Los perros también prefieren las consonantes: su cerebro aprende a dividir el habla de forma parecida como lo hace el humano

No hace falta entender una palabra para aprender a encontrarla. Un estudio publicado en Science muestra que el cerebro de los perros utiliza las consonantes como pistas privilegiadas para dividir el flujo continuo del habla, una estrategia que los acerca al procesamiento humano y conecta con hallazgos sorprendentes en bebés, ratas e incluso ChatGPT.

Por Enrique Coperías, periodista científico

El neurocientífico cognitivo Attila Andics prepara el registro de EEG de un perro durante el experimento.

El neurocientífico cognitivo Attila Andics prepara el registro de EEG de un perro durante el experimento. Cortesía: Boglárka Morvai / Universidad Eötvös Loránd

Imagina que escuchas durante varios minutos una lengua desconocida en la que las palabras se suceden sin silencios. No sabes dónde termina una y empieza la siguiente. ¿En qué se fijaría su cerebro para poner orden en ese río de sonidos?

Los seres humanos adultos recurrimos a un truco: concedemos más peso a las consonantes que a las vocales. Aunque estas últimas suelen ser más largas, intensas y acústicamente llamativas, las consonantes contienen, en muchos idiomas, más información para reconocer la identidad de las palabras.

Ahora resulta que los perros parecen haber descubierto algo parecido.

Un equipo de la Universidad Eötvös Loránd (ELTE), en Budapest (Hungría), ha encontrado por primera vez evidencias neuronales de que el cerebro canino también se apoya preferentemente en patrones consonánticos cuando intenta dividir el habla continua en unidades semejantes a palabras.

Qué es el sesgo consonántico y por qué importa

El trabajo, dirigido por el neurocientífico cognitivo Attila Andics y publicado en la revista Science, cuestiona la idea de que este llamado sesgo consonántico —la tendencia a utilizar las consonantes más que las vocales para reconocer o identificar palabras— necesite necesariamente un cerebro dotado de lenguaje.

No nacemos necesariamente con esa estrategia plenamente desarrollada. Durante las primeras etapas de la vida, los bebés prestan gran atención a las vocales, más largas y acústicamente prominentes. Con el desarrollo y la experiencia lingüística, las consonantes adquieren progresivamente un papel privilegiado para reconocer palabras.

En el caso de los peludos, la cuestión va bastante más allá de saber cuánto entiende un perro cuando hablamos con él. En realidad, toca uno de los grandes problemas de la ciencia del lenguaje: ¿qué propiedades de nuestro extraordinario sistema lingüístico necesitan mecanismos específicamente humanos y cuáles pueden surgir simplemente de exponerse miles de horas a regularidades sonoras?

«Las consonantes normalmente forman el esqueleto de las palabras», explica Andics en un comunicado difundido por la ELTE. Ese esqueleto resulta especialmente útil cuando el cerebro tiene que resolver un problema endiablado: encontrar palabras dentro de una señal acústica que, en la vida real, rara vez llega cuidadosamente separada por pausas.

Un experimento con 20 perros y 20 personas

Para desenredar la madeja, los investigadores compararon a veinte personas adultas y a veinte perros de compañía mientras escuchaban secuencias artificiales de habla. No eran palabras reales. Los científicos construyeron pseudopalabras de tres sílabas que los participantes nunca habían oído y que carecían de significado.

La clave estaba escondida en su estructura. Había tres situaciones experimentales:

1️⃣ En unas secuencias se repetían determinados patrones de consonantes, mientras cambiaban las vocales.

2️⃣ En otras se mantenían determinados patrones de vocales, mientras variaban las consonantes.

3️⃣ En la condición de control, las mismas sílabas aparecían en un orden aleatorio, sin regularidades que permitieran descubrir supuestas palabras.

Lo crucial es que no existían pausas entre ellas. Ninguna señal indicaba al cerebro: Aquí termina una palabra y comienza la siguiente. Los participantes tenían que descubrir las fronteras solo a partir de las regularidades estadísticas presentes en la secuencia.

Las etóloga Boglárka Morvai, coautora del estudio, explica que el razonamiento era sencillo: si para desarrollar una preferencia por las consonantes fueran imprescindibles capacidades lingüísticas exclusivamente humanas, ningún perro debería mostrarla, aunque pase gran parte de su vida escuchándonos hablar. Pero si el fenómeno surge de aprender patrones repetidos, también podría aparecer en el cerebro canino.

