundamental: recuperar las algas no equivale necesariamente a garantizar la supervivencia a largo plazo. Si las temperaturas marinas continúan aumentando, incluso un coral que haya recuperado completamente sus simbiontes podría sufrir nuevos episodios de blanqueamiento.

Los autores consideran prioritario investigar cómo aprovechar esta transferencia sin necesidad de mantener unidos dos ejemplares genéticamente idénticos.

Una posibilidad que plantean es obtener algas de corales sanos antes de las olas de calor, conservarlas y desarrollar sistemas capaces de introducirlas posteriormente en los organismos afectados.

También proponen estudiar la transferencia de simbiontes especialmente tolerantes a las altas temperaturas. Si fuera posible combinarlos con una recolonización rápida, las futuras intervenciones quizá no solo permitirían recuperar corales blanqueados, sino también mejorar su capacidad para soportar nuevos episodios de estrés térmico. Pero esta hipótesis todavía necesita demostración experimental.

La investigación tampoco elimina la necesidad de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero. Ninguna técnica de restauración conocida puede sustituir la estabilización de las temperaturas oceánicas, condición indispensable para preservar los arrecifes a largo plazo.

Aun así, lo sucedido en aquel acuario de Stanford encierra un mensaje esperanzador. Durante décadas, los científicos han dedicado grandes esfuerzos a comprender por qué mueren los corales cuando el mar se calienta. Ahora empiezan a descubrir, con un detalle hasta hace poco desconocido, cómo algunos pueden escapar de ese destino.

Y la respuesta podría encontrarse en una capacidad natural que había pasado inadvertida: la de compartir los microorganismos que hacen posible su supervivencia.

El experimento comenzó con dos fragmentos que se tocaron por accidente. Uno estaba sano y el otro parecía condenado. Semanas después, el fragmento blanqueado había iniciado un proceso de recuperación que le permitió recobrar su vitalidad.

En un océano donde los arrecifes pierden terreno frente al calentamiento global, comprender cómo un coral puede ayudar a recuperarse a otro abre una posibilidad que hasta ahora apenas se había explorado: intervenir cuando el blanqueamiento ya se ha producido, pero todavía queda tiempo para evitar la muerte. ▪️(19-septiembre-2026)

🪸 Corales al rescate: las claves de un descubrimiento sorprendente

¿Pueden recuperarse los corales que han perdido sus algas? ¿Cuánto tardan en hacerlo? Estas son las respuestas a las principales preguntas que plantea el hallazgo de la Universidad de Stanford.

¿Se puede revertir el blanqueamiento de los corales?

Sí, en determinadas condiciones. Científicos de Stanford han demostrado en laboratorio que fragmentos de coral blanqueados pueden recuperarse mediante la transferencia de algas simbióticas desde otros corales sanos genéticamente idénticos. Todavía no es una técnica validada para restaurar arrecifes naturales.

¿Cuánto tiempo necesita un coral para recuperarse?

En el estudio, los fragmentos que recibieron suficientes algas lograron recuperarse completamente en unas siete semanas. Algunos necesitaron únicamente cinco días de contacto inicial con un coral sano para continuar después su recuperación autónoma.

¿Qué provoca el blanqueamiento de los corales?

Principalmente, el estrés causado por temperaturas marinas demasiado elevadas. Este altera la relación entre los corales y sus algas simbióticas, que les proporcionan gran parte de su energía. La pérdida de estas algas deja a los corales debilitados y puede provocar su muerte.

¿Por qué no puede utilizarse todavía este descubrimiento para salvar todos los arrecifes?

Porque la transferencia masiva de algas observada requiere que los corales sean genéticamente idénticos. Además, los experimentos se realizaron con pequeños fragmentos en acuarios y todavía se desconoce su eficacia en el océano.

Fuente: Collins y colaboradores, Science Advances (2026). Universidad de Stanford.

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