La huella climática del mejor amigo del hombre: cómo la alimentación de los perros puede contaminar más que la de sus dueños

Un estudio científico apunta a que la comida que ponemos cada día en el plato de nuestros perros puede generar más emisiones que la dieta de sus propios dueños. Las dietas ricas en carne, cada vez más populares, sitúan a la alimentación canina como un actor inesperado en la crisis climática, con emisiones de CO₂ que compiten con las de la aviación comercial mundial.

Por Enrique Coperías, periodista científico

La alimentación de los perros, especialmente las dietas ricas en carne, puede generar una huella climática mayor que la dieta de sus propios dueños, según un estudio científico reciente.

La alimentación de los perros, especialmente las dietas ricas en carne, puede generar una huella climática mayor que la dieta de sus propios dueños, según un estudio científico reciente. Foto: Kabo

Para muchos dueños de peludos, la alimentación de los perros es una cuestión de afecto, salud y responsabilidad. Se busca lo mejor: ingredientes naturales, carne de calidad, fórmulas sin cereales e incluso dietas crudas que prometen reproducir la alimentación ancestral del lobo.

Sin embargo, un nuevo estudio científico pone cifras a una realidad incómoda: en numerosos hogares, la dieta del perro puede tener un impacto climático mayor que la de su propietario.

La investigación, publicada en la revista Journal of Cleaner Production, ha analizado casi mil alimentos comerciales para perros vendidos en el Reino Unido y concluye que la producción de sus ingredientes genera entre el 0,9% y el 1,3% de todas las emisiones de gases de efecto invernadero del país.

En términos del sistema alimentario, la cifra asciende hasta el 3,7%. El resultado es llamativo no solo por su magnitud, sino por lo que revela sobre cómo las decisiones cotidianas, incluso las que afectan a nuestros animales de compañía, contribuyen al calentamiento global.

El trabajo ha sido realizado por un equipo de investigadores de las universidades de Edimburgo y Exeter, que se propuso resolver un problema que llevaba años generando resultados contradictorios: cuánto contaminan realmente los alimentos para perros y qué factores explican las enormes diferencias entre unos productos y otros. La respuesta, según muestran los datos, está en la carne. Pero no en cualquier carne.

Carne «de primera» frente a subproductos

Una de las claves del estudio es la distinción entre carne destinada al consumo humano —filetes, pechugas, cortes nobles— y los llamados subproductos animales: vísceras, grasas, harinas cárnicas y otras partes del animal que raramente llegan al plato de las personas, pero que se utilizan de forma habitual en los piensos para perros. Desde el punto de vista ambiental, esta diferencia es crucial.

Cuando los alimentos para perros se elaboran principalmente con subproductos, su impacto climático es mucho menor. En cambio, cuando recurren a carne de primera, la huella se dispara. Según los cálculos del equipo, la intensidad de emisiones puede variar más de 65 veces entre un alimento y otro, dependiendo sobre todo de la proporción y el tipo de carne utilizada.

Las dietas crudas, las fórmulas sin cereales y muchos alimentos húmedos se sitúan sistemáticamente entre los más contaminantes. En estos productos, la carne de alta calidad puede representar más del 50% del peso en materia seca. Por el contrario, los piensos secos convencionales, con mayor presencia de cereales y subproductos, tienden a tener una huella mucho menor.

👉 «La carne es el principal motor del impacto ambiental —explican los autores—. Y cuanto más se parece la dieta del perro a la dieta carnívora humana, mayor es su coste climático».

Perros sanos, bien alimentados y con baja huella ambiental

El investigador principal del estudio, John Harvey, de la Royal (Dick) School of Veterinary Studies de la Universidad de Edimburgo, señala que esta tensión entre ideales y consecuencias es algo que observa a diario en su trabajo: «Como veterinario que trabaja en sostenibilidad ambiental, veo con frecuencia a propietarios divididos entre la idea del perro como un lobo carnívoro y su deseo de reducir el daño ambiental. Nuestra investigación muestra hasta qué punto el impacto climático de la alimentación canina es realmente grande y variable».

En palabras de Harvey, «es importante que los dueños sepan que elegir alimentos sin cereales, húmedos o crudos puede conllevar impactos mayores en comparación con los piensos secos convencionales. La industria de la alimentación para mascotas debería asegurarse de que los cortes de carne utilizados sean de los que normalmente no se destinan al consumo humano y de que el etiquetado sea claro».

Para este investigador, «estos pasos pueden ayudarnos a tener perros sanos, bien alimentados y con una menor huella ambiental sobre el planeta».

Más emisiones que una dieta vegana… y a veces que una carnívora

El estudio permite llevar a cabo comparaciones que ayudan a poner las cifras en contexto. Alimentar a un perro de tamaño medio (unos 20 kilos) con una dieta húmeda o cruda rica en carne genera, de media, más emisiones que la dieta vegana de una persona en el Reino Unido. En el caso de las dietas crudas basadas en carne de vacuno, la huella puede incluso superar la de una dieta humana rica en carne.

