Descubren en España el primer «Diplodocus» confirmado fuera de Norteamérica

Catorce vértebras halladas en la provincia de Teruel han bastado para sacar al célebre gigante jurásico de su territorio norteamericano. El descubrimiento confirma que estos dinosaurios cruzaron el naciente Atlántico hace unos 150 millones de años para llegara al continente europeo.

Por Enrique Coperías, periodista científico

Recreación artística del Diplodocus que habitó el actual territorio de Teruel hace unos 150 millones de años, acompañado por otros dinosaurios en uno de los diversos ecosistemas costeros de la península Ibérica durante el Jurásico Tardío.

Recreación artística del Diplodocus que habitó el actual territorio de Teruel hace unos 150 millones de años, acompañado por otros dinosaurios en uno de los diversos ecosistemas costeros de la península Ibérica durante el Jurásico Tardío. Imagen generada con inteligencia artificial. Crédito: IA-DALL-E / RexMolón Producciones

El «Diplodocus» también vivió en Europa

Hace unos 150 millones de años, el paisaje que hoy ocupa la provincia de Teruel, en España, estaba muy lejos de parecerse al actual. En lugar de montañas, pinares y campos de cultivo, se extendía una franja costera atravesada por ríos, llanuras inundables y zonas pantanosas próximas a un mar cálido y poco profundo.

Por aquel territorio caminaban estegosaurios, grandes dinosaurios carnívoros y saurópodos de cuello largo. Entre estos últimos se encontraba un visitante inesperado: el Diplodocus, también castellanizado como diplodoco, uno de los dinosaurios más famosos del mundo y, hasta ahora, considerado exclusivamente norteamericano.

Un equipo de paleontólogos de la Fundación Conjunto Paleontológico de Teruel-Dinópolis ha identificado en el yacimiento de La Tejería, situado en el municipio turolense de El Castellar, los primeros restos de Diplodocus confirmados fuera de Norteamérica. El descubrimiento, publicado en la revista Journal of Vertebrate Paleontology, amplía de manera inesperada la distribución geográfica de este género de dinosaurio y aporta una nueva pieza al complejo rompecabezas de las migraciones de dinosaurios durante el Jurásico Tardío.

¿Qué restos de diplodoco se han encontrado en Teruel?

El animal no ha llegado hasta nosotros como un esqueleto completo. El material recuperado está formado por catorce vértebras de las regiones media y posterior de la cola y varios chevrones o arcos hemales.

Los chevrones son huesos que se articulaban en la parte inferior de las vértebras caudales. Entre otras funciones, protegían los vasos sanguíneos y los tejidos situados bajo la columna vertebral.

Aunque pueda parecer un conjunto demasiado pequeño para identificar a un animal de unos 25 metros, la cola de los diplodócidos acumulaba algunas de las características anatómicas más informativas de este grupo de saurópodos.

Las características que identifican al dinosaurio

Las vértebras de El Castellar presentan una combinación de rasgos distintivos. Los paleontólogos autores del hallazgo las resumen de esta manera:

1️⃣ Grandes cavidades neumáticas en el interior de las vértebras.

2️⃣ Centros vertebrales alargados y sin crestas laterales.

3️⃣ Profundos surcos longitudinales en la superficie inferior de las vértebras.

4️⃣ Chevrones bifurcados con una anatomía característica.

Precisamente, el nombre Diplodocus, acuñado en 1878 por el paleontólogo estadounidense Othniel Charles Marsh, significa doble viga. La denominación alude a la peculiar forma de los chevrones situados bajo la cola del dinosaurio.

Vértebras caudales del Diplodocus hallado en El Castellar (Teruel). La reconstrucción inferior señala en color las partes de la cola recuperadas y analizadas por los investigadores.

Vértebras caudales del Diplodocus hallado en El Castellar (Teruel). La reconstrucción inferior señala en color las partes de la cola recuperadas y analizadas por los investigadores. Cortesía: Fundación Dinópolis.

Cómo se ha confirmado que era un «Diplodocus»

Los investigadores compararon minuciosamente los fósiles turolenses con los de otros saurópodos, y sometieron sus características anatómicas a dos tipos de análisis filogenéticos: uno basado en el principio de máxima parsimonia y otro de inferencia bayesiana. De forma resumida, puede decirse que estas técnicas permiten reconstruir las relaciones evolutivas entre organismos a partir de las características que comparten.

