Hormigas atrapadas en ámbar cuentan cómo eran los ecosistemas hace 100 millones de años
Un puñado de insectos fosilizados en resina muestran escenas congeladas de la vida diminuta en el Cretácico, cuando las hormigas ya moldeaban los bosques junto a arañas, ácaros y termitas. Un nuevo estudio demuestra que el ámbar no solo conserva cuerpos, sino también pistas sobre las primeras redes ecológicas de la Tierra.
Por Enrique Coperías, periodista científico
Una hormiga primitiva del Cretácico, preservada en ámbar hace 99 millones de años, aparece con las mandíbulas en contacto con un posible sustrato alimenticio, una de las escasas evidencias de comportamiento fosilizado estudiadas por la paleoetología. Cortesía: Dr Jose de la Fuente
Hace casi cien millones de años, en un bosque húmedo del Cretácico, una hormiga primitiva avanzaba entre restos vegetales mientras, a escasos milímetros, una araña esperaba al acecho. En otro rincón del planeta, decenas de millones de años después, otra hormiga quedó atrapada junto a ácaros diminutos y una flor de roble en una gota de resina pegajosa.
Aquellas escenas, congeladas en ámbar, no son solo postales del pasado: se erigen como fragmentos de ecosistemas desaparecidos que ahora permiten reconstruir cómo interactuaban los organismos más pequeños cuando los dinosaurios aún dominaban la Tierra.
Un estudio reciente publicado en la revista Frontiers in Ecology and Evolution analiza seis piezas de ámbar procedentes del Báltico, Birmania (actual Myanmar) y la República Dominicana que contienen lo que los paleontólogos llaman sinclusiones: varios organismos preservados juntos en la misma gema fósil. El trabajo, firmado por José de la Fuente, del Instituto de Investigación en Recursos Cinegéticos (IREC), en la Universidad de Castilla-La Mancha (UCLM); y Agustín Estrada-Peña, experto en zoonosis de la Universidad de Zaragoza, en España, se centra en un protagonista clave de los ecosistemas terrestres: las hormigas.
«Las inclusiones en ámbar son representativas de posibles interacciones entre distintos organismos que daban forma al entorno —explica De la Fuente, autor principal del estudio, en un comunicado de Frontiers. Y añade—: La identificación y caracterización morfológica de hormigas fósiles en ámbar junto con otras inclusiones de insectos proporciona una instantánea de la vida en la Tierra hace millones de años».
Hormigas del Cretácico, un linaje clave en la evolución
Las hormigas, insectos que pertenecen a la familia Formicidae y de las que se conocen unas 14.000 especies, surgieron en el Mesozoico tardío y ya mostraban formas de eusocialidad —el más alto nivel de vida social— hace al menos 120 millones de años. Es decir, mucho antes de la aparición de los seres humanos, estos insectos ya vivían en sociedades complejas, con división del trabajo y cooperación organizada.
Algunas de aquellas primeras ramas evolutivas, como las llamadas hormigas infernales (Haidomyrmecinae), no dejaron descendientes actuales. Otras, las denominadas crown ants o hormigas modernas, dieron origen a los linajes que hoy dominan suelos y bosques.
El registro fósil de hormigas no es abundante, pero el ámbar —resina fosilizada— de antiguos árboles ha resultado ser una cápsula del tiempo excepcional. En ocasiones, la resina no atrapó a un solo individuo, sino a varios organismos simultáneamente. Esas sinclusiones en ámbar permiten ir más allá de la simple identificación de especies: ofrecen pistas sobre quién convivía con quién y, quizás, sobre quién interactuaba con quién.
Los seis casos estudiados: ecosistemas atrapados en resina
Para abordar esta apasionante investigación, De la Fuente y Estrada-Peña analizaron:
✅ Cuartro piezas de ámbar birmano del Cretácico, de hace unos 99 millones de años.
✅ Una pieza de ámbar báltico del Eoceno.
✅ Una pieza de ámbar dominicano del Oligoceno.
