Hace cinco siglos, algunos niños incas emprendían un viaje a las cumbres de los Andes del que nunca regresarían. Ahora, el análisis de ocho momias revela que varios consumieron coca y alcohol antes de ser sacrificados a los dioses. ¿Se pretendía aliviar su miedo o prepararlos para el encuentro con lo divino?
Por Enrique Coperías, periodista científico
Figurillas ceremoniales con pulpa de coca en el interior de las mejillas halladas junto a las momias de niños incas sacrificados en los volcanes Llullaillaco, entre Argentina y Chile, y Ampato, en Perú. Cortesía: J. Reinhard
A más de 6.000 metros de altitud, donde el oxígeno escasea y las temperaturas pueden descender muy por debajo de cero, los incas celebraban algunos de sus rituales religiosos más sobrecogedores. Hasta aquellas cumbres conducían a niños y adolescentes escogidos para una misión que, según las creencias de su sociedad, les permitiría convertirse en intermediarios entre los seres humanos y los dioses. Su destino era el sacrificio. Cinco siglos después, sus cuerpos, conservados por el frío extremo de las montañas, están revelando nuevos detalles sobre sus últimos meses de vida.
Un equipo internacional de científicos dirigido por la arqueóloga Dagmara Socha, de la Universidad de Varsovia (Polonia), ha analizado restos de ocho menores incas momificados, siete niñas y un niño de entre seis y catorce años. Los resultados, publicados en la revista científica Antiquity, aportan nuevas pruebas sobre el consumo de hojas de coca, bebidas alcohólicas y determinadas sustancias psicoactivas durante los rituales de sacrificio humano del Imperio inca.
¿Qué consumían los niños incas antes de ser sacrificados? Socha y sus colegas han identificado cocaína, presente de forma natural en las hojas de coca, en las seis muestras de cabello analizadas. Cuatro de ellas contenían, además, un compuesto que demuestra el consumo combinado de coca y alcohol. En las uñas de otra adolescente apareció harmina, una sustancia que se encuentra en determinadas plantas utilizadas para elaborar la ayahuasca.
Los resultados permiten comprender mejor la capac cocha, que podría traducirse como obligación real, una de las ceremonias religiosas más importantes de la civilización inca, pero plantean también una pregunta inquietante: ¿se administraban estas sustancias para reducir el sufrimiento de unos niños que estaban destinados a morir?
Qué era la capa cocha y por qué los incas sacrificaban niños
La capa cocha o capac hucha era un ritual religioso y político del Imperio incaico en el que se ofrecían niños y jóvenes a las divinidades, especialmente a los dioses de las montañas, para mantener el equilibrio entre el mundo humano y el sobrenatural.
Estos sacrificios podían celebrarse durante acontecimientos políticos importantes o como respuesta a situaciones que amenazaban la prosperidad de las comunidades, como es el caso de las sequías, las hambrunas y las enfermedades.
Los incas creían que las montañas estaban habitadas por poderosas divinidades conocidas como apus, capaces de influir sobre las lluvias, las cosechas y el destino de las poblaciones. Los niños sacrificados se convertían, según estas creencias, en intermediarios entre los vivos y los dioses, y posteriormente podían ser venerados como antepasados sagrados.
Las víctimas procedían de distintas regiones del imperio. Algunas eran entregadas por sus familias, mientras que otras podían formar parte de los tributos impuestos a los territorios conquistados. Tras participar en ceremonias de consagración, emprendían largos desplazamientos, en ocasiones desde Cuzco, capital del Imperio inca, hasta santuarios situados en las cumbres de los Andes.
La capa cocha también tenía una función política. Permitía a las autoridades imperiales reforzar su poder en las provincias, establecer jerarquías entre las divinidades locales y consolidar los vínculos con las comunidades sometidas.
La arqueóloga Dagmara Socha, de la Universidad de Varsovia, examina una momia infantil inca durante su proceso de descongelación. Estos restos permiten investigar los rituales de sacrificio humano en los Andes. Cortesía: Wyborcza
Las momias incas apuntan al consumo de coca y alcohol antes del sacrificio
Para investigar qué sustancias habían consumido las víctimas, los científicos estudiaron seis muestras de cabello y dos de uñas procedentes de ocho individuos enterrados en los volcanes Ampato, Sara Sara, Llullaillaco, Quehuar y Chuscha, que están situados en Perú y Argentina.
