Creemos que quienes piensan políticamente de manera diferente son incapaces de escuchar otros argumentos. Sin embargo, una investigación europea revela que los votantes suelen subestimar considerablemente la apertura mental de sus adversarios. Este prejuicio podría estar dificultando el diálogo y agravando la polarización política.
Por Enrique Coperías, periodista científico
Dos votantes del PP y del PSOE conversan amigablemente, demostrando que las diferencias políticas no tienen por qué impedir el diálogo y el entendimiento. Crédito: IA-DALL-E / RexMolón Producciones
Imagina que te sientas a cenar con una persona que vota al partido político que más detestas. Apenas han intercambiado unas palabras, pero tú ya anticipas cómo terminará la velada: una discusión interminable, argumentos que caen en saco roto y la incómoda sensación de estar perdiendo el tiempo. Probablemente pienses que tu interlocutor es una persona dogmática, incapaz de reconocer un buen argumento cuando contradice tus convicciones. Sin embargo, hay algo que quizá no te hayas planteado: ¿y si esa persona fuera bastante más abierta de mente de lo que te imaginas?
La pregunta no es trivial. En una sociedad donde las discrepancias políticas parecen haberse convertido en fronteras personales, nuestra disposición a escuchar a quienes piensan diferente puede depender tanto de nuestras propias convicciones como de lo que creemos saber sobre las suyas. Y, según una nueva investigación, podríamos estar profundamente equivocados.
Un equipo de psicólogos de la Universidad de Lisboa, en Portugal, y la Universidad de Linköping, en Suecia, ha descubierto que las personas subestiman de manera sistemática la receptividad de los demás hacia las opiniones políticas contrarias a las suyas. Este error de percepción resulta especialmente acusado cuando se trata de simpatizantes de partidos que nos desagradan. No solo los consideramos menos tolerantes de lo que ellos mismos dicen ser, sino que esa creencia condiciona nuestras expectativas y nuestra disposición a entablar una conversación.
Los resultados, publicados en la revista científica Journal of Experimental Social Psychology, proceden de cuatro estudios realizados con un total de 1.320 participantes de Portugal y Suecia. La investigación, encabezada por el psicólogo André Mata, junto con Towe Nilsson, Arvid Erlandsson y Rosário Ferreira, plantea una posibilidad inquietante: parte del distanciamiento político podría estar alimentado por una imagen distorsionada de nuestros adversarios.
➡️ «Estos estudios muestran que las personas subestiman hasta qué punto los demás están abiertos a opiniones políticas diferentes», escriben Mata y sus colaboradores. Su conclusión apunta a un mecanismo psicológico que comienza a actuar incluso antes de que se produzca un desacuerdo: la expectativa de que el otro no merece ser escuchado porque tampoco está dispuesto a escuchar.
Qué concluye el estudio sobre los votantes y la polarización política
La principal conclusión de la investigación es que los votantes consideran a sus adversarios políticos mucho menos abiertos a escuchar opiniones diferentes de lo que estos mismos adversarios declaran ser. Este sesgo afecta a las expectativas sobre las conversaciones políticas y puede reducir la disposición a relacionarse con quienes defienden otras ideas.
Lo más importante del estudio, en 30 segundos
¿Son nuestros adversarios políticos tan intolerantes como creemos? Cuatro estudios europeos revelan que solemos subestimar su apertura mental y que este prejuicio puede dificultar el diálogo.
01. Una investigación con 1.320 participantes. Los científicos realizaron cuatro estudios en Portugal y Suecia para analizar cómo percibimos la apertura mental de nuestros adversarios políticos.
02. Un enorme error de percepción. En uno de los experimentos, los participantes portugueses se atribuyeron una receptividad de 4,51 puntos sobre siete, mientras que otorgaron solo 2,79 puntos a los simpatizantes del partido que más rechazaban.
03. Los rivales son más abiertos de lo esperado. Al comparar las estimaciones con las respuestas de los simpatizantes de distintos partidos, los investigadores comprobaron que su receptividad declarada era generalmente superior a la que imaginaban sus adversarios.
04. Los prejuicios dificultan el diálogo. Cuanto menor era la apertura mental atribuida al adversario, peores eran las expectativas sobre una conversación política y, en determinadas condiciones, menor la disposición a participar en ella.
05. Corregir nuestras percepciones puede ayudar. Informar a los participantes sobre la receptividad declarada de sus adversarios mejoró sus expectativas, aunque no aumentó significativamente su intención de conversar sobre política.
