Por qué el sexo entre individuos del mismo sexo es común en primates: la ciencia explica su origen evolutivo y social
Durante décadas se consideró una rareza biológica o una simple anécdota. Hoy, un amplio estudio comparativo revela que el sexo entre individuos del mismo sexo es una estrategia social y evolutiva profundamente arraigada en la historia de los primates.
Por Enrique Coperías, periodista científico
Los macacos rhesus recurren a comportamientos sexuales entre individuos del mismo sexo para, entre otros objetivos, establecer coaliciones. En la imagen, cópula de un macho y una hembra. Imagen de Myo Min Kyaw en Pixabay
En los cuadernos de campo de la primatología —y en los márgenes de muchos artículos científicos— hay escenas que durante décadas se anotaron con pudor, se atribuyeron a excesos de cautiverio o se despacharon como anécdotas. Montas entre hembras, contactos genitales entre machos, intercambios sexuales que no desembocan en crías…
Ahora, un trabajo amplio publicado en la revista Nature Ecology & Evolution por los investigadores Chloë Coxshall, Miles Nesbit, Josh Hodge y Vincent Savolainen, del Departamento de Ciencias de la Vida, en el Imperial College de Londres (Reino Unido), propone que esas escenas no son ruido de fondo, sino parte del sistema.
De este modo, el comportamiento sexual entre individuos del mismo sexo (SSB, por sus siglas en inglés) aparece con una lógica evolutiva y social más consistente de lo que se pensaba, y la frecuencia de las conductas homosexuales parece aumentar cuando la vida se vuelve difícil y cuando la convivencia se complica.
Un análisis sin precedentes de 491 especies de primates
El estudio, basado en una revisión sistemática de la literatura científica, reúne datos a escala de especie para 491 especies de primates no humanos. En ese mapa gigantesco de lémures y afines (estrepsirrinos), tarsios (tarsiiformes), monos del Nuevo Mundo (platirrinos), monos del Viejo Mundo (cercopitecoideos) y simios (hominoideos), los autores documentan la presencia de SSB en 59 especies, y en veintitrés de ellas disponen de datos que permiten saber con qué frecuencia ocurre.
La cifra es relevante por lo que muestra y por lo que sugiere. No estamos ante una rareza de las tres especies carismáticas, que han sido estudiadas con intensidad durante décadas y concentran gran parte de los registros históricos de SSB:
✅ El bonobo (Pan paniscus. Tradicionalmente el ejemplo más citado de sexualidad con función social, especialmente de SSB usado para reducir tensiones y reforzar vínculos.
✅ El chimpancé (Pan troglodytes). Muy estudiado por su cercanía evolutiva con los humanos y por mostrar una amplia gama de comportamientos sociales, incluida la homosexualidad.
✅ El macaco japonés (Macaca fuscata). Un clásico de la primatología conductual, famoso por sus comportamientos sociales complejos y por tener numerosos registros de SSB, especialmente entre hembras.
Estamos, afirman los autores, ante un comportamiento distribuido en casi todos los grandes linajes de primates. La pregunta, entonces, deja de ser si existe —eso está fuera de duda desde hace años— y pasa a ser otra: qué lo hace más probable y qué papel cumple.
La homosexualidad está presente en los cinco grandes grupos de primates
La sexualidad animal, recuerda el artículo, se ha interpretado durante mucho tiempo como un instrumento casi exclusivo de reproducción. Bajo ese prisma, cualquier conducta sexual no reproductiva parecía un despilfarro energético o un error.
Pero la homosexualidad se ha documentado en aproximadamente 1.500 especies de animales, y, aun así, su origen y sus motores ecológicos siguen siendo confusos, en parte porque los estudios suelen concentrarse en pocas especies y en poblaciones concretas, y porque hay subregistro: lo que no se busca o incomoda, se publica menos.
La propia literatura arrastra sesgos de observación y también culturales. Este trabajo intenta sortearlos con una estrategia de gran angular: comparar especies y probar hipótesis generales.
Dos bonobos en contacto afiliativo en su entorno natural. En sociedades de primates complejas, el comportamiento sexual entre individuos del mismo sexo puede actuar como una herramienta para reducir tensiones, reforzar vínculos y mantener la cohesión del grupo. Crédito: IA-DALL-E-RexMolón Porducciones
Qué es el SSB y por qué la ciencia lo ignoró durante décadas
El equipo define el SSB como interacciones típicamente sexuales entre individuos del mismo sexo: montas (ventral–ventral o ventral–dorsal), contacto genital y conductas como la felación. Excluyen interacciones ambiguas, como es el caso del acicalamiento, para no mezclar afiliación general con sexualidad. Y luego aplican una metodología de limpieza bibliográfica bastante estricta: de 1.732 registros iniciales en Web of Science, PubMed y Scopus, más aportes por snowballing (tirar del hilo de referencias clave), el filtrado deja 96 estudios revisados por pares útiles para extraer datos.
