Primer caso de síndrome de Marfan en gatos: dos hermanos portan una mutación en el gen FBN1

Dos gatos hermanos, Gary y Shaggy, han permitido identificar por primera vez en esta mascota una mutación asociada al síndrome de Marfan. El hallazgo nos descubre cómo una alteración del gen FBN1 puede debilitar ojos, huesos y grandes vasos sanguíneos felinos de forma muy similar a lo que ocurre en los seres humanos.

Por Enrique Coperías, periodista científico

Gary, a la izquierda, y Shaggy, los primeros gatos domésticos con síndrome de Marfan caracterizado y confirmado molecularmente.

Gary, a la izquierda, y Shaggy, los primeros gatos domésticos con síndrome de Marfan caracterizado y confirmado molecularmente. Cortesía: Nicole Desmond

Un equipo internacional de investigadores liderado por especialistas de la Universidad Cornell, en Estados Unidos, acaba de describir en la revista Scientific Reports el primer caso de síndrome de Marfan confirmado clínica y genéticamente en gatos domésticos.

Los animales afectados, dos hermanos llamados Gary y Shaggy, presentaban las alteraciones más características de esta enfermedad: luxación del cristalino, una grave dilatación de la aorta y extremidades anormalmente largas.

El análisis de su genoma condujo a una variante hasta ahora desconocida del gen FBN1, responsable de producir la fibrilina-1.

Qué es el síndrome de Marfan

El síndrome de Marfan debe su nombre al pediatra francés Antoine Marfan, quien en 1896 describió el caso de una niña de cinco años con dedos, brazos y piernas extraordinariamente largos y delgados, además de otras alteraciones esqueléticas características. Estamos ante una enfermedad hereditaria que afecta al tejido conectivo, la red de proteínas y otras moléculas que proporciona soporte, resistencia y elasticidad a buena parte del organismo. En el ser humano aparece aproximadamente en una de cada 3.000 a 5.000 personas, y puede afectar tanto a los ojos como al esqueleto, los pulmones, el corazón y los grandes vasos sanguíneos.

Su principal causa genética hay que buscarla en el gen FBN1, que contiene las instrucciones para fabricar la fibrilina-1. Esta proteína forma parte de las microfibrillas de la matriz extracelular y resulta esencial para la resistencia de tejidos sometidos continuamente a tensión, como los ligamentos, las estructuras que mantienen el cristalino en su posición o las paredes de la aorta.

Cuando la fibrilina-1 no funciona correctamente, esos tejidos pueden perder parte de su integridad mecánica. En el ser humano, una de las consecuencias más peligrosas es la progresiva dilatación de la raíz de la aorta, que aumenta el riesgo de disección o rotura del vaso sanguíneo. La enfermedad también puede provocar ectopia lentis, que no es otra cosa que el desplazamiento del cristalino del ojo.

Hasta ahora se habían descrito en animales algunos cuadros similares al síndrome de Marfan, pero los autores señalan que nunca se había realizado una caracterización clínica y molecular completa de la enfermedad en gatos domésticos.

La natación permite hacer ejercicio con menor impacto sobre la aorta y los tejidos conectivos de las articulaciones, algo especialmente importante en personas con síndrome de Marfan.

La natación permite hacer ejercicio con menor impacto sobre la aorta y los tejidos conectivos de las articulaciones, algo especialmente importante en personas con síndrome de Marfan. Foto: The Marfan Foundation

Gary y Shaggy: dos gatos con una anatomía que dio la primera pista

Gary y Shaggy eran dos gatos machos de la misma camada adoptados conjuntamente en un refugio de Estados Unidos. No pertenecían a una raza concreta, y los investigadores apenas disponían de información sobre sus padres o sobre los demás hermanos.

Desde jóvenes, sin embargo, la pareja de mininos mostraban unas extremidades llamativamente largas. Después aparecieron señales mucho más preocupantes. Los dos gatos desarrollaron luxación bilateral del cristalino cuando apenas tenían unos meses de edad y, posteriormente, los veterinarios detectaron una importante enfermedad cardiovascular.

A los siete meses ambos presentaban ya una marcada dilatación de la aorta ascendente, el primer tramo de la aorta que recibe la sangre oxigenada que sale del ventrículo izquierdo y la conduce hacia el arco aórtico para distribuirla al resto del organismo

La anatomía de uno de ellos permitió cuantificar hasta qué punto sus patas se salían de lo habitual. El radio y la tibia eran un 42,5 % más largos que el promedio descrito para gatos domésticos machos de pelo corto, mientras que los metacarpianos eran un 46 % más largos. Los autores subrayan, no obstante, que no pudieron compararlos directamente con otros hermanos sanos de la misma camada.

