¿Suerte o mérito? Por qué no todas las desigualdades económicas nos parecen igual de injustas
¿Nos molesta que alguien tenga más o que haya llegado arriba por un golpe de suerte? Un estudio con 65.000 personas apunta a que el origen de la riqueza —el esfuerzo, la capacidad o el azar— determina cuánto estamos dispuestos a tolerar la desigualdad. Y que aquello que una sociedad interpreta como mérito, suerte o justicia cambia profundamente de un país a otro.
Por Enrique Coperías, periodista científico
La desigualdad se acepta mejor cuando el éxito se atribuye al mérito y no a la suerte. Foto de Gera Cejas
Imagínate que dos personas realizan una misma tarea. Al terminar, una recibe una gratificación, por ejemplo, de seis euros y la otra no obtiene nada. Tú puedes mantener ese reparto, distribuir una parte del dinero o dividirlo por igual. ¿Qué harías? Probablemente, tu respuesta dependerá de un detalle decisivo: si la persona ganadora fue elegida mediante un sorteo o si consiguió el premio porque trabajó mejor.
Ese sencillo dilema permite asomarse a una de las cuestiones más espinosas de cualquier sociedad: cuándo consideramos justa una desigualdad económica. No parece preocuparnos solo la distancia que separa a ricos y pobres. También queremos saber cómo se originó, si fue consecuencia del esfuerzo y la capacidad o si nació de la suerte, la herencia y unas oportunidades desiguales.
Un ambicioso estudio publicado en la revista The Quarterly Journal of Economics ofrece ahora la radiografía más extensa realizada hasta la fecha sobre estas intuiciones morales. La investigación fue dirigida por la economista Ingvild Almås, de la Universidad de Zúrich (Suiza), junto con Alexander W. Cappelen, Erik Ø. Sørensen y Bertil Tungodden, de la Facultad Noruega de Economía, y reunió a más de 65.000 participantes de sesenta países diferentes. La muestra abarcaba aproximadamente el 85 % de la población mundial y el 88 % del producto interior bruto global.
🗣️ «La desigualdad es un importante problema mundial. Una cuestión clave es cómo se justifica moralmente dentro de cada sociedad», explica Almås.
Los resultados muestran que no todas las diferencias económicas despiertan el mismo rechazo. En conjunto, las personas toleran mucha más desigualdad cuando creen que procede del mérito que cuando la atribuyen al azar.
Un experimento real para medir la justicia distributiva
La investigación se integró en la Encuesta Mundial Gallup de 2018 y contó con muestras representativas de la población mayor de quince años de cada país, con al menos un millar de participantes por territorio. Para evitar respuestas puramente abstractas, los científicos diseñaron un experimento con consecuencias económicas reales.
En efecto. los encuestados actuaban como espectadores y decidían cómo repartir una gratificación entre dos trabajadores contratados a través de la plataforma Amazon Mechanical Turk. Ambos habían realizado la misma tarea, pero solo uno recibía inicialmente seis dólares adicionales.
Cuando la recompensa dependía de la suerte
A un grupo de participantes se le explicó que el ganador había sido elegido al azar. Cada espectador podía escoger entre tres opciones: conservar el reparto original de seis dólares frente a cero, redistribuir parcialmente el dinero o entregar tres dólares a cada trabajador.
Cuando el resultado dependía de la suerte, el 60,9 % decidió igualar los ingresos. El 34 % mantuvo intacta la distribución y el 5,1 % eligió una solución intermedia.
Cuando la recompensa dependía del rendimiento
Un segundo grupo se enfrentó al mismo reparto, pero recibió una información diferente: los seis dólares habían sido asignados al trabajador que obtuvo una mayor productividad.
El cambio alteró profundamente las decisiones. Solo el 26,1 % dividió el premio por igual, mientras que el 61,7 % mantuvo la desigualdad original. Otro 12,2 % redistribuyó parcialmente el dinero.
La conclusión es clara: una misma diferencia económica puede parecernos justa o injusta dependiendo de la historia que explique su origen.
La suerte puede decidir un premio, pero también cuánto consideramos justa la desigualdad resultante. Foto de Leon-Pascal Jc en Unsplash
El mérito pesa más que el coste de redistribuir
Los investigadores midieron las decisiones de los voluntarios mediante un índice de Gini experimental. En este contexto, el cero representaba la igualdad completa entre los dos trabajadores y el uno, la máxima desigualdad posible. No debe confundirse con el índice de Gini utilizado para medir la distribución de la renta de un país, aunque ambos se basan en el mismo principio.
Pues bien, cuando el premio dependía de la suerte, el índice medio de desigualdad aceptada fue de 0,366. Y cuando recompensaba la productividad, subió hasta 0,678. Esto supone un aumento del 85 %.
No contentos con los resultados, los investigadores introdujeron un tercer escenario. El premio volvía a asignarse al azar, pero redistribuirlo tenía un coste: por cada cantidad transferida se perdía la mitad. Igualar los ingresos ya no significaba entregar tres dólares a cada trabajador, sino dos.