LA IDEA CLAVE: Podemos estar evitando conversaciones políticas no porque nuestros adversarios sean incapaces de escuchar, sino porque creemos equivocadamente que lo son.
Fuente: Mata y colaboradores (2026). Journal of Experimental Social Psychology. Consultar el estudio original.
Los prejuicios políticos pueden llevarnos a considerar a nuestros adversarios menos tolerantes y abiertos al diálogo de lo que realmente declaran ser. Foto de Sushil Nash en Unsplash
Por qué creemos que nuestros rivales políticos son menos tolerantes que nosotros
Para investigar este fenómeno, los científicos utilizaron una herramienta psicológica denominada escala de receptividad a las opiniones contrarias (Receptiveness to Contrary Opinions, RCO), desarrollada con anterioridad por otros investigadores.
Esta escala mide la disposición de una persona a escuchar, considerar y comprender argumentos que contradicen sus propias convicciones, aunque finalmente no cambie de opinión. Es importante distinguir esta capacidad de la simple tolerancia: alguien puede respetar el derecho de los demás a pensar diferente sin estar verdaderamente dispuesto a examinar sus argumentos.
La prueba empleada en la investigación consta de dieciocho afirmaciones, cuyas respuestas se puntúan del uno al siete. Entre otras cuestiones, evalúa la disposición a conversar con personas que mantienen opiniones firmes opuestas a las propias.
En los dos primeros estudios, realizados con 198 participantes portugueses y 402 suecos, los investigadores pidieron a los voluntarios que evaluaran su propia receptividad política. Después tuvieron que imaginar cómo responderían a las mismas preguntas los simpatizantes de su partido favorito o del partido que menos les gustaba.
La comparación reveló diferencias extraordinariamente claras:
✅ En Portugal, los participantes que debían valorar a sus adversarios políticos se atribuyeron una receptividad media de 4,51 puntos sobre siete, mientras que calcularon que los simpatizantes del partido que más rechazaban apenas alcanzarían 2,79 puntos.
✅ En Suecia ocurrió algo parecido: la receptividad propia fue de 4,41 puntos, frente a los 3,12 atribuidos a sus adversarios.
El fenómeno también aparecía al juzgar a personas políticamente afines, aunque con menor intensidad. Los participantes creían que quienes compartían sus preferencias políticas eran relativamente abiertos, pero seguían considerándose a sí mismos más dispuestos a escuchar opiniones diferentes.
Esta doble distorsión responde a dos tendencias psicológicas conocidas.
✅ La primera es el llamado sesgo de superioridad, que nos lleva a considerarnos más razonables, objetivos o tolerantes que la mayoría.
✅ La segunda es el favoritismo endogrupal, nuestra inclinación a atribuir cualidades positivas a quienes pertenecen a nuestro propio grupo y a contemplar con mayor recelo a quienes quedan fuera de él.
➡️ Ambos mecanismos pueden reforzarse mutuamente: nos consideramos personas razonables, percibimos a nuestros compañeros ideológicos como relativamente sensatos y atribuimos a los adversarios una rigidez mental que quizá no poseen.
Los votantes rivales son más abiertos de mente de lo que imaginamos
Pero el estudio fue más allá de comparar las opiniones que cada persona tenía sobre sí misma y sobre los demás. Los investigadores contrastaron las predicciones acerca de los simpatizantes de determinados partidos con las respuestas que esos mismos colectivos habían proporcionado al cuestionario.
Y ahí apareció uno de los resultados más llamativos: los adversarios políticos declaraban estar mucho más abiertos a escuchar opiniones contrarias de lo que sus detractores imaginaban.
En Suecia, por ejemplo, los simpatizantes del Partido de la Izquierda obtuvieron una puntuación media de 4,09 en receptividad, mientras que quienes más rechazaban esa formación les atribuían solo 3,09 puntos. Entre los seguidores de Demócratas de Suecia se observó una diferencia similar: declararon una receptividad de 4,27 puntos, frente a los 3,11 estimados por sus adversarios.
La distorsión, por tanto, no se limitaba a que cada persona se considerase superior a las demás. Los participantes también infravaloraban la receptividad que los simpatizantes de los partidos rivales afirmaban tener.
Esta diferencia es fundamental, porque permite detectar errores de percepción que las simples comparaciones entre la opinión propia y la atribuida a los demás no pueden demostrar.
