Científicos crean una ropa hecha con hongos vivos que puede repararse sola, limpiarse y biodegradarse
¿Qué pasaría si la ropa pudiera cicatrizar sus propios desgarros y desaparecer sin contaminar cuando deja de usarse? Un equipo de investigadores ha demostrado que ese futuro está más cerca gracias a un innovador tejido fabricado con hongos vivos.
Por Enrique Coperías, periodista científico
Recreación artística de cómo podría ser un desfile de moda del futuro con prendas fabricadas a partir de tejidos vivos de hongos. Crédito: IA-DALL-E / Rexmolón Producciones
La imagen resulta más que horripilante: un hongo del género Cordyceps invade el cuerpo de un insecto, lo coloniza y acaba brotando de él. Esa inquietante estrategia de supervivencia convirtió a estos organismos en los grandes protagonistas de la serie The Last of Us (2023), creada por Craig Mazin y Neil Druckmann para HBO y donde una versión ficticia del hongo es capaz de infectar a los seres humanos y transformarlos en criaturas violentas.
La realidad, sin embargo, es mucho menos terrorífica... y mucho más fascinante.
Un equipo de investigadores de la Academia China de las Ciencias acaba de demostrar que uno de estos hongos, el Cordyceps militaris, puede convertirse en la base de una nueva generación de materiales vivos capaces de crecer, repararse, limpiarse y, cuando llega el final de su vida útil, desaparecer casi por completo sin dejar residuos permanentes. El trabajo, publicado en la revista Science Advances, presenta un concepto que hasta hace pocos años pertenecía más a la ciencia ficción que a los laboratorios: un tejido fabricado con organismos vivos que sigue conservando parte de su actividad biológica incluso después de convertirse en una prenda de vestir.
No se trata simplemente de un cuero vegetal ni de un sustituto del algodón elaborado con micelio —la red de finísimos filamentos, llamados hifas, que constituye el verdadero cuerpo del hongo—, como ya existen algunos en el mercado. La diferencia fundamental es que este material continúa vivo. Esa característica le permite desarrollar funciones imposibles para los tejidos convencionales.
Un tejido que no se fabrica: se cultiva
Los investigadores no parten de fibras textiles tradicionales ni utilizan polímeros sintéticos como soporte. Todo comienza cultivando el hongo Cordyceps militaris en un medio líquido hasta que forma pequeños agregados esféricos de micelio, conocidos como pellets. Cada uno de ellos está formado por una maraña de finísimos filamentos —las hifas— que constituyen el auténtico cuerpo del hongo, el micelo.
Una vez obtenidos, estos pequeños gránulos se lavan y se depositan en moldes con la forma deseada. Durante el secado, las hifas se entrelazan de manera natural y acaban formando una lámina continua, resistente y completamente autosustentada, sin necesidad de tejidos, mallas o estructuras adicionales. Son las propias células del hongo las que construyen el material.
El resultado inicial, sin embargo, presentaba un inconveniente importante: era demasiado rígido y quebradizo para utilizarse como un tejido.
La solución llegó mediante un ingrediente tan sencillo como el glicerol. Este compuesto, también conocido como glicerina, actúa como plastificante, ya que se introduce entre las moléculas que forman las paredes celulares del hongo y reduce las uniones que las mantienen rígidas. El material gana así flexibilidad sin perder su estructura.
Los experimentos demostraron que una concentración moderada de glicerol proporciona el mejor equilibrio entre resistencia mecánica y elasticidad. Con ello, las láminas pueden doblarse, enrollarse e incluso estirarse sin romperse, aproximándose mucho más al comportamiento de materiales textiles convencionales.
El hongo Cordyceps emerge del cuerpo de una avispa tras completar su ciclo de infección. Aunque este comportamiento ha inspirado historias de ciencia ficción como The Last of Us, investigadores han aprovechado otra especie del mismo género, Cordyceps militaris, para desarrollar un innovador tejido vivo capaz de autorrepararse, limpiarse solo y biodegradarse al final de su vida útil. Cortesía: Erich G. Vallery, USDA Forest Service
Qué es un tejido vivo y por qué supone un cambio de paradigma
Lo más innovador del estudio no reside únicamente en fabricar un material con un hongo, sino en conservar vivas sus células durante todo el proceso.
