Los glifos de una cueva de Chalcatzingo aportan nuevas pistas sobre la escritura de Teotihuacán

En una pared casi borrada de México, unas pinceladas rojas parecen nombrar una «Montaña que canta» y evocar a antiguos guerreros. Junto a ellas, las huellas de fuego sugieren que aquel pequeño refugio fue escenario de ceremonias hace unos 1.500 años.

Por Enrique Coperías, periodista científico

El segundo glifo de la cueva 19 de Chalcatzingo, visto en la fotografía original (a), una imagen con el contraste realzado (b) y un dibujo de sus trazos (c). El dardo, el collar y la tela podrían representar un título guerrero.

El segundo glifo de la cueva 19 de Chalcatzingo, visto en la fotografía original (a), una imagen con el contraste realzado (b) y un dibujo de sus trazos (c). El dardo, el collar y la tela podrían representar un título guerrero. Cortesía: Christophe Helmke

Para llegar hoy a la cueva 19 de Chalcatzingo hay que subir al Cerro Delgado y descender después por su escarpada cara occidental. Al fondo de ese abrigo, de apenas unos metros cuadrados, sobreviven trazos de pintura roja que el tiempo ha vuelto difíciles de distinguir. No forman una larga inscripción ni cuentan una historia que pueda leerse de principio a fin. Pero, observados junto a las manchas de fuego de la roca y comparados con imágenes de otros lugares, podrían revelar qué nombre daban a aquel paisaje quienes acudían allí hace unos 1.500 años.

Un equipo de investigadores de Dinamarca y México ha vuelto a documentar las pinturas y propone que pertenecen al sistema de escritura de Teotihuacán, la gran ciudad que dominó buena parte del México central durante el periodo Clásico. En el estudio, publicado en la revista Antiquity, identifican una posible referencia a la «Montaña que Canta» y signos vinculados con el prestigio militar.

También plantean que el abrigo acogió ceremonias en recuerdo de guerreros muertos entre los siglos IV y VI. La pintura, sin embargo, no demuestra por sí sola que allí se celebrara una cremación.

Antes estuvieron los olmecas

Chalcatzingo ya era un lugar antiguo cuando llegaron aquellas personas. Situado en el actual estado mexicano de Morelos, a unos 90 kilómetros al sureste de Ciudad de México, es conocido por sus relieves de estilo olmeca, tallados muchos siglos antes, aproximadamente entre los años 900 y 500 antes de nuestra era.

En ellos aparecen cuevas, seres poderosos y escenas relacionadas con la lluvia y el maíz. Las montañas que rodean el asentamiento formaban parte de un paisaje cargado de significado religioso. El nuevo trabajo muestra que ese atractivo no desapareció con el paso de los siglos: otras comunidades siguieron acudiendo al lugar y dejaron sus propias marcas.

La cueva 19 está a unos 330 metros del centro arqueológico. Aunque se la llama cueva, es más bien un abrigo poco profundo, con espacio para un grupo reducido de personas. En su pared posterior hay un pequeño saliente de roca; encima, la superficie aparece ennegrecida por el fuego. Cerca se encuentran las tres composiciones pintadas. Esa proximidad importa tanto como los dibujos: invita a pensar que quien los trazó quiso relacionarlos con lo que sucedía frente al saliente.

Arriba, la cara occidental del Cerro Delgado señala la ubicación de la cueva 19. Abajo, los glifos pintados al fondo del abrigo y, sobre ellos, las manchas negras dejadas por el fuego.

Arriba, la cara occidental del Cerro Delgado señala la ubicación de la cueva 19. Abajo, los glifos pintados al fondo del abrigo y, sobre ellos, las manchas negras dejadas por el fuego. Cortesía: Christophe Helmke.

¿Cómo pudieron reconocer unos signos casi borrados?

Las pinturas de la cueva 19 ya habían sido documentadas en la década de 1980. El nuevo estudio, publicado en la revista Antiquity, se basa en una documentación realizada en 2022 por Christophe Helmke y Jesper Nielsen, de la Universidad de Copenhague (Dinamarca), junto con Carolina Meza Rodríguez y Mario Córdova Tello, del Instituto Nacional de Antropología e Historia de México.