No obstante, los resultados deben interpretarse con una precaución importante: las puntuaciones reflejan la apertura mental que los participantes dicen tener, no necesariamente cómo reaccionarían durante una discusión real. Una persona puede considerarse tolerante y, sin embargo, comportarse de manera inflexible cuando sus convicciones se ven cuestionadas.
Aun así, los resultados muestran que nuestras expectativas sobre los demás pueden estar considerablemente alejadas de la imagen que ellos tienen de sí mismos.
Un estudio con 1.320 participantes europeos revela que tendemos a considerarnos más razonables y receptivos que quienes apoyan a otros partidos. Foto de Mikhail Nilov
La ignorancia pluralista: cuando todos nos equivocamos sobre lo que piensan los demás
Este fenómeno está relacionado con un concepto fundamental de la psicología social: la ignorancia pluralista. Esta aparece cuando muchas personas mantienen creencias equivocadas sobre las opiniones, actitudes o comportamientos de los demás, a pesar de que sus propias creencias privadas pueden ser diferentes de lo que imaginan que piensa la mayoría.
En el terreno político, este mecanismo puede generar una paradoja: ciudadanos dispuestos a escuchar opiniones contrarias pueden terminar evitando el diálogo porque creen, erróneamente, que sus adversarios no comparten esa disposición.
Se establece así un círculo potencialmente perjudicial. Si alguien presupone que sus rivales políticos son inflexibles, es menos probable que trate de comprenderlos. Y si evita hablar con ellos, pierde precisamente la oportunidad de comprobar si su prejuicio estaba justificado.
El problema no consiste solo en tener opiniones diferentes. También radica en atribuir a quienes discrepan de nosotros características psicológicas negativas sin disponer de información suficiente.
Cómo los prejuicios políticos nos llevan a evitar conversaciones y relaciones personales
Los investigadores quisieron averiguar hasta qué punto esas percepciones influían en las relaciones personales. Para ello preguntaron a los participantes cómo imaginaban una conversación política con un simpatizante del partido favorito y con otro del partido que menos les gustaba.
Debían valorar si la experiencia sería interesante, informativa, estresante, frustrante o desagradable.
Los resultados confirmaron sus sospechas. En Suecia, las expectativas sobre una conversación con alguien políticamente afín alcanzaron una puntuación media positiva de 6,85 sobre nueve. Cuando el interlocutor pertenecía al partido más rechazado, la puntuación descendía hasta 4,79.
La disposición a participar en esas conversaciones también era notablemente inferior.
➡️ «Cuanto menos receptivos creían que eran los demás, más negativas resultaban sus expectativas y sus intenciones de conversar con ellos sobre política, e incluso sobre asuntos no relacionados con ella», explican los autores en el artículo científico.
Lo más interesante es que el rechazo no se limitaba a las conversaciones políticas. Los investigadores preguntaron también si los participantes estarían dispuestos a hablar del tiempo, comentar sus vacaciones, compartir aficiones o mantener determinadas relaciones cotidianas con alguien del partido contrario.
Aunque las diferencias fueron menores, la antipatía política también se extendía a estos escenarios. El desacuerdo ideológico podía terminar influyendo en relaciones que, en principio, nada tenían que ver con la política.
Este fenómeno está relacionado con la llamada polarización afectiva, una forma de división social en la que los ciudadanos no solo discrepan de las ideas de sus adversarios, sino que desarrollan sentimientos negativos hacia las personas que las defienden.
A diferencia de la polarización ideológica, que se refiere a la distancia entre posiciones políticas, la polarización afectiva se manifiesta mediante la desconfianza, el desprecio o la hostilidad hacia quienes pertenecen al grupo contrario.
Un experimento demuestra que percibir apertura mental cambia nuestra actitud hacia los adversarios
Para comprobar si la receptividad atribuida a una persona era realmente importante, los científicos diseñaron un tercer experimento con 600 ciudadanos suecos.
En esta ocasión, los participantes conocieron a cuatro personas ficticias mediante breves descripciones de su vida laboral y sus características personales.
Uno de aquellos personajes se llamaba Johan, tenía 37 años, trabajaba en una empresa sueca y votaba precisamente al partido que el participante más rechazaba.
Los investigadores presentaron distintas versiones del personaje, modificando su supuesta disposición a escuchar opiniones contrarias, pero manteniendo constantes otras características relevantes, como la generosidad y la responsabilidad.
