La ciencia demuestra que las princesas del Antiguo Egipto eran expertas arqueras hace 4.000 años
Un estudio bioarqueológico desmonta una creencia mantenida durante más de un siglo. Los huesos de varias princesas egipcias del Imperio Medio confirman que utilizaban arcos, flechas y otras armas con las que fueron enterradas. Las marcas musculares, las fracturas cicatrizadas y otros indicios muestran que estas mujeres llevaban una vida mucho más activa y exigente de lo que se pensaba.
Por Enrique Coperías, periodista científico
Recreación artística de una princesa del Imperio Medio egipcio practicando el tiro con arco. Crédito: IA-DALL-E / RexMolón Producciones
LO MÁS IMPORTANTE DEL ESTUDIO, EN 30 SEGUNDOS
- Un estudio publicado en Frontiers in Environmental Archaeology demuestra que varias princesas egipcias practicaban el tiro con arco y probablemente también la caza.
- Las inserciones musculares de brazos y hombros indican un entrenamiento físico intenso y prolongado.
- Las armas halladas en sus tumbas eran instrumentos de uso real, no simples símbolos funerarios.
- Algunas princesas sobrevivieron a fracturas de costillas y pies, una prueba de que llevaron una vida físicamente exigente.
- Los esqueletos revelan además enfermedades, infecciones y posibles déficits nutricionales, lo que demuestra que el alto estatus social no las libraba de las dificultades.
- El estudio obliga a revisar la visión tradicional sobre el papel de las mujeres de la realeza en el Antiguo Egipto.
Los arcos, flechas, mazas y dagas depositados en las tumbas de varias princesas egipcias parecían simples símbolos de poder para acompañarlas en la otra vida. Sin embargo, un nuevo estudio bioarqueológico demuestra que aquellas mujeres, que vivieron hace unos 4.000 años, no solo fueron enterradas con esas armas, sino que también sabían utilizarlas.
La prueba ha permanecido todo este tiempo grabada en sus propios huesos.
Las inserciones musculares extraordinariamente desarrolladas en brazos y hombros, junto con fracturas perfectamente cicatrizadas y otras lesiones compatibles con una intensa actividad física, indican que varias mujeres de la familia real del Reino Medio practicaban de forma habitual disciplinas tan exigentes como el tiro con arco, el manejo de armas y, probablemente, la caza. Y no solo eso. Sus esqueletos también revelan que pertenecer a la élite del Antiguo Egipto no las protegía de enfermedades, accidentes o carencias nutricionales.
La investigación, publicada en la revista Frontiers in Environmental Archaeology, representa una de las reconstrucciones bioarqueológicas más completas realizadas hasta ahora sobre miembros de la realeza egipcia del Imperio Medio (2040 a. C -1782 a. C.).
Huesos que hablan
Durante décadas, la arqueología egipcia centró gran parte de sus esfuerzos en conservar los espectaculares ajuares funerarios: joyas de oro, vasos de alabastro, estatuillas, cofres ricamente decorados o refinadas armas ceremoniales. Los esqueletos de quienes habían poseído aquellos tesoros quedaron, en muchos casos, relegados a un segundo plano.
Paradójicamente, eran precisamente esos huesos los que conservaban la información más valiosa sobre cómo habían vivido aquellas personas.
Eso es precisamente lo que ha querido cambiar el equipo dirigido por la bioarqueóloga egipcia Zeinab Hashesh, de la Universidad de Beni Suef, en Cairo (Egipto). En lugar de fijarse solo en los objetos depositados junto a los difuntos, Hashesh y sus colegas Ahmed Gabr y Roxie Walker decidieron analizar con detalle los propios restos humanos para reconstruir su biografía: su edad, su estado de salud, las enfermedades que padecieron, las lesiones que sobrevivieron e incluso las actividades físicas que realizaron de forma repetida durante años.
El punto de partida de esta historia parece sacado de una novela detectivesca.
