Por qué Venus no tiene luna: un nuevo estudio propone que fue destruida por las mareas
Venus pudo tener una luna semejante a la nuestra, pero su propia gravedad habría terminado condenándola. Las mareas cambiaron su órbita hasta hacerla caer, despedazarse y desaparecer sin dejar una huella visible.
Por Enrique Coperías, periodista científico
Recreación artística de la hipotética luna de Venus al cruzar el límite de Roche, la distancia crítica en la que las fuerzas de marea del planeta superarían la cohesión del satélite, lo fragmentarían y formarían un anillo efímero de escombros. Crédito: IA-DALL-E / RexMolón Producciones
El misterio de por qué Venus no tiene luna
La Tierra y Venus nacieron con tamaños, masas y composiciones parecidas, pero evolucionaron hasta convertirse en mundos radicalmente distintos. Una de las diferencias más visibles acompaña cada noche a nuestro planeta: la Tierra posee una gran luna, mientras que Venus recorre su órbita completamente solo.
Pero ¿el segundo planeta del Sistema Solar nunca llegó a formar un satélite o tuvo uno que acabó destruido? Un nuevo estudio sostiene que la respuesta puede estar en una delicada carrera entre la rotación del planeta y la migración orbital de aquella hipotética luna.
Venus es el planeta más extraño del Sistema Solar en lo que se refiere a su movimiento. Tarda unos 243 días terrestres en completar una vuelta sobre sí mismo, más de lo que necesita para dar una vuelta alrededor del Sol, y además gira en sentido retrógrado, contrario al de la mayoría de los planetas. La Tierra, en cambio, rota en veinticuatro horas y conserva un satélite que se aleja actualmente unos 3,8 centímetros al año.
Reconstruir por qué dos mundos semejantes terminaron de manera tan diferente es uno de los grandes problemas de la planetología comparada.
El nuevo trabajo, difundido como prepublicación en arXiv y todavía pendiente de revisión por pares, ha sido realizado por Stephen R. Kane, astrofísico planetario de la Universidad de California en Riverside, en Estados Unidos; y Franck Selsis, Jérémy Leconte y Sean N. Raymond, del Laboratorio de Astrofísica de Burdeos, en Francia.
Los investigadores no afirman haber demostrado que Venus tuvo una luna. No existe por ahora ninguna observación directa que lo confirme. Su objetivo es responder a una pregunta más concreta: si un gran impacto hubiera creado un satélite alrededor del joven Venus, ¿podría haber sobrevivido durante los 4.500 millones de años de historia del Sistema Solar?
El radio sincrónico decide el destino de una luna
Para intentar resolver este enigma, el equipo de astrónomos simuló la evolución conjunta de la rotación de Venus y de la órbita de una hipotética luna durante 4.500 millones de años. Probó planetas que inicialmente giraban en periodos de entre cinco y cien horas, satélites con masas comprendidas entre una centésima y diez veces la de nuestra luna, diferentes distancias orbitales, órbitas más o menos excéntricas y distintos grados de disipación de la energía de las mareas en el interior venusiano.
La clave de la investigación está en el llamado radio sincrónico, que no es otra cosa que la distancia a la que un satélite tarda exactamente lo mismo en completar una órbita que el planeta en girar sobre sí mismo.
Cuando una luna se encuentra por fuera de esa frontera, las mareas pueden empujarla hacia el exterior, como sucede con la luna terrestre. En este contexto, las mareas no son solo movimientos de agua: se trata de deformaciones producidas por la atracción gravitatoria mutua entre el planeta y su satélite. Esas deformaciones crean abultamientos en ambos cuerpos y permiten intercambiar energía y momento angular entre la rotación del planeta y la órbita lunar.
Si el satélite natural está por dentro del radio sincrónico, pierde altura y cae lentamente hacia el planeta. Pero esa frontera no permanece inmóvil. A medida que las mareas frenan la rotación de Venus, el radio sincrónico se desplaza hacia fuera y puede terminar alcanzando al satélite.
➡️ «Lo que decide el destino de la luna es una carrera entre su migración hacia el exterior y el avance del radio sincrónico», resumen los autores en el estudio.