El equipo fotografió las paredes y procesó las imágenes para destacar las zonas donde aún queda pigmento rojo, posiblemente obtenido de hematites o hematita, la forma mineral del óxido férrico. De este modo pudo examinar líneas difíciles de apreciar a simple vista y compararlas con signos conocidos de Teotihuacán. La técnica mejora la lectura de lo conservado, pero no reconstruye las partes que la intemperie ha destruido.

La posición de las pinturas también aporta información. Dos se encuentran en un sector de la pared; la tercera forma un gran marco alrededor de un saliente de roca. Sobre este último, la superficie está ennegrecida por el fuego. Los investigadores consideran que pinturas, repisa y huellas de combustión deben estudiarse juntas para entender el uso del abrigo.

Primera pintura: el posible nombre de la «Montaña que Canta»

De la primera composición solo se conserva bien el lado derecho. Los investigadores reconocen formas de montañas estilizadas y unas volutas que salen de una boca abierta. En el repertorio gráfico teotihuacano, esas volutas pueden representar el habla o el canto. La combinación les lleva a proponer que se trata de un topónimo, es decir, un nombre de lugar: Montaña que Canta.

La interpretación tiene un posible apoyo en la geografía histórica. Uno de los cerros cercanos fue conocido siglos después por el nombre náhuatl Cuicatepec, que significa Montaña que Canta. Para los autores, el signo de la cueva podría nombrar el propio paisaje en el que fue pintado.

La coincidencia es sugerente, pero tiene límites. Parte del dibujo ha desaparecido y el nombre histórico corresponde a un cerro cercano. No puede afirmarse con certeza que la pintura designara específicamente al Cerro Delgado ni que ese nombre se mantuviera sin cambios durante más de un milenio.

Hay otra pista en Teotihuacán. En los murales del conjunto de Tetitla aparecen participantes en una procesión que esparcen incienso, acompañados de signos que los investigadores relacionan con acciones, personas y lugares. Entre ellos identifican otra posible referencia a la «Montaña que Canta». Si ambas nombraban el mismo sitio, Chalcatzingo pudo ser un destino ceremonial para personas vinculadas con la metrópoli. Es una hipótesis apoyada en la comparación de imágenes, no la prueba definitiva de una ruta de peregrinación.

Tercer glifo: el marco estrellado de la cueva 19, en la fotografía original (a), una versión que realza el pigmento (b) y un dibujo de sus trazos (c). Sobre la pintura se observan las manchas negras dejadas por el fuego.

Tercer glifo: el marco estrellado de la cueva 19, en la fotografía original (a), una versión que realza el pigmento (b) y un dibujo de sus trazos (c). Sobre la pintura se observan las manchas negras dejadas por el fuego. Cortesía: Christophe Helmke.

Segunda pintura: un dardo, un collar y un posible título guerrero

La segunda composición reúne un collar de cuentas, una pieza de tela y un dardo emplumado como los que se lanzaban con un átlatl, o propulsor. Estos objetos se relacionan con la indumentaria y los símbolos de prestigio militar de Teotihuacán.

Al comparar la pintura con otras composiciones teotihuacanas, los autores proponen que los elementos reunidos expresaban un título guerrero, quizá asociado a un grupo concreto.

No conocen su pronunciación ni pueden identificar a la persona a la que habría hecho referencia en la cueva. Su importancia reside en mostrar otra posible combinación de signos dentro de la escritura de Teotihuacán.

Tercera pintura: un marco estrellado junto al fuego

La tercera composición es distinta: un gran marco rectangular adornado con estrellas rodea el saliente de roca ennegrecido.

Los investigadores no lo interpretan como una palabra escrita, sino como una imagen ritual. Encuentran paralelos en representaciones teotihuacanas de estructuras decoradas utilizadas en ceremonias de homenaje a guerreros fallecidos.

