La contaminación del aire cambia el olor de las hormigas y hace que se peleen entre ellas

Las hormigas se reconocen por el olor. Cuando la contaminación del aire altera esa señal química, las colonias dejan de distinguir a las compañeras y reaccionan con violencia, como si el enemigo estuviera dentro del hormiguero.

Por Enrique Coperías, periodista científico

Un estudio científico revela que la contaminación atmosférica puede romper el sistema de reconocimiento de las hormigas.

Un estudio científico revela que la contaminación atmosférica puede romper el sistema de reconocimiento de las hormigas. Al cambiar su olor, el aire contaminado hace que las colonias confundan a sus propias compañeras con intrusas. Foto de kazuend en Unsplash‍ ‍

En el interior de un hormiguero no hay carnés, banderas ni uniformes. La identidad se lleva puesta en la piel. Cada hormiga está recubierta por una mezcla precisa de hidrocarburos —una suerte de perfume químico— que permite a sus compañeras distinguir, con sorprendente exactitud, quién pertenece al nido y quién es una intrusa.

Este sistema de reconocimiento social, afinado por millones de años de evolución, es la base sobre la que se sostienen algunas de las sociedades animales más complejas del planeta. Pero ahora, en pleno Antropoceno, esto es, la época más reciente del período cuaternario y que está caracterizada por la modificación global y sincrónica de los sistemas naturales por la acción humana, incluso ese lenguaje invisible empieza a fallar.

Un estudio científico publicado en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS) demuestra que la contaminación atmosférica, en particular el ozono, puede alterar ese olor característico y provocar un efecto inquietante: hormigas atacadas por sus propias compañeras como si fueran enemigas. No porque hayan cambiado de bando, sino porque el aire contaminado que respiraron modificó su señal química de los hidricarburos cuticulares o HCC.

Cada colonia de hormigas tiene un DNI propio

Las hormigas representan hasta dos tercios de la biomasa de insectos del planeta y han colonizado casi todos los ecosistemas terrestres. Su éxito se debe, en gran parte, a su organización social. En una colonia, miles —a veces millones— de individuos cooperan sin conflicto aparente, repartiéndose tareas como el cuidado de las larvas, la búsqueda de alimento y la defensa del nido.

Todo ello depende de un delicado sistema de comunicación química que empieza por el reconocimiento entre compañeras. Esa ridentificación se basa en los citados hidrocarburos cuticulares, unas moléculas que recubren el exoesqueleto del insecto. Originalmente evolucionaron para evitar la desecación, pero con el tiempo adquirieron un papel central como señales sociales.

Cada colonia de hormigas tiene un perfil químico propio, una combinación específica de compuestos que actúa como contraseña colectiva. Basta un leve desajuste para que salten las alarmas, afirma Nan-Ji Jiang, neuroetólogo del Max-Planck Institute for Chemical Ecology, en Alemania, y coautor del estudio.

Cómo el ozono afecta a los alquenos

El problema es que algunas de esas moléculas, especialmente las menos abundantes pero más importantes para la identificación —los alquenos—, son químicamente frágiles. Contienen dobles enlaces carbono-carbono que reaccionan con facilidad ante agentes oxidantes como el ozono.

Y este gas, incoloro compuesto por tres átomos de oxígeno, a diferencia de lo que solemos pensar, no es solo un problema de la alta atmósfera. A ras de suelo, es uno de los contaminantes del aire más extendidos y dañinos del entorno urbano.

En condiciones naturales, las concentraciones de ozono rondan los diez partes por mil millones en zonas no urbanas y unas treinta en las ciudades. Pero en regiones con alta contaminación se superan con frecuencia los cien, e incluso se han registrado picos de polución por encima de doscientos.

Hablamos de niveles que afectan a la salud humana, pero cuyos efectos sobre los insectos han sido, hasta ahora, mucho menos estudiados.

Ejemplar de Messor barbarus, una de las especies en las que se ha demostrado que la contaminación del aire, en especial el ozono, altera el olor corporal de las hormigas y provoca comportamientos agresivos

Ejemplar de Messor barbarus, una de las especies en las que se ha demostrado que la contaminación del aire, en especial el ozono, altera el olor corporal de las hormigas y provoca comportamientos agresivos entre compañeras de la misma colonia. Cortesía: Álvaro Rodríguez

Violencia dentro del hormiguero

El Jiang y sus colegas quisieron comprobar si esa polución atmosférica podía interferir en la vida social de las hormigas. Para ello, expusieron obreras de seis especies de hormigas diferentes a concentraciones de ozono comparables a las que se alcanzan en episodios de contaminación intensa. Después, las devolvieron a sus colonias y observaron qué ocurría.