La combinación resultaba demasiado significativa para pasar inadvertida: cristalinos desplazados, una aorta enormemente dilatada y huesos largos. Era, en esencia, la misma asociación de signos que lleva a sospechar un síndrome de Marfan en personas.

La aorta mostró las huellas de la enfermedad

La evolución de ambos animales confirmó la gravedad del trastorno. Uno de los gatos sufrió varios episodios de neumotórax y murió a los siete años y dos meses tras desarrollar complicaciones que incluían derrame pleural, alteraciones de la coagulación sanguínea y anemia grave.

El otro falleció a los cinco años y diez meses por la rotura de un pseudoaneurisma de la aorta, que provocó un taponamiento cardiaco y un shock obstructivo.

El examen post mortem mostró hasta qué punto se encontraba dañada la pared del gran vaso sanguíneo. La aorta ascendente estaba extraordinariamente dilatada y había perdido elasticidad. Al analizarla al microscopio, los investigadores observaron que sus fibras elásticas estaban fragmentadas, desorganizadas y rotas, una lesión muy similar a la degeneración de la pared aórtica característica del Marfan humano. s41598-026-70702-3_reference

Aquella semejanza reforzaba el diagnóstico clínico, pero faltaba responder a la pregunta decisiva: ¿existía también una causa genética equivalente?

Reconstrucción por tomografía computarizada del esqueleto de uno de los gatos afectados. La imagen muestra unas extremidades inusualmente largas, uno de los rasgos asociados al síndrome de Marfan. Cortesía: Cook, S.R., Hayward, J.J., Cheong, S.H. et al.

Una variante extremadamente rara en el gen FBN1

La secuenciación completa del genoma de uno de los hermanos felinos reveló cientos de variantes en el entorno del gen FBN1. Tras filtrarlas y compararlas con genomas de otros gatos, solo una destacó como candidata: el cambio de una sola letra del ADN situado apenas tres nucleótidos antes del inicio del exón 22, en una zona que ayuda a la maquinaria celular a reconocer dónde debe cortar y empalmar el ARN. La alteración podía, por tanto, provocar que ese exón quedara fuera del mensaje final utilizado para fabricar la fibrilina-1.

El mismo cambio apareció después en Gary y Shaggy. Ambos poseían la variante en homocigosis, es decir, tenían dos copias alteradas, lo que indica que probablemente recibieron una de cada progenitor.

La mutación parecía además excepcionalmente rara. No apareció en otros 191 gatos analizados de Estados Unidos y Europa ni en un conjunto de datos genómicos que incluía más de un millar de félidos. Los investigadores consideran, por tanto, que probablemente se trataba de una variante privada de aquella familia.

En nuestra especie, el escenario habitual es diferente. El síndrome de Marfan se transmite generalmente de forma autosómica dominante, de modo que una sola copia patológica de FBN1 puede causar la enfermedad. Los casos con dos copias afectadas son extraordinariamente infrecuentes.

El misterio del exón 22: por qué sobrevivieron hasta adultos

Encontrar una mutación no basta para demostrar que esta causa una enfermedad. El equipo quiso comprobar qué hacía realmente aquella variante dentro de las células.

El resultado apareció al estudiar el ARN producido a partir del gen FBN1. Antes de convertirse en la plantilla que utilizará la célula para fabricar una proteína, el ARN recién generado debe pasar por un proceso denominado splicing o empalme. En él se eliminan los intrones y se unen los exones, las partes de la secuencia que deben conservarse.

En Gary y Shaggy, la variante alteraba ese mecanismo. Los experimentos mediante secuenciación Oxford Nanopore mostraron que aproximadamente el 72,9 % de los transcritos se saltaban el exón 22, mientras que alrededor del 27 % conservaban el procesamiento normal.

El exón 22 no es un fragmento irrelevante. Codifica parte de un dominio de la fibrilina-1 importante para que la proteína adopte correctamente su estructura y mantenga su estabilidad. Perderlo altera, por tanto, una región funcionalmente importante.

Pero la mutación tenía una particularidad crucial: no bloqueaba por completo el gen. Una pequeña proporción de los mensajes seguía siendo normal.

Los investigadores describen el fenómeno como un sitio de splicing con fugas. Aunque los animales poseían genéticamente dos copias alteradas, sus células todavía conseguían producir cierta cantidad de ARN correctamente ensamblado. Esa actividad residual quizá permitió fabricar suficiente fibrilina-1 funcional para que Gary y Shaggy sobrevivieran varios años.

