Resuelto el misterio de por qué las termitas son monógamas: la pérdida de genes que permitió la evolución de sus megasociedades

La monogamia de las reinas y reyes de las termitas es una conducta desconcierta a los científicos: ¿cómo pudieron surgir sociedades de millones de individuos a partir de una pareja exclusiva? Un nuevo estudio desvela que la clave no fue ganar complejidad genética, sino perderla.

Por Enrique Coperías, periodista científico

Reina fisogástrica de termita Macrotermes michaelseni, acompañada por el rey y atendida por obreras, mientras varios soldados protegen la colonia en primer plano.

Reina fisogástrica de termita Macrotermes michaelseni, acompañada por el rey y atendida por obreras, mientras varios soldados protegen la colonia en primer plano. Cortesía: Jan Sobotnik / Universidad de Sídney.

Hay una pregunta aparentemente paradójica que inquieta los biólogos evolutivos: ¿cómo es posible que las sociedades de insectos más grandes y complejas del planeta, capaces de albergar millones de individuos y transformar ecosistemas enteros, estén fundadas sobre una estricta monogamia?

En un mundo natural donde la promiscuidad suele ser la norma y la diversidad genética un seguro frente a la extinción, las termitas rompieron las reglas. Un nuevo estudio científico publicado en la revista Science arroja ahora luz sobre este misterio y revela una historia inesperada: la de cómo la pérdida de genes, y no su ganancia, fue clave para el surgimiento de las megasociedades de insectos.

🗣️ «Las termitas proceden de ancestros similares a las cucarachas que empezaron a vivir dentro de la madera y a alimentarse de ella —explica Nathan Lo, profesor de la Universidad de Sídney y autor sénior del estudio. Y añade—: Nuestro trabajo muestra cómo su ADN cambió primero al adaptarse a esa dieta pobre y volvió a transformarse después, cuando dieron el salto hacia una vida social compleja».

Las termitas, a diferencia de las hormigas, las abejas o las avispas, pertenecen a un linaje evolutivo más cercano a las cucarachas. Sus antepasados eran insectos solitarios, omnívoros y genéticamente diversos. Sin embargo, en algún momento del Cretácico temprano, hace más de 120 millones de años, algo cambió. Algunas cucarachas comenzaron a vivir dentro de la madera muerta, a alimentarse de ella y a criar a sus crías en familia. A partir de ese modesto comienzo surgiría uno de los experimentos sociales más radicales de la historia de la vida.

El nuevo trabajo, liderado por investigadores de China, Australia y Europa, ha secuenciado con tecnología de lectura larga los genomas de ocho especies clave de cucarachas, cucarachas de la madera y termitas, y los ha comparado con otros ya disponibles. El resultado es una especie de película genética de la transición desde la vida solitaria hasta las sociedades hipersociales. Y lo que muestra ese fascinante documental contradice algunas intuiciones clásicas de la biología evolutiva.

Menos genes para vivir juntos

Una de las conclusiones más sorprendentes del estudio, dirigido por Yingying Cui, biólogo de la South China Normal University, es que, a medida que las termitas se volvían más sociales, sus genomas no se expandían, sino que se contraían. Las termitas modernas tienen muchos menos genes que sus parientes cucarachas.

Esta reducción afecta de forma sistemática a familias génicas relacionadas con el metabolismo, la desintoxicación, la percepción sensorial y, de manera especialmente llamativa, la reproducción masculina.

🗣️«El resultado más inesperado es que las termitas aumentaron su complejidad social perdiendo complejidad genética —subraya Lo—. Esto contradice la idea extendida de que las sociedades animales más sofisticadas necesitan genomas cada vez más complejos».

En los ancestros de las termitas se perdieron varios genes esenciales para la movilidad del esperma, los mismos que en vertebrados están implicados en la competencia espermática entre machos. En términos evolutivos, esto equivale a una declaración de intenciones: si no hay competencia espermática, es porque no hay competencia sexual. Es decir, las reinas de las termitas dejaron de aparearse con múltiples machos muy pronto en su historia evolutiva.

Casta reproductora de la termita Mastotermes darwiniensis, acicalada por una obrera en el centro de la imagen, con soldados flanqueando la escena.

Casta reproductora de la termita Mastotermes darwiniensis, acicalada por una obrera en el centro de la imagen, con soldados flanqueando la escena. Cortesía: Jan Sobotnik / Universidad de Sídney.

Una sociedad de hermanos

«La pérdida de genes relacionados con la movilidad del esperma no provocó la monogamia —aclara el investigador. Y añade—: Es una señal clara de que esta ya se había establecido. Nuestros resultados indican que los ancestros de las termitas eran estrictamente monógamos y que, una vez fijada esa estrategia reproductiva, desapareció la presión evolutiva para mantener genes asociados a la competencia entre machos».

Esta pérdida genética constituye una de las pruebas más sólidas hasta ahora de la llamada hipótesis de la monogamia: la idea de que las sociedades de insectos con división reproductiva irreversible —reinas fértiles y obreras estériles— solo pueden evolucionar cuando todos los miembros de la colonia son hermanos completos.

Si los padres son monógamos, ayudar a criar hermanos es genéticamente equivalente a tener hijos propios. La cooperación, entonces, deja de ser un sacrificio y se convierte en una inversión evolutiva.