La proximidad entre las estrellas, los símbolos militares y las marcas de fuego permite plantear que allí se realizaron ritos con combustión. Pudo quemarse incienso. Los autores contemplan incluso la posibilidad de que el saliente sostuviera un bulto funerario durante una cremación, pero no se conservan materiales que permitan confirmarlo.

¿Tenía Teotihuacán un sistema de escritura?

La pregunta ha generado debate durante décadas. A diferencia de los extensos textos históricos conservados en ciudades mayas, las inscripciones teotihuacanas suelen ser breves y, en ocasiones, constan de una sola composición. Por eso algunos especialistas las interpretaron principalmente como emblemas o convenciones gráficas.

Los autores del nuevo trabajo defienden, a partir de un conjunto más amplio de investigaciones, que Teotihuacán poseía un sistema de escritura logosilábico o logofonético: sus signos podían representar palabras y también información sobre sus sonidos. En el corpus estudiado se han propuesto lecturas de nombres de lugares y personas, títulos, fechas e incluso expresiones verbales. Esto no significa que la escritura esté descifrada por completo. La lengua que registraba sigue siendo objeto de discusión y muchas lecturas son provisionales.

Las pinturas de Chalcatzingo amplían ese corpus fuera de la propia Teotihuacán. También muestran que distinguir entre escritura e imagen requiere examinar cada composición: los dos primeros conjuntos se interpretan como signos con información lingüística; el marco estrellado pertenece, según el estudio, al lenguaje visual del ritual.

El primer glifo de la cueva 19, en la fotografía original (a), una versión que realza los trazos conservados (b) y su dibujo (c). Los investigadores proponen que representa un nombre de lugar: la Montaña que Canta.

El primer glifo de la cueva 19, en la fotografía original (a), una versión que realza los trazos conservados (b) y su dibujo (c). Los investigadores proponen que representa un nombre de lugar: la Montaña que Canta. Cortesía: Christophe Helmke.

Qué aporta Chalcatzingo a la historia de Teotihuacán

Ya se conocían indicios de presencia teotihuacana en esta región de Morelos, entre ellos cerámicas y asentamientos como San Ignacio, situado unos 13 kilómetros al sur de Chalcatzingo. La cueva 19 añade una dimensión diferente: signos pintados en un lugar donde también hay huellas de prácticas ceremoniales.

El hallazgo ayuda a estudiar dónde se utilizaba la escritura de Teotihuacán, qué podía comunicar y cómo se integraba en los rituales. Sus límites son igualmente claros. No sabemos quién pintó los signos, cuántas personas acudieron al abrigo ni qué se quemó exactamente sobre la repisa.

La pared conserva fragmentos de una actividad humana, no el relato completo de lo ocurrido.▪️(28-septiembre-2026)

⏱️ LO MÁS IMPORTANTE DEL ESTUDIO, EN 30 SEGUNDOS

  • Tres pinturas de hace unos 1.500 años: se conservan en la cueva 19 de Chalcatzingo, en el estado mexicano de Morelos. Dos contienen signos vinculados con la escritura de Teotihuacán; la tercera parece ser una imagen ritual.
  • Una posible «Montaña que Canta»: los investigadores interpretan la primera composición como un nombre de lugar. Su lectura es provisional porque parte de la pintura se ha perdido.
  • Símbolos guerreros: un dardo, un collar y una prenda de tela podrían formar un título militar, aunque se desconoce cómo se pronunciaba y a quién designaba.
  • Rituales con fuego: un marco decorado con estrellas rodea una repisa de roca bajo una pared ennegrecida. Hay indicios de combustión, pero no pruebas de que allí se practicara una cremación.
  • Una escritura aún por descifrar: las pinturas amplían el conjunto de signos teotihuacanos conocidos y ayudan a estudiar su uso fuera de la gran ciudad. No resuelven por sí solas cómo se leía todo el sistema.
  • Fuente: Helmke C., Nielsen J., Meza Rodríguez C., Córdova Tello M. Painted Teotihuacan glyphs of Cave 19, Chalcatzingo, Morelos, Mexico. Antiquity (2026). DOI: 10.15184/aqy.2026.10425

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