En ese embudo se ve una realidad incómoda: muchas especies apenas aparecen en la literatura, y dentro de las que estánn, pocas acumulan observaciones repetidas. De hecho, de las 59 especies con presencia de comportamiento sexual entre individuos del mismo sexo, solo veintiuna tienen múltiples registros independientes, y solo tres superan la decena de menciones: el macaco japonés (22), el chimpancé (17) y el macaco rhesus (11).
Es, sin duda alguna, una alarma sobre el sesgo del conocimiento: lo que sabemos del SSB en primates está muy concentrado en especies muy estudiadas.
Dimorfismo sexual, longevidad y competencia social
Aun con esa limitación, los autores se preguntan si, una vez controlada la historia evolutiva compartida (la familia importa: especies cercanas pueden parecerse por herencia), hay rasgos del ambiente, de la historia vital y de la organización social que predigan la aparición del SSB. El planteamiento se ordena en tres hipótesis, casi como un guion.
1️⃣ La primera (H1) dice que las presiones ambientales moldean el SSB. Si el entorno es duro —climas extremos, comida escasa, depredación—, los grupos pueden necesitar más cohesión, más cooperación, más pegamento social. Y, si el sexo puede funcionar como herramienta social, podría aparecer más en esas condiciones.
2️⃣ La segunda (H2) plantea que las especies más dimórficas y longevas, esto es con diferencias grandes entre machos y hembras y vidas más largas, lo que multiplica las interacciones y la competencia, deberían mostrar más conductas homosexuales.
3️⃣ La tercera (H3) apuesta por la idea central: la complejidad social empuja. Grupos grandes, estructuras complejas, jerarquías estrictas, sistemas de apareamiento fluidos o crianza cooperativa podrían crear tensiones y negociaciones constantes donde el SSB sería útil para aliarse, pacificar, reconciliar o escalar sin violencia.
El SSB es más común entre especies emparentadas
La estadística que utilizan los autores de este trabajo no es la de un experimento de laboratorio —no lo permite la pregunta—, sino la de la comparación evolutiva. Savolainen y sus colegas han ajustado modelos de regresión filogenética y, además, un modelo de ecuaciones estructurales (SEM) para distinguir entre efectos directos e indirectos. El enfoque es importante: un rasgo ambiental puede no causar SSB directamente, pero sí puede moldear la estructura social, y desde ahí empujar hacia el comportamiento homosexual.
En otras palabras, la naturaleza no funciona en líneas rectas, sino que opera en cascadas.
Los primeros resultados del trabajo ya son llamativos: al proyectar el comportamiento sexual entre individuos del mismo sexo en el árbol filogenético de 491 especies, aparece repartido por casi todos los grandes grupos. En palabras de los cuatro investigadores, el SSB es más común entre especies emparentadas —algo esperable—, pero hay margen considerable para que factores ecológicos y sociales lo modulen. No está escrito solo en el linaje, dicen.
Bonobos, sexo y eliminación de tensiones
Cuando los investigadores entran en la hipótesis ambiental, la H1, se encuentran con que el SSB es más probable en especies que viven en entornos más secos, con mayor escasez de alimento y con más presión de depredación. La lectura que proponen es coherente con una idea conocida en primatología: bajo estrés ecológico, los comportamientos afiliativos se vuelven más importantes.
Si el grupo necesita coordinarse para sobrevivir y si el conflicto interno es costoso, cualquier mecanismo que reduzca tensión y mantenga alianzas gana valor. El estudio pone ejemplos que suenan a manual del vínculo:
✅ En los bonobos, los contactos sexuales entre individuos del mismo sexo aparecen tras conflictos y se asocian a reducción de tensión.
✅ En langures chatos dorados (Rhinopithecus roxellana), el comportamiento sexual entre individuos del mismo sexo y el acicalamiento mejoran la afiliación en climas fríos y con recursos escasos. No se trata de decir que el SSB nace del estrés, sino que puede volverse adaptativo como estrategia flexible en contextos donde la cohesión importa.
La longevidad amplía la vida en el grupo
En el bloque H2 de historia vital, el patrón también encaja con la idea de competencia y negociación. El SSB es más probable en especies con dimorfismo sexual (coeficiente alto y significativo) y en especies con vidas más largas.
El dimorfismo suele ir asociado a una competencia intensa —a menudo entre individuos del mismo sexo— y a jerarquías más marcadas. En ese paisaje social, el SSB podría ser un modo de formar coaliciones, desactivar agresiones o gestionar rivalidades sin pelear.
La longevidad, por su parte, amplía la vida social: más años equivalen a más oportunidades de conflicto, reconciliación, alianza y reajuste de rangos. En cambio, dos resultados son reveladores por lo que niegan: el tamaño corporal no aparece como predictor claro y la proporción de sexos (sex ratio) no muestra relación a escala de especie, pese a que en algunas poblaciones se ha sugerido lo contrario.