La luna se salvaría si consiguiera alejarse con suficiente rapidez. Si el radio sincrónico la alcanzara, la dirección de su migración se invertiría y comenzaría a caer hacia Venus hasta cruzar el límite de Roche, la distancia a partir de la cual las fuerzas de marea pueden despedazar un satélite.
Vista hemisférica de Venus reconstruida a partir de observaciones de radar de la sonda Magallanes de la NASA, que cartografió más del 98 % del planeta, y del radiotelescopio de Arecibo. Los colores, incorporados para representar la elevación, permiten distinguir volcanes, llanuras y otras estructuras ocultas bajo la espesa atmósfera venusiana. Cortesía: NASA/JPL-Caltech/USGS.
Una luna cercana podía desaparecer en menos de un millón de años
Las simulaciones parten, en muchos casos, de una luna situada a cinco radios venusianos del centro del planeta, una distancia de unos 30.000 kilómetros. Allí, el satélite completaría una órbita cada 16,1 horas. Si el Venus primitivo giraba más despacio que eso, la luna habría nacido dentro del radio sincrónico y habría iniciado inmediatamente su caída.
Según los cálculos, el satélite venusino podría haber sido destruido en menos de un millón de años, un suspiro en la historia del Sistema Solar.
Si Venus giraba más deprisa, el desenlace se volvía menos evidente. Una luna de masa similar a la terrestre y en una órbita casi circular podía alejarse y sobrevivir durante toda la edad del Sistema Solar cuando el día venusiano inicial duraba unas doce horas o menos. Este resultado es importante, porque descarta una respuesta demasiado sencilla: las mareas de Venus no destruyen inevitablemente cualquier satélite.
Para explicar su ausencia actual hacen falta unas condiciones iniciales determinadas.
La paradoja de las lunas demasiado grandes
El estudio descubre, además, una paradoja. Una luna más masiva ejerce mareas más intensas y, en principio, debería migrar con mayor rapidez. Pero también frena mucho más eficazmente la rotación del planeta.
Los investigadores calculan que la velocidad de alejamiento aumenta aproximadamente en proporción a la masa del satélite, mientras que la expansión del radio sincrónico lo hace con el cuadrado de esa masa. En otras palabras, una luna grande puede provocar su propia condena: desacelera tanto a Venus que la frontera sincrónica termina adelantándola.
En uno de los modelos empleados, los satélites con más de dos masas lunares o formados alrededor de un Venus cuyo periodo de rotación superaba las 15 horas acababan destruidos en entre unos 30 millones y 1.700 millones de años.
➡️ «Una luna masiva no siempre tiene más posibilidades de sobrevivir; puede frenar al planeta tan deprisa que hace que el radio sincrónico alcance su órbita y la obligue a regresar», explican Kane y sus colaboradores.
Dos modelos de mareas ofrecen destinos diferentes
La conclusión, sin embargo, depende de cómo se represente la respuesta física del interior de Venus. El equipo ha utilizado dos modelos de disipación mareal:
✅ El primero, conocido como modelo de factor de calidad constante, predice la caída de muchas lunas grandes.
✅ El segundo, basado en un retraso temporal constante de la deformación producida por las mareas, permite que algunos satélites alcancen un estado casi sincrónico y sobrevivan.
Los autores consideran que esta segunda aproximación describe mejor lo que sucede cerca de la sincronización. No obstante, reconocen que ninguno de los dos modelos reproduce por completo la compleja reología de un planeta rocoso. El interior real de Venus tal vez respondería de una forma intermedia.
Las órbitas excéntricas abren otra vía de destrucción
La excentricidad de la órbita añade otra vía de escape —o de perdición—. Si el joven Venus completaba una rotación en menos de unas diez horas, las mareas podían aumentar la excentricidad de las lunas pequeñas en vez de amortiguarla.
En esos casos, la órbita se alargaba progresivamente hasta volverse inestable. El satélite podía escapar de la región dominada por la gravedad de Venus o terminar acercándose peligrosamente al planeta. Algunas lunas pequeñas resultaban desestabilizadas incluso con una excentricidad inicial de solo 0,01.
Con días venusianos de unas doce horas, por el contrario, las mareas tendían a circularizar las trayectorias y favorecían la supervivencia de satélites con masas iguales o inferiores a la de nuestra Luna.