Para ello, utilizaron una técnica denominada cromatografía líquida acoplada a espectrometría de masas en tándem, que permite identificar cantidades extremadamente pequeñas de compuestos químicos.
La clave de la investigación está en que el cabello y las uñas contienen queratina, una proteína en cuya estructura pueden quedar incorporadas sustancias que circularon por el organismo durante la vida. Su análisis permite reconstruir parcialmente el consumo de determinados compuestos a lo largo de semanas o meses.
Pues bien, los investigadores identificaron restos de cocaína y benzoilecgonina, uno de sus principales metabolitos, en las seis muestras de cabello.
Conviene introducir aquí una distinción fundamental: encontrar cocaína en las momias no significa que los niños recibieran cocaína refinada. La sustancia aparece de manera natural en las hojas de coca, una planta utilizada tradicionalmente por las poblaciones andinas para combatir el cansancio, reducir la sensación de hambre y afrontar las dificultades de la vida en altitud.
El descubrimiento más revelador fue la presencia de cocaetileno en cuatro muestras de cabello, correspondientes a una niña de Chuscha y a los tres menores de Llullaillaco. El cocaetileno es un compuesto que se forma en el organismo cuando coinciden en la sangre el alcohol y la cocaína. Su detección demuestra que aquellos menores habían consumido los dos productos en un mismo periodo.
La bebida alcohólica pudo ser la chicha, una preparación tradicional obtenida mediante la fermentación del maíz que tenía una importante función ceremonial en el mundo andino.
Las crónicas españolas de los siglos XVI y XVII ya describían el uso de hojas de coca y chicha durante las ceremonias religiosas. Algunos cronistas señalaban que el alcohol se administraba a las víctimas para embotar sus sentidos y tranquilizarlas en las fases finales del sacrificio.
La nueva investigación aporta una prueba que aquellos testimonios históricos no podían ofrecer: la huella química de las sustancias que consumieron los niños antes de morir.
El cabello de una niña inca permite reconstruir sus últimos seis meses
Uno de los casos más reveladores es el de una niña de aproximadamente ocho años cuyos restos fueron encontrados en el volcán Chuscha, en Argentina.
Los investigadores dividieron su cabello en seis segmentos de un centímetro. Como el pelo crece aproximadamente un centímetro al mes, cada fragmento proporcionó información sobre un periodo diferente de los seis meses anteriores a su muerte.
El análisis reveló fluctuaciones en las concentraciones de cocaína, con un descenso notable durante el último mes. Sin embargo, el resultado más significativo fue que el cocaetileno solo apareció en el segmento correspondiente a ese periodo final.
Esto sugiere que la niña consumió alcohol junto con coca durante las últimas semanas de su vida, tal vez cuando se aproximaba la culminación de la ceremonia.
Los científicos consideran que este cambio podría reflejar una nueva etapa en su preparación ritual, aunque advierten de que la conservación de las sustancias en el cabello también puede influir en las concentraciones detectadas.
El hallazgo demuestra que la capa cocha no debe entenderse únicamente como el momento del sacrificio, sino que la preparación de las víctimas podía prolongarse durante meses y experimentar cambios conforme avanzaba el ritual.
Cuatro momias infantiles incas analizadas en el estudio: A) Chuscha; B) Juanita, la Doncella de Ampato; C) Ampato n.º 4; y D) Sara Sara. El análisis de sus restos aporta nuevas pistas sobre el consumo de sustancias psicoactivas antes de los sacrificios. Cortesía: J. Reinhard y D. Socha / Antiquity
Harmina y ayahuasca: el hallazgo en las uñas de Juanita, la momia del Ampato
Otro de los descubrimientos más llamativos procede de la momia conocida como Juanita o la Doncella de Ampato, una adolescente de aproximadamente catorce años encontrada en 1995 cerca de la cima del volcán peruano Ampato, a unos 6.300 metros de altitud.
En sus uñas, los investigadores identificaron pequeñas cantidades de harmina, un alcaloide presente en determinadas plantas amazónicas, especialmente en especies del género Banisteriopsis. Entre ellas se encuentra el yagé (Banisteriopsis caapi), una planta utilizada tradicionalmente en la preparación de la ayahuasca, una bebida ritual amazónica que, dependiendo de su composición, puede provocar alteraciones intensas de la percepción y la conciencia.