Incluso ante una penalización tan elevada, la desigualdad aceptada aumentó únicamente un 14 %, desde 0,366 hasta 0,417. El efecto de cambiar la causa de la desigualdad fue aproximadamente seis veces mayor que el de imponer un considerable coste económico a la redistribución.
La conclusión resulta significativa, porque uno de los principales argumentos contra los impuestos redistributivos sostiene que pueden reducir los incentivos para trabajar, invertir o innovar. Sin embargo, a escala mundial, los participantes parecieron mucho más preocupados por averiguar si una diferencia era moralmente legítima que por preservar la máxima cantidad de riqueza.
El patrón apareció en hombres y mujeres, así como entre personas de diferentes niveles educativos y económicos. No obstante, los varones y los participantes con mayores ingresos o estudios reaccionaron con más intensidad ante el mérito. Estos últimos rechazaban más la desigualdad surgida del azar, pero la aceptaban en mayor medida cuando recompensaba la productividad.
China, India y Occidente juzgan la desigualdad de forma diferente
Detrás del promedio mundial se esconden, sin embargo, profundas diferencias culturales. La desigualdad producida por la suerte encontró su mayor rechazo en Noruega, Canadá y Egipto. China, Uganda e India se situaron en el extremo opuesto.
En China, el índice experimental de desigualdad alcanzó 0,70 incluso cuando la recompensa se había decidido al azar; en Noruega se quedó en 0,10.
En términos generales, los países asiáticos mostraron una elevada tolerancia a la desigualdad. China, Vietnam y Uganda fueron los territorios donde más participantes conservaron el reparto original, mientras que Noruega, Francia y Brasil registraron los niveles generales más bajos. En Estados Unidos, la aceptación no fue excepcional cuando intervenía el azar, pero el país pasó a situarse entre los más tolerantes cuando la diferencia respondía al rendimiento.
El experimento comparó cómo repartimos una recompensa cuando la desigualdad procede de la suerte, del mérito o implica un coste económico: el origen del dinero influyó unas seis veces más que el precio de redistribuirlo. Crédito: RexMolón Producciones
Meritócratas, igualitaristas y libertarios
A partir de las decisiones, el equipo identificó tres grandes concepciones de la justicia:
1️⃣ Los igualitaristas consideran justo que los dos trabajadores reciban lo mismo, con independencia del origen de la diferencia.
2️⃣ Los meritócratas aceptan que quien produce más gane más, pero rechazan las desigualdades causadas por la suerte.
3️⃣ Los libertarios, en la terminología utilizada por los autores, prefieren respetar el reparto inicial, sin importar cómo se haya generado.
Los tres grupos tienen un peso considerable en el mundo. el modelo estima que el 36,9 % de la población mundial sería libertaria; el 36,7 %, meritócrata, y el 26,5 %, igualitarista. En la mayoría de los países, ninguna de estas posiciones alcanza por sí sola la mayoría.
Canadá, Australia e Italia presentan las mayores proporciones de meritócratas, mientras que China, Vietnam y Uganda encabezan la clasificación de libertarios. Los igualitaristas son especialmente numerosos en Afganistán, Bangladesh y Sri Lanka.
La mayoría considera injustas las diferencias económicas de su país y reclama políticas que reduzcan la brecha entre ricos y pobres. Foto de Devon Divine en Unsplash
La paradoja de la meritocracia
La visión meritocrática aparece con más frecuencia en sociedades ricas, democráticas, individualistas, relativamente igualitarias y con vínculos familiares menos intensos. Pero esto no significa que sus ciudadanos crean que la riqueza real se reparte de acuerdo con el mérito. De hecho, surge aquí una de las aparentes paradojas del estudio: los países donde más se valora el mérito son también algunos de los que menos confían en que el sistema económico lo recompense verdaderamente.
En el conjunto de la muestra, el 46,4 % consideró que la suerte es una causa importante de la desigualdad de su país, frente al 30,1 % que señaló el trabajo y la capacidad.
España atribuye la desigualdad más a la suerte que al mérito
Hay que decir que España ofrece uno de los contrastes más pronunciados: el 42,8 % de los españoles atribuyó la brecha entre ricos y pobres a la suerte, mientras que solo el 9,7 % la relacionó principalmente con el mérito.
El contraste fue todavía mayor en Grecia, donde las proporciones alcanzaron el 63,2 % y el 13,8 %, respectivamente, y en Hungría, con un 53,1 % frente a un 11,6 %.
Estos datos no implican necesariamente que los ciudadanos rechacen el esfuerzo personal. Indican que una parte importante de la población duda de que las diferencias económicas existentes reflejen de manera fiel la capacidad, el trabajo o la productividad.
No cabe duda de que el estudio ayuda a entender por qué una cultura meritocrática no conduce necesariamente al rechazo de los impuestos. Una persona puede defender que el esfuerzo merece recompensa y, al mismo tiempo, apoyar la redistribución si piensa que las fortunas reales proceden de herencias, conexiones, privilegios o golpes de suerte. El meritócrata puede aliarse con el igualitarista cuando percibe que el terreno de juego está inclinado.
