El boom silencioso del turismo de aves: entre la conservación y la oportunidad económica
Un ejército silencioso de prismáticos recorre selvas, humedales y montañas en busca de colores y cantos únicos. El turismo de aves se dispara en el mundo y promete ingresos, desarrollo sostenible y conservación, aunque no todos los países saben aprovecharlo del mismo modo.
Por Enrique Coperías
En Estados Unidos, el turismo de aves mueve cifras millonarias: solo en 2017 generó alrededor de 41.000 millones de dólares, según la National Fish and Wildlife Foundation. Foto: Dieny Portinanni
En lo alto de los Andes colombianos, entre nubes y árboles cubiertos de musgo, un destello multicolor rompe la monotonía verde de la selva. Es un tángara multicolor (Chlorochrysa nitidissima), un pequeño pájaro paseriforme de plumaje amarillo, verde y azul intenso que solo existe en esta región del planeta.
Para un observador de aves, encontrarlo es un momento de éxtasis: una mezcla de descubrimiento científico y emoción íntima. Esta experiencia —ver con tus propios ojos una especie única— es lo que impulsa a millones de personas a viajar cada año con los prismáticos colgados al cuello.
Lo que antes era una afición minoritaria, reservada a jubilados y frikis de la naturaleza, se ha convertido en una industria global en rápido crecimiento con enormes implicaciones económicas, sociales y ambientales. El turismo de observación de aves, también llamado turismo ornitológico, aviturismo y birdwatching, no solo mueve miles de millones de dólares, sino que además puede convertirse en una poderosa herramienta de conservación de la biodiversidad y de desarrollo sostenible.
Pero un nuevo estudio advierte que no todos los países están sabiendo aprovechar esta ola. En otras palabras, no sirve de mucho tener una gran riqueza de especies si los visitantes perciben que no hay infraestructuras, seguridad o servicios adecuados para disfrutar de la experiencia.
De pasatiempo local a fenómeno global
Aunque hoy se habla del turismo de aves como tendencia internacional, sus raíces se remontan al siglo XIX. En Europa y Estados Unidos, los primeros clubes de observadores de aves surgieron como reacción a la caza indiscriminada de aves para colecciones privadas y para la moda de los sombreros emplumados.
Con el tiempo, la afición se popularizó y, ya en el siglo XX, se convirtió en una práctica de masas en países como el Reino Unido o Estados Unidos, donde millones de personas se identifican como pajareros o amantes de las aves.
La novedad de la última década es la globalización del aviturismo: cada vez son más los aficionados que viajan fuera de sus países para ampliar su lista de vida y disfrutar de experiencias únicas. Plataformas como eBird han reforzado ese fenómeno al permitir compartir registros en tiempo real, comparar logros y descubrir destinos lejanos a golpe de clic.
Ejemplar macho de gallito de las rocas peruano (Rupicola peruvianus), ave nacional del Perú. Cortesía: Bill Bouton
Una industria que alza el vuelo
Un reciente estudio publicado en la revista People and Nature por un equipo liderado por la bióloga Natalia Ocampo-Peñuela, de la Universidad de California en Santa Cruz, ha analizado por primera vez a escala mundial qué factores explican el auge de este tipo de turismo y cuáles son los países que mejor lo están aprovechando.
Usando datos de eBird, la aplicación en la que los aficionados registran más de cien millones de avistamientos cada año, los científicos estudiaron la evolución de esta actividad en 155 países entre los años 2010 y 2022.
La pregunta que se plantearon Ocampo-Peñuela y sus colegas era simple pero ambiciosa: ¿qué hace que algunos destinos turísticos de aves se conviertan en mecas para los observadores, mientras que otros —con igual o mayor biodiversidad— permanecen casi ignorados?
Qué atrae realmente a los observadores de aves
El análisis estadístico del nuevo trabajo de investigación confirma varias hipótesis. La primera es que los observadores buscan lugares con gran diversidad de aves, especialmente aquellas especies de rango restringido, imposibles de ver en otro sitio. En efecto, no solo cuenta la cantidad, sino también la exclusividad: los turistas ornitológicos se sienten especialmente atraídos, por ejemplo, por el gallito de las rocas peruano (Rupicola peruvianus) o el tororoí jocotoco (Grallaria ridgelyi) de Ecuador.
Pero además de las aves, pesan los factores humanos. El Índice de Desarrollo Humano (IDH) resultó ser el factor que mejor predijo la llegada de turistas (explica más del 40 % de la variación en visitas), incluso por encima de la riqueza total de especies (22 %). Esto incluye la esperanza de vida, la educación y el nivel de vida: en países más desarrollados, los turistas encuentran mejor infraestructura, servicios y comodidad.
Otro factor, aunque con menor peso, es la estabilidad social medida por el Índice Global de Paz. En contextos de violencia, terrorismo o guerra, la llegada de visitantes se reduce drásticamente. El estudio cita estimaciones globales que muestran cómo un aumento de los atentados o los homicidios puede reducir las llegadas turísticas hasta en un 30%.
Esto significa que los observadores de aves valoran tanto las especies como las condiciones para disfrutar de ellas: carreteras, alojamiento, guías, servicios básicos e, incluso, una percepción mínima de seguridad.
Ganadores y rezagados en el mapa global
El mapa mundial del aviturismo presenta contrastes sorprendentes. Colombia lidera el crecimiento de turistas ornitológicos, con cuarenta veces más actividad registrada en 2022 que en 2010, y se consolida como uno de los destinos favoritos para el turismo de aves. También Sudáfrica muestra un ascenso notable.