Caso 1: hormiga y ácaros en ámbar báltico
El primer objeto de estudio procede del ámbar báltico (Eoceno, entre 55 y 34 millones de años). En esa pieza, una hormiga moderna de la subfamilia dolicoderinos (Dolichoderinae) aparece junto a dos ácaros —uno adulto y otro juvenil—, una avispa, restos de musgo y la flor femenina de un roble. La distancia entre la hormiga y los ácaros es de apenas unos milímetros.
Esa proximidad no prueba por sí sola que hubiera interacción, pero encaja con lo que hoy se conoce sobre las relaciones entre ácaros y hormigas. Muchos ácaros practican la foresia: se enganchan al cuerpo de otros animales para desplazarse sin dañarlos, en una forma de comensalismo. Otros pueden ser parásitos.
Hallazgos similares en ámbar báltico ya habían documentado asociaciones entre ambos grupos. La nueva pieza refuerza la idea de que esas relaciones existen desde hace decenas de millones de años.
Colonia fósil de hormigas (Formicidae) preservada en ámbar báltico de Lituania, con unos 40–50 millones de años: un enjambre de diez individuos atrapados en una pieza de 31 × 21 × 10 mm que conserva cuerpos de apenas 1,7 a 2,5 milímetros. Cortesía: Dr Jose de la Fuente
Caso 2 y 3: hormigas, arañas y milpiés en el Cretácico
En el segundo caso, procedente del ámbar birmano del Cretácico (unos 99 millones de años), una hormiga stem —perteneciente a linajes tempranos hoy extinguidos— aparece cerca de una araña del género fósil Chimerarachne. La distancia entre ambas es de unos cinco milímetros. ¿Simple coincidencia o encuentro ecológico?
Las arañas actuales incluyen numerosas especies mirmecófilas o mirmecófagas: algunas imitan a las hormigas para evitar depredadores y otras las cazan. Aunque no hay evidencia directa de ataque o contacto, la escena sugiere que este tipo de interacciones ecológicas podría remontarse al Cretácico.
El tercer caso es uno de los más llamativos. También del ámbar birmano, contiene una hormiga infernal junto a un caracol terrestre, un milpiés y otros insectos mal conservados. La asociación entre hormigas y milpiés es bien conocida en la actualidad: muchas hormigas depredan sobre ellos, a pesar de sus defensas químicas. Sin embargo, en esta pieza la distancia entre los organismos es mayor y no se observa contacto directo. Es posible que se trate simplemente de organismos que compartían el mismo microhábitat del suelo forestal.
Caso 4: una hormiga y un ácaro
El cuarto caso vuelve a reunir a una hormiga primitiva con un ácaro, además de restos vegetales que podrían incluir fibras de madera, polen o incluso una flor atribuida a roble. La cercanía entre ambos artrópodos refuerza la hipótesis de relaciones antiguas de foresia o parasitismo.
«Las sinclusiones de hormigas más cercanas entre sí tienen más probabilidades de reflejar comportamientos e interacciones entre estos organismos —señala de la Fuente. Y añade—: Las interacciones propuestas entre hormigas y ácaros en el Caso 4 pueden reflejar dos posibles escenarios. Primero, una relación comensal especializada y temporal en la que los ácaros se adhieren a las hormigas para dispersarse gratuitamente hacia nuevos hábitats. Segundo, un parasitismo, cuando los ácaros se alimentan de la hormiga hospedadora durante el transporte».
Caso 5: hormigas, termitas y mosquitos en el Oligoceno
El quinto caso, procedente del ámbar dominicano del Oligoceno, es casi una escena coral: tres hormigas modernas, dos termitas aladas, seis mosquitos, un ácaro y otro insecto con alas.
Las hormigas aparecen especialmente próximas a las termitas y al ácaro. Las interacciones entre hormigas y termitas son un clásico de la ecología tropical: pueden ser rivales, depredadoras o incluso compartir hábitats complejos. La coexistencia en la misma gota de resina no demuestra combate ni cooperación, pero revela que esos grupos ya compartían espacios en los bosques caribeños del Oligoceno.
La presencia de mosquitos añade otra capa de complejidad. En la actualidad, las hormigas depredan con frecuencia sobre huevos y larvas de mosquitos, lo que influye en sus poblaciones. El hallazgo sugiere que estos encuentros eran posibles también en el pasado remoto.
