Jonathan, la tortuga de 194 años que atesora pistas sorprendetes sobre la longevidad

El análisis genético del animal terrestre vivo más longevo conocido ha detectado variantes y patrones de regulación biológicos que podrían favorecer su resistencia al envejecimiento. La pista principal está en cómo conserva el orden en ciertos sistemas celulares.

Por Enrique Coperías, periodista científico

La tortuga Jonathan, en la isla Santa Elena.

La tortuga Jonathan, en la isla Santa Elena. Cortesía: Universidad de Cambridge

Jonathan llegó desde las Seychelles a la isla Santa Elena en 1882 como regalo para el gobernador. Por aquel entonces, ya era una tortuga adulta, de al menos unos cincuenta años de edad. Desde esa fecha han transcurrido dos guerras mundiales, la llegada del ser humano a la Luna y varias revoluciones tecnológicas. Él sigue campando en los terrenos de Plantation House, la residencia del gobernador de esta isla del Atlántico sur.

El nacimiento de la tortuga Jonathan se sitúa hacia el 1832, el mismo año en que Ecuador se anexiona las Islas Galápagos: los 194 años que se le atribuyen son una estimación conservadora. Podría ser aún má vieja. Ahora, su ADN permite explorar cómo un ser vivo puede seguir funcionando durante casi dos siglos.

Un equipo internacional, encabezado por la fundación estadounidense Kallel, dedicada a investigar la longevidad, ha analizado el genoma y las marcas químicas que regulan los genes de esta tortuga gigante de Aldabra (Aldabrachelys gigantea). El trabajo, publicado en la revista Science Advances, apunta a una combinación sugerente: peculiaridades genéticas en sistemas relacionados con el envejecimiento y una organización especialmente preservada en determinadas regiones que controlan funciones celulares.

La resistencia de Jonathan podría depender tanto de sus instrucciones biológicas como de la manera de utilizarlas.

Qué nos dice el genoma de Jonathan sobre el envejecimiento

Estudiar a una celebridad de semejante edad exigió tomar una serie de precauciones. Las autoridades de Santa Elena no permitieron extraerle sangre para evitar riesgos de infección. Los investigadores recurrieron a saliva y raspados del interior de la boca.

Para reconstruir su genoma utilizaron como referencia el de Tank, otra tortuga de la misma especie, de 36 años, cuya sangre sí permitió obtener ADN adecuado para las técnicas de secuenciación más completas. El resultado fue un mapa de unos 2.400 millones de letras genéticas.

La comparación con otras tortugas gigantes permitió la identificación de 287 genes con variantes que, dentro del conjunto analizado, solo aparecían en Jonathan. Son cambios capaces de modificar los aminoácidos con los que se construyen las proteínas. Entre los genes afectados hay participantes en la reparación del ADN, la regulación de la insulina, el funcionamiento de las mitocondrias y la protección de los telómeros, los extremos de los cromosomas.

Los 41 genes seleccionados

También aparecen secuencias de ADN involucradas en procesos relacionados con la inmunidad y el cáncer.

Hay que decir que la cifra no equivale a que se haya dado caza a 287 ventajas antienvejecimiento demostradas. Los autores emplearon modelos computacionales para estimar qué cambios podrían tener consecuencias funcionales y, gracias a ello, pudieron aislar 41 genes con variantes potencialmente relevantes.

Para saber si esas diferencias mejoran realmente la reparación celular o contribuyen a prolongar la vida harán falta experimentos. Además, que una variante sea exclusiva de Jonathan entre los individuos comparados no significa que no exista en otras tortugas todavía sin estudiar.

El rey Jorge VI y la reina Isabel, acompañados por sus hijas, las princesas Isabel —futura Isabel II— y Margarita, conocieron a Jonathan durante su visita a Santa Elena en 1947.

El rey Jorge VI y la reina Isabel, acompañados por sus hijas, las princesas Isabel —futura Isabel II— y Margarita, conocieron a Jonathan durante su visita a Santa Elena en 1947. Cortesía: PA

La perforina: una pista sobre la vigilancia inmunitaria

Una de las pistas más interesante afecta a la vigilancia que ejerce el sistema inmunitario en Jonathan. El equipo identificó diez copias del gen de la perforina, frente a siete en el Solitario George, la famosa tortuga de las Galápagos incluida en la comparación.

Esta proteína ayuda a ciertas células defensivas a destruir otras células. Los investigadores plantean que disponer de copias adicionales para la porfirina podría reforzar la eliminación de células cancerosas o senescentes, aquellas que han dejado de dividirse y pueden contribuir al deterioro de los tejidos.

Es una posibilidad biológica, pendiente de comprobar en la tortuga Jonathan.

El epigenoma: cómo se regula la actividad de los genes

Sin embargo, el hallazgo que los autores consideran más importante está en el epigenoma: las señales químicas que ayudan a regular la actividad de los genes sin cambiar sus letras o bases nitrogenadas; el ADN consta de un abecedario constituido por cinco letras: adenina (A), guanina (G), citosina (C), timina (T) y uracilo (U). Entre ellas figura la metilación, que consiste en añadir pequeños grupos químicos, llamados grupos metilo, a puntos concretos del ADN.