El artículo sugiere una explicación: puede que el sex ratio sea relevante a nivel local, pero se diluya cuando se promedia a nivel de especie. A veces, la biología comparada enseña precisamente eso: no todo lo que parece cierto en una isla o un parque natural se mantiene cuando miras el planeta.
La clave está en la complejidad social
La parte social es donde el estudio coloca el foco más contundente. En los modelos, el SSB es menos probable en especies solitarias y más probable en especies con jerarquías muy estratificadas. La interpretación vuelve a la idea de la tensión: sistemas sociales simples quizá no necesiten mecanismos extra para engrasar relaciones; sistemas con rangos rígidos y competencia constante sí.
De nuevo, los ejemplos ilustran un mundo de pactos: babuinos con redes de afiliación para navegar inestabilidades, macacos rhesus que usan SSB en contextos de coaliciones, mandriles en sociedades competitivas donde cualquier herramienta de reducción de tensión podría ser valiosa.
Hasta aquí, la conclusión podría parecer lineal: sequía, depredadores y jerarquías desembocan en comportamientos sexuales entre individuos del mismo sexo. Pero los autores se detienen a refinar el mensaje con el modelo de ecuaciones estructurales (SEM), que permite separar qué influye directamente y qué lo hace a través de otros rasgos.
Y ahí aparece el matiz más interesante: los factores ambientales y de historia vital afectan sobre todo de forma indirecta, mientras que la complejidad social —en particular, la estructura de grupo— tiene un efecto directo sobre la ocurrencia del SSB. La ecología y la biología moldean la forma de vivir; esa forma de vivir, a su vez, crea el escenario donde ciertas conductas tienen sentido.
El comportamiento sexual entre individuos del mismo sexo aparece en casi todos los grandes linajes de primates, lo que desplaza la pregunta científica de su existencia —ya demostrada— a las condiciones que lo favorecen y a la función social y evolutiva que cumple. Foto: Nitty Ditty
Una llamada de atención a la ciencia del comportamiento
El estudio no oculta los problemas de este tipo de investigación. Hay sesgos de publicación, de observación, de terminología histórica. Los autores hacen análisis de sensibilidad para ver si los resultados se sostienen cuando filtran datos por calidad (por ejemplo, etogramas más completos) o cuando analizan clados por separado.
También advierten de un punto crucial: los ceros de su base de datos (ausencia de registros) son ambiguos; no significan no existe, sino no se ha visto o no se ha publicado.
Es una llamada de atención para la ciencia del comportamiento: lo que no se registra, no entra en los modelos, y puede distorsionar la imagen final.
Qué nos dice este estudio sobre la evolución humana (y qué no)
En sus últimos párrafos, el artículo científico abre una puerta delicada: ¿qué implica esto para nuestra propia especie? Los autores proponen, con cautela, que los homininos pudieron experimentar presiones ecológicas y sociales similares —escasez, depredación, vida en grupos complejos— y que eso invita a formular hipótesis. Incluso mencionan debates sobre genética, pleiotropía —cuando un mismo gen influye en varios rasgos distintos de un organismo— y teorías como la hiperginia en humanos —la tendencia a emparejarse o casarse con alguien de mayor estatus social o económico—, pero subrayan que estas extrapolaciones son especulativas y difíciles de probar.
Y añaden una advertencia ética explícita: este trabajo estudia conducta en primates no humanos y no aborda orientación sexual, identidad ni experiencia humana.
Es más, el estudio no debe usarse para justificar discriminación ni para alimentar fantasías de que la igualdad eliminaría el SSB. Es una frase necesaria en una época en que la biología se instrumentaliza con facilidad.
Por qué este hallazgo cambia la forma de entender la sexualidad animal
El valor de este estudio, al final, es doble. Por un lado, ofrece la panorámica más amplia hasta ahora sobre los comportamientos sexuales entre individuos del mismo sexo en primates y muestra que no es un accidente marginal: tiene señal evolutiva, se asocia a presiones ecológicas y se entiende mejor si se piensa como herramienta social.
Por otro, expone cuánto nos queda por ver: si solo tres especies concentran la mayor parte de registros, el verdadero mapa está aún incompleto. Tal vez, a medida que se observe más y se publique sin filtros morales, el número de especies con SSB deje de crecer por sorpresa y pase a ser algo esperable, casi trivial.
La ciencia, a veces, avanza así: no descubriendo algo nuevo, sino cambiando el lugar donde lo coloca. El sexo entre individuos del mismo sexo en primates no humanos estaba ahí, en la selva y en las notas al pie. Este trabajo lo saca al centro del escenario y sugiere que, en sociedades complejas, la sexualidad puede ser también lenguaje: un modo de decir estoy contigo, no quiero pelear, hagamos equipo, sigamos siendo grupo, especialmente cuando el mundo aprieta.▪️
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Fuente: Coxshall, C., Nesbit, M., Hodge, J. et al. Ecological and social pressures drive same-sex sexual behaviour in non-human primates. Nature Ecology & Evolution (2026). DOI: https://doi.org/10.1038/s41559-025-02945-8