A nivel bioquímico, la harmina inhibe la actividad de la monoaminooxidasa, una enzima que interviene en la degradación de determinados neurotransmisores. Esta propiedad también permite prolongar los efectos de algunas sustancias psicodélicas cuando se consumen conjuntamente
Sin embargo, encontrar harmina no demuestra que Juanita bebiera ayahuasca ni que experimentara alucinaciones. Los investigadores no identificaron dimetiltriptamina (DMT), mescalina ni otros compuestos alucinógenos buscados en las muestras. Tampoco pudieron determinar la composición exacta de la posible preparación vegetal consumida por la adolescente.
La presencia de harmina plantea, por tanto, varias posibilidades. Una es que se utilizaran plantas amazónicas dentro de determinadas ceremonias religiosas. Otra, que fueran administradas por sus propiedades medicinales o por sus posibles efectos sobre el estado de ánimo.
Algunas investigaciones modernas han estudiado las propiedades antidepresivas de sustancias presentes en el yagé, que, por cierto, también se conoce como ayahuasca. Los autores del nuevo trabajo plantean que estos efectos podrían haberse aprovechado para tranquilizar a los niños y favorecer un estado emocional considerado apropiado para la ceremonia.
Se trata, sin embargo, de una hipótesis que el análisis químico no puede demostrar. Además, las muestras de uñas no permiten establecer con precisión cuándo se incorporó la harmina al organismo.
¿Drogaban los incas a los niños para que no sintieran miedo?
Esta es una de las preguntas más difíciles que plantea la investigación.
En declaraciones a la revista New Scientist, Socha reconoce que no es posible reconstruir las emociones de aquellos menores ni determinar exactamente cómo vivieron los acontecimientos. Sin embargo, advierte de que no debemos suponer que el prestigio religioso asociado a su elección significara que la experiencia no resultara aterradora o traumática.
Las sustancias detectadas pudieron cumplir distintas funciones. Las hojas de coca habrían ayudado a los menores a combatir, por ejemplo, el cansancio, el hambre y algunas molestias relacionadas con los desplazamientos por las montañas. Por su parte, el alcohol pudo reducir la ansiedad y alterar su percepción durante las últimas fases de la ceremonia. Y las plantas que contenían harmina quizá se utilizaron por sus posibles efectos sobre el estado de ánimo o por su significado religioso.
Pero existe una diferencia esencial entre identificar una sustancia y conocer la intención de quienes la administraron. El estudio demuestra que algunos niños consumieron determinadas sustancias psicoactivas antes de morir, pero no permite establecer si se utilizaron específicamente para aliviar su sufrimiento.
Tampoco demuestra que todos los menores recibieran las mismas preparaciones o que experimentaran idénticos estados de conciencia.
Cuatro momias infantiles incas estudiadas por los investigadores: A) Quehuar; B) la Doncella de Llullaillaco, de unos 14 años; C) la Niña de Llullaillaco, de unos 6 años; y D) el Niño de Llullaillaco, de unos 7 años. Los análisis de los tres menores de Llullaillaco aportaron pruebas del consumo combinado de coca y alcohol. Cortesía: J. Reinhard / Antiquity
Los preparativos variaban entre los distintos santuarios incas
Una de las conclusiones más interesantes del trabajo es que no existía una única combinación de sustancias empleada en todas las ceremonias de capacocha.
Aunque la coca aparece como un elemento recurrente, los científicos observaron diferencias entre los individuos y los lugares de enterramiento.
La presencia de cocaetileno en las momias de Chuscha y Llullaillaco contrasta con su ausencia en otras muestras. La identificación de harmina en Juanita apunta, además, a una posible utilización de plantas diferentes en el santuario del Ampato. Estas variaciones podrían estar relacionadas con las tradiciones religiosas locales o con las características atribuidas a cada divinidad.
Los investigadores también consideran posible que algunas plantas procedentes de la Amazonia llegaran hasta los santuarios andinos mediante redes de intercambio a larga distancia.
Los nuevos resultados han permitido, además, identificar sustancias en las momias de Chuscha y Sara Sara que no se habían detectado en investigaciones anteriores. Esto demuestra cómo los avances en toxicología pueden recuperar información que parecía definitivamente perdida.
El estudio presenta, sin embargo, varias limitaciones importantes. Para empezar, solo se analizaron ocho individuos, una muestra demasiado reducida para establecer conclusiones generales sobre todos los sacrificios incas. Además, el cabello y las uñas proporcionan información sobre periodos diferentes, y las condiciones de conservación pueden alterar las concentraciones originales de las sustancias. Tampoco puede descartarse que los menores consumieran otros compuestos durante sus últimas horas de vida, ya que una administración aislada podría no haber dejado rastros detectables.
