Los primeros signos del párkinson podrían detectarse en la sangre, avanza un estudio
Años antes de que aparezcan los temblores, la rigidez o el deterioro cognitivo, el organismo ya libra una batalla silenciosa contra esta enfermedad. Un estudio internacional muestra que esa lucha deja huellas medibles en la sangre, lo que abre una nueva vía para el diagnóstico precoz del párkinson.
Por Enrique Coperías, periodista científico
Entre uno y tres años. Ese es el retraso habitual en el diagnóstico del párkinson, un desfase que deja sin identificar a cerca de un tercio de los nuevos casos. Imagen de Annick Vanblaere en Pixabay
El diagnóstico del párkinson suele llegar entre uno y tres años tarde. Para entonces, cerca de un tercio de los nuevos casos continúa sin identificar. Cuando aparecen los temblores, la rigidez o la lentitud de movimientos, el daño en el cerebro ya es profundo e irreversible: hasta el 80% de las neuronas dopaminérgicas que controlan el movimiento han muerto.
Por eso, desde hace años, la gran obsesión de los neurocientíficos es adelantarse a la enfermedad, encontrar señales tempranas que permitan detectar el proceso neurodegenerativo cuando aún no ha dado la cara. Un nuevo estudio internacional apunta ahora a un lugar inesperado para buscar esas pistas: la sangre.
La investigación, publicada en la revista npj Parkinson’s Disease y basada en el seguimiento de cientos de personas durante varios años, sugiere que los primeros signos del párkinson pueden detectarse en análisis de sangre mucho antes de que aparezcan los síntomas clásicos. En concreto, los científicos han identificado alteraciones moleculares en genes relacionados con la reparación del ADN y con la respuesta celular al estrés que distinguen a las personas en fases muy tempranas de la enfermedad —la llamada fase prodrómica— tanto de individuos sanos como de pacientes con párkinson diagnosticado.
El hallazgo no implica que exista ya un análisis de sangre para diagnosticar el párkinson, pero refuerza un secreto a voces: el párkinson empieza años antes de los temblores, y durante ese largo período silencioso el organismo libra una batalla molecular que deja huellas detectables en el líquido rojo.
Un largo prólogo antes del diagnóstico
El párkinson es, tras el alzhéimer, el segundo diagnóstico neurológico más frecuente entre las personas mayores de 65 años. En España, afecta aproximadamente al 2% de la población mayor de 65 años y al 4% de los mayores de 85; la pacenden entre 120.000 y 150.000 personas. Sin embargo, no es una enfermedad exclusiva de la vejez: alrededor del 15% de los pacientes tiene menos de 50 años, y existen también casos de inicio en la infancia o la adolescencia.
Al igual que el Alzhéimer, el párkinson no aparece de repente. Años, incluso décadas antes del diagnóstico clínico, muchas personas experimentan señales sutiles y aparentemente inconexas: pérdida del olfato, estreñimiento, trastornos del sueño REM, depresión o ansiedad. Es la fase prodrómica, un período en el que el cerebro ya está enfermo, pero los síntomas motores aún no se han manifestado.
🗣️ «Cuando aparecen los síntomas motores de la enfermedad de Parkinson, entre el 50% y el 80% de las células cerebrales relevantes ya suelen estar dañadas o haber desaparecido —explica Danish Anwer, doctorando del Departamento de Ciencias de la Vida de la Universidad Tecnológica de Chalmers, en Suecia, y primer autor del trabajo. Y añade—: Este estudio es un paso importante para facilitar la identificación temprana del párkinson y contrarrestar su progresión antes de que haya avanzado hasta ese punto».
«Este intervalo es una ventana de oportunidad crucial», señalan los autores del estudio. Si se lograra identificar a las personas en ese momento, cuando todavía no se ha producido una destrucción masiva de neuronas, los tratamientos neuroprotectores tendrían muchas más probabilidades de funcionar. El problema es que, hasta ahora, no existían biomarcadores fiables y accesibles para detectar ese proceso temprano.
La mayoría de los estudios previos se han centrado en pacientes ya diagnosticados, cuando la enfermedad neurodegenerativa está avanzada. Pero analizar cerebros humanos vivos es imposible, y las señales moleculares tempranas pueden haberse desvanecido cuando se estudian muestras tardías. De ahí el creciente interés por los biomarcadores en sangre, que son baratos, repetibles y poco invasivos.
El ADN como campo de batalla
El nuevo trabajo se apoya en una hipótesis que gana fuerza desde hace años: el párkinson no es solo un problema de proteínas mal plegadas o de muerte neuronal, sino también una enfermedad relacionada con el daño en el ADN.
Las neuronas dopaminérgicas, aquellas que se comunican con otras mediante la dopamina, son especialmente vulnerables al estrés oxidativo. Son células muy activas desde el punto de vista metabólico y están expuestas constantemente a subproductos tóxicos derivados del metabolismo de la dopamina y de la actividad de las miricondrias, las centrales energéticas de las células. Ese entorno favorece la aparición de lesiones en el ADN, tanto en el núcleo como en las mitocondrias.
En condiciones normales, las células disponen de sofisticados sistemas de reparación del ADN que corrigen esos daños. Pero si esos mecanismos fallan, se activan de forma descoordinada o se saturan, el remedio puede convertirse en problema. Estudios previos ya habían mostrado que algunas variantes genéticas en genes de reparación del ADN aumentan el riesgo de padecer párkinson, especialmente cuando se combinan con factores ambientales, como los pesticidas.
