Cómo el juego y la conexión social ayudan a que algunos perros entiendan nuestras palabras
No es solo inteligencia ni memoria: los perros que aprenden palabras parecen hacerlo porque buscan compartir algo con nosotros. Un estudio científico sugiere que el juego y la conexión social son la clave para que algunos peludos entiendan lo que decimos.
Por Enrique Coperías, periodista científico
Un niño se inclina frente a un perro en una carretera rural: una escena cotidiana que resume la idea central del estudio. La investigación muestra que algunos perros no aprenden palabras solo por inteligencia, sino por su motivación para interactuar y compartir atención con los humanos a través del juego y los objetos. Foto de Chen Mizrach en Unsplash
En un salón cualquiera, sin focos ni batas blancas, un perro se acerca a su cuidador con un juguete nuevo en la boca. No ladra. No le tira de la manga. Simplemente espera.
La escena podría pasar desapercibida en cualquier hogar, pero para un grupo de etólogos europeos ese gesto encierra una pista fascinante sobre uno de los grandes misterios de la cognición: cómo se aprenden las palabras y qué papel juega la conexión social en ese proceso.
Desde hace años, los científicos saben que algunos perros —muy pocos— son capaces de aprender los nombres de decenas, incluso cientos, de objetos. No se trata de órdenes genéricas como ¡Siéntate! o ¡Ven!, sino de asociaciones específicas entre una palabra y un juguete concreto.
Qué son los Gifted Word Learners y por qué interesan a la ciencia
Al oír su nombre, el animal es capaz de ir a buscarlo entre muchos otros. A estos individuos excepcionales se les conoce como Gifted Word Learners o perros con talento para aprender palabras.
La pregunta que se hacen ahora los investigadores va más allá de la anécdota sorprendente: ¿qué diferencia realmente a estos perros del resto? ¿Son más inteligentes, más curiosos, más atentos… o, quizá, más sociales?
Un nuevo estudio científico publicado en la revista Animal Cognition y coordinado por Andrea Sommese, del Departamento de Etología, en la Universidad de Budapest (Hungría), se adentra en esta cuestión comparando el comportamiento de perros superaprendedores de palabras con el de perros normales, todos de la misma raza —border collie— y criados en hogares humanos similares.
La respuesta no apunta tanto a una mayor atracción por los objetos o por las palabras en sí, sino a algo más sutil y, al mismo tiempo, profundamente humano: la motivación por compartir experiencias con otro.
El experimento: juguetes, palabras y silencio humano
El experimento se diseñó para imitar lo más fielmente posible una situación cotidiana. Durante dos semanas, los cuidadores jugaron con sus perros usando cuatro juguetes. A dos de ellos se les asignó un nombre, que se repetía explícitamente durante el juego. Los otros dos se utilizaban igual, pero sin nombrarlos nunca. El juego era el mismo: tirar, arrastrar, celebrar. La única diferencia era la presencia o ausencia de una palabra.
Después llegó la prueba. En una habitación sin distracciones, se colocaron en el suelo esos cuatro juguetes, junto a otros dos completamente nuevos. El cuidador permanecía en silencio, pasivo, sin dar pistas. Durante noventa segundos, el perro podía explorar libremente el entorno.
Si el lenguaje funcionara en los perros como en los bebés humanos, cabría esperar que los juguetes nombrados atrajeran más atención, o que los perros con talento verbal se sintieran especialmente atraídos por los objetos nuevos, potencialmente etiquetables. Pero no ocurrió así.
Lo inesperado: todos prefieren lo nuevo, pero no todos buscan al humano
Todos los perros, sin distinción, mostraron una clara preferencia por los juguetes nuevos. Los olieron más, los mordieron más, jugaron más con ellos. Es un comportamiento conocido como neofilia —atracción por la novedad— y parece ser una constante en la especie canina.
En cambio, ni los perros superaprendedores ni los perros normales mostraron diferencias significativas en el tiempo dedicado a los juguetes con nombre frente a los que no lo tenían.
La palabra, por sí sola, no parecía marcar la diferencia.
Un perro juega con varios juguetes en el suelo de una casa, una escena clave del estudio sobre los Gifted Word Learners. La investigación muestra que estos perros, capaces de aprender los nombres de muchos objetos, no se distinguen por jugar más con los juguetes “con nombre”, sino por su tendencia a usar el juego para iniciar interacción y conexión social con los humanos. Foto de Mathew Coulton en Unsplash
Ofrecer un juguete: una forma canina de iniciar comunicación
Sin embargo, cuando los investigadores dejaron de mirar solo a los objetos y empezaron a fijarse en la interacción social, apareció algo distinto. Los perros con talento para aprender palabras no se limitaban a jugar solos. Estos, con mucha más frecuencia que los demás, se acercaban a su cuidador llevando un juguete en la boca, como si quisieran iniciar algo.