Aun así, los resultados ayudan a reconstruir con mayor precisión la dimensión humana de estas ceremonias.
«Estamos empezando a comprender la capa cocha no simplemente como un único sacrificio, sino como un proceso complejo que implicaba extensos preparativos, largos viajes y diferentes prácticas rituales», explica Socha a New Scientist.
Cinco siglos después, el cabello y las uñas de aquellos niños conservan una parte de su historia. No permiten saber si comprendían plenamente el destino que les aguardaba, si sentían miedo o si las sustancias que consumieron mitigaron su sufrimiento. Pero sí muestran que el sacrificio no comenzaba necesariamente en la cima de una montaña: formaba parte de un proceso que podía transformar sus últimos meses de vida.▪️(4 de noviembre de 2026)
NEUROCIENCIA Y PSICODÉLICOS
ARQUEOLOGÍA · LOS ENIGMAS DEL IMPERIO INCA
Niños sacrificados por los incas: seis preguntas que la ciencia empieza a responder
¿Por qué los incas sacrificaban niños en las cumbres de los Andes? ¿Qué sustancias les administraban y con qué finalidad? El análisis de ocho momias aporta nuevas respuestas sobre la capacocha, uno de los rituales más misteriosos y sobrecogedores de la América precolombina.
¿Es cierto que los incas drogaban a los niños antes de sacrificarlos?
Sí. Los análisis toxicológicos confirman que algunos menores sacrificados durante la capacocha consumieron hojas de coca, alcohol y otras sustancias psicoactivas. Sin embargo, los investigadores no han podido determinar con precisión qué recibió cada niño ni cuál era la finalidad de todas estas preparaciones.
¿Por qué los incas sacrificaban niños en las montañas?
Los sacrificios infantiles formaban parte de la capacocha, una ceremonia religiosa destinada a honrar a las divinidades, especialmente a los apus, los dioses de las montañas. Su finalidad era mantener el equilibrio del mundo, favorecer las cosechas y proteger a las comunidades frente a sequías, hambrunas y otras desgracias. El ritual también servía para reforzar el poder político del Imperio inca.
¿Qué drogas se encontraron en las momias incas?
Los científicos detectaron cocaína y benzoilecgonina, relacionadas con el consumo de hojas de coca, en las seis muestras de cabello examinadas. En cuatro de ellas encontraron también cocaetileno, un compuesto que indica el consumo simultáneo de coca y alcohol. En las uñas de otra adolescente identificaron harmina, un alcaloide presente en determinadas plantas utilizadas en preparaciones rituales amazónicas.
¿Los niños incas consumían cocaína como droga?
No existen pruebas de que recibieran cocaína refinada, como la droga conocida actualmente. La cocaína identificada en sus restos es un alcaloide natural presente en las hojas de coca, utilizadas tradicionalmente por las poblaciones andinas para combatir el cansancio, aliviar algunas molestias de la altitud y participar en ceremonias religiosas.
¿Se utilizaba ayahuasca en los sacrificios incas?
El hallazgo de harmina en las uñas de Juanita, la momia del Ampato, es compatible con el consumo de plantas utilizadas para preparar ayahuasca. Sin embargo, no demuestra que la adolescente bebiera esta preparación. Tampoco se identificaron otros compuestos que permitieran confirmar que experimentó efectos alucinógenos.
¿Sabemos si los niños sentían miedo antes de ser sacrificados?
No. Los análisis químicos permiten identificar algunas sustancias consumidas antes de la muerte, pero no reconstruir las emociones de las víctimas. Los investigadores consideran posible que algunas preparaciones contribuyeran a tranquilizarlas o a reducir su ansiedad. Sin embargo, esta hipótesis no ha podido demostrarse científicamente.
Fuente científica: Socha, D. y colaboradores (2026). Toxicological studies on the Inca frozen mummies from volcanoes in Peru and Argentina. Antiquity. Consultar el estudio original.
MISTERIOS DEL ANTIGUO EGIPTO
Fuente: Socha D., Sykutera M., Martinez Sulca W., et al. Toxicological studies on the Inca frozen mummies from volcanoes in Peru and Argentina. Antiquity (2026). DOI: 10.15184/aqy.2026.10439
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