Alcohol y cerebro adolescente: una señal precoz que podría predecir quién empezará a beber antes de los 15 años

Antes del primer sorbo, el cerebro ya puede estar enviando señales. Un estudio internacional detecta patrones de desarrollo cerebral en niños de nueve y diez años que podrían anticipar el inicio precoz del consumo de alcohol en la adolescencia.

Por Enrique Coperías, periodista científico

El consumo de alcohol se inicia en España en torno a los 13 años y forma parte habitual del ocio juvenil: tres de cada cuatro adolescentes lo han probado, seis de cada diez se han emborrachado alguna vez y uno de cada tres lo ha hecho en el último mes. Foto de Abstral Official en Unsplash

Un grupo de investigadores de Australia y Estados Unidos ha encontrado una posible señal temprana en el cerebro que podría ayudar a anticipar qué adolescentes comenzarán a beber alcohol antes de los quince años. No se trata de una región concreta ni de un daño provocado por el consumo de alcohol, sino de la forma e1n que distintas áreas cerebrales están conectadas entre sí antes incluso de que los jóvenes prueben su primera copa.

El hallazgo sugiere que ciertas configuraciones de las redes cerebrales, esto es, los sistemas de conexión entre distintas regiones del cerebro que trabajan juntas para procesar información, podrían actuar como marcador de vulnerabilidad temprana al inicio precoz del consumo de alcohol.

El estudio científico, publicado en la revista Translational Psychiatry, se basa en datos del proyecto Adolescent Brain Cognitive Development (ABCD), una de las mayores investigaciones longitudinales sobre desarrollo cerebral infantil y adolescente. En este trabajo se analizaron escáneres cerebrales de miles de niños de entre nueve y diez años que, en el momento de la resonancia magnética, prácticamente no habían estado expuestos al alcohol. Los científicos siguieron después su evolución durante cuatro años para comprobar quiénes empezaban a beber antes de cumplir los quince años.

La cuestión que guiaba la investigación era directa: ¿existen diferencias en el cerebro antes de que los adolescentes empiecen a beber alcohol que permitan anticipar quiénes lo harán antes? La respuesta, según los autores, parece ser sí, pero no en la forma que se pensaba hasta ahora.

Por qué es importante: el consumo de alcohol comienza en la adolescencia

A escala mundial, el alcohol es responsable de millones de muertes cada año y su consumo suele iniciarse durante la adolescencia. En España, el alcohol sigue siendo la sustancia psicoactiva más consumida entre menores de edad. Según las últimas encuestas estatales sobre uso de drogas en estudiantes de secundaria, más de la mitad de los adolescentes de entre catorce y dieciocho años reconoce haber bebido en el último año y la edad media de inicio se sitúa en torno a los catorce años. Aunque el consumo intensivo ha disminuido ligeramente en la última década, los episodios de borrachera y el llamado botellón continúan siendo prácticas habituales, en parte de la población adolescente española.

Comenzar a beber alcohol antes de los quince años se asocia a un mayor riesgo de desarrollar dependencia en la vida adulta, así como a problemas cognitivos, psiquiátricos y de salud física. Por ello, comprender por qué algunos jóvenes empiezan antes que otros se ha convertido en una prioridad científica y sanitaria.

En los últimos años, diversos estudios sobre el cerebro han intentado identificar señales tempranas que predigan el inicio del consumo de alcohol. Muchos se han centrado en regiones concretas —como la corteza prefrontal, implicada en el control de impulsos—, pero los resultados han sido inconsistentes. A veces se observaban diferencias en unas áreas; en otras investigaciones, en otras distintas. Esta falta de consenso llevó a los autores del nuevo trabajo a plantear una hipótesis diferente: quizá la clave no esté en regiones aisladas, sino en la organización global del cerebro como red interconectada.

Hoy se considera que el cerebro humano funciona como un sistema complejo en el que las distintas áreas no operan de forma independiente, sino coordinada. Analizar cómo se relacionan estructuralmente esas áreas —lo que se conoce como redes cerebrales— puede ofrecer una imagen más completa del desarrollo neurológico.

Cómo se hizo la investigación

Para explorar esta idea, Hollie Byrne, de la Universidad de Sídney (Austalia), y sus colegas echaron mano de imágenes de resonancia magnética estructural de niños de nueve y diez años recogidas al inicio del estudio ABCD. Con ellas, construyeron mapas de redes cerebrales basados en el grosor de la corteza cerebral: si dos regiones muestran patrones de desarrollo similares en su espesor, se considera que forman parte de la misma red estructural.

Después compararon a dos grupos: adolescentes que, en los cuatro años siguientes, declararon haber tomado al menos una bebida alcohólica completa antes de los 15, y otros que no lo hicieron. Para evitar sesgos, ambos grupos se emparejaron cuidadosamente en variables como sexo, edad, nivel educativo de los padres, exposición prenatal al alcohol o si habían probado pequeños sorbos de bebidas alcohólicas en casa. El análisis final incluyó 160 jóvenes en cada grupo.

El primer resultado fue inesperado: no había diferencias claras en el grosor de regiones cerebrales específicas entre quienes empezarían a beber alcohol y quienes no. Esto contradecía la idea de que el riesgo pudiera localizarse en áreas concretas del cerebro. Sin embargo, al analizar la organización global de las redes cerebrales surgió un patrón distinto.