La mayoría quiere reducir las diferencias entre ricos y pobres
La preocupación por la desigualdad, de hecho, es generalizada. El 65,7 % de los participantes afirmó que las diferencias económicas existentes en su país eran injustas y el 74,3 % sostuvo que los Gobiernos deberían intentar reducirlas. En 57 de los 60 países, la respuesta más frecuente fue un apoyo rotundo a la intervención pública.
Las convicciones sobre la justicia estuvieron mucho más relacionadas con ese respaldo que el temor a que los ricos trabajasen o invirtiesen menos por pagar más impuestos.
Según los autores, las preferencias y creencias relativas a la equidad explican más del 70 % de la variación internacional que el modelo logra captar en la redistribución real mediante impuestos y transferencias.
Ingvild Almås, economista de la Universidad de Zúrich y autora principal del estudio sobre la aceptación de la desigualdad en sesenta países. Cortesía: Excellence Foundation Zurich
Qué limitaciones tiene el estudio
El experimento permite comparar decisiones tomadas en condiciones prácticamente idénticas, pero simplifica una realidad mucho más compleja. Un reparto entre dos desconocidos no equivale a un sistema fiscal nacional, en el que intervienen la confianza en las instituciones, la corrupción, los servicios públicos, los intereses personales y la movilidad social.
La productividad medida en una tarea concreta tampoco representa necesariamente el mérito en la vida real. El talento, la formación y las oportunidades laborales dependen parcialmente del lugar de nacimiento, la familia, la educación recibida y otros factores ajenos al control individual.
Además, los datos de la encuesta se recogieron en 2018, aunque el estudio haya sido publicado en 2026. Las asociaciones encontradas entre desarrollo económico, cultura, democracia y preferencias morales tampoco demuestran una relación causal.
Para comprobar si el interés personal modificaba los resultados, los autores realizaron un experimento posterior con 1.517 participantes de Estados Unidos. Aunque cobrar un pequeño coste por redistribuir redujo la generosidad, el origen de la desigualdad siguió influyendo mucho más que la pérdida personal.
«En futuros trabajos analizaremos hasta qué punto estas diferencias en las preferencias redistributivas están relacionadas con distintas creencias religiosas», adelanta Almås.
La historia que contamos sobre el éxito
El estudio deja una enseñanza política de gran alcance. Los debates sobre los impuestos y la redistribución no se libran únicamente con cálculos sobre crecimiento, inversión o incentivos. También dependen de la historia que una sociedad se cuenta acerca del éxito.
Si las personas creen que la riqueza recompensa el talento y el esfuerzo, tenderán a aceptar mayores diferencias. Si consideran que procede de la herencia, los contactos, los privilegios o la suerte, será más probable que reclamen impuestos progresivos, igualdad de oportunidades y políticas redistributivas.
Antes de decidir cuánto estamos dispuestos a redistribuir, necesitamos responder a una pregunta más incómoda: cuánto mérito hay realmente en aquello que llamamos mérito.▪️(9-septiembre-2026)
HISTORIA Y ARQUEOLOGÍA
¿De dónde viene la desigualdad económica? Una mirada arqueológica a los orígenes del poder y la riqueza.
⏱️ LO MÁS IMPORTANTE DEL ESTUDIO, EN 30 SEGUNDOS
- El origen de la riqueza cambia nuestro juicio: aceptamos mucha más desigualdad cuando creemos que procede del esfuerzo o la capacidad que cuando nace de la suerte.
- Un experimento de alcance mundial: participaron más de 65.000 personas de 60 países, que decidieron cómo repartir una recompensa económica real entre dos trabajadores.
- La suerte invita a repartir: cuando el premio se decidió mediante un sorteo, el 60,9 % de los participantes dividió el dinero por igual.
- El mérito legitima la diferencia: si la recompensa correspondía al trabajador más productivo, solo el 26,1 % igualó el reparto y el 61,7 % mantuvo la desigualdad inicial.
- La justicia pesa más que la eficiencia: atribuir el premio al mérito elevó un 85 % la desigualdad aceptada. Introducir una pérdida del 50 % al redistribuirla solo la aumentó un 14 %.
- No existe una moral universal: la desigualdad causada por la suerte fue muy rechazada en Noruega y Canadá, pero ampliamente aceptada en China, Uganda e India.
- España desconfía del relato meritocrático: el 42,8 % de los españoles atribuyó la brecha entre ricos y pobres a la suerte, frente a solo un 9,7 % que la relacionó principalmente con el mérito.
- La mayoría respalda la intervención pública: el 74,3 % de la muestra mundial afirmó que los gobiernos deberían reducir las diferencias económicas entre ricos y pobres.
Información facilitada por la Universidad de Zúrich
Fuente: Ingvild Almås, Alexander W Cappelen, Erik Ø Sørensen, Bertil Tungodden, Fairness Across the World. The Quarterly Journal of Economics (2026). DOI: https://doi.org/10.1093/qje/qjag044
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