Vista lateral de Maat Mons, el volcán más alto de Venus, que se eleva unos ocho kilómetros sobre las llanuras fracturadas y aparece rodeado por coladas de lava de cientos de kilómetros. Reconstruida con datos de radar de la misión Magallanes, la imagen muestra el tipo de superficie donde podrían haber desaparecido las huellas de una hipotética luna destruida durante la juventud del planeta. Cortesía: NASA/JPL-Caltech.
Los impactos gigantes quizá nunca permitieron formar una luna
Los resultados encajan con un estudio publicado en 2025 en la revista Astronomy & Astrophysics, en el que Mirco Bussmann, astrofísico de la Universidad de Zúrich, en Suiza, y sus colaboradores simularon grandes impactos contra Venus.
Aquella investigación concluyó que las colisiones capaces de dejar al planeta con una rotación compatible con la actual solían producir muy pocos escombros orbitales. Buena parte de ese material quedaba además dentro del radio sincrónico y volvía a caer sobre Venus antes de poder reunirse para formar una luna duradera.
La combinación de ambos trabajos permite plantear dos historias principales. En la primera, Venus sufrió un gran impacto, pero los restos formaron un disco demasiado cercano y se reincorporaron rápidamente al planeta. En la segunda, llegó a surgir una luna, aunque las mareas alteraron su órbita y acabaron destruyéndola.
➡️ «Para determinadas condiciones posteriores al último gran impacto, la pérdida del satélite puede explicarse únicamente mediante la evolución mareal», concluyen los autores. No sería imprescindible recurrir a una segunda colisión catastrófica para arrancar la luna de su órbita.
Neith, la hipotética luna retrógrada de Venus
Existe incluso una tercera posibilidad. En 2024, Valeri Makarov, del Observatorio Naval de los Estados Unidos en Washington D. C., y Alexey Goldin, del Teza Technologies de Chicago, propusieron que Venus pudo capturar una luna retrógrada, bautizada hipotéticamente como Neith. Sus interacciones habrían frenado la rotación del planeta, contribuido a invertirla y conducido después al satélite hacia el límite de Roche.
Un trabajo posterior de Makarov y Michael Efroimsky, del U.S. Naval Observatory, en Washington, concluyó que una luna venusiana retrógrada no podría alcanzar una sincronización estable: su caída sería inevitable.
Esta hipótesis resulta atractiva porque conecta dos anomalías: la ausencia de una luna y la lentísima rotación retrógrada de Venus. Sin embargo, tampoco existen evidencias directas de que Neith llegara a existir.
Qué ocurrió cuando la luna cruzó el límite de Roche
El final habría sido espectacular. Al aproximarse a Venus, la luna acabaría cruzando el límite de Roche, esto es, la distancia crítica a partir de la cual la diferencia entre la atracción gravitatoria ejercida sobre su cara más cercana y su cara más alejada supera la fuerza que mantiene unido el satélite. En las simulaciones, esa frontera se encuentra a unos 2,85 radios de Venus. Una vez rebasada, las intensas fuerzas de marea fragmentarían la luna y sus restos formarían un anillo efímero alrededor del planeta.
Los restos del satélite terminarían cayendo sobre el planeta y liberarían una enorme cantidad de energía. Un estudio publicado en 2024 en la revista Nature mostró que las mareas experimentadas por nuestra propia Luna durante su evolución orbital pudieron fundir de nuevo amplias zonas de su interior. Los autores del trabajo, Francis Nimmo, Thorsten Kleine y Alessandro Morbidelli, aseveran que una luna venusiana en espiral descendente habría sufrido un calentamiento al menos comparable.
La caída del material también habría golpeado y calentado la superficie de Venus. Si ocurrió durante los primeros cientos de millones de años, sus huellas pudieron desaparecer bajo la intensa actividad geológica posterior.
Recreación artística de la sonda de descenso de DAVINCI atravesando la densa atmósfera de dióxido de carbono de Venus hasta las montañas de Alpha Regio. Sus mediciones de gases nobles y proporciones isotópicas podrían ayudar a buscar posibles huellas químicas de una antigua luna destruida. Cortesía: Centro de Vuelo Espacial Goddard de la NASA.