Momias extraviadas durante más de un siglo
Los protagonistas del estudio son seis miembros de la realeza enterrados en Dahshur, una gran necrópolis situada al sur de El Cairo, donde se levantan algunas de las pirámides más importantes del Reino Medio. Sus tumbas fueron descubiertas entre 1894 y 1895 por el arqueólogo francés Jacques de Morgan, que encontró enterramientos prácticamente intactos pertenecientes al faraón Hor de la dinastía XIII de Egipto y a varias princesas relacionadas con Amenemhat II, también concido como Nubkaura Amenemhat
Tras aquellas excavaciones, los restos fueron trasladados al Museo Egipcio de El Cairo. Allí permanecieron almacenados durante décadas, y fueron cambiando varias veces de ubicación hasta quedar prácticamente olvidados en los sótanos del edificio.
Solo en 2020, durante un ambicioso proyecto de catalogación y conservación de restos humanos, los investigadores volvieron a encontrarlos.
Y no cabe duda alguna que fue un auténtico redescubrimiento científico.
La maravillosa daga encontrada en la tumba de la princesa Ita es uno de los hallazgos más emblemáticos de Dahshur. El nuevo estudio sugiere que armas como esta no eran simples símbolos de prestigio funerario, sino objetos que algunas mujeres de la realeza egipcia pudieron utilizar realmente durante su vida. Cortesía: Sameh Abdel Mohsen
Cómo llegaron los investigadores a esta conclusión
Muchos de los huesos conservaban todavía las inscripciones manuscritas realizadas por los arqueólogos del siglo XIX para identificar a cada individuo. Incluso aparecieron viejos papeles de periódico utilizados hace más de cien años para envolver algunos restos óseos antes de almacenarlos. Era como abrir una cápsula del tiempo que había permanecido cerrada durante generaciones.
Aunque los tejidos blandos se habían desintegrado hacía siglos —la momificación de esta época era mucho menos sofisticada que la de épocas posteriores—, los huesos conservaban un estado suficiente para permitir un análisis muy detallado.
Los científicos aplicaron técnicas de osteología forense, radiografías y análisis químicos mediante espectroscopía infrarroja para estudiar tanto los esqueletos como los restos de resinas empleadas durante la momificación. El objetivo era reconstruir, con el mayor detalle posible, la vida cotidiana de estos personajes históricos.
El gran misterio de las armas
Desde el descubrimiento de estas tumbas flotaba entre los arqueólogos una pregunta sin respuesta. Hablamos de que varias de las princesas habían sido enterradas con arcos, flechas, mazas e incluso elegantes dagas de gran calidad. Por ejmplo, en el caso de la princesa Ita, hija de un rey que vivió durante la XII dinastía, hacia el año 1850 a. C., apareció una daga especialmente refinada que durante décadas fue considerada un simple objeto ceremonial.
La explicación parecía lógica. En la iconografía egipcia, las armas suelen asociarse a los faraones y a los hombres. Por eso, muchos arqueólogos interpretaron que aquellos objetos constituían símbolos de prestigio, poder o protección para la vida de ultratumba, pero no herramientas utilizadas realmente por sus propietarias.
El nuevo estudio cuestiona esa interpretación.
🗣️ «Los miembros de la familia real, especialmente las mujeres, participaban activamente en actividades especializadas y físicamente exigentes como el tiro con arco y la caza —explica la autora principal del trabajo, Zeinab Hashesh, en un comunicado de Frontiers. Y añade: Esta conclusión está respaldada por la forma en que sus huesos se desarrollaron para soportar un uso muscular intenso, que coincide directamente con las armas descubiertas en sus tumbas».
La clave estaba en algo invisible para quienes excavaron aquellos enterramientos hace más de un siglo: las inserciones musculares.
Disposición de los esqueletos de cuatro mujeres de la realeza halladas en la necrópolis de Dahshur: las princesas Ita (A), Khenmet (B) y Itaweret (C), y un cuarto individuo identificado provisionalmente como Sathathormeryt (D). Cortesía: Frontiers in Environmental Archaeology
Cuando los músculos dejan huella en los huesos
Los músculos no solo mueven el cuerpo. en efecto, cada vez que se contraen tiran del hueso al que están unidos mediante tendones y ligamentos. Si una persona repite durante años un mismo movimiento intenso —por ejemplo, tensar continuamente la cuerda de un arco— esas zonas de inserción responden desarrollando superficies más robustas y prominentes.