En la mayoría de los materiales basados en micelio desarrollados hasta ahora, el hongo se mata mediante calor o tratamientos químicos antes de fabricar el producto final. Eso garantiza estabilidad, pero elimina cualquier posibilidad de que el material siga evolucionando.
Aquí ocurre exactamente lo contrario.
Las células permanecen metabólicamente activas, aunque en estado latente cuando el ambiente es seco. Si vuelven a disponer de humedad y nutrientes, el hongo reactiva parte de su crecimiento.
Esa capacidad abre la puerta a un concepto completamente nuevo: materiales que no permanecen estáticos durante toda su existencia, sino que pueden modificar algunas de sus propiedades después de haber sido fabricados.
Los investigadores hablan de materiales vivos programables, una categoría emergente en el mundo de los biomateriales que combina la ingeniería de materiales con la biología sintética.
Prototipo de vestido confeccionado con un tejido vivo elaborado a partir del hongo Cordyceps militaris. Cortesía: Ke Li
Cuando un roto deja de ser un problema
Uno de los ejemplos más llamativos del nuevo tejido es la autorreparación.
Si la lámina sufre un corte o un agujero, basta con rellenar la zona dañada con nuevo micelio fresco. Las hifas vuelven a crecer sobre la rotura y reconstruyen el material de manera natural, sin pegamentos ni adhesivos.
Las pruebas realizadas por el equipo muestran que, incluso tras diez ciclos sucesivos de reparación, el tejido conserva cerca del 90 % de su rigidez original y mantiene las propiedades superficiales que le permiten repeler el agua.
No es exactamente la misma autorreparación que imaginamos en la ciencia ficción, donde un tejido recompone al instante un desgarro mientras lo llevamos puesto. El proceso necesita humedad, nutrientes y un tiempo de crecimiento. Pero supone una demostración de que un material textil puede regenerarse utilizando soloe sus propios mecanismos biológicos.
Un armario lleno de microorganismos colaboradores
Otra de las ideas más originales del trabajo consiste en utilizar otros microorganismos como si fueran accesorios biológicos capaces de añadir nuevas funciones al tejido.
En lugar de modificar genéticamente el propio hongo —una tarea compleja—, los científicos incorporaron levaduras modificadas que producen pigmentos naturales.
Levaduras que dan color
Estas levaduras permanecen adheridas al micelio gracias a proteínas capaces de unirse a la quitina, uno de los principales componentes de las paredes celulares del hongo. El resultado es un sistema modular en el que basta cambiar el microorganismo añadido para modificar el comportamiento del material.
Algunas levaduras generan pigmentos naranjas mediante carotenoides; otras producen tonos púrpura gracias a la violaceína; otras crean colores azules o rojizos utilizando distintas rutas bioquímicas. Así, el tejido adquiere su color directamente mediante procesos biológicos, evitando el empleo de muchos de los tintes sintéticos utilizados por la industria textil, responsables de un elevado consumo de agua y de importantes problemas de contaminación.
La ventaja es doble. Por un lado, la coloración se integra durante la fabricación del propio material. Por otro, basta sustituir el microorganismo utilizado para obtener nuevas tonalidades sin modificar el resto del proceso de producción.
Cómo funciona el tejido que se limpia solo gracias a un hongo vivo
Los investigadores también aprovecharon otra característica natural del hongo: su capacidad para desarrollar hifas aéreas cuando dispone de humedad y nutrientes.
Estas diminutas estructuras forman una superficie extremadamente rugosa a escala microscópica, lo que hace que las gotas de agua apenas puedan adherirse al material. En las pruebas realizadas, las gotas permanecían prácticamente esféricas y rodaban sobre la superficie llevándose consigo partículas de suciedad, un efecto similar al conocido efecto loto de autolimpieza que presentan las hojas de algunas plantas, como la flor de loto (Nelumbo) y especies de los géneros Tropaeolum, Opuntia y Alchemilla.
El resultado es un tejido capaz de autolimpiarse sin necesidad de tratamientos químicos ni recubrimientos sintéticos.
