El fósil de un «bicho anfibio» de hace 324 millones de años muestra cómo los insectos conquistaron la Tierra

Antes de convertirse en el grupo animal más diverso del planeta, los antepasados de los insectos atravesaron una larga etapa anfibia, entre el agua y la tierra firme. El Chosha praecursor, dotado de seis patas y apéndices semejantes a remos, ilumina aquella decisiva transición evolutiva.

Por Enrique Coperías, periodista científico

Fósil de Chosha praecursor, un insecto anfibio de hace 324 millones de años cuya anatomía combinaba apéndices heredados de sus antepasados crustáceos acuáticos con las seis patas características de los insectos terrestres.

Fósil de Chosha praecursor, un insecto anfibio de hace 324 millones de años cuya anatomía combinaba apéndices heredados de sus antepasados crustáceos acuáticos con las seis patas características de los insectos terrestres. Cortesía: Tihelka, E., Vásquez, C., Engel, M.S. et al.

Un insecto con medio cuerpo todavía en el agua

Mucho antes de que las abejas aprendieran a orientarse entre las flores, las hormigas levantaran sus sociedades subterráneas o los escarabajos ocuparan casi todos los ecosistemas imaginables, sus antepasados tuvieron que superar una barrera formidable: abandonar el agua.

La transición no debió de producirse en un único paso. Durante millones de años, aquellos insectos pioneros conservaron estructuras heredadas de sus parientes acuáticos mientras ensayaban nuevas formas de respirar, desplazarse, alimentarse y reproducirse fuera del líquido vital.

Un fósil de hace aproximadamente 324 millones de años ofrece ahora una imagen excepcional de ese periodo intermedio. Se trata de Chosha praecursor, una especie desconocida para la ciencia hasta el momento que combinaba las seis patas propias de los insectos con una serie de apéndices abdominales articulados, algunos transformados en una especie de remos.

El animal habría vivido en ambientes húmedos y costeros, desplazándose entre aguas poco profundas y tierra firme. Su anatomía respalda la idea de que los primeros insectos atravesaron una prolongada fase anfibia antes de adquirir la organización corporal predominantemente terrestre de sus descendientes.

Qué era el «Chosha praecursor»

El hallazgo, descrito por un equipo internacional dirigido por Chenyang Cai, paleontólogo del Instituto de Geología y Paleontología de Nanjing (China), y Erik Tihelka, de la Universidad de Cambridge (Reino Unido), permite reconstruir uno de los capítulos más borrosos de la evolución animal.

El estudio, publicado en la revista Nature, sostiene que los primeros insectos no adquirieron de inmediato una anatomía completamente terrestre. Antes atravesaron una prolongada fase anfibia durante la cual conservaron, modificaron y terminaron perdiendo buena parte de su antigua maquinaria acuática.

Los ejemplares de Chosha praecursor proceden de la Formación Tesnus, en el levantamiento de Marathon, en el oeste de Texas. Quedaron preservados dentro de concreciones de roca arcillosa calcárea depositadas en un antiguo entorno costero y deltaico. Los sedimentos indican que aquel paisaje estaba formado por aguas poco profundas, orillas inestables, acumulaciones de materia vegetal y suelos permanentemente húmedos: una frontera cambiante entre dos mundos.

Los fósiles ya eran conocidos, pero durante mucho tiempo se interpretaron como larvas de crustáceos. Ahora, la utilización de técnicas de imagen con luz polarizada cruzada ha permitido distinguir detalles anatómicos que habían pasado inadvertidos y corregir esa clasificación. Cai y sus colegas comprobaron que no se encontraban ante animales juveniles, sino ante hembras adultas de un insecto muy primitivo.

Reconstrucción paleoecológica del Chosha praecursor, un insecto primitivo que habitó hace unos 324 millones de años los ambientes húmedos y costeros del Carbonífero, en la frontera evolutiva entre el agua y tierra firme.

Reconstrucción paleoecológica del Chosha praecursor, un insecto primitivo que habitó hace unos 324 millones de años los ambientes húmedos y costeros del Carbonífero, en la frontera evolutiva entre el agua y tierra firme. Cortesía: NIGPAS.