Es un fenómeno perfectamente conocido por los antropólogos físicos.
Los investigadores encontraron precisamente ese patrón en varias de las princesas de Dahshur.
Las clavículas, los húmeros, los cúbitos y diversos huesos de las manos mostraban inserciones musculares excepcionalmente desarrolladas. Algunos músculos implicados en estabilizar el hombro, flexionar el antebrazo o sujetar con fuerza un arma presentaban un grado de desarrollo muy superior al esperado para una actividad cotidiana.
🗣️ En palabras de Hashesh, «encontramos un desarrollo muy marcado en las extremidades superiores, compatible con acciones repetitivas y de alta intensidad, como tensar la cuerda de un arco o estabilizar un arma. Esto demuestra que estas actividades formaron parte habitual de sus vidas».
Para los autores, esa evidencia explica de forma directa la presencia de arcos, flechas y mazas en las tumbas femeninas.
No eran simples adornos funerarios. Eran herramientas que aquellas mujeres sabían utilizar.
La prueba resulta especialmente sólida, porque el mismo patrón aparece también en el rey Hor y en la princesa Noub-Hotep, ambos igualmente enterrados con armamento.
Una princesa que sobrevivió a varias fracturas
Entre todos los esqueletos analizados, quizá el más revelador sea el de la princesa Itaweret. Murió siendo una mujer joven, con una edad estimada de entre 20 y 34 años. Sin embargo, sus huesos reflejan una vida mucho más intensa de lo que cabría esperar para una princesa del Antiguo Egipto.
Los investigadores descubrieron que había sufrido fracturas en varias costillas y lesiones por estrés en varios huesos del pie. Lo sorprendente es que todas ellas estaban perfectamente consolidadas cuando falleció, lo que significa que sobrevivió a los accidentes y continuó viviendo durante años.
Además, presentaba signos de desgaste articular y potentes inserciones musculares precisamente en aquellas zonas implicadas en el uso repetitivo del hombro, el brazo y la mano durante el tiro con arco.
🗣️ Para Hashesh, el conjunto de evidencias resulta difícil de explicar si aquellas mujeres hubieran llevado una vida sedentaria: «Estas lesiones probablemente fueron consecuencia de accidentes, caídas, golpes fuertes u otros impactos relacionados con un estilo de vida activo, ya fuera durante actividades de caza, entrenamiento militar u otras tareas físicamente exigentes».
Pero existe otro detalle especialmente llamativo. Todas esas fracturas cicatrizaron correctamente. Eso significa que Itaweret recibió cuidados médicos eficaces, algo coherente con su condición de miembro de la familia real. «Lo más notable es que las lesiones curaron bien, lo que sugiere que tuvieron acceso a una atención médica muy avanzada para su época», dice Hashesh.
Una vida privilegiada... pero lejos de ser cómoda
El estudio rompe otro tópico muy extendido sobre la realeza del Antiguo Egipto. Podría pensarse que quienes vivían en palacio disfrutaban de una existencia libre de penurias. Sin embargo, los esqueletos cuentan otra historia.
La princesa Khenmet, que falleció entre los 35 y los 45 años, presentaba una importante pérdida de masa ósea compatible con osteoporosis, aunque los autores advierten de que serán necesarios nuevos análisis para confirmarlo. También mostraba signos de infecciones óseas ya curadas y posibles alteraciones relacionadas con deficiencias de vitamina D.
El faraón Hor, por su parte, conservaba evidencias de estrés fisiológico prolongado, tal vez relacionado con enfermedades crónicas, infecciones o déficits nutricionales sufridos en algún momento de su vida. Los investigadores detectaron lesiones características en el cráneo asociadas precisamente a este tipo de procesos.
Incluso entre los miembros de la familia real aparecieron problemas articulares, signos de osteoartritis y diversas anomalías congénitas. En otras palabras, el lujo de los palacios no inmunizaba frente a los riesgos cotidianos de la vida hace cuatro milenios.