Perro y propietaria, preparados para una medición con electroencefalografía durante el experimento sobre cómo el cerebro canino procesa el habla humana.

Perro y propietaria, preparados para una medición con electroencefalografía durante el experimento sobre cómo el cerebro canino procesa el habla humana. Cortesía: Boglárka Morvai / Universidad Eötvös Loránd

El cerebro del perro encuentra mejor las «palabras» construidas con consonantes

Los científicos buscaron una señal especialmente reveladora: la sincronización neuronal o neural entrainment.

Cuando el cerebro detecta una regularidad periódica en una señal sonora, determinadas oscilaciones de su actividad pueden sincronizarse con ese ritmo. Las sílabas del experimento aparecían a una frecuencia de cuatro veces por segundo, mientras que las pseudopalabras completas se repetían aproximadamente 1,33 veces por segundo.

Si el cerebro descubría aquellas palabras escondidas, debía aparecer actividad neuronal asociada precisamente con ese ritmo.

Eso fue lo que encontraron.

En las personas, la respuesta neuronal fue mayor para las secuencias estructuradas que para las aleatorias, y resultó ser especialmente intensa cuando la estructura dependía de las consonantes.

Pero la sorpresa llegó con los perros.

Su cerebro también mostró un seguimiento significativamente mayor de las supuestas palabras construidas alrededor de patrones consonánticos. En cambio, las secuencias organizadas únicamente mediante vocales no produjeron una ventaja clara respecto a las aleatorias.

Es decir, el cerebro canino parecía encontrar las palabras ocultas cuando podía apoyarse en las consonantes.

Las vocales son más llamativas, pero las consonantes son más útiles

El descubrimiento adquiere más fuerza porque no puede explicarse mediante una simple preferencia acústica.

Las vocales de los estímulos poseían mayor energía sonora que las consonantes. Eran, por tanto, perceptivamente más prominentes. Si los perros se hubieran limitado a prestar atención a los sonidos más llamativos, deberían haber favorecido las vocales.

Pero ocurrió lo contrario.

Los autores sostienen que la explicación más plausible es que el cerebro de los perros haya aprendido que las distribuciones de consonantes proporcionan mejores pistas estadísticas para fragmentar la información sonora continua.

Esta distinción es importante: el animal no necesariamente comprende aquello que escucha, pero puede haber aprendido cómo está organizado.

El sesgo aparece incluso en perros expuestos tarde al habla humana

Los investigadores aprovecharon además una circunstancia de la historia de los animales.

Once perros presumiblemente habían vivido desde muy pequeños en hogares humanos y habían estado rodeados de habla durante el periodo sensible inicial de socialización. Otros nueve comenzaron a vivir en un entorno doméstico después de las primeras doce semanas de vida y habían pasado sus primeros meses, por ejemplo, en refugios o en la calle.

Pues bien, los dos grupos mostraron el sesgo hacia las consonantes.

La experta en cognición animal y coautora del trabajo Kinga G. Tóth destaca que los perros cuya inmersión en un ambiente rico en habla comenzó después de los primeros meses también desarrollaron una preferencia semejante. Para los investigadores, este resultado refuerza la posibilidad de que no haga falta un mecanismo lingüístico que solo pueda establecerse durante una ventana muy temprana del desarrollo.

El propio artículo pide, sin embargo, prudencia. Solo participaron una veintena de perros, y la información disponible sobre el periodo anterior a la adopción de algunos animales era incompleta. Los autores consideran, por tanto, que esta parte del resultado debe confirmarse con muestras mayores.

Investigadores del equipo analizan en tiempo real el registro de EEG obtenido durante uno de los experimentos con perros.

Boglárka Morvai y Attila Andics analizan en tiempo real el registro de EEG obtenido durante uno de los experimentos con perros. Cortesía: Boglárka Morvai / Universidad Eötvös Loránd

Perros y seres humanos se parecen, pero no procesan el habla igual

Descubrir una preferencia consonántica en los perros no significa que procesen el lenguaje como nosotros.

El experimento encontró dos diferencias importantes.

Los humanos fueron capaces de detectar también regularidades construidas con vocales, aunque las consonantes funcionaran mejor. Los perros, en cambio, no mostraron pruebas convincentes de descubrir esas pseudopalabras basadas en vocales.