El resultado fue contundente.
Cuando los voluntarios creían que un adversario político era receptivo, sus expectativas sobre una conversación mejoraban considerablemente: pasaban de 4,03 a 5,59 puntos sobre nueve. La disposición declarada a hablar de política también aumentaba, de 2,23 a 3,45 puntos sobre siete, aunque el efecto resultaba menos sólido en algunas comparaciones estadísticas.
Y apareció una consecuencia adicional: las personas descritas como abiertas a ideas diferentes también eran consideradas mejores compañeros de trabajo y representantes sindicales, a pesar de mantener exactamente las mismas preferencias políticas que sus versiones menos receptivas.
En otras palabras, una característica aparentemente sencilla —estar dispuesto a escuchar— podía modificar la percepción general de alguien a quien inicialmente se contemplaba con desconfianza.
Corregir las percepciones equivocadas sobre nuestros adversarios políticos puede favorecer el diálogo y contribuir a reducir la hostilidad entre grupos enfrentados. Foto de Jhostin Peraza
¿Se puede reducir la polarización política corrigiendo nuestros prejuicios?
El último experimento introdujo un elemento particularmente esperanzador. Los investigadores reunieron a 120 estudiantes de Psicología de la Universidad de Lisboa y les pidieron que estimaran la receptividad de los simpatizantes de los partidos que menos les gustaban.
Sin embargo, esta vez algunos participantes recibieron información adicional: después de cada estimación, se les mostraban las respuestas reales que otros simpatizantes de aquellos partidos habían proporcionado en un estudio anterior.
El efecto fue inmediato. Quienes recibieron esa información atribuyeron a sus adversarios una receptividad significativamente mayor que quienes no la recibieron: 3,30 frente a 2,79 puntos.
También mejoraron sus expectativas sobre cómo sería una conversación política, con una puntuación media de 4,65 frente a 3,66 en el grupo de control.
La disposición a conversar sobre asuntos ajenos a la política también aumentó. Sin embargo, el incremento en la intención de hablar específicamente de cuestiones políticas no alcanzó significación estadística. Este matiz importa porque cambiar nuestra percepción del adversario no garantiza, por sí solo, que terminemos sentándonos a discutir con él.
➡️ «Si parte de las expectativas negativas sobre las conversaciones políticas procede de una creencia equivocada acerca de la falta de receptividad de los demás, corregir esa creencia debería facilitar el diálogo», sostienen los investigadores.
Los resultados sugieren que proporcionar información fiable sobre las actitudes reales de los adversarios puede contribuir a desmontar algunos prejuicios, aunque todavía es necesario averiguar cuánto duran esos efectos y si llegan a modificar el comportamiento fuera del laboratorio.
Qué dicen otros estudios científicos recientes sobre la polarización política
Los hallazgos encajan con una línea de investigación que está adquiriendo creciente importancia en psicología social: la posibilidad de que una parte de la polarización no se deba únicamente a diferencias ideológicas reales, sino también a errores sobre lo que piensan, sienten o están dispuestos a hacer nuestros adversarios.
Hablar con quien piensa diferente suele ser mejor de lo esperado
En 2024, un equipo formado por Kristina Wald, Michael Kardas y Nicholas Epley, de las universidades de Pensilvania, estatal de Oklahoma y Chicago, respectivamente, publicó en Psychological Science tres experimentos con 1.264 adultos estadounidenses.
Descubrieron que las personas tendían a anticipar conversaciones mucho más desagradables cuando esperaban encontrarse con alguien que discrepaba de sus opiniones. Sin embargo, sus predicciones resultaban demasiado pesimistas: subestimaban tanto los aspectos positivos de esas conversaciones como los puntos en común que podían surgir entre los interlocutores.
El hallazgo resulta revelador porque muestra que nuestras predicciones sobre un encuentro pueden ser peores que la propia experiencia, incluso cuando las discrepancias son importantes.
Conversar reduce la hostilidad, aunque no cambien las ideas políticas
En febrero de 2025, una investigación publicada en el Journal of Public Economics examinó una iniciativa alemana que organizaba encuentros presenciales entre desconocidos para conversar sobre asuntos políticos controvertidos.
Los investigadores Ximeng Fang, Sven Heuser y Lasse S. Stötzer encontraron que hablar con personas con ideológías contrarias no provocaba necesariamente un acercamiento de las posiciones políticas, pero sí reducía la polarización afectiva, es decir, los sentimientos negativos hacia los adversarios.
