Veneno en flechas de hace 60.000 años, la prueba química que reescribe la historia de las armas humanas
Restos microscópicos de un potente veneno vegetal hallados en puntas de flecha de Sudáfrica demuestran que los humanos ya cazaban con armas envenenadas hace 60.000 años. El hallazgo, basado en análisis químicos directos, muestra una capacidad tecnológica y cognitiva mucho más avanzada de lo que se creía en el Pleistoceno.
Por Enrique Coperías, periodista científico
Recreación artística de un cazador del Pleistoceno en el sur de África preparando una flecha envenenada con extracto vegetal. Restos químicos hallados en puntas de flecha de hace 60.000 años en el yacimiento de Umhlatuzana (Sudáfrica) demuestran que los humanos ya utilizaban venenos vegetales, como los derivados de Boophone disticha, para mejorar la eficacia de la caza. Crédito: IA-DALL-E-RexMolón Producciones
Hace unos 60.000 años, en algún punto del actual KwaZulu-Natal, en la costa oriental de Sudáfrica, un cazador tensó el arco y lanzó una flecha diminuta, casi frágil a primera vista.
No confiaba en la fuerza del impacto ni en la profundidad de la herida. Apostaba por algo más sutil y poderoso: un veneno vegetal cuidadosamente extraído, preparado y aplicado sobre la punta de piedra. Aquella decisión, repetida durante generaciones, dejó una huella química inequívoca que hoy permite a la arqueología retroceder el uso probado del veneno en armas de caza hasta el Pleistoceno medio. Es, hasta donde sabemos, el veneno en flecha más antiguo del mundo.
El hallazgo, publicado en la revista Science Advances, aporta la primera evidencia directa de que los seres humanos ya usaban armas envenenadas hace 60.000 años en el sur de África. No se trata de una conjetura basada en analogías etnográficas o en el tamaño de las puntas, sino de una prueba molecular: restos de alcaloides tóxicos de origen vegetal identificados sobre microlitos de cuarzo que formaban parte de flechas prehistóricas.
🗣️«Esta es la evidencia directa más antigua de que los seres humanos utilizaron veneno en flechas. Demuestra que nuestros antepasados en el sur de África no solo inventaron el arco y la flecha mucho antes de lo que se pensaba, sino que también comprendían cómo utilizar la química de la naturaleza para aumentar la eficacia de la caza», explica Marlize Lombard, arqueóloga del Palaeo-Research Institute de la Universidad de Johannesburgo y coautora de la investigación.
Un rastro químico inesperado
El estudio se centra en el yacimiento de Umhlatuzana Rock Shelter, un abrigo rocoso excavado de forma sistemática desde finales del siglo XX y conocido por su larga secuencia arqueológica, que cubre más de 100.000 años de ocupación humana. En uno de sus niveles, datado con técnicas de luminiscencia en unos 60.000 años, aparecieron pequeños fragmentos de piedra —microlitos con un dorso retocado— que desde hace tiempo se interpretan como puntas o barbas de flecha.
La novedad llega al analizar, con técnicas de cromatografía de gases y espectrometría de masas, residuos microscópicos aún adheridos a estas piezas. En cinco de los diez microlitos estudiados, los investigadores detectaron dos compuestos muy concretos: buphanidrina y epibuphanisina. Ambos son alcaloides tóxicos característicos de ciertas plantas de la familia de las amarilidáceas, y en particular de Boophone disticha, una especie herbácea bien conocida en el sur de África por su uso histórico como veneno de flechas.
La identificación de las dos sustancias no es trivial. Tras decenas de miles de años, la mayoría de los compuestos orgánicos se degradan. Pero estos alcaloides, relativamente estables desde el punto de vista químico, han sobrevivido lo suficiente como para dejar una firma detectable.
🗣️ «Encontrar restos del mismo veneno tanto en puntas de flecha prehistóricas como históricas fue crucial — señala Sven Isaksson, profesor del Archaeological Research Laboratory de la Universidad de Estocolmo, en Suecia, y responsable de los análisis químicos. Y añade—: Al estudiar cuidadosamente la estructura química de estas sustancias y extraer conclusiones sobre sus propiedades, pudimos determinar que son lo bastante estables como para sobrevivir tanto tiempo enterradas».
Para descartar contaminaciones modernas o errores de interpretación, el equipo comparó los resultados con flechas envenenadas de hace unos 250 años conservadas en museos y con extractos de Boophone actuales. El patrón químico coincidía.
«Este es el resultado de una colaboración larga y estrecha entre investigadores de Sudáfrica y Suecia. Poder identificar juntos el veneno de flecha más antiguo del mundo ha sido una tarea compleja y resulta enormemente estimulante para continuar investigando», añade Isaksson.
El poder letal de una planta
Boophone disticha, conocida localmente como gifbol —literalmente, bulbo venenoso—, es una planta de aspecto llamativo: hojas dispuestas en abanico, una gran inflorescencia esférica y un bulbo subterráneo cargado de sustancias tóxicas. Los registros históricos describen cómo los pueblos cazadores-recolectores del sur de África utilizaban el exudado lechoso del bulbo para impregnar las puntas de sus flechas.
El veneno no mataba al instante. Su eficacia residía en otra estrategia: provocar un colapso progresivo del animal herido, que podía correr durante kilómetros antes de sucumbir. El cazador debía entonces seguir el rastro durante horas o incluso días. Era una forma de caza basada en la persistencia, el conocimiento del comportamiento animal y una planificación a largo plazo.
Que esta misma lógica estuviera ya en funcionamiento hace 60.000 años cambia de forma sustancial nuestra imagen de las capacidades tecnológicas y cognitivas de aquellos humanos. No basta con saber tallar una piedra: hay que identificar una planta adecuada, procesarla correctamente, dosificar el veneno y confiar en un efecto retardado que no se ve de inmediato.