En la hormiga granívora (Messor barbarus), una especie común en el Mediterráneo, bastaron dos horas de exposición al ozono para que las compañeras de nido reaccionaran con agresividad: mordiscos, embestidas con la cabeza y posturas de amenaza. No era una agresión leve.

Aunque no alcanzaba la ferocidad con la que se ataca a una hormiga de otra colonia, la diferencia con el trato dispensado a una compañera normal era clara y estadísticamente significativa.

Lo más llamativo es que la hormiga expuesta no respondía con violencia. Como si, pese a ser tratada como una intrusa, siguiera reconociendo a las demás como compañeras. La identidad química, en este caso, se rompía en una sola dirección.

El análisis químico confirmó la sospecha. Tras la exposición al ozono, la cantidad de alquenos en el perfil cuticular se reducía de forma notable, mientras que otros hidrocarburos más estables permanecían intactos.

El olor había cambiado lo justo para confundir al sistema de reconocimiento social, pero no tanto como para generar una identidad completamente ajena.

Un problema que afecta a muchas especies

El fenómeno no se limitaba a una sola especie de hormiga ni a una colonia concreta. El mismo patrón se observó en otras hormigas comunes de Europa y Asia, pertenecientes a distintas subfamilias.

En cinco de las seis especies estudiadas, el ozono provocó una reducción de los alquenos y un aumento de la agresividad entre compañeras de nido. Solo una, la hormiga clonal (Ooceraea biroi), parecía inmune al estallido de violencia.

Pero esa aparente inmunidad escondía otro problema. La Ooceraea biroi tiene una biología peculiar: no hay reinas, todas las obreras se reproducen de forma clonal y la agresividad entre colonias es baja. Esto permitió a los investigadores explorar efectos a largo plazo.

Larvas abandonadas y colapso social

Cuando colonias completas de esta especie fueron expuestas durante varios días a niveles elevados de ozono, las obreras empezaron a abandonar a las larvas.

No era un efecto tóxico directo: las larvas sobrevivían igual de bien si se las exponía al ozono en ausencia de adultas. El problema parecía estar, de nuevo, en la comunicación química. Las señales que permiten a las obreras reconocer y cuidar a las crías se debilitaban.

La consecuencia era una ruptura del cuidado cooperativo, con consecuencias potencialmente devastadoras para la supervivencia de la colonia.

Dos hormigas de diferente género se encuentran en una ramita.

Dos hormigas de diferente género se encuentran en una ramita. El estudio muestra que la contaminación del aire puede alterar las señales químicas que permiten a estos insectos reconocerse, incluso cuando pertenecen a la misma colonia. Cortesía: Geir Drange / https://www.nikonsmallworld.com/

Un golpe a todo el ecosistema

Estos resultados encajan en un patrón más amplio. En los últimos años se ha demostrado que los contaminantes atmosféricos pueden degradar los aromas de las flores, lo que dificulta que los polinizadores las encuentren, o alterar las feromonas sexuales de algunos insectos, lo que interfiere en el apareamiento.

El nuevo estudio amplía el alcance del problema: no solo se ve afectada la relación entre especies, sino también la cohesión interna de las sociedades animales.

Las implicaciones ecológicas son profundas. Las hormigas cumplen funciones clave en los ecosistemas: dispersan semillas, airean el suelo, controlan plagas agrícolas y participan en complejas redes tróficas. Su organización social es la base de esa eficacia. Si la contaminación del aire erosiona los mecanismos que mantienen unida a la colonia, los efectos podrían amplificarse a escala de ecosistema.

La contaminación y el futuro de los insectos sociales

Además, muchas de las especies afectadas viven cerca de entornos urbanos y forrajean durante el día, cuando los niveles de ozono son más altos. Algunas incluso suben a arbustos y árboles, donde la concentración del contaminante puede ser mayor que a ras de suelo. En un mundo cada vez más urbanizado, la exposición es difícil de evitar.

El estudio no afirma que la contaminación esté provocando el colapso inmediato de las colonias de hormigas. Pero sí lanza una advertencia clara: los contaminantes ambientales no solo matan o enferman, también alteran comportamientos esenciales de formas invisibles y difíciles de detectar.

El aire que respiramos no solo afecta a nuestros pulmones, sino también a los lenguajes químicos que sostienen la vida social de los insectos.

En el Antropoceno, incluso el olor de una hormiga puede dejar de ser fiable. Y cuando una sociedad deja de reconocerse a sí misma, el conflicto no tarda en aparecer.▪️ (4-febrero-2026)

  • Fuente: N. Jiang, B. A. Bhat, E. Briceño-Aguilar, A. Lehmann, Y. Ulrich, B. S. Hansson & M. Knaden. Oxidizing pollutants can disrupt nestmate recognition in ants. PNAS (2026). DOI: https://doi.org/10.1073/pnas.2520139123

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