Una luna pudo cambiar la habitabilidad de Venus
La presencia temporal de una luna también pudo influir en el clima del joven Venus. Un gran satélite habría ayudado a estabilizar la inclinación del eje del planeta, lo que generaría mareas en un posible océano y quizá contrubuyó al funcionamiento de un antiguo campo magnético al agitar y calentar el interior planetario.
Su desaparición habría eliminado esas influencias y depositado una gran cantidad de material sobre un Venus que quizá todavía conservaba agua superficial.
No puede afirmarse que la pérdida de la luna transformara por sí sola Venus en el mundo abrasador actual, con temperaturas superficiales cercanas a los 465 ºC y una atmósfera dominada por dióxido de carbono. Sí pudo constituir otro punto de divergencia entre la evolución de Venus y la de la Tierra.
Las simulaciones tampoco incluyen las mareas térmicas generadas por la densa atmósfera venusiana. Estas son capaces de modificar la velocidad de rotación del planeta. Al incorporarlas, señalan los autores, el planeta probablemente se habría frenado antes, el radio sincrónico habría avanzado con mayor rapidez y las posibilidades de supervivencia del satélite serían todavía menores.
«Nuestros cálculos ofrecen una estimación conservadora: la verdadera ventana en la que una luna de Venus podía mantenerse estable pudo ser aún más estrecha», advierte el equipo.
DAVINCI podría buscar huellas químicas del satélite perdido
Venus no conserva cráteres ni depósitos inequívocos de aquella hipotética catástrofe. Su superficie fue profundamente renovada por procesos volcánicos cientos o miles de millones de años después, por lo que una luna destruida durante la juventud del planeta podría haber quedado borrada del paisaje.
La futura misión DAVINCI de la NASA tratará de medir con gran precisión los gases nobles y las proporciones isotópicas de la atmósfera. Tal vez esos datos permitan buscar alguna huella química de una antigua lluvia de material lunar, aunque distinguirla de miles de millones de años de volcanismo y escape atmosférico será extremadamente difícil.
La luna ausente de Venus continúa siendo una hipótesis, no un descubrimiento. Pero el nuevo trabajo demuestra que su desaparición no necesitaría un acontecimiento extraordinario posterior. Bajo unas condiciones relativamente concretas, la propia interacción entre el planeta y su satélite habría puesto en marcha una lenta maquinaria de autodestrucción. Venus pudo tener una luna y perderla no por un golpe final, sino por la acción paciente e implacable de las mareas.▪️(4-septiembre-2026)
EXPLORACIÓN PLANETARIA
LO MÁS IMPORTANTE DEL ESTUDIO, EN 30 SEGUNDOS
- Venus pudo tener una luna: un gran impacto durante la juventud del planeta habría generado los escombros necesarios para formar un satélite.
- Las mareas determinaron su destino: la supervivencia dependía de una carrera entre el alejamiento de la luna y el avance del radio sincrónico provocado por la desaceleración de Venus.
- La rotación inicial era decisiva: una luna de masa similar a la terrestre podía sobrevivir si el joven Venus completaba una vuelta sobre sí mismo en unas 12 horas o menos.
- Una luna grande podía condenarse a sí misma: cuanto mayor era su masa, con más fuerza frenaba la rotación de Venus, favoreciendo que su órbita se invirtiera y comenzara a caer.
- El satélite habría acabado despedazado: al cruzar el límite de Roche, las fuerzas de marea superarían la cohesión de la luna y formarían un anillo temporal de fragmentos.
- No sería necesario un segundo gran impacto: determinadas condiciones permiten explicar la desaparición del satélite únicamente mediante su evolución orbital y mareal.
- La pérdida pudo afectar a la evolución de Venus: una luna habría influido en la inclinación del planeta, las mareas de un posible océano primitivo y quizá su habitabilidad temprana.
- Todavía no es una prueba definitiva: el trabajo es una prepublicación basada en simulaciones y no demuestra que Venus tuviera realmente una luna.
Fuente: Stephen R. Kane, Franck Selsis, Jeremy Leconte, Sean N. Raymond. Tidal Demise: The Evolution and Fate of a Hypothetical Venus Moon. arXiv (2026). DOI: https://doi.org/10.48550/arXiv.2608.25036