Ambos métodos colocaron de forma consistente al ejemplar dentro del género Diplodocus y próximo al Diplodocus hallorum, una de las especies norteamericanas de mayor tamaño; se estima que este lagarto pudo alcanzar una longitud de 32 metros y un peso de hasta 113 toneladas, o sea, lo mismo que unos diecinueve elefantes africanos. Al no disponer de suficientes huesos para asignarlo con seguridad a una especie concreta, el equipo lo clasifica prudentemente como Diplodocus sp.

🗣️ «Con cada nuevo resultado, el panorama se aclaraba: estábamos ante un Diplodocus», resume Sergio Sánchez Fenollosa, investigador de la Fundación Dinópolis y primer autor del trabajo. Y añade en un comunicado de la Fundación Dinópolis—: Se trata de uno de los diplodócidos más completos descubiertos hasta la fecha en Europa y constituye la primera evidencia de este género fuera de Norteamérica. Este hallazgo proporciona una de las pruebas paleontológicas más sólidas de episodios de dispersión e intercambio faunístico entre ambos continentes a través del protoocéano Atlántico durante el Jurásico Superior».

En el estudio también participan los paleontólogos Josué García Cobeña y Alberto Cobos, director gerente de la institución.

Según la estimación de los investigadores, el animal de El Castellar pudo alcanzar unos 25 metros de longitud, una talla comparable a la de sus parientes estadounidenses.

Por qué este descubrimiento es excepcional

Hasta este hallazgo, todos los restos aceptados del género procedían de la Formación Morrison, una inmensa sucesión de rocas sedimentarias que aflora en el oeste de Estados Unidos y constituye uno de los grandes archivos mundiales de dinosaurios del Jurásico.

Allí se han encontrado algunos de los animales más reconocibles de la prehistoria, como el Allosaurus, el Stegosaurus, el Apatosaurus y el propio Diplodocus.

Hay que decir que en Europa ya se conocían restos de diplodócidos, la familia de saurópodos a la que pertenece Diplodocus. Sin embargo, la mayoría eran fósiles escasos o fragmentarios y ninguno había permitido confirmar de manera suficientemente sólida la presencia del género norteamericano en el Viejo Continente.

La principal excepción se encuentra en Portugal, donde se descubrió a finales de los noventa el Dinheirosaurus, un saurópodo muy próximo a los diplodócidos norteamericanos y posteriormente relacionado con el Supersaurus.

El ejemplar de El Castellar constituye ahora uno de los diplodócidos más completos hallados en Europa y la primera evidencia formalmente publicada de Diplodocus fuera de Norteamérica.

Huesos originales de la cola del Diplodocus de El Castellar, expuestos en primer plano en el Museo Aragonés de Paleontología de Dinópolis, en Teruel.

Huesos originales de la cola del Diplodocus de El Castellar, expuestos en primer plano en el Museo Aragonés de Paleontología de Dinópolis, en Teruel. Cortesía: Fundación Dinópolis

Un dinosaurio que revela conexiones entre continentes

La importancia del descubrimiento no se limita a añadir un nuevo dinosaurio al registro fósil europeo. La presencia del mismo género a ambos lados del proto-Atlántico ofrece información sobre cómo se desplazaban los animales entre los continentes durante el Jurásico Tardío.

En aquella época, el océano Atlántico Norte estaba empezando a formarse como consecuencia de la fragmentación del supercontinente Pangea. Era mucho más estrecho que el actual, pero Norteamérica y Europa ya no constituían una única masa terrestre continua.

Entre ambas regiones se extendía un paisaje cambiante formado por islas, mares someros y territorios que podían quedar emergidos cuando descendía el nivel del mar.

Los dinosaurios no atravesaron un océano abierto

Obviemente, la presencia de Diplodocus en Europa no significa que estos reptiles cruzaran a nado un océano semejante al Atlántico actual.