En cambio, países con un capital natural extraordinario, como Venezuela, Bolivia, Madagascar, Papúa Nueva Guinea y la República Democrática del Congo (RDC), apenas han visto crecer su cuota de turismo ornitológico. El contraste entre Colombia y Venezuela es paradigmático: ambos tienen niveles de biodiversidad y desarrollo humano similares, pero Colombia recibe diecinueve veces más visitantes con prismáticos.
Otros países aparecen en el estudio como puntos de destino que rinden por encima de lo esperado. Este es el caso de Costa Rica y México. Aunque su diversidad de aves no es la mayor del planeta, han sabido convertirla en una marca turística potente. Costa Rica lleva décadas apostando por el ecoturismo como estrategia nacional, mientras que México se beneficia de su cercanía al mercado emisor más importante, Estados Unidos.
Turistas ornitológicos en Puerto Rico, uno de los destinos más atractivos para la observación de aves. Cortesía: Natalia Ocampo-Peñuela
El ejemplo colombiano: de la guerra a las aves
En Sudamérica también destacan Perú y Ecuador, que atraen a miles de visitantes por especies emblemáticas, como los citados gallito de las rocas peruano y tororoí jocotoco, cuya observación, por cierto, ha inspirado incluso la creación de reservas privadas.
En Oceanía, Australia sobresale cómo un país desarrollado con fauna singular —caso del casuario y de los cucaburras— puede combinar infraestructuras de primer nivel con conservación.
El caso de Colombia es especialmente llamativo. Con más de 1.900 especies registradas, se erige como el país con mayor diversidad de aves del mundo. Pero su irrupción como destino turístico de avistamiento de aves se produjo apenas en la última década.
La firma de los acuerdos de paz en 2016 y la promoción activa por parte del Gobierno —con campañas de la agencia ProColombia y la declaración oficial de País de las aves— fueron claves. Hoy, eventos como la Colombia BirdFair atraen a observadores de todo el planeta.
Impactos del turismo de aves
El auge del aviturismo no solo deja ingresos económicos. También transforma comunidades. Jóvenes rurales encuentran empleo como guías especializados, lo que a menudo exige aprender inglés, formarse en biología básica y ganar confianza en la interacción con visitantes internacionales.
Al mismo tiempo, la observación de aves tiene un impacto positivo en la salud mental. Diversos estudios científicos confirman que escuchar el canto de los pájaros reduce el estrés, mejora la concentración y aumenta la sensación de bienestar. Así, el aviturismo no solo se percibe como un motor económico, sino también como una actividad alineada con las nuevas demandas del llamado turismo de bienestar.
La influencia se extiende a la cultura popular. En redes sociales, hashtags como #birdwatching, #birdphotography y #birding acumulan millones de publicaciones. La fotografía de aves se ha convertido en un género propio, y las comunidades digitales actúan como escaparate gratuito para los destinos emergentes.
Beneficios y dilemas ambientales
Los impactos positivos son múltiples. El estudio señala que los guías de aviturismo pueden triplicar sus ingresos respecto a otras actividades. Además, como el turismo ornitológico lleva a los visitantes a rincones remotos, los beneficios económicos alcanzan comunidades rurales que rara vez participan del turismo masivo.
Pero también surgen dilemas nada desdeñables. El uso de grabaciones para atraer aves puede alterar su comportamiento; los comedores mal gestionados transmiten enfermedades y la huella de carbono del turismo internacional choca con el espíritu de sostenibilidad.
A ello se suma el cambio climático, que altera la distribución de especies y amenaza con reducir el atractivo de algunos destinos a medio plazo. Si bosques y humedales desaparecen, no habrá turistas que justifiquen su conservación.
El tángara multicolor (Chlorochrysa nitidissima) es un ave paseriforme endémica de Colombia y objeto de deseo de los birdwatchers. Cortesía: Mateo.gable
Políticas para volar más alto
El estudio propone estrategias concretas para los países que quieran aprovechar su capital aviar:
✅ Inversión en infraestructuras turísticas: senderos, torres de observación, refugios.
✅ Formación de guías locales, tanto en identificación de especies como en idiomas.
✅ Incentivos fiscales y programas de certificación de turismo sostenible.
✅ Promoción internacional con campañas que posicionen la biodiversidad como marca país.
✅ Políticas de conservación de hábitats frente a industrias extractivas.
Entre los prismáticos y la ética
Las cifras muestran que el turismo de aves sigue creciendo globalmente. Aunque la pandemia de la covid-19 provocó una caída abrupta en 2020 y 2021, la recuperación fue rápida, y en muchos países las cifras ya superan los niveles previos.
Los expertos creen que la digitalización seguirá alimentando la tendencia. Aplicaciones de realidad aumentada para identificar cantos, cámaras de alta definición en drones y plataformas de ciencia ciudadana harán aún más accesible la experiencia de observar aves.
El auge del aviturismo abre una ventana de oportunidad única. En un mundo que pierde especies a un ritmo acelerado, la fascinación humana por las aves puede convertirse en un motor de conservación. Pero para que ese motor funcione, se necesitan políticas inteligentes, comunidades empoderadas y turistas responsables.
La próxima vez que alguien levante los prismáticos para seguir el vuelo de un colibrí, no solo estará contemplando un destello de colores: también estará participando en una red global que puede decidir el futuro de los bosques, las selvas y los humedales del planeta.▪️
Información facilitada por la Universidad de California en Santa Cruz
Fuente: Natalia Ocampo-Peñuela, Sam de Alfaro, Montague H. C. Neate-Clegg, Luca de Alfaro, Katarina Bjegovic, R. Scott Winton. Human development, societal stability and bird capital predict global tourist eBirding activity. People and Nature (2025). DOI: https://doi.org/10.1002/pan3.70105