La distinción es fundamental: reducir la hostilidad no significa tener que cambiar de opinión. Dos personas pueden seguir discrepando profundamente sobre inmigración, impuestos, medioambiente o políticas sociales y, sin embargo, terminar reconociéndose mutuamente como interlocutores legítimos.
También subestimamos la apertura mental de quienes piensan como nosotros
En noviembre de 2025, un trabajo publicado en Scientific Reports, encabezado por Todd Kashdan y Patrick McKnight, de la George Mason University, identificó una distorsión complementaria: las personas también subestimaban la apertura mental de quienes compartían su propia orientación política.
Cuando los participantes descubrían que sus compañeros ideológicos eran más receptivos a ideas distintas de lo que suponían, aumentaban su curiosidad política y su motivación para participar en conversaciones con el objetivo de aprender.
Es decir, no solo importa cómo imaginamos al adversario; también influye lo que creemos que nuestro propio grupo espera de nosotros.
Otra investigación, publicada en línea en 2025 y recogida en el volumen de septiembre de 2026 de Personality and Social Psychology Bulletin, reforzó esta interpretación.
Brian Reschke, Julia Minson y sus colegas observaron, mediante tres estudios, que la receptividad individual y mutua hacia opiniones contrarias favorecía la formación de relaciones de colaboración entre personas con posiciones ideológicas diferentes.
Estos trabajos sugieren que la apertura a escuchar argumentos contrarios puede desempeñar un papel importante no solo en las discusiones políticas, sino también en la convivencia cotidiana y las relaciones profesionales.
¿Basta con conocer mejor al adversario para combatir la polarización?
Conviene evitar el triunfalismo. La ciencia también demuestra que corregir las percepciones equivocadas no siempre produce los resultados esperados.
En 2024, una gran investigación publicada en Science, con 32.059 participantes estadounidenses, evaluó 25 intervenciones destinadas a reducir la hostilidad partidista y las actitudes antidemocráticas.
Veintitrés lograron disminuir significativamente la animadversión política, aunque sus efectos sobre el apoyo a prácticas antidemocráticas y a la violencia fueron mucho menos generalizados.
Ese mismo año, otro equipo publicó en PNAS Nexus resultados más escépticos. Después de analizar investigaciones anteriores y realizar nuevos experimentos, concluyó que corregir las ideas equivocadas sobre los adversarios políticos no reduce de forma suficientemente consistente la hostilidad partidista ni el apoyo a la violencia o a determinadas prácticas antidemocráticas.
Ambos trabajos recuerdan que la polarización constituye un fenómeno complejo, en el que intervienen las identidades colectivas, las emociones, los incentivos políticos y las experiencias personales.
No basta con mostrar unos datos para transformar automáticamente las relaciones entre grupos enfrentados.
¿Son las personas de izquierdas o de derechas más abiertas de mente?
La nueva investigación europea tampoco permite concluir que unas ideologías sean inherentemente más tolerantes que otras.
Aunque en varias de sus comparaciones los participantes situados más a la derecha mostraron mayor receptividad autodeclarada o expectativas menos negativas, los autores advierten de que estos resultados dependen de las muestras, el contexto político y la forma de medir la apertura mental.
Además, las relaciones entre el extremismo ideológico y la receptividad resultaron inconsistentes.
Hay otras limitaciones. Los estudios se realizaron únicamente en Portugal y Suecia, por lo que no permiten extrapolar automáticamente sus conclusiones a España. Buena parte de las pruebas utilizaron cuestionarios, escenarios imaginarios y declaraciones de intención, no conversaciones políticas observadas directamente.
Y mostrarse abierto a opiniones diferentes en una encuesta no siempre significa estar dispuesto a reconsiderar realmente las propias creencias.
Sin embargo, la aportación de André Mata y sus colaboradores resulta valiosa porque identifica un obstáculo psicológico que suele pasar inadvertido: podemos estar rechazando una conversación no porque conozcamos la intolerancia del otro, sino porque la damos por supuesta.
La diferencia no es menor. En el primer caso, la experiencia nos ha enseñado a desconfiar. En el segundo, una expectativa equivocada puede impedirnos conocer a alguien que quizá estaría dispuesto a escucharnos.
