Una pluma hallada en excrementos de dinosaurio ofrece una nueva pista sobre cómo algunas aves sobrevivieron al asteroide

Una pluma fosilizada durante 66 millones de años dentro de un a caca fósil o coprolito aporta una pista inesperada sobre la supervivencia de las aves. Su plumaje pudo protegerlas del frío extremo desatado tras el impacto del asteroide que fulminó de un plumazo a los dinosaurios.

Por Enrique Coperías, periodista científico

Un tiranosaurio captura un ave buceadora prehistórica en una recreación de los humedales de la Formación Hell Creek hace unos 66 millones de años.

Un tiranosaurio captura un ave buceadora prehistórica en una recreación de los humedales de la Formación Hell Creek hace unos 66 millones de años. Imagen generada con DALL-E a partir de la ilustración original de Andrey Atuchin.

Hace unos 66 millones de años, poco antes de que el impacto de un asteroide pusiera fin al Cretácico y se llevara por delante las tres cuartas partes de las especies de plantas y animales de la Tierra, un gran dinosaurio carnívoro del territorio que hoy ocupa Montana se comió un ave acuática. El depredador pudo ser un Tyrannosaurus rex o quizá un Nanotyrannus, aunque el responsable del banquete no ha podido ser identificado con certeza.

El testimonio de aquella comida ha llegado hasta nuestros días convertido en un coprolito, el nombre que reciben los excrementos fosilizados. En su interior se han encontrado pequeños huesos de ave, escamas de pez y varias plumas. Una de ellas constituye, según los autores, uno de los ejemplos de plumaje mejor conservados de la era de los dinosaurios.

El fósil, descrito en la revista Current Biology, no solo reconstruye una escena de depredación. Su contenido también aporta una inesperada pista sobre una de las preguntas más persistentes de la paleontología: por qué las aves modernas fueron los únicos dinosaurios que atravesaron la gran extinción de hace 66 millones de años, mientras desaparecieron todos los demás, incluidas numerosas aves que habían dominado los cielos durante el Mesozoico.

🗣️ «Es una pluma bellísima y excepcionalmente conservada, procedente además de un lugar completamente inesperado. Resulta emocionante que pueda ayudarnos a responder una cuestión tan importante de la paleontología», explica Jingmai O’Connor, autora principal del trabajo y conservadora asociada de reptiles fósiles del Museo Field de Chicago, en Estados Unidos.

Las aves ya convivían con los dinosaurios

Las aves no aparecieron después de los dinosaurios: son dinosaurios. Sus primeros representantes conocidos vivieron hace unos 150 millones de años. Durante casi cien millones de años evolucionaron, se diversificaron y compartieron el planeta con tiranosaurios, ceratópsidos y saurópodos.

Cuando el asteroide de Chicxulub se estrelló contra la Tierra, las aves ya formaban un grupo amplio y variado. Sin embargo, casi todos aquellos linajes desaparecieron. Solo sobrevivieron algunos representantes de las Neornithes, el grupo del que descienden las más de 11.000 especies de aves actuales, desde los avestruces y las gallinas hasta los pingüinos, los buitres o los colibríes.

La gran pregunta es por qué ellos consiguieron atravesar la catástrofe mientras otras aves, algunas aparentemente bien adaptadas a sus ecosistemas, se extinguieron.

Un hallazgo fortuito en la Formación Hell Creek

El coprolito fue descubierto en 2016 por David DeMar Jr., investigador y responsable de las colecciones del proyecto Hell Creek en el Museo Burke de la Universidad de Washington. DeMar trabajaba en un afloramiento rocoso del noreste de Montana, recogiendo fósiles de peces, cuando encontró un nódulo rojizo y oscuro, aproximadamente del tamaño de media pelota de golf.

🗣️ «Me arrastraba por el afloramiento cuando vi el nódulo. Lo recogí, examiné su superficie con una lupa de mano y no podía creer lo que estaba viendo: una minúscula pluma fósil», recuerda el investigador.

Su sorpresa estaba justificada. Pese a que la formación Hell Creek lleva más de 150 años siendo explorada y ha proporcionado algunos de los dinosaurios más famosos del mundo, hasta entonces nunca se había descrito allí una pluma fosilizada.