Durante determinados periodos de regresión marina, algunas islas y áreas emergidas pudieron formar corredores terrestres temporales. Las poblaciones de dinosaurios habrían avanzado de forma gradual a través de esos territorios durante episodios especialmente favorables.

Los autores consideran que el Diplodocus de Teruel representa una de las pruebas paleontológicas más sólidas de estos intercambios faunísticos entre Norteamérica y Europa durante el Kimmeridgiense tardío y el comienzo del Titoniense.

En términos científicos, resulta más preciso hablar de episodios de dispersión que de una única migración organizada. Probablemente fueron desplazamientos producidos durante generaciones y favorecidos por cambios geográficos y fluctuaciones del nivel del mar.

Otros dinosaurios que conectan Norteamérica y Europa

La hipótesis de los intercambios intercontinentales no se apoya solo en el nuevo Diplodocus. En los yacimientos del Jurásico Tardío de la península ibérica ya se han identificado varios géneros conocidos también en la Formación Morrison.

Entre ellos se encuentran los dinosaurios carnívoros:

Allosaurus.

Ceratosaurus.

Torvosaurus.

También se ha documentado la presencia del Stegosaurus, el conocido herbívoro protegido por grandes placas dorsales y espinas en la cola. La distribución intercontinental de otros géneros, como el Camptosaurus y el Supersaurus, sigue siendo objeto de debate entre los paleontólogos.

La aparición del Diplodocus refuerza, por tanto, un patrón biogeográfico más amplio: las faunas de ambos lados del naciente Atlántico mantuvieron contactos episódicos durante más tiempo de lo que podría sugerir un mapa del mundo actual.

Un hallazgo relevante, aunque sujeto a revisión

Como sucede con numerosos descubrimientos paleontológicos, la identificación ha abierto un debate entre los especialistas.

Expertos independientes consultados por Science Media Centre España coinciden en que se trata de una investigación rigurosa, bien ejecutada y relevante para conocer las faunas del Jurásico Tardío, pero discrepan sobre hasta dónde permiten llegar los fósiles.

Pedro Mocho, paleontólogo de la Universidad de Lisboa y especialista en saurópodos ibéricos, considera que las vértebras conservan información suficiente para atribuir el ejemplar «con bastante seguridad al género Diplodocus». Xabier Pereda Suberbiola, investigador de la Universidad del País Vasco, también destaca las comparaciones anatómicas detalladas y los análisis filogenéticos realizados por los autores, que sitúan de manera consistente los restos dentro de este género.

Otros expertos reclaman mayor prudencia. Fabien Knoll, investigador del Museo Nacional de Ciencias Naturales-CSIC, advierte de que «que el material sea compatible con este género no implica que pertenezca a él». Aunque reconoce la calidad del trabajo, considera que catoce vértebras caudales y varios chevrones quizá no sean suficientes para descartar que el animal perteneciera a Supersaurus/Dinheirosaurus, a otro diplodócido conocido o incluso a un género nuevo.

Por su parte, José Ignacio Canudo, catedrático de Paleontología de la Universidad de Zaragoza, comparte esa cautela: valora positivamente la descripción de los fósiles, pero juzga demasiado fragmentario el ejemplar para asignarlo con plena seguridad a Diplodocus. El desacuerdo no resta importancia al descubrimiento, sino que refleja cómo avanza la paleontología: las clasificaciones se construyen con las evidencias disponibles y permanecen abiertas a confirmación o revisión cuando aparecen nuevos huesos.

Teruel, un refugio de gigantes jurásicos

El descubrimiento también amplía la extraordinaria diversidad de dinosaurios que habitaron el este de la península ibérica.

El Diplodocus de El Castellar compartió la región con saurópodos de anatomías muy diferentes, como el Turiasaurus y el Losillasaurus, además de terópodos, estegosaurios y ornitópodos. Estos animales vivían en ecosistemas costeros complejos, con distintos ambientes y abundantes recursos vegetales.

La presencia simultánea de varios tipos de grandes herbívoros indica que quizá aprovechaban diferentes alimentos, alturas de vegetación o áreas del paisaje. Teruel no albergaba una fauna uniforme, sino una comunidad diversa en la que convivían algunos de los mayores animales terrestres del Jurásico europeo.

