Los bebés también ayudan: una investigación desvela cómo nace la cooperación humana desde el primer año de vida
Mucho antes de aprender a hablar, los bebés ya participan activamente en la vida social: recogen objetos, colaboran en tareas sencillas y responden a las necesidades de quienes los cuidan. Una nueva investigación revela que la cooperación humana comienza a construirse en los gestos cotidianos del primer año de vida.
Por Enrique Coperías, periodista científico
Los investigadores concluyen que las primeras conductas de ayuda aparecen en las rutinas cotidianas entre bebés y cuidadores, mucho antes del desarrollo completo del lenguaje. Foto: Anastasia Zhenina
La escena es cotidiana y aparentemente trivial: un bebé de pocos meses estira el brazo para facilitar que le pasen la manga del jersey. Otro recoge un calcetín caído mientras uno de sus padres dobla la ropa. Durante mucho tiempo, estos gestos fueron interpretados como simples reflejos o juegos tempranos.
Pero una nueva investigación alemana sugiere que, en realidad, ahí se esconde una de las primeras formas de cooperación humana. Los bebés no solo reciben cuidados, sino que también ayudan.
El estudio, publicado en la revista científica Child Development, sostiene que las conductas de ayuda aparecen mucho antes de lo que se pensaba y que surgen, sobre todo, en el contexto de las rutinas compartidas con los cuidadores. Los investigadores de la Ludwig-Maximilians-Universität München, en Alemania, siguieron durante más de un año a 118 madres y sus hijos para entender cómo se desarrolla esa disposición temprana a colaborar.
Cómo aprenden los bebés a ayudar a otras personas
La investigación parte de una pregunta sencilla: ¿por qué ayudan los bebés? La psicología evolutiva lleva años interesada en desentrañar el origen de los comportamientos prosociales —aquellos destinados a beneficiar a otros—, pero gran parte de los experimentos se habían centrado en situaciones artificiales. Por ejemplo, un adulto deja caer un objeto al suelo y el niño se lo devuelve. Esa escena, repetida en numerosos laboratorios del mundo, se había convertido en una prueba clásica de la inclinación humana hacia la cooperación.
Sin embargo, los autores del nuevo trabajo sospechaban que la verdadera raíz de esa conducta podía encontrarse mucho antes y mucho más cerca: en la vida diaria. En las pequeñas tareas domésticas, en los juegos repetidos y en las interacciones rutinarias entre padres e hijos.
Para comprobarlo, observaron a los niños cuando tenían seis, diez y catorce meses de edad. Evaluaron su desarrollo motor mediante cuestionarios a los padres, analizaron su comprensión social con pruebas de seguimiento ocular y grabaron sesiones de juego libre con las madres. Además, midieron cómo reaccionaban los bebés tanto ante tareas compartidas con sus cuidadoras, como ordenar libros y doblar ropa, como frente a un desconocido que necesitaba ayuda.
La cooperación infantil nace en las rutinas compartidas
Los resultados ponen de manifiesto que el aprendizaje de la ayuda comienza en casa y depende en gran medida de la interacción cotidiana. Cuanto más modelaban las madres ciertas conductas —por ejemplo, mostrar cómo recoger objetos o colaborar en una actividad—, más ayudaban después los bebés a sus propias cuidadoras. En cambio, ese aprendizaje no se trasladaba automáticamente a los extraños.
➡️ «Uno de los resultados que más nos sorprendió fue comprobar que la ayuda dirigida al cuidador y la ayuda dirigida a una persona desconocida estaban asociadas a capacidades y experiencias distintas», explican los autores del estudio.
Según los investigadores, cuando el destinatario es la madre o el padre, el comportamiento del bebé depende sobre todo de señales concretas aprendidas en situaciones repetidas. Ayudar a un desconocido, en cambio, parece requerir habilidades sociales más complejas, como comprender los objetivos ajenos o interpretar las necesidades de otra persona.
El estudio señala que participar en actividades compartidas, como vestirse o recoger objetos, favorece el desarrollo temprano de la cooperación y el comportamiento prosocial. Foto: Felipe Salgado
Ayudar a los padres y ayudar a un extraño no implican las mismas habilidades
La diferencia es importante, porque matiza una idea muy extendida: que los niños nacen con una especie de altruismo universal e indiferenciado. El estudio sugiere algo más sofisticado. Los bebés muestran una disposición temprana hacia la cooperación, sí, pero esa disposición se moldea según el contexto y la persona con la que interactúan.
La investigación también apunta a un elemento decisivo: el desarrollo motor. Los niños que gateaban, manipulaban objetos o coordinaban mejor sus movimientos mostraban más conductas de ayuda. Tiene sentido. Participar en una actividad compartida exige capacidades físicas muy concretas: sostener una prenda, alcanzar un objeto o desplazarse hasta él.
Durante décadas, las investigaciones sobre el desarrollo infantil tendieron a separar las habilidades motoras de las sociales, como si caminar y empatizar pertenecieran a mundos distintos. Este trabajo insiste en lo contrario: ambas dimensiones evolucionan entrelazadas. El bebé aprende a colaborar precisamente porque puede intervenir físicamente en el entorno compartido con los adultos.