Mientras que entre distintos patrones alimentarios humanos la diferencia de emisiones suele ser de dos o tres veces, entre los alimentos para perros analizados la brecha puede multiplicarse por más de cien. «La variabilidad es enorme —subraya el estudio—, mucho mayor que la que observamos en la alimentación humana».

Este contraste se debe en parte a que los perros no eligen su comida. Son los propietarios quienes deciden, a menudo influenciados por tendencias del mercado que asocian lo natural, lo sin cereales o lo crudo con una mayor calidad, sin que exista una base científica clara que respalde esas percepciones desde el punto de vista nutricional o ambiental.

La producción de ingredientes para la comida de perros representa hasta el 1,3% de las emisiones totales de gases de efecto invernadero en el Reino Unido.

La producción de ingredientes para la comida de perros representa hasta el 1,3% de las emisiones totales de gases de efecto invernadero en el Reino Unido. Foto: Michael G.

Un impacto nacional… y global

En el Reino Unido viven unos trece millones de perros; en España, 9,3 millones; y en Europa, 150 millones. La comida comercial para perros que consumen —sin contar premios ni restos de comida humana— supone la emisión de entre 4,7 y 6,6 millones de toneladas de CO₂ equivalente al año, según el método de cálculo utilizado. Si todos los perros del Reino Unido se alimentaran exclusivamente con comida comercial, la cifra sería todavía mayor: hasta el 3,5% de las emisiones totales del país.

A escala global, el panorama es aún más significativo. Los investigadores estiman que la producción de ingredientes para alimentar a la población mundial de perros podría generar entre 469 y 792 millones de toneladas de CO₂ equivalente al año. Para entender la magnitud, basta una comparación: esa cifra representa entre el 59% y el 99% de las emisiones de la aviación comercial mundial.

Y, sin embargo, la alimentación de las mascotas apenas aparece en el debate público sobre el clima.

👉 «Reducir las emisiones del transporte aéreo es un objetivo prioritario para Gobiernos e instituciones —señalan los autores—. Pero el impacto climático de alimentar a perros y gatos recibe muy poca atención, a pesar de ser comparable».

El papel de los subproductos: ¿residuo o recurso?

Uno de los debates más delicados que aborda el estudio es cómo asignar la responsabilidad ambiental de los subproductos animales. ¿Debe imputarse a estos ingredientes el mismo impacto que a los cortes de carne más valiosos? Los investigadores sostienen que no hacerlo conduce a sobreestimar la huella climática de los alimentos para mascotas.

Desde una perspectiva económica, la producción de carne está impulsada por la demanda de filetes y otros productos de alto valor. Los subproductos existen como consecuencia de ese sistema y aprovecharlos para alimentar animales reduce el desperdicio alimentario. En este sentido, los autores consideran que utilizar subproductos en la comida para perros es ambientalmente preferible a descartarlos o destinarlos a usos menos eficientes.

Este matiz es clave para entender por qué los piensos secos tradicionales suelen salir mejor parados en el análisis que los alimentos premium ricos en carne de músculo. Paradójicamente, lo que muchos consumidores perciben como de menor calidad puede ser, desde el punto de vista ambiental, una opción más responsable.

Las dietas crudas, húmedas o sin cereales concentran los mayores impactos ambientales, mientras que los piensos secos convencionales resultan menos contaminantes.

Las dietas crudas, húmedas o sin cereales concentran los mayores impactos ambientales, mientras que los piensos secos convencionales resultan menos contaminantes. Foto: Ayla Verschueren

¿Y las alternativas vegetales?

El estudio también incluye alimentos para perros de base vegetal. Aunque el número de productos analizados es todavía reducido, los resultados apuntan a que estas dietas vegetales tienen, de forma consistente, un impacto ambiental menor que las dietas cárnicas.

En términos de emisiones, uso de suelo y eutrofización, las diferencias son claras.

No obstante, los autores del trabajo se muestran prudentes. Subrayan que cualquier recomendación debe tener en cuenta la salud del animal y la adecuación nutricional, y que hacen falta más estudios a largo plazo sobre dietas vegetales para perros. Aun así, desde el punto de vista climático, la tendencia es inequívoca: menos carne implica menos emisiones.

Decisiones cotidianas con consecuencias globales

El mensaje final del estudio no es una llamada a eliminar a los perros de nuestras vidas, sino a repensar cómo los alimentamos. Cambios relativamente pequeños —elegir alimentos secos frente a húmedos, evitar dietas crudas ricas en carne de vacuno, priorizar el uso de subproductos animales— podrían reducir de forma significativa la huella climática de millones de hogares.

👉 «En muchas familias, el impacto ambiental de alimentar a un solo perro supera al de la dieta de su dueño. Reconocer esta realidad es el primer paso para reducirla», concluyen los autores.

En un mundo que se enfrenta a los efectos cada vez más visibles del cambio climático, la relación entre humanos y animales de compañía añade una capa más de complejidad. Cuidar de nuestros perros seguirá siendo un acto de afecto. Pero, como sugiere este estudio, quizá también deba convertirse en un ejercicio de responsabilidad ambiental.

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