No era contacto físico pasivo —tumbarse cerca, apoyarse en la pierna—, que era más habitual en los perros normales. Era una conducta activa: ofrecer el juguete, mostrarlo, sostenerlo frente al humano. Y, de forma especialmente llamativa, casi siempre se trataba de un juguete nuevo.
Ese detalle resulta clave. Si el comportamiento se debiera únicamente a una historia previa de refuerzos —más juego con ciertos juguetes, más costumbre de interactuar— lo lógico sería que los perros trajeran los objetos familiares. Pero no. Elegían lo desconocido.
Aprender palabras no es solo memoria, es vínculo social
Para los autores del estudio, este gesto puede interpretarse como una invitación: una forma de implicar al cuidador en una experiencia compartida alrededor de un objeto nuevo. En los bebés humanos, conductas muy similares —señalar, alternar la mirada entre un objeto y un adulto— se consideran señales tempranas de intención comunicativa. No son peticiones utilitarias, sino intentos de compartir atención.
¿Están haciendo algo parecido estos perros?
La idea de que el lenguaje no es solo una habilidad cognitiva, sino profundamente social, está bien asentada en la psicología del desarrollo humano. Los niños no aprenden palabras en el vacío: las aprenden en contextos de interacción, juego y atención conjunta.
La motivación social de los perros con talento para aprender palabras
Nombrar un objeto no es solo asignarle una etiqueta, sino crear un espacio compartido de significado.
👉 Este estudio sugiere que, en los perros con talento verbal, podría estar ocurriendo algo análogo, afirma Sommese. No aprenden palabras porque les fascinen los sonidos o porque tengan una memoria prodigiosa, sino porque están especialmente motivados para implicar a sus humanos en actividades conjuntas con objetos.
Dicho de otro modo: quizá no sean perros que entienden más, sino perros que quieren compartir más.
Esto encaja con investigaciones previas que describen a los Gifted Word Learners como más juguetones y más proclives a aprender en contextos sociales. También ayuda a explicar por qué estos casos son tan raros.
La capacidad de asociar palabras a objetos no dependería solo de la inteligencia, sino de una combinación poco común de motivación social, interés por el juego y una historia de interacción intensa con humanos.
Los límites del estudio y las preguntas abiertas
Como todo buen trabajo científico, este también reconoce sus límites. El número de perros con talento verbal es pequeño, por definición. Además, todos los participantes eran border collies, una raza conocida por su alta predisposición al trabajo cooperativo con humanos. No está claro hasta qué punto estos resultados se extenderían a otras razas de perros.
Tampoco se midió de forma sistemática cuánto juegan los cuidadores con sus perros en la vida diaria, más allá del periodo controlado del experimento. Es posible que las personas que conviven con perros superaprendedores sean, ellas mismas, más juguetonas o más comunicativas, y que eso influya en el comportamiento del animal.
Pero incluso con estas cautelas, el mensaje de fondo es sólido: aprender palabras no parece depender tanto de una atracción especial por los objetos o por las etiquetas verbales, como de una disposición a convertir esos objetos en excusas para relacionarse.
Qué nos dicen estos perros sobre el origen del lenguaje
El interés de estos hallazgos científicos va más allá del mundo canino. Los perros viven inmersos en el entorno humano desde hace miles de años. No adquieren lenguaje humano como nosotros, pero comparten con los niños un contexto crucial: crecen rodeados de voces, gestos, juegos y rutinas sociales.
Estudiar por qué algunos perros aprenden palabras y otros no permite aislar ingredientes fundamentales del aprendizaje verbal sin recurrir al lenguaje humano completo. Y lo que emerge con fuerza es la importancia del vínculo.
Quizá, al final, ese perro que se acerca con un juguete nuevo no esté pidiendo solo que jueguen con él. Tal vez esté preguntando, a su manera: «¿Quieres compartir esto conmigo?». Y en esa pregunta silenciosa podría estar una de las claves más profundas del lenguaje.▪️(4-febrero-2026)
Fuente: Sommese, A., Miklósi, Á., Nostri, S. et al. Toy exploration in gifted word learner dogs and typical dogs. Animal Cognition (2026). DOI: https://doi.org/10.1007/s10071-026-02047-3