Y apareció una diferencia todavía más profunda cuando los investigadores analizaron la resolución temporal del procesamiento cerebral.

Tanto los perros como los voluntarios bípedos siguieron neuronalmente el ritmo de las sílabas, alrededor de cuatro hercios. Pero únicamente el cerebro humano mostró un seguimiento claro de los sonidos individuales del habla, aproximadamente ocho veces por segundo.

Los autores interpretan el resultado como indicio de que nuestro cerebro analiza el habla con una resolución más fina: para nosotros los sonidos individuales pueden constituir unidades de procesamiento diferenciadas, mientras que el cerebro canino parece apoyarse principalmente en unidades mayores, como las sílabas.

🦖 ¡GUAU, CADA DÍA PASA ALGO EXTRAORDINARIO EN LA CIENCIA!

Los perros entienden del habla humana más de lo que parece

El nuevo trabajo encaja con una sucesión de descubrimientos que está transformando nuestra visión de cómo procesa el habla el cerebro canino.

En 2024, otro estudio del mismo grupo publicado en Current Biology utilizó la electroencefalografía para comprobar qué ocurría cuando un perro escuchaba el nombre de un objeto y después veía un objeto que coincidía —o no— con esa palabra. La incongruencia produjo una respuesta neuronal comparable en algunos aspectos al efecto N400 humano, asociado al procesamiento semántico.

Los autores lo interpretaron como evidencia de que determinadas palabras pueden activar representaciones mentales de objetos en el perro.

Y el año pasado, un estudio publicado en NeuroImage dio otro paso en la misma dirección. Mediante resonancia magnética funcional, Marianna Boros, Dorottya Rácz y Attila Andics observaron que palabras conocidas relacionadas con acciones activaban no solo regiones auditivas, sino también áreas motoras y de control motor. El trabajo aportó indicios de que el procesamiento canino puede incorporar tanto la forma sonora de determinadas palabras como aspectos de su significado.

El nuevo estudio de Science aborda una etapa todavía anterior: qué hace el cerebro antes incluso de conocer el significado de una palabra, cuando necesita descubrir dónde están las palabras dentro del flujo sonoro.

Colocación de los electrodos de EEG en uno de los perros del experimento de la Universidad Eötvös Loránd.

Haz Así preparan a un perro para registrar cómo su cerebro escucha el habla humana

Colocación de los electrodos de EEG en uno de los perros del experimento de la Universidad Eötvös Loránd, diseñado para analizar cómo el cerebro canino detecta regularidades en el habla y por qué presta especial atención a las consonantes.

Las ratas hacen justo lo contrario

La comparación con otros animales hace que el resultado resulte todavía más llamativo.

En 2019, Camillia Bouchon y Juan Manuel Toro, investigadores del Centro de Cerebro y Cognición, en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona (España), entrenaron ratas Long-Evans con palabras humanas y posteriormente alteraron sus consonantes o sus vocales.

Las ratas fueron más sensibles a los cambios de las vocales que a los de las consonantes. Es decir, mostraron una estrategia casi opuesta a la observada ahora en los perros y a la que desarrollan los humanos.

El resultado sugería que poseer una buena capacidad auditiva para distinguir sonidos no basta para desarrollar el sesgo consonántico. La experiencia prolongada con lenguaje humano podría desempeñar un papel decisivo.

Y ahí los perros disfrutan de una condición excepcional: llevan generaciones compartiendo con nosotros un entorno en el que continuamente se habla.

Hasta ChatGPT ha desarrollado un sesgo por las consonantes

La historia tiene un protagonista todavía más inesperado.

En 2026, Toro publicó en el Journal of Cognition un experimento con ChatGPT.

Pidió al modelo que decidiera cuál de dos pseudopalabras se parecía más a una palabra determinada. Una conservaba mejor sus consonantes y la otra sus vocales.

Tanto en inglés como en español, ChatGPT tendió a conceder más peso a las consonantes al juzgar la semejanza entre palabras.

La comparación con un cerebro debe hacerse con mucho cuidado. ChatGPT no escucha sonidos, no posee sistema auditivo, no identifica fonemas como lo hace un ser humano y su aprendizaje es radicalmente diferente al de un animal.

Precisamente por eso resulta interesante.