De familias pequeñas a ciudades subterráneas

Pero la monogamia por sí sola no explica la aparición de colonias con millones de individuos. El estudio muestra que el verdadero salto evolutivo se produjo cuando las termitas transformaron la nutrición en un asunto colectivo.

Las primeras cucarachas de la madera, que todavía existen hoy, viven en pequeños grupos familiares y crecen muy lentamente. Su metabolismo energético es bajo: los genes responsables de la respiración celular y la producción de energía están poco activos durante el desarrollo. El resultado son crías que tardan años en alcanzar la madurez.

Las termitas, en cambio, tomaron otro camino. Gracias a la aparición de obreras especializadas que alimentan a sus hermanos mediante trofalaxia —el intercambio de fluidos digestivos ricos en nutrientes—, la colonia pudo redistribuir la energía de forma estratégica. Algunos individuos reciben mucho alimento al principio y se convierten rápidamente en obreras eficientes; otros crecen de menera lenta y, solo al final de su desarrollo, reciben una avalancha energética que los transforma en reyes y reinas alados.

🗣️ «Los bucles de retroalimentación basados en el reparto de alimento permiten a las colonias ajustar con gran precisión su fuerza de trabajo —señala Lo—. «Son clave para entender cómo las termitas logran mantener sociedades estables, altamente eficientes y funcionales durante largos periodos de tiempo».

Esta división del trabajo no se basa en genes nuevos, sino en un uso radicalmente distinto de rutas metabólicas antiguas, reguladas por hormonas, como la hormona juvenil; y por sistemas de señalización nutricional, como la insulina y el factor de crecimiento epidérmico. La complejidad social, sugiere el estudio, no surgió añadiendo piezas nuevas, sino reorganizando las existentes.

Reina fisogástrica de termita Macrotermes carbonaris, atendida por las obreras, con el rey situado debajo y dos soldados protegiendo la colonia en primer plano.

Reina fisogástrica de termita Macrotermes carbonaris, atendida por las obreras, con el rey situado debajo y dos soldados protegiendo la colonia en primer plano. Imagen: Jan Sobotnik.

El precio de la especialización

La cara oculta de este éxito evolutivo es la pérdida de flexibilidad. Al depender por completo de la colonia para alimentarse y desarrollarse, las termitas individuales renunciaron a muchas capacidades que conservan sus parientes solitarios.

Así es, ya no necesitan detectar una amplia variedad de alimentos, ni defenderse químicamente por sí mismas, ni competir por pareja. Todo eso lo hace la sociedad en su conjunto.

Desde este punto de vista, las termitas se parecen menos a individuos autónomos y más a células de un superorganismo. La colonia regula el crecimiento, la reproducción y la energía con una precisión que recuerda a la de un organismo multicelular. Y, como ocurre en los organismos complejos, esa eficiencia se logra a costa de la independencia.

Un experimento natural de altruismo extremo

El trabajo también arroja luz sobre una distinción clave dentro del mundo de las termitas. No todas han alcanzado el mismo grado de altruismo. Algunas especies conservan un desarrollo lineal: sus larvas pueden convertirse en reproductores si las condiciones cambian.

Otras, las más exitosas ecológicamente, han evolucionado un desarrollo bifurcado, en el que la mayoría de los individuos quedan condenados desde muy temprano a ser obreras estériles.

Los experimentos del estudio muestran que esta bifurcación depende directamente de cuánta comida reciben las larvas y en qué momento. Manipulando la nutrición y bloqueando rutas metabólicas específicas, los investigadores pudieron alterar el destino de las castas. La sociedad, literalmente, se construye bocado a bocado.

Obreras (en la parte superior) y soldados (en el centro) de la termita Incisitermes schwarzi.

Obreras (en la parte superior) y soldados (en el centro) de la termita Incisitermes schwarzi. Cortesía: Jan Sobotnik.

Más allá de las termitas

Aunque el estudio se centra en las termitas, sus implicaciones son más amplias. Refuerza la idea de que la monogamia ancestral fue una condición necesaria para la evolución de sociedades complejas en insectos, algo que también se ha propuesto para hormigas, abejas y avispas. Pero va más allá al mostrar los mecanismos moleculares concretos que conectan parentesco, nutrición y división del trabajo.

Cuando un rey o una reina muere, la monogamia no se rompe: el puesto suele ser ocupado por uno de sus propios descendientes, lo que conduce a altos niveles de endogamia dentro de la colonia. «Desde el punto de vista evolutivo, eso refuerza aún más el grado de parentesco», apunta Lo.

En un momento en que la biología busca entender cómo surgen nuevos niveles de organización, desde células hasta sociedades, las termitas ofrecen una lección contraintuitiva: a veces, la complejidad no nace de la acumulación, sino de la renuncia. Perder genes, reducir opciones y estrechar caminos puede ser, paradójicamente, la vía más segura hacia el éxito evolutivo.

🗣️ «Esta investigación demuestra que comprender la evolución social no consiste solo en añadir nuevos rasgos o funciones —concluye el investigador—. En muchos casos, también implica entender qué decide perder la evolución por el camino».

Bajo nuestros pies, en silencio, las termitas llevan más de cien millones de años recordándonos que la complejidad no siempre nace de sumar, sino de saber renunciar. A veces basta con ser menos, pero juntas.▪️(29-enero-2026)

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