Conversar con personas que piensan diferente puede mejorar la comprensión mutua, incluso cuando ninguno de los interlocutores cambia de opinión. Foto de Anna Vander Stel en Unsplash
La polarización política también se alimenta de lo que creemos saber de los demás
En una época en la que el enfrentamiento político puede extenderse desde las instituciones hasta las reuniones familiares, los grupos de amigos o las conversaciones en las redes sociales, esta posibilidad merece atención.
La democracia necesita discrepancias, debates y posiciones enfrentadas. Lo que no necesita es que cada ciudadano presuponga que quienes no piensan como él son incapaces de razonar.
Quizá la lección más interesante del estudio no sea que nuestros adversarios políticos tienen razón en algo, ni siquiera que debamos cambiar nuestras opiniones. Es bastante más sencilla: antes de dar por imposible una conversación, convendría averiguar si la otra persona está realmente tan cerrada de mente como imaginamos.
Porque puede que, al otro lado de nuestras diferencias políticas, haya alguien tan convencido como nosotros de estar dispuesto a escuchar. Y tan equivocado como nosotros acerca de la disposición del otro.▪️(3-noviembre-2026)
Preguntas frecuentes sobre la apertura mental y la polarización política
¿Por qué desconfiamos tanto de quienes piensan diferente? ¿Son nuestros adversarios políticos realmente menos tolerantes? La psicología social revela cómo los prejuicios y los errores de percepción condicionan nuestra convivencia y qué puede ayudarnos a superarlos.
¿Los votantes consideran a sus adversarios políticos menos tolerantes de lo que realmente son?
Sí, al menos cuando se compara esa percepción con la receptividad que los adversarios declaran tener. Cuatro estudios con 1.320 participantes europeos comprobaron que las personas subestiman especialmente la disposición a escuchar opiniones contrarias de quienes apoyan a los partidos que más rechazan.
¿Por qué pensamos que nuestros rivales políticos son cerrados de mente?
Intervienen sesgos cognitivos como el favoritismo endogrupal, que nos lleva a valorar más positivamente a quienes comparten nuestras ideas, y el sesgo de superioridad, que nos hace considerarnos más razonables y tolerantes que los demás.
¿Qué es la polarización afectiva?
La polarización afectiva es la división emocional entre grupos políticos. Se produce cuando las diferencias ideológicas van acompañadas de sentimientos de antipatía, desconfianza u hostilidad hacia quienes apoyan a otros partidos, incluso fuera del debate político.
¿Qué es la receptividad a las opiniones contrarias?
Es la disposición psicológica a escuchar, considerar y comprender argumentos que cuestionan las propias creencias. No implica necesariamente cambiar de opinión ni estar de acuerdo con el interlocutor, sino reconocer que sus argumentos merecen ser examinados.
¿Se puede reducir la polarización política hablando con personas que piensan diferente?
Algunas investigaciones indican que conversar con adversarios políticos puede reducir la hostilidad y mejorar la comprensión mutua, aunque no necesariamente modifica las posiciones ideológicas. Los resultados dependen del contexto, la disposición de los interlocutores y la naturaleza de la conversación.
¿Puede corregirse la percepción equivocada de los adversarios políticos?
En determinadas circunstancias, sí. La investigación de André Mata y sus colaboradores comprobó que mostrar a los participantes información sobre la receptividad declarada de sus adversarios mejoraba sus expectativas sobre el diálogo, aunque no demostró un aumento estadísticamente significativo de la intención de mantener conversaciones políticas.
¿Existe alguna ideología política más tolerante que otra?
La evidencia científica no permite establecer una regla universal. La receptividad depende de numerosos factores, incluidos el contexto sociopolítico, las características individuales y la forma de medir la apertura mental. Los resultados obtenidos en un país no pueden extrapolarse automáticamente a otros.
EN RESUMEN: La polarización política no solo depende de nuestras diferencias ideológicas. También puede alimentarse de lo que creemos, a menudo equivocadamente, sobre la capacidad de los demás para escuchar y comprender opiniones contrarias.
Estudio de referencia: Mata, A., Nilsson, T., Erlandsson, A. y Ferreira, R. (2026). Journal of Experimental Social Psychology. Consultar la investigación original .
Fuente: André Mata, Towe Nilsson, Arvid Erlandsson, Rosário Ferreira. People underestimate how receptive other people are to different political opinions. Journal of Experimental Social Psychology (2026). DOI: https://doi.org/10.1016/j.jesp.2026.104942
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