Lo novedoso de este estudio es que no se limita a una fotografía puntual, sino que analiza cómo evolucionan esos mecanismos celulares a lo largo del tiempo, desde la fase prodrómica hasta la enfermedad establecida.
Muestra de sangre analizada en laboratorio. Un estudio liderado por la Universidad Tecnológica de Chalmers ha identificado biomarcadores tempranos del párkinson que podrían permitir su detección antes de que aparezcan los síntomas. Cortesía: Nicola Pietro Montaldo
Un seguimiento a largo plazo en sangre
Para abordar el estudio, los investigadores utilizaron datos del Parkinson’s Progression Markers Initiative (PPMI), una de las mayores cohortes internacionales sobre párkinson. Analizaron muestras de sangre de casi 640 personas —individuos sanos, personas en fase prodrómica y pacientes con párkinson— recogidas en cuatro momentos a lo largo de tres años.
En lugar de buscar un solo gen milagro, los científicos se centraron en conjuntos de genes implicados en procesos celulares relevantes, como son la reparación del ADN nuclear, la reparación del ADN mitocondrial y la llamada respuesta integrada al estrés, un sistema celular que se activa cuando la célula detecta daños y trata de adaptarse.
Mediante modelos estadísticos y aprendizaje automático, Anwer y sus colegas comprobaron si los patrones de expresión génica permitían clasificar correctamente a las personas según su estado de la enfermedad.
Una señal clara en las fases tempranas
Los resultados del trabajo fueron sorprendentes. Los patrones de expresión de estos genes no servían para distinguir bien a los pacientes con párkinson avanzado de las personas sanas. En esos casos, la precisión apenas superaba el azar. Pero la historia era muy distinta en la fase prodrómica del párkinson.
En las personas que aún no tenían síntomas motores, pero sí signos tempranos de la enfermedad, la expresión de los genes de reparación del ADN y de respuesta al estrés permitía diferenciarlas de los individuos sanos con una precisión muy elevada, que en algunos momentos del seguimiento superaba el 90%.
🗣️ «Esto significa que hemos encontrado una ventana de oportunidad importante en la que la enfermedad puede detectarse antes de que aparezcan los síntomas motores causados por el daño neuronal en el cerebro —subraya Annikka Polster, profesora adjunta del Departamento de Ciencias de la Vida de la Universidad Tecnológica de Chalmers y responsable del estudio. Y continúa—: El hecho de que estos patrones solo se magnifiquen en una fase temprana y dejen de activarse cuando la enfermedad progresa también los hace especialmente interesantes para centrarnos en los mecanismos biológicos y buscar futuros tratamientos».
Además, esa capacidad de discriminación aumentaba con el tiempo. A medida que los individuos prodrómicos se acercaban al diagnóstico clínico, sus perfiles moleculares se volvían más homogéneos y más fáciles de identificar.
Esto sugiere que, en las primeras etapas, el organismo responde de forma intensa pero desordenada al daño molecular, mientras que con el avance del párkinson esa respuesta se va apagando o colapsa.
Annikka Polster, investigadora principal del estudio en la Universidad Tecnológica de Chalmers, junto a Nicola Pietro Montaldo, del Hospital Universitario de Oslo, que también participó en la investigación. Cortesía: Guro Flor Lien
Genes clave como posibles biomarcadores
Uno de los hallazgos más interesantes del estudio es que muchos de los genes analizados no seguían una evolución lineal. Aproximadamente la mitad de los genes de reparación del ADN y casi tres cuartas partes de los genes de respuesta celular al estrés mostraban patrones no lineales.
Los autores interpretan este comportamiento como un mecanismo adaptativo del organismo. En las fases iniciales del párkinson, las células parecen activar con fuerza los mecanismos de defensa celular. Pero esa respuesta es transitoria y acaba por agotarse.
El análisis permitió identificar varios genes que destacan de forma consistente como biomarcadores tempranos del párkinson, entre ellos el ERCC6, el NEIL2, el PRIMPOL y el NTHL1, todos implicados en la reparación del ADN.
Un paso, no un diagnóstico
Los propios autores subrayan que este trabajo no permite todavía diagnosticar el párkinson con un análisis de sangre. Sin embargo, refuerza el potencial de los biomarcadores en sangre como herramienta de detección precoz.
«En nuestro estudio hemos destacado biomarcadores que probablemente reflejan parte de la biología temprana del párkinson y hemos demostrado que pueden medirse en sangre. Esto abre la puerta a pruebas de cribado amplias mediante análisis sanguíneos», señala Polster.
Detectar el párkinson en fases tempranas cambiaría por completo la estrategia terapéutica. En lugar de tratar síntomas, se podría intentar frenar la enfermedad cuando todavía está a tiempo de ser contenida.
«Si podemos estudiar los mecanismos mientras están ocurriendo, podría proporcionarnos claves importantes para entender cómo se pueden detener y qué fármacos podrían ser eficaces», apunta la investigadora.
Este estudio no ofrece aún esa solución, pero confirma algo esencial: cuando el párkinson se manifiesta, el verdadero inicio quedó muy atrás. La clave está en aprender a escuchar, a tiempo, lo que la sangre ya está contando.▪️(29-enero-2026)
Información facilitada por la Universidad Tecnológica Chalmers
Fuente: Anwer, D., Montaldo, N. P., Novoa-del-Toro, E. M. et al. Longitudinal assessment of DNA repair signature trajectory in prodromal versus established Parkinson’s disease. npj Parkinsons Disease (2025). DOI: https://doi.org/10.1038/s41531-025-01194-7