Algunas de las lesiones y anomalías óseas identificadas en la princesa Khenmet. Cortesía: Frontiers in Environmental Archaeology
Los huesos también miran a la familia
El estudio ofrece otra pista inesperada. Hablamos de que las cuatro hermanas analizadas compartían una rara anomalía en la columna vertebral. Este rasgo anatómico resulta poco frecuente en la población general, pero aparece repetidamente entre ellas.
Para los investigadores, esta coincidencia constituye una sólida evidencia de que sus padres pertenecían a un grupo familiar muy estrechamente emparentado.
Aunque los matrimonios entre miembros de la realeza serían mucho más conocidos siglos después, durante la época de los faraones del Imperio Nuevo, este trabajo sugiere que la endogamia ya estaba presente entre determinadas dinastías del Imperio Medio.
Los análisis genéticos todavía no se han realizado, pero los propios huesos apuntan claramente en esa dirección.
Mucho más que joyas y tesoros
Quizá la enseñanza más importante del trabajo no tenga que ver con el tiro con arco.
Durante décadas, los objetos encontrados en las tumbas reales fueron los grandes protagonistas de la arqueología egipcia. Las joyas, las armas o los vasos rituales acaparaban la atención, mientras que los restos humanos quedaban almacenados en cajas de museo durante generaciones.
🗣️ Hashesh quiere invertir esa perspectiva: «Nuestro sueño es ir mucho más allá de identificar a los miembros de la realeza de Dahshur. Queremos reconstruir por completo sus historias de vida, conocer a sus familias, su salud e incluso su papel político con el mayor detalle posible».
Los investigadores plantean incluso crear reproducciones tridimensionales de los esqueletos para fines docentes y exposiciones virtuales, mostrando conjuntamente los restos humanos y los extraordinarios objetos recuperados en sus tumbas.
Todo ello, subrayan, respetando siempre la dignidad de los individuos y el contexto funerario original.
Esfinge dedicada a la princesa Ita, hija del faraón Amenemhat II. Cortesía: Louvre
Las mujeres olvidadas del Imperio Medio
Durante mucho tiempo, la historia del Antiguo Egipto ha estado dominada por los faraones. Las grandes campañas militares, las pirámides, los templos y las conquistas han eclipsado el papel desempeñado por las mujeres de la corte. Sin embargo, este trabajo muestra que algunas de ellas desarrollaron habilidades físicas que hasta ahora se atribuían casi exclusivamente a los hombres.
Eso no significa necesariamente que participaran en combates o dirigieran ejércitos. Los propios autores son prudentes, y hablan de un conjunto de actividades compatibles con el entrenamiento, la caza y el uso habitual de armas. Pero sí demuestra que los arcos, las flechas y las mazas hallados junto a sus cuerpos difícilmente pueden interpretarse ya como simples adornos ceremoniales.
Sus propios huesos contradicen esa idea.
Las marcas dejadas por miles de horas tensando un arco o empuñando un arma quedaron grabadas para siempre en sus esqueletos, esperando cuatro mil años a que alguien aprendiera a leerlas.
Como resume Zeinab Hashesh, «sus joyas y objetos funerarios son absolutamente fascinantes y deslumbran por su extraordinaria artesanía. Sin embargo, mientras los arqueólogos se centraban en conservar esos tesoros, las personas que los llevaron fueron olvidadas. Nuestro estudio pretende cambiar esa situación».
Y quizá ese sea el hallazgo más importante de todos.
No solo hemos descubierto que algunas princesas del Antiguo Egipto eran expertas arqueras. También hemos recuperado, gracias a la bioarqueología, una parte de sus vidas que había permanecido enterrada bajo siglos de interpretaciones incompletas. Sus huesos ya no son únicamente restos arqueológicos: se han convertido en un relato extraordinariamente humano sobre el esfuerzo, el dolor, la resistencia y el papel que desempeñaron unas mujeres cuya verdadera historia apenas empezamos ahora a comprender.▪️(18-julio-2026).
Información facilitada por Frontiers
Fuente: Hashesh Z., Gabr A. and Walker R. Bioarchaeological reassessment of Dahshur royal skeletal remains from the Late Middle Kingdom (c. 1850–1700 BCE). Frontiers in Environmental Archaeology (2026). DOI: 10.3389/fearc.2026.1844402