Cinco centímetros de anatomía evolutiva

El cuerpo del Chosha praecursor medía algo más de 32 milímetros, aunque alcanzaba casi cinco centímetros al incluir sus dos cercos — apéndices localizados en la extremidad del abdomen de algunos artrópodos— y un largo filamento caudal central. Su silueta era fusiforme: más ancha en la zona media y estrecha en los extremos.

A primera vista podía recordar a un pequeño crustáceo, pero escondía una combinación anatómica que no se conoce en ningún insecto actual. Sin embargo, poseía una sorprendente combinación de características acuáticas y terrestres que no se conoce en ningún insecto actual.

El Chosha praecursor poseía seis patas locomotoras unidas a la región torácica, el rasgo fundamental que define a los hexápodos, el sbfilo que en la actualidad agrupa a más de un millón de especies de insectos. También contaba con un órgano ovipositor — una estructura usada por las hembras de muchos insectos para depositar huevos— y con el citado filamento caudal, características que permiten situarlo dentro del linaje evolutivo de los insectos.

La mayor sorpresa se encontraba en su abdomen. Los nueve primeros segmentos del Chosha praecursor conservaban apéndices articulados y los posteriores eran anchos y aplanados, semejantes a paletas. Los investigadores interpretan que estas estructuras le ayudaban a impulsarse en el agua.

Por qué los insectos tienen solo seis patas

Los insectos modernos han perdido casi por completo esas extremidades abdominales. Sus únicas patas verdaderas son los tres pares situados en el tórax. Las falsas patas de algunas larvas, como las de las orugas, son estructuras especializadas que aparecieron de otra manera y no equivalen exactamente a los antiguos apéndices de sus antepasados.

El Chosha praecursor conserva, por tanto, una anatomía en mosaico: una organización corporal reconociblemente insectil junto a piezas heredadas de antepasados relacionados con los crustáceos.

El animal pertenece al denominado grupo troncal de los insectos. Esto significa que no tiene por qué ser el antepasado directo de las especies actuales, sino un representante de una rama primitiva, próxima al origen del grupo, que conservaba características desaparecidas en sus descendientes.

Estas formas laterales del árbol evolutivo resultan especialmente valiosas, porque muestran combinaciones anatómicas que ayudan a reconstruir las etapas por las que pudo pasar el linaje principal.

Árbol evolutivo de los primeros hexápodos y aparición de sus principales rasgos anatómicos, desde los apéndices heredados de antepasados acuáticos hasta la organización corporal característica de los insectos terrestres.

Árbol evolutivo de los primeros hexápodos y aparición de sus principales rasgos anatómicos, desde los apéndices heredados de antepasados acuáticos hasta la organización corporal característica de los insectos terrestres. Cortesía: NIGPAS.

El agujero de 80 millones de años en la historia de los insectos

El descubrimiento también arroja luz sobre el llamado vacío de los hexápodos. Los estudios basados en relojes moleculares —técnicas que calculan la antigüedad de un linaje a partir de los cambios acumulados en el ADN— sugieren que los hexápodos se separaron de sus parientes crustáceos marinos entre el Cámbrico y el Ordovícico, hace más de 440 millones de años.

Sin embargo, los fósiles corporales indiscutibles de hexápodos no aparecen hasta el yacimiento escocés de Rhynie Chert, de hace unos 405 millones de años, y los insectos inequívocos no se vuelven abundantes hasta el Carbonífero tardío.

Entre ambos extremos se abría una laguna de unos 80 millones de años. La delicadeza del cuerpo de estos animales y los ambientes en los que vivían dificultaron casi con toda seguridad su fosilización. La ausencia de restos no implicaba necesariamente que no existieran, pero dejaba sin pruebas directas buena parte de su historia temprana.

Para reducir ese vacío, los autores no se limitaron a estudiar el fósil de Texas. También revisaron los fósiles de Leverhulmia, un enigmático hexápodo del Devónico temprano de Escocia, y otro ejemplar sin nombre procedente del célebre yacimiento de Mazon Creek, en Illinois. Las comparaciones anatómicas y los análisis filogenéticos indican que estas formas pertenecían a un conjunto primitivo de insectos.