🗣️ «También resulta fascinante comprobar que las personas tenían un conocimiento tan profundo y duradero sobre el uso de las plantas», subraya Isaksson.
Ambas caras de una de las puntas de flecha analizadas en el estudio. En la imagen de la izquierda se aprecian los restos orgánicos en los que se identificaron los residuos de veneno vegetal. Cortesía: Marlize Lombard.
Flechas pequeñas, ideas grandes
Los microlitos de Umhlatuzana son diminutos. Algunos miden apenas un centímetro y medio de largo. Su tamaño ha intrigado durante décadas a los arqueólogos. No parecen pensados para infligir heridas profundas ni para derribar presas por impacto. Sin embargo, vistos como soportes de veneno, encajan a la perfección.
El análisis microscópico muestra fracturas y estrías compatibles con su uso como proyectiles, y la distribución de los residuos indica que estaban enmangados transversalmente en el asta de la flecha. Es decir, formaban una pequeña hoja cortante diseñada para desprenderse dentro del cuerpo del animal y liberar allí la sustancia tóxica.
Este tipo de armamento exige una cadena operativa compleja. Implica adhesivos —a menudo mezclas de resinas, gomas vegetales y ocre—, un diseño preciso del arma y una comprensión causal del proceso: la flecha no mata por sí sola, lo hace el veneno que transporta.
Cognición en acción
Los autores del estudio subrayan que el uso de venenos es un excelente indicador de pensamiento abstracto. A diferencia de una lanza o un garrote, el veneno no actúa por fuerza física visible. Su efecto es invisible, diferido y depende de procesos internos del cuerpo de la presa. Apostar por él implica inhibir la respuesta inmediata —el animal no cae— y confiar en un resultado futuro.
Desde el punto de vista cognitivo, esto requiere memoria de trabajo, planificación, capacidad de anticipar consecuencias y un conocimiento profundo del entorno. No es casual que este tipo de tecnologías aparezca en África en un periodo de intensa innovación cultural, asociado al llamado tecnocomplejo Howiesons Poort.
🗣️ «El uso de veneno en flechas requiere planificación, paciencia y una comprensión de la relación causa-efecto. Es una señal clara de pensamiento avanzado en los primeros seres humanos», explica Anders Högberg, profesor del Departamento de Ciencias Culturales de la Universidad de Linneo, en Suecia, y tercer científico implicado en este estudio.
Durante esas decenas de miles de años, los grupos humanos del sur de África desarrollaron herramientas especializadas, uso simbólico de pigmentos, adhesivos complejos y estrategias de subsistencia muy refinadas. El veneno de flecha se suma ahora a esa lista como una de las innovaciones tecnológicas más sofisticadas.
Una de las puntas de flecha de piedra halladas en el yacimiento de Umhlatuzana, en Sudáfrica, analizada al microscopio. Los investigadores identificaron en ella restos de dos sustancias tóxicas de origen vegetal y residuos rojizos de un adhesivo envenenado. Las imágenes ampliadas muestran marcas microscópicas producidas por el impacto, que confirman que la pieza fue utilizada como punta de flecha hace unos 60.000 años. Cortesía: Sven Isaksson et al
Más allá de la especulación
Hasta ahora, la idea de flechas envenenadas tan antiguas se apoyaba en comparaciones con pueblos cazadores-recolectores recientes y en interpretaciones funcionales de los microlitos. Existían indicios indirectos —como posibles aplicadores de veneno o restos orgánicos ambiguos—, pero ninguna prueba directa e inequívoca.
Este estudio marca un antes y un después porque aporta datos moleculares específicos, difíciles de explicar por azar o contaminación. La presencia reiterada de buphanidrina en varias piezas, asociadas a un mismo nivel arqueológico bien datado y estratigráficamente estable, refuerza la solidez de la conclusión.
Además, la elección de Boophone disticha no parece casual. Aunque otras amarilidáceas contienen alcaloides similares, esta especie es la única documentada de forma consistente como fuente de veneno para flechas en el sur de África. Su ecología —resistente a sequías y fuegos, con bulbos que pueden vivir más de un siglo— hace plausible que estuviera disponible para las poblaciones humanas del Pleistoceno.
Reescribir la historia de la caza
El descubrimiento obliga a reconsiderar cuándo y cómo surgieron las armas de caza más complejas. Si hace 60.000 años ya se dominaba el uso de venenos vegetales, es probable que estas prácticas tengan raíces aún más profundas. También sugiere que la caza con arco y flecha, lejos de ser una innovación tardía, formaba parte del repertorio tecnológico humano mucho antes de la expansión fuera de África.
En última instancia, estos microlitos envenenados hablan de algo más que de técnicas de subsistencia. Hablan de transmisión de conocimiento, de experimentación acumulada y de una relación íntima con el paisaje y sus recursos. Cada flecha era el resultado de una red de saberes botánicos, técnicos y sociales.
Sesenta mil años después, ese conocimiento ha dejado una huella casi invisible, preservada en moléculas microscópicas. Leerlas ha requerido instrumentos modernos y una arqueología interdisciplinar. Pero el mensaje es claro: los humanos del Pleistoceno no solo cazaban. Pensaban, planificaban y transformaban la naturaleza con una sofisticación que aún seguimos aprendiendo a reconocer.▪️
Información facilitada por la Universidad de Estocolomo
Fuente: Sven Isaksson et al. Direct evidence for poison use on microlithic arrowheads in Southern Africa at 60,000 years ago. Science Advances (2026). DOI: 10.1126/sciadv.adz3281