Los criterios humanos de Marfan también funcionaron en los gatos

Otro aspecto novedoso del estudio fue comprobar si los criterios de Gante, utilizados internacionalmente para diagnosticar el síndrome de Marfan en humanos, podían aplicarse a otras especies.

Los dos gatos cumplían los dos signos cardinales de la enfermedad: ectopia lentis y una grave dilatación aórtica. También presentaban otros rasgos sistémicos compatibles, como prolapso de la válvula mitral. Sin embargo, algunos criterios esqueléticos diseñados para la anatomía humana no pueden trasladarse directamente a un gato.

El resultado sugiere que una parte importante de estas herramientas diagnósticas podría adaptarse a la medicina veterinaria, aunque serán necesarios nuevos casos para determinar con precisión cuál es el espectro clínico del Marfan felino.

🗣️ «Los hallazgos proporcionan una base para mejorar el diagnóstico veterinario», explica Jacquelyn Evans, investigadora del Baker Institute for Animal Health de la Universidad Cornell y autora sénior del estudio. Según Evans, el trabajo puede ayudar a que los veterinarios reconozcan casos semejantes en el futuro e incluso favorecer el desarrollo de pruebas genéticas específicas.

Jacquelyn M. Evans, investigadora principal del estudio y profesora adjunta del Baker Institute for Animal Health de la Universidad Cornell, junto a su pastor alemán, Captain.

Jacquelyn M. Evans, investigadora principal del estudio y profesora adjunta del Baker Institute for Animal Health de la Universidad Cornell, junto a su pastor alemán, Captain. Cortesía: Cornell University

Un descubrimiento importante, pero basado solo en dos animales

Los propios autores resaltan las limitaciones del trabajo. Gary y Shaggy eran hermanos y, como hemos vanzado, no se dispone de información genética de sus padres ni de los demás miembros de la camada. Por ello todavía no puede saberse si un gato que heredara una sola copia de esta variante desarrollaría también la enfermedad.

Tampoco existe todavía un conjunto de criterios universalmente aceptado para diagnosticar el síndrome de Marfan en animales. Harán falta nuevos casos independientes para conocer la diversidad de síntomas que pueden producir las mutaciones de FBN1 en gatos y establecer definitivamente su modo de herencia.

El estudio muestra, sin embargo, algo más amplio. Enfermedades que asociamos casi exclusivamente a nuestra especie pueden aparecer de forma natural en otros mamíferos y obedecer a mecanismos moleculares sorprendentemente parecidos. Gary y Shaggy no fueron creados para reproducir el síndrome de Marfan en un laboratorio: fueron dos animales de compañía que enfermaron espontáneamente.

Precisamente por eso su caso puede resultar tan valioso. «Este descubrimiento es un gran ejemplo de cómo los propietarios de animales pueden colaborar con veterinarios y expertos en genética para aprender algo que podría ayudar a otros animales en el futuro», concluye Evans.▪️(25-septiembre-2026)

⏱️ LO MÁS IMPORTANTE DEL ESTUDIO, EN 30 SEGUNDOS
  • Primer caso confirmado en gatos: Gary y Shaggy son los primeros gatos domésticos con síndrome de Marfan caracterizado clínica y molecularmente.
  • Dos hermanos con signos muy claros: ambos presentaban luxación del cristalino, dilatación grave de la aorta y extremidades anormalmente largas.
  • La clave está en el gen FBN1: los dos animales tenían dos copias de una variante genética rara que afecta a la producción de fibrilina-1, una proteína esencial del tejido conectivo.
  • La mutación altera el procesamiento del ARN: provoca que el exón 22 se elimine en cerca del 73% de los transcritos de FBN1.
  • El gen no queda totalmente inutilizado: alrededor de una cuarta parte de los mensajes genéticos siguen siendo normales, lo que probablemente permitió que los gatos sobrevivieran hasta la edad adulta.
  • La aorta mostró daños típicos del Marfan: las fibras elásticas estaban fragmentadas y desorganizadas, igual que ocurre en la enfermedad humana.
  • La variante parece extremadamente rara: no se encontró en otros 191 gatos analizados ni en una base de datos con más de 1.000 genomas felinos.
  • Puede mejorar el diagnóstico veterinario: el hallazgo ofrece una referencia para reconocer futuros casos y podría facilitar el desarrollo de pruebas genéticas específicas.

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