Caso 5: ámbar dominicano del Oligoceno con sinclusiones de insectos sociales: tres hormigas modernas, dos termitas aladas, seis mosquitos, un ácaro y otro insecto con alas, preservados juntos en la misma pieza fósil. Cortesía: Dr Jose de la Fuent
Caso 6: una hormiga alimentándose hace 99 millones de años
El último caso es quizá el más evocador. En otra pieza de ámbar birmano, una hormiga primitiva del género Gerontoformica parece estar en contacto directo con un sustrato alimenticio, posiblemente restos orgánicos o un nido de insectos. Su postura, con las mandíbulas orientadas hacia el material, sugiere una conducta de alimentación o forrajeo. Cerca se encuentran una larva —probablemente de neuróptero—, una araña y una pequeña avispa parasitoide.
Aquí sí existe un indicio de comportamiento fosilizado: el contacto físico entre las piezas bucales y el sustrato. Es un ejemplo excepcional de paleoetología, la disciplina que estudia conductas del pasado a partir de fósiles. Aunque no se observa depredación directa sobre la larva cercana, la escena captura un instante de actividad en el suelo de un bosque cretácico.
¿Coincidencia o interacción real?
La gran pregunta que plantea el estudio es si las sinclusiones en ámbar reflejan simplemente un proceso aleatorio —organismos atrapados al azar en una resina pegajosa— o si, en algunos casos, registran interacciones reales. La formación del ámbar puede desplazar cuerpos y alterar distancias, lo que complica las conclusiones. Por eso los autores combinan la proximidad espacial con el conocimiento ecológico actual y con evidencias morfológicas.
Cuando hay contacto directo —como en el caso de la hormiga aparentemente alimentándose— la interpretación es más sólida. En otros casos, como las hormigas y los ácaros separados por pocos milímetros, la hipótesis de interacción se apoya en paralelismos con asociaciones modernas. Y en escenas más abiertas, como la de la hormiga infernal con caracol y milpiés, lo prudente es hablar de coexistencia.
«Para mejorar el análisis de las interacciones entre diferentes organismos en inclusiones de ámbar fósil, las investigaciones futuras deberían utilizar técnicas avanzadas de imagen —afirma De la Fuente—. No obstante, estos resultados aportan pruebas del comportamiento de los insectos y de sus hábitos ecológicos».
El trabajo propone que muchas de estas relaciones —parasitismo, comensalismo, foresia— ya estaban establecidas desde el Cretácico. Las hormigas, con su organización social y su abundancia, habrían actuado como nodos ecológicos que estructuraban comunidades enteras a su alrededor.
El futuro: micro-CT y reconstrucción tridimensional
Para afinar estas interpretaciones, los investigadores apuntan a técnicas como la microtomografía computarizada (micro-CT) y el apilado de imágenes (Z-stack), que permiten reconstruir en tres dimensiones la posición exacta de los organismos dentro del ámbar. Esas herramientas podrían revelar, por ejemplo, estructuras de fijación en los ácaros que confirmaran una relación de transporte sobre el cuerpo de la hormiga.
Cada nueva pieza de ámbar fósil es una oportunidad. No solo para añadir una especie al inventario fósil, sino para reconstruir redes de interacción que, en muchos casos, siguen vigentes hoy. Las hormigas actuales airean el suelo, dispersan semillas y controlan poblaciones de otros invertebrados. Sus antepasadas, atrapadas en resina hace millones de años, ya ocupaban ese papel central.
En la transparencia dorada del ámbar, la vida diminuta no aparece aislada, sino entrelazada. Y es en esas conexiones —a veces apenas separadas por unos milímetros— donde se empieza a entender cómo funcionaban los ecosistemas del pasado profundo.▪️(27-febrero-2026)
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Información facilitada por Frontiers
Fuente: De la Fuente J and Estrada-Peña A. Description of fossil amber with ant syninclusions. Frontiers in Ecology and Evolution (2026). DOI: https://doi.org/10.3389/fevo.2026.1724595