Estas marcas pueden facilitar o dificultar la actividad de los genes según dónde se encuentren. Por ejemplo, la metilación de ciertas regiones reguladoras suele reducir la lectura del gen correspondiente y, con ello, la producción de la proteína cuyas instrucciones contiene. Su distribución ayuda así a ajustar qué genes utiliza la célula y con qué intensidad.

Si el ADN fuera un libro de instrucciones, estas marcas serían las anotaciones que orientan a la célula sobre qué páginas consultar. Con los años, sus patrones pueden volverse más irregulares, como si esas indicaciones empezaran a desdibujarse. Esa pérdida de orden puede contribuir a que la actividad de algunos genes sea menos estable.

Para examinar ese desorden, los científicos compararon a Jonathan con cuatro tortugas de Aldabra: dos jóvenes, de cinco y doce años, y dos machos mayores que ya eran adultos en 1969, aunque se desconoce su edad exacta. Midieron la llamada entropía de metilación, un indicador de la variabilidad de esas marcas: cuanto mayor es, más irregulares son los patrones analizados.

El veterinario Joe Hollins recoge una muestra del interior de la boca de Jonathan para analizar su ADN y explorar las claves de su extraordinaria longevidad.

El veterinario Joe Hollins recoge una muestra del interior de la boca de Jonathan para analizar su ADN y explorar las claves de su extraordinaria longevidad. Cortesía: Teeny Lucy

Los 272 promotores que conservan patrones más ordenados

La sorpresa apareció al observar determinadas zonas reguladoras. El equipo de inveatigación identificó 272 promotores —regiones que intervienen en el inicio de la lectura de los genes— con patrones más ordenados en Jonathan y los dos ejemplares jóvenes que en los otros dos adultos.

Entre los genes asociados destacan los relacionados con las mitocondrias, el procesamiento del ARN y la reparación del material genético. El ARN actúa, entre otras funciones, como intermediario entre las instrucciones del ADN y la fabricación de proteínas.

🗣️ «Encontramos que los reguladores de los genes implicados en la producción de energía y la reparación del ADN se han mantenido increíblemente estables en Jonathan durante casi dos siglos», afirma Justin Gerlach, investigador de Peterhouse, en la Universidad de Cambridge, en el Reino Unido, y coautor del trabajo, en la nota de prensa de esa universidad.

La comparación ofrece una imagen de estabilidad excepcional a su edad; el estudio no siguió esos reguladores durante toda su vida.

Por qué las mitocondrias podrían favorecer la longevidad

Las mitocondrias producen buena parte de la energía que necesitan las células para subsistir. También pueden generar moléculas reactivas capaces de causar daño. Los autores proponen un circuito de mantenimiento: una producción eficiente de energía ayudaría a reparar el ADN y conservar sus señales reguladoras; ese orden favorecería, a su vez, el funcionamiento de los sistemas energéticos y de reparación.

Ahora bienm, los investigadores no midieron directamente la eficiencia energética de Jonathan ni demostraron que sus patrones epigenéticos produzcan una actividad genética más estable. Ese circuito es el modelo que plantean para explicar los datos.

Las limitaciones importan, porque la promesa de trasladar estos hallazgos a las personas resulta tentadora. La comparación epigenética incluye solo cinco animales y permitió evaluar aproximadamente el 10 % de los promotores de la tortuga. Tampoco se analizó directamente la actividad de los genes mediante secuenciación del ARN. Será necesario pues ampliar las muestras y distinguir cuánto depende de la genética, el ambiente o la historia de cada individuo.

Análisis del genoma de Jonathan. (A) Genes con señales de selección natural positiva, agrupados según su función. (B) Genes con variantes exclusivas de Jonathan que modifican las proteínas

Análisis del genoma de Jonathan. (A) Genes con señales de selección natural positiva, agrupados según su función. (B) Genes con variantes exclusivas de Jonathan que modifican las proteínas y cuyo posible impacto funcional se evaluó mediante modelos computacionales. Cortesía: Vaisvil et al / Science Advances (2026)

Qué puede aportar este estudio a la longevidad humana

«El genoma de Jonathan proporciona un modelo de resiliencia celular», sostiene Stephen Clark, fundador de Kallel y autor sénior, en el comunicado de Cambridge.

Su organización aspira a convertir estas pistas evolutivas en tratamientos prácticos y asequibles. Ese objetivo sigue siendo una aspiración: el trabajo, financiado por el Voland Fund, identifica candidatos y asociaciones, sin presentar una terapia ni demostrar que reproducirlos permita alargar la vida humana.

Para Gerlach, que lleva décadas estudiando la ecología y conservación de las tortugas gigantes, Jonathan tiene además un valor difícil de expresar en una secuencia de ADN: «Trabajar con una tortuga gigante realmente anciana es un privilegio: tienes la sensación de que la tortuga es tu colaboradora, no tu objeto de estudio», dice en la misma nota.

El colaborador de Santa Elena deja una pregunta concreta para la ciencia: cómo consiguen algunas células mantener ordenadas sus funciones esenciales cuando el resto del organismo acumula las huellas del tiempo.▪️(9-octubre-2026)

  • Información facilitada por la Universidad de Cambridge

  • Fuente: Benjamin Vaisvil et al. Epigenetic insights into extreme longevity in the world’s oldest terrestrial animal, Jonathan. Science Advances (2026). DOI: 10.1126/sciadv.adw8887

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