Una fractura fortuita había dejado expuesta parte de esta estructura córnea. De no haberse partido el coprolito por ese punto preciso, tal vez nadie habría sospechado lo que contenía.

La diminuta pluma fósil conservada en el interior de un excremento de dinosaurio de hace unos 66 millones de años. Su estructura aporta nuevas pistas sobre el plumaje de las aves del Cretácico y su diferente capacidad para sobrevivir tras el impacto del asteroide. Crédito: O’Connor et al.

La tomografía reveló una comida de hace 66 millones de años

Una vez en el laboratorio, los científicos analizaron la composición mineral del fósil y lo sometieron a microtomografía computarizada. Esta técnica obtiene miles de radiografías desde distintos ángulos y las combina para reconstruir digitalmente el interior del fósil sin destruirlo.

El escáner convirtió una roca aparentemente corriente en una representación tridimensional de una cadena alimentaria del Cretácico.

«Aunque la conservación era mejor que la de muchas plumas en ámbar birmano que había estudiado durante mi tesis, aquello estaba dentro de una roca bastante poco llamativa —relata el paleontólogo Nate Carroll, del Museo del Condado de Carter y coautor del estudio. Y añade—: Cada hora de procesamiento de los datos revelaba otra pluma, otra escama, otro hueso, todo ello en un 3D asombroso. Comprender que los excrementos fósiles de mi propio estado podían proporcionar ejemplares tan excepcionales cambió por completo las reglas del juego».

En el interior del coprolito aparecieron:

  • Varias plumas de un ave acuática.

  • Pequeños huesos de las patas de un hesperornitiforme, un ave dentada del Cretácico.

  • Diminutas escamas de un pez lepisosteido.

La asociación entre los restos permite atribuir las plumas a esa misma ave. No está claro si el dinosaurio devoró por separado al pez y al ave o si parte de las escamas procedía de la última comida de la víctima, pero el conjunto ofrece una rara instantánea de las relaciones entre depredadores y presas.

Qué eran los hesperornitiformes

Los hesperornitiformes fueron aves acuáticas dentadas que vivieron durante el Cretácico. Muchas especies habían perdido la capacidad de volar y utilizaban unas patas especialmente adaptadas para impulsarse bajo el agua y capturar peces.

🗣️ «Eran ecológicamente parecidos a los colimbos actuales —señala O’Connor—. Se sumergían para cazar peces y otros animales, y sus plumas muestran adaptaciones para la vida bajo el agua que también vemos en las aves acuáticas modernas».

El análisis reveló, sin embargo, una combinación desconcertante. Algunas plumas presentaban una apariencia moderna y una estructura apropiada para repeler el agua, pero otras eran pequeñas, suaves y primitivas, más parecidas al plumón de ciertos dinosaurios y de las enantiornitas, el grupo de aves más abundante y diverso del Mesozoico. Los hesperornitiformes no pertenecían ni a las enantiornitas ni a las Neornithes, sino que ocupaban otra rama próxima a las aves modernas.

Un plumaje a medio camino entre los dinosaurios y las aves modernas

Este parentesco intermedio convierte sus plumas en una pieza especialmente valiosa. Hasta ahora se había propuesto que las aves modernas sobrevivieron porque muchas vivían cerca de ríos, lagos o costas, ambientes que pudieron amortiguar algunos efectos inmediatos del impacto. Pero los hesperornitiformes eran todavía más dependientes del agua y, aun así, desaparecieron por completo. El hábitat acuático, por tanto, no basta para resolver el enigma.

O’Connor propone que una parte de la respuesta pudo encontrarse sobre la piel. Las plumas corporales atrapan una capa de aire y reducen la pérdida de calor.

Si el plumaje de los hesperornitiformes y las enantiornitas aislaba peor que el de las Neornithes, aquellas aves habrían sido especialmente vulnerables al llamado invierno de impacto.

David DeMar Jr. sostiene el fragmento de coprolito con la diminuta pluma fósil expuesta el mismo día de su descubrimiento, en 2016, en la Formación Hell Creek de Montana.