El estudio sugiere que un sistema artificial entrenado sobre enormes cantidades de lenguaje también puede descubrir regularidades estadísticas que terminan generando un comportamiento parecido al sesgo consonántico humano, sin que esa preferencia haya tenido que programarse explícitamente.

Kinga G. Tóth, coautora principal del estudio, posa junto a uno de los perros participantes en la investigación sobre el procesamiento del habla humana.

Kinga G. Tóth, coautora principal del estudio, posa junto a uno de los perros participantes en la investigación sobre el procesamiento del habla humana. Cortesía: Péter Gölybös / Universidad Eötvös Loránd

Qué nos dice realmente este estudio sobre el lenguaje

Perros, seres humanos y modelos de inteligencia artificial no procesan el lenguaje de la misma manera. Tampoco puede concluirse que los perros posean lenguaje humano porque detecten mejor determinados patrones consonánticos.

La importancia del experimento está en otro lugar.

Durante décadas, una de las grandes cuestiones de la ciencia cognitiva ha sido determinar qué componentes del lenguaje requieren mecanismos biológicos exclusivamente humanos y cuáles aprovechan capacidades cognitivas mucho más antiguas y generales.

El aprendizaje estadístico pertenece probablemente a este segundo grupo.

Un cerebro expuesto repetidamente a una señal puede aprender qué acontecimientos suelen aparecer juntos, cuáles predicen a otros y qué regularidades contienen información útil. Esa capacidad existe en numerosas especies y podría proporcionar parte del andamiaje sobre el que la evolución humana construyó posteriormente sistemas lingüísticos muchísimo más sofisticados.

Los propios investigadores dejan abierta otra posibilidad fascinante: todavía no sabemos si la extraordinaria historia de convivencia entre perros y humanos ha favorecido evolutivamente esta sensibilidad al habla o si se trata de una capacidad auditiva más antigua que los perros simplemente aplican a nuestras voces.

Lo que el experimento sí demuestra es que para desarrollar una preferencia de procesamiento que hasta ahora parecía íntimamente ligada al lenguaje humano no es imprescindible poseer lenguaje.

Puede bastar con algo aparentemente mucho más sencillo: escuchar una y otra vez, descubrir regularidades y aprender cuáles contienen la información que realmente importa.▪️(25-septiembre-2026)

⏱️ LO MÁS IMPORTANTE DEL ESTUDIO, EN 30 SEGUNDOS

  • Los perros también muestran un sesgo hacia las consonantes: su cerebro detecta mejor las “palabras” ocultas en un flujo continuo de habla cuando las regularidades dependen de las consonantes y no de las vocales.
  • No hace falta comprender el significado: los animales escucharon pseudopalabras sin sentido. Lo que aprendieron fueron las regularidades estadísticas que permitían descubrir dónde podían estar las fronteras entre unas palabras y otras.
  • El resultado no se explica porque las consonantes suenen más: en el experimento, las vocales tenían más energía acústica. Aun así, perros y humanos se apoyaron más en las consonantes, lo que sugiere que el cerebro prioriza la información más útil, no simplemente la más llamativa.
  • La exposición temprana al habla no parece imprescindible: incluso perros que presumiblemente comenzaron a vivir en un entorno rico en lenguaje después de las primeras 12 semanas mostraron el mismo sesgo consonántico, aunque los autores advierten de que la muestra es pequeña.
  • Perros y humanos no procesan el habla de la misma manera: ambos cerebros siguieron el ritmo de las sílabas, pero solo los humanos mostraron una sincronización clara con los sonidos individuales del habla, lo que apunta a un análisis fonológico más fino en nuestra especie.
  • La gran conclusión: para que aparezca una estrategia de procesamiento similar al sesgo consonántico humano no es necesario poseer lenguaje. La capacidad de detectar regularidades estadísticas en el habla podría ser suficiente.
  • El hallazgo conecta con otros resultados sorprendentes: estudios previos han encontrado patrones relacionados en bebés y ratas, mientras que incluso modelos de lenguaje como ChatGPT pueden desarrollar un sesgo hacia las consonantes, lo que refuerza el papel potencial del aprendizaje estadístico.
Anterior
Anterior

Primer caso de síndrome de Marfan en gatos: dos hermanos portan una mutación en el gen FBN1

Siguiente
Siguiente

Los elefantes se automedican con plantas medicinales que también usamos nosotros