Qué revela este estudio sobre el desarrollo infantil
La idea conecta con una corriente creciente en psicología del desarrollo que considera que muchas capacidades humanas no emergen de manera aislada en el cerebro, sino a través de la interacción social con otras personas. El aprendizaje de la cooperación comenzaría así mucho antes de que aparezca el lenguaje y antes incluso de que el niño comprenda plenamente las normas sociales.
Los investigadores creen que estos hallazgos tienen implicaciones prácticas tanto para las familias como para los educadores infantiles. «Involucrar a los bebés en rutinas compartidas, mostrarles cómo ayudar y responder adecuadamente a sus necesidades puede favorecer su tendencia a colaborar con los demás desde edades muy tempranas», señalan.
Eso no significa convertir a los niños en pequeños asistentes domésticos ni exigirles responsabilidades impropias de su edad. Más bien apunta a algo que muchos padres hacen intuitivamente: permitir que el bebé participe, aunque sea de forma imperfecta y lenta, en las actividades cotidianas. Dejar que acerque una cuchara, que coloque un libro en una estantería o que intente meter el brazo en la manga del jersey.
Los bebés, criaturas muy activas
En realidad, esas pequeñas acciones podrían ser mucho más importantes de lo que parecen. Diversos estudios habían mostrado ya que los niños pequeños disfrutan ayudando y que incluso se frustran cuando no pueden participar en una tarea compartida.
La nueva investigación aporta ahora evidencia longitudinal de cómo surge y se consolida esa disposición.
También desmonta parcialmente la visión tradicional del bebé como un ser pasivo que simplemente recibe cuidados. Desde muy temprano, los niños participan activamente en la vida social que les rodea. No entienden todavía conceptos abstractos como solidaridad o generosidad, pero sí parecen captar dinámicas básicas de cooperación.
Las habilidades motoras, como manipular objetos o coordinar movimientos, influyen directamente en la capacidad de los bebés para colaborar y ayudar a otras personas. Foto: Josh Duncan
Limitaciones del estudio y futuras investigaciones
El estudio tiene, no obstante, algunas limitaciones. Los propios autores reconocen que las pruebas se realizaron en un laboratorio y no en entornos domésticos naturales. Aunque eso permite comparar mejor a todos los participantes, deja fuera innumerables situaciones espontáneas que ocurren en las casas.
Además, las conductas de ayuda hacia la madre y hacia desconocidos fueron evaluadas a la misma edad, lo que dificulta reconstruir cómo evolucionan ambas formas de cooperación a lo largo del tiempo.
Los investigadores proponen ahora ampliar el trabajo a contextos más naturales y explorar otras formas de comportamiento prosocial, como compartir o consolar emocionalmente a otros. «La relevancia de la calidad de la interacción con los cuidadores, de las conductas de apoyo concretas y de la comprensión social probablemente varía según el tipo de comportamiento prosocial», explican los autores del estudio.
Una nueva mirada sobre la cooperación humana
La cuestión de fondo trasciende el desarrollo infantil. Entender cómo aprendemos a ayudar podría ofrecer pistas sobre uno de los rasgos más singulares de nuestra especie: la capacidad de cooperar masivamente con otros.
Frente a la idea de que la competencia es el motor principal de la evolución humana, cada vez más investigaciones destacan el peso de la colaboración en nuestra historia.
Y quizá esa capacidad no empiece en grandes gestos morales ni en complejas decisiones racionales, sino en escenas diminutas y domésticas: un bebé que alarga el brazo mientras lo visten, unas manos pequeñas que recogen un objeto del suelo o un niño que intenta, torpemente, participar en la tarea de los adultos. Gestos mínimos que, vistos de cerca, contienen ya el esbozo de la vida social humana.▪️(13-mayo-2026)
PREGUNTAS&RESPUESTAS: Bebés y Comportamiento Prosocial
👶 ¿A qué edad empiezan los bebés a ayudar?
Según el estudio, las primeras conductas de ayuda aparecen alrededor del primer año de vida, especialmente en actividades compartidas con los cuidadores.
👶 ¿Qué es el comportamiento prosocial (en bebés)?
Es la capacidad temprana de realizar acciones que benefician a otras personas, como ayudar, compartir o colaborar, generalmente en interacción con sus cuidadores y antes incluso de desarrollar plenamente el lenguaje.
👶 ¿Los bebés ayudan de forma intencional?
La investigación sugiere que sí existen formas tempranas de colaboración intencional, aunque todavía dependan mucho del contexto y de las señales sociales del entorno.
👶 ¿El desarrollo motor influye en la cooperación?
Sí. Los bebés con mejores habilidades motoras muestran más facilidad para participar en tareas compartidas y ayudar a otras personas.
👶 ¿Por qué es importante involucrar a los bebés en rutinas cotidianas?
Porque las interacciones repetidas y la participación activa favorecen el desarrollo social, la cooperación y las conductas prosociales.
DESARROLLO DEL LENGUAJE
Información facilitada por la Society for Research in Child Development (SRCD)