David DeMar Jr. sostiene el fragmento de coprolito con la diminuta pluma fósil expuesta el mismo día de su descubrimiento, en 2016, en la Formación Hell Creek de Montana. Cortesía: David DeMar Jr.

El invierno de impacto puso a prueba el aislamiento térmico

La colisión de Chicxulub lanzó a la atmósfera enormes cantidades de polvo, hollín y aerosoles. La reducción de la luz solar provocó un rápido enfriamiento global, conocido como invierno de impacto, y frenó la fotosíntesis.

La desaparición de plantas y plancton desestabilizó las cadenas alimentarias terrestres y marinas. En ese mundo oscuro, frío y con muy pocos alimentos, conservar el calor gastando la menor cantidad posible de energía pudo convertirse en una ventaja de supervivencia.

🗣️ «Creemos que los tipos de plumas que poseían estas aves, o la manera en que las mudaban, pudieron ser una de las causas de la selectividad de la extinción del final del Cretácico; es decir, de por qué unas aves desaparecieron y otras sobrevivieron —sostiene O’Connor— Y añade—: Los hesperornitiformes conservaban plumas primitivas que quizá no proporcionaban un aislamiento tan eficaz como las modernas plumas plumáceas».

Los investigadores no afirman que el plumaje fuera la única causa de la supervivencia. La propuesta es una hipótesis respaldada por la anatomía de las plumas, pero tendrá que contrastarse con nuevos fósiles.

La muda de las plumas pudo marcar otra diferencia

Hay que decir que la tesis del equipo de O’Connor encaja con investigaciones anteriores del propio equipo. Las plumas se desgastan y deben sustituirse. Una muda regular permite mantener el aislamiento térmico, la impermeabilidad y la capacidad de vuelo.

Un estudio publicado en 2023 en la revista Communications Biology y dirigido por Yosef Kiat y Jingmai O’Connor examinó la sorprendente escasez de fósiles de dinosaurios emplumados y aves primitivas en plena muda. Los autores propusieron que muchos de esos animales tal vez no renovaban anualmente todo el plumaje, como hacen las aves modernas.

En un planeta sometido a un enfriamiento súbito, disponer de plumas nuevas, densas y bien conservadas habría resultado especialmente útil. La ventaja de las Neornithes pudo residir no solo en la estructura del plumaje, sino también en la frecuencia y coordinación con que lo renovaban.

La evolución de la muda, sin embargo, comenzó mucho antes de la extinción. En 2024, dos fósiles de aves de hace unos 125 millones de años proporcionaron la evidencia más antigua conocida de una muda secuencial de las plumas de vuelo.

Aquellas aves reemplazaban las plumas poco a poco y de manera simétrica, conservando la capacidad de volar durante el proceso. Pero la rareza de fósiles en plena renovación sugiere que el ciclo completo podía prolongarse durante más de un año.

Las aves modernas no habrían inventado la muda. Su ventaja pudo consistir en convertirla en un proceso más frecuente, rápido y eficaz.

Un conjunto de ventajas, no una única explicación

El plumaje tampoco debió de actuar solo. Otros estudios apuntan a que la supervivencia de las aves modernas fue el resultado de varias adaptaciones que actuaron de manera conjunta.

Una investigación publicada en Current Biology en 2018 relacionó la evolución de las primeras aves modernas con el colapso mundial de los bosques tras el impacto. Las especies arborícolas perdieron de forma abrupta sus hábitats, mientras que pequeñas aves terrestres pudieron refugiarse y alimentarse de semillas resistentes, insectos y restos orgánicos.

A esa imagen se suma un estudio genómico publicado hace dos años en Science Advances, que detectó alrededor del límite entre el Cretácico y el Paleógeno importantes cambios en la evolución molecular de las aves. Esas transformaciones estaban relacionadas con el desarrollo, la masa corporal y el metabolismo.

Las posibles ventajas de los supervivientes incluyen:

✅ Tamaño corporal reducido, que requería menos alimento.

✅ Dieta flexible, capaz de aprovechar semillas, insectos y restos orgánicos.

✅ Vida principalmente terrestre, menos dependiente de los bosques destruidos.

✅ Crecimiento y reproducción rápidos, esenciales para recuperar las poblaciones.