La nueva interpretación desplaza las primeras etapas de su diversificación hacia el Devónico temprano y aproxima el registro fósil a las estimaciones de los relojes moleculares. No elimina por completo las incertidumbres, pero ofrece una conexión anatómica que hasta ahora apenas podía observarse.

El fósil y su correspondiente esquema anatómico permiten distinguir los segmentos abdominales y los numerosos apéndices que Chosha praecursor conservaba a ambos lados del cuerpo, claves para reconstruir su modo de vida anfibio.

El fósil y su correspondiente esquema anatómico permiten distinguir los segmentos abdominales y los numerosos apéndices que Chosha praecursor conservaba a ambos lados del cuerpo, claves para reconstruir su modo de vida anfibio. Cortesía: Tihelka, E., Vásquez, C., Engel, M.S. et al.

La conquista de tierra firme fue gradual

La historia que emerge no es la de unos crustáceos que salieron del agua y se convirtieron de repente en insectos terrestres. Es la de una transformación gradual. Los apéndices abdominales que servían para nadar fueron reduciéndose, especializándose y desapareciendo a medida que las seis patas torácicas asumían el peso de la locomoción.

Algunas estructuras acuáticas sobrevivieron durante mucho tiempo porque seguían siendo útiles en charcas, orillas y sedimentos encharcados. Así, la fase anfibia no habría sido un simple episodio pasajero, sino un periodo evolutivo prolongado durante el cual los primeros insectos explotaron los recursos de ambos ambientes.

La reducción de esos apéndices pudo ser una de las innovaciones decisivas para desenvolverse con mayor eficacia en tierra firme. Al mismo tiempo, la presencia de un ovipositor en Chosha praecursor indica que los primeros insectos ya habían desarrollado estrategias especializadas para poner sus huevos. Esta herramienta les habría permitido aprovechar grietas, sedimentos, materia vegetal húmeda y otros pequeños refugios, lo que desbrozaría la senda hacia la colonización de una enorme variedad de microhábitats.

Los primeros recicladores de los ecosistemas terrestres

Los investigadores creen que estas criaturas pudieron alimentarse de humus, restos vegetales y esporas de hongos. De ser así, desempeñaban funciones parecidas a las de muchos descomponedores actuales: trituraban y consumían materia orgánica, contribuían al reciclaje de nutrientes y conectaban las cadenas alimentarias del agua con las de tierra firme.

No fueron simples pasajeros de la transformación de los ecosistemas paleozoicos, sino posibles participantes en su construcción.

Los continentes de aquella época ya contaban con plantas, hongos y otros artrópodos, pero todavía estaban lejos de la complejidad ecológica actual. En las franjas húmedas que rodeaban ríos, deltas y lagunas, seres como el Chosha praecursor encontraron un laboratorio evolutivo. Allí podían utilizar capacidades acuáticas sin renunciar a explorar los recursos terrestres.

La posterior desaparición de sus remos abdominales no fue una pérdida sin más, sino parte de una profunda reorganización corporal. De aquel proceso surgiría un diseño de enorme éxito: seis patas, un cuerpo dividido en regiones especializadas y una extraordinaria capacidad para adaptarse. La conquista definitiva de los continentes todavía necesitaría otras innovaciones, pero el pequeño animal de Texas muestra uno de sus momentos cruciales. Antes de dominar la tierra, los insectos vivieron durante millones de años con medio cuerpo en el agua. ▪️ (27-agosto-2026)

LO MÁS IMPORTANTE DEL ESTUDIO, EN 30 SEGUNDOS

  • Chosha praecursor vivió hace aproximadamente 324 millones de años, durante el Carbonífero.
  • Tenía seis patas torácicas, como todos los insectos, pero también apéndices articulados en el abdomen.
  • Sus apéndices abdominales posteriores estaban transformados en estructuras parecidas a remos para nadar.
  • El fósil muestra que la terrestrialización de los insectos fue gradual y pasó por una etapa semiacuática.
  • La investigación ayuda a reducir un vacío de unos 80 millones de años en el registro fósil de los primeros hexápodos.
  • El estudio fue realizado por un equipo internacional y publicado en la revista científica Nature.
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