El nuevo estudio científico detecta patrones en el cerebro infantil que podrían anticipar qué adolescentes empezarán a beber antes de los quince años, incluso antes del primer consumo.

El nuevo estudio científico detecta patrones en el cerebro infantil que podrían anticipar qué adolescentes empezarán a beber antes de los quince años, incluso antes del primer consumo. Foto de Nathan Dumlao en Unsplash

Cerebros más conectados y menos especializados

Los adolescentes que iniciarían el consumo temprano de alcohol mostraban, ya a los nueve o diez años, redes cerebrales con menor segregación y mayor integración. En términos sencillos, sus cerebros parecían menos organizados en módulos especializados y más interconectados entre regiones distantes.

La segregación se refiere al grado en que distintas zonas del cerebro forman subredes relativamente independientes, cada una con funciones específicas. Una alta segregación implica que existen módulos bien definidos.

✅ En cambio, la integración mide la facilidad con que la información circula entre áreas lejanas. En los futuros bebedores precoces, la segregación era menor y la integración mayor.

Este patrón sugiere un desarrollo cerebral atípico o diferente del habitual. Según los autores, podría reflejar una maduración menos sincronizada entre regiones cercanas y una mayor similitud de desarrollo entre zonas distantes del cerebro. Dicho de otra manera, la arquitectura cerebral sería más difusa y menos especializada.

Aunque no implica necesariamente un problema, este tipo de organización se ha asociado en otros estudios con conductas de riesgo, búsqueda de sensaciones y dificultades en la autorregulación, rasgos que pueden favorecer el inicio del consumo de alcohol.

Diferencias presentes antes de probar el alcohol

Una de las claves del estudio es que los participantes apenas habían consumido alcohol cuando se tomaron las imágenes cerebrales. Esto permite interpretar las diferencias como características previas al consumo, no como consecuencias del mismo. Investigaciones anteriores habían detectado patrones similares en adolescentes con consumo intensivo, pero era difícil saber si esas diferencias se debían al alcohol o existían antes.

Al encontrar el mismo perfil en niños que aún no bebían, el trabajo sugiere que ciertos rasgos de la organización del cerebro podrían actuar como marcador de vulnerabilidad. Es decir, no determinan que un adolescente vaya a beber alcohol, pero sí podrían aumentar la probabilidad de iniciarse antes.

El análisis exploratorio de variables psicológicas reforzó esta idea. Los futuros iniciadores mostraban, desde el inicio, mayores niveles de búsqueda de sensaciones —la tendencia a buscar experiencias nuevas e intensas— que sus compañeros. En cambio, no se observaron diferencias claras en otras medidas de impulsividad, problemas emocionales o rendimiento cognitivo.

Más allá de regiones aisladas

El estudio científico también pone en cuestión la estrategia tradicional de buscar «la región del cerebro del riesgo». Al no encontrar diferencias significativas en áreas concretas, pero sí en la arquitectura global de las redes cerebrales, los autores sostienen que el enfoque de red puede ser más adecuado para comprender conductas complejas como el inicio del consumo de alcohol.

Esta perspectiva encaja con la visión contemporánea del cerebro como sistema dinámico y distribuido. Rasgos como la toma de decisiones, el control de impulsos o la respuesta a recompensas no dependen de un único punto, sino de la interacción entre múltiples áreas.

Cambios sutiles en esa interacción podrían influir en la conducta años después.

Qué significa: el cerebro como indicador de vulnerabilidad

Pese a su relevancia, los propios investigadores subrayan que los resultados deben interpretarse con prudencia. El número de adolescentes que iniciaron el consumo temprano de alcohol fue relativamente pequeño, lo que puede afectar a la solidez estadística. Además, el patrón no se replicó cuando se analizaron redes basadas en el volumen cerebral en lugar del grosor cortical, lo que plantea preguntas sobre la robustez del hallazgo.

Tampoco es posible establecer relaciones directas entre la organización del cerebro y conductas individuales, ya que las redes se calcularon a nivel de grupo. Y, como en cualquier estudio observacional, no se puede afirmar que la configuración cerebral cause el inicio del consumo de alcohol: solo que está asociada a él.

Aun así, el trabajo abre una vía prometedora. A medida que el proyecto ABCD siga a los participantes hasta la edad adulta, será posible comprobar si estas diferencias se mantienen, se amplían o se relacionan con otros factores como el entorno social, la educación o la salud mental.

Qué viene ahora: prevención y nuevas investigaciones

Comprender qué factores predisponen a un inicio temprano del consumo de alcohol es esencial para diseñar estrategias preventivas eficaces. Si futuras investigaciones confirman que ciertos patrones de organización del cerebro aumentan la vulnerabilidad, podrían desarrollarse programas de prevención del alcohol en adolescentes más personalizados y tempranos.

El objetivo no sería etiquetar a los jóvenes en riesgo, sino entender mejor cómo interactúan biología, personalidad y entorno en el desarrollo de conductas de consumo. La adolescencia es una etapa de gran plasticidad cerebral y también de oportunidades: pequeñas intervenciones en el momento adecuado pueden tener efectos duraderos.

El nuevo estudio sobre el cerebro y el alcohol no ofrece respuestas definitivas, pero sí una pista significativa: antes de que aparezca la primera copa, el cerebro adolescente ya puede estar contando parte de la historia.▪️(16-febero-2026)

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