✅ Metabolismo eficiente, capaz de responder a cambios ambientales extremos.

✅ Plumaje denso y aislante, útil frente al invierno de impacto.

✅ Muda regular, necesaria para conservar las funciones de las plumas.

La nueva investigación no identifica una cualidad milagrosa. Refuerza una explicación multifactorial en la que la fisiología, la ecología y la historia vital inclinaron conjuntamente la balanza.

Un fragmento de ámbar conserva parte de la cola emplumada de un pequeño dinosaurio de hace unos 99 millones de años, una muestra excepcional de cómo eran las plumas primitivas del Cretácico.

Un fragmento de ámbar conserva parte de la cola emplumada de un pequeño dinosaurio de hace unos 99 millones de años, una muestra excepcional de cómo eran las plumas primitivas del Cretácico. Cortesía: R. C. McKellar /Saskatchewan Museum

Los coprolitos, un archivo paleontológico poco explorado

🗣️ «Rara vez encontramos fósiles de aves y todavía más raramente sus plumas —destaca Greg Wilson Mantilla, profesor de la Universidad de Washington y conservador de Paleontología de Vertebrados del Museo Burke de Seattle, en Washington. Y añade—: Además, encontrar estas plumas dentro del excremento fosilizado de un gran dinosaurio nos abre una ventana increíble a las interacciones entre depredadores y presas de hace 66 millones de años».

El trabajo también demuestra que algunos fósiles aparentemente modestos pueden contener una información extraordinaria. Los coprolitos permiten reconstruir la dieta de los animales, las cadenas alimentarias e incluso características anatómicas de especies cuyos restos rara vez se conservan.

«Me sentí como una detective, reuniendo todas esas pequeñas pistas», reconoce O’Connor.

La pluma solo fue descubierta porque el coprolito se partió por el lugar adecuado y dejó una porción expuesta. Fue, en palabras de la paleontóloga, «literalmente un golpe de suerte».

Ahora los investigadores esperan que otros equipos comiencen a examinar coprolitos mediante tomografía computarizada. Dentro de estos excrementos fosilizados podrían ocultarse nuevas plumas, escamas, huesos y tejidos capaces de reconstruir las relaciones ecológicas de la era de los dinosaurios.▪️(10-septiembre-2026)

⏱️ LO MÁS IMPORTANTE DEL ESTUDIO, EN 30 SEGUNDOS

  • Una pluma en un excremento fósil: un coprolito de hace unos 66 millones de años conserva plumas, huesos de un ave acuática y escamas de pez.
  • Una comida del Cretácico: el excremento pudo pertenecer a un gran dinosaurio carnívoro, quizá un Tyrannosaurus rex o un Nanotyrannus, aunque su identidad no está confirmada.
  • Un ave buceadora como víctima: los restos pertenecen a un hesperornitiforme, un grupo de aves acuáticas dentadas, muchas de ellas incapaces de volar.
  • Un plumaje entre lo primitivo y lo moderno: algunas plumas parecen impermeables, pero otras eran pequeñas y suaves, similares a las de ciertos dinosaurios emplumados.
  • Menor protección contra el frío: ese plumaje corporal pudo proporcionar un aislamiento térmico menos eficaz que el de las aves modernas.
  • Una posible desventaja tras el asteroide: durante el invierno global provocado por el impacto, conservar el calor gastando poca energía habría sido esencial para sobrevivir.
  • La muda también pudo resultar decisiva: las aves modernas quizá renovaban sus plumas con mayor frecuencia y eficacia, manteniendo mejor su aislamiento, impermeabilidad y capacidad de vuelo.
  • No hubo una única cualidad milagrosa: pequeño tamaño, dieta flexible, vida terrestre, metabolismo eficiente y plumaje aislante pudieron favorecer conjuntamente a las aves supervivientes.
  • Los coprolitos esconden información excepcional: la tomografía computarizada puede revelar en su interior plumas, huesos y otras pruebas directas de antiguas cadenas alimentarias.
  • Una hipótesis todavía abierta: el fósil no resuelve definitivamente el enigma, pero añade una nueva pista para explicar por qué solo algunas aves sobrevivieron a la extinción masiva.
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