Los huesos originales del nuevo ejemplar se conservan y exhiben en la sala de dinosaurios del Museo Aragonés de Paleontología de Dinópolis, en Teruel, según informa la Fundación Dinópolis.

El segundo viaje del «Diplodocus» a Europa

El descubrimiento encierra una curiosa ironía histórica. Mucho antes de que sus fósiles aparecieran en Teruel, Diplodocus ya había “viajado” por Europa.

A comienzos del siglo XX, el magnate estadounidense Andrew Carnegie regaló réplicas de su célebre Diplodocus carnegii a varios de los principales museos del mundo. Una de ellas llegó a Madrid en 1913. Aquellos esqueletos convirtieron al animal en un símbolo internacional de la paleontología.

Más de un siglo después, las vértebras desenterradas en El Castellar demuestran que aquel desembarco europeo no fue únicamente cultural. Millones de años antes de entrar en los museos, Diplodocus ya había alcanzado los territorios costeros de la península ibérica.▪️(15-septiembre-2026)

⏱️ LO MÁS IMPORTANTE DEL ESTUDIO, EN 30 SEGUNDOS

  • El primer Diplodocus confirmado fuera de Norteamérica: los fósiles se encontraron en el yacimiento de La Tejería, en El Castellar (Teruel).
  • Una cola decisiva: el ejemplar conserva 14 vértebras caudales y varios chevrones, huesos situados bajo las vértebras de la cola.
  • La anatomía reveló su identidad: las cavidades neumáticas, los centros vertebrales alargados, los profundos surcos inferiores y los chevrones bifurcados apuntan al género Diplodocus.
  • Un gigante de unos 25 metros: el dinosaurio vivió hace aproximadamente 150 millones de años, durante el Jurásico Tardío.
  • El Atlántico no era como hoy: Norteamérica y Europa estaban mucho más próximas y pudieron quedar conectadas temporalmente mediante islas y territorios emergidos.
  • Nuevas pruebas de dispersión intercontinental: el hallazgo respalda que algunos dinosaurios se desplazaron entre ambos continentes a través del naciente Atlántico.
  • La identificación mantiene abierto el debate: aunque los análisis sitúan al ejemplar dentro de Diplodocus, algunos expertos reclaman más fósiles para descartar otros diplodócidos cercanos.
  • Teruel fue un refugio de gigantes: Diplodocus convivió en la región con saurópodos como Turiasaurus y Losillasaurus, además de terópodos, estegosaurios y ornitópodos.

PREGUNTAS & RESPUESTAS: «Diplodocus» y Teruel

🦕 ¿Dónde se ha encontrado el primer Diplodocus europeo?

Los fósiles proceden del yacimiento de La Tejería, situado en El Castellar, en la provincia de Teruel, España.

🦕 ¿Qué huesos se han recuperado?

El ejemplar conserva 14 vértebras de la parte media y posterior de la cola y varios chevrones o arcos hemales.

🦕 ¿Cuándo vivió este dinosaurio?

Vivió hace aproximadamente 150 millones de años, durante el Jurásico Tardío.

🦕 ¿Cuánto medía el Diplodocus encontrado en Teruel?

Los investigadores estiman que pudo alcanzar unos 25 metros de longitud, una talla comparable a la de algunos ejemplares norteamericanos.

🦕 ¿Es una nueva especie de Diplodocus?

No se ha identificado una nueva especie. Los fósiles se clasifican como Diplodocus sp. porque permiten reconocer el género, pero no determinar con seguridad la especie.

🦕 ¿Cómo llegó Diplodocus desde Norteamérica hasta Europa?

Probablemente mediante episodios de dispersión a través de corredores terrestres temporales, islas y zonas emergidas durante descensos del nivel del mar. El Atlántico Norte era entonces mucho más estrecho que en la actualidad.

🦕 ¿Es totalmente segura la identificación?

Los análisis anatómicos y filogenéticos respaldan la atribución a Diplodocus, aunque algunos especialistas consideran necesario encontrar más huesos para confirmarla definitivamente.

🦕 ¿Dónde pueden verse los fósiles?

Los restos están expuestos en el Museo Aragonés de Paleontología de Dinópolis, en Teruel.

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