Lo interesante es que esa propiedad no se consigue mediante nanopartículas ni compuestos fluorados —habituales en muchos tejidos hidrófugos comerciales—, sino simplemente aprovechando la propia arquitectura biológica del hongo. Si la superficie se daña, basta con estimular de nuevo el crecimiento del micelio para que vuelva a regenerarse y recupere esa capacidad repelente al agua.
Un escudo natural frente a la radiación ultravioleta
El sistema admite además incorporar otros hongos con funciones completamente distintas.
Para demostrarlo, los investigadores utilizaron Aspergillus niger, un moho muy común que crece sobre frutas y verduras y que produce grandes cantidades de melanina, el mismo pigmento que protege nuestra piel frente a la radiación solar.
Al pulverizar sus esporas sobre la superficie del tejido, estas germinan y forman una fina capa rica en melanina que actúa como un filtro natural frente a la radiación ultravioleta.
Las mediciones confirmaron un aumento muy notable en la absorción de los rayos UV y una importante actividad antioxidante. En otras palabras, el tejido adquiere una protección solar integrada sin recurrir a aditivos químicos o nanopartículas, una estrategia que podría resultar especialmente interesante para prendas de exterior, materiales arquitectónicos o envases biodegradables.
El vestido ya existe... aunque nadie se ha atrevido a ponérselo
Para demostrar que todo este concepto puede trasladarse a un objeto real, el equipo confeccionó un vestido utilizando diferentes piezas del material.
Cada parte cumplía una función específica:
✅ El cuerpo principal estaba formado por tejidos coloreados biológicamente mediante levaduras modificadas.
✅ El cuello incorporaba patrones creados estimulando el crecimiento localizado del hongo.
✅ El volante inferior utilizaba superficies cubiertas por hifas aéreas, responsables de la capacidad de autolimpieza.
El resultado recuerda más a una pieza de alta costura experimental que a una prenda comercial. De hecho, sus propios creadores reconocen que se trata de una pieza de exhibición confeccionada en una talla pequeña y que todavía nadie la ha llevado puesta.
🗣️ «Quizá la próxima vez deberíamos encontrar algunos voluntarios pequeños y aventureros para probárselo y ver cómo se comporta en movimiento», bromea Ke Li, experta en biología sintética de la Academia China de las Ciencias y autora principal del trabajo.
La observación refleja perfectamente el estado actual de la investigación: el concepto funciona, pero aún queda mucho camino antes de que podamos encontrar este tipo de prendas en las tiendas.
Cada semana, cientos de miles de prendas desechadas llegan a Ghana, donde muchas terminan acumulándose en playas y vertederos, convirtiéndose en una grave fuente de contaminación. Materiales biodegradables como los tejidos vivos desarrollados con hongos podrían contribuir en el futuro a reducir el enorme impacto ambiental generado por la moda rápida. Cortesía: © Kevin McElvaney / Greenpeace
Por qué este tejido podría reducir los residuos de la industria de la moda
Uno de los aspectos más llamativos del estudio aparece cuando el material deja de utilizarse.
Mientras que buena parte de la ropa sintética actual puede permanecer décadas o incluso siglos en el medioambiente liberando microplásticos, estas láminas de micelio casi desaparecen cuando se entierran en el suelo.
Las pruebas mostraron una degradación casi completa en apenas 41 días.
Eso convierte al material en un excelente candidato para una economía verdaderamente circular, en la que los productos regresan al medio natural sin dejar residuos persistentes.
El problema de la ropa que desechamos
Pensemos que en la necesidad de alternativas como esta resulta cada vez más evidente. La industria textil es responsable de entre el 8 % y el 10 % de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero y de alrededor del 20 % de la contaminación industrial del agua dulce debido, sobre todo, a los procesos de teñido y acabado de los tejidos.
A ello se suma el auge de la moda rápida: según la Agencia Europea de Medio Ambiente (AEMA), cada ciudadano de la Unión Europea compró en 2022 una media de 19 kilos de ropa, calzado y textiles para el hogar, frente a los 17 kilos de 2019, mientras que ese mismo año se generaron 6,94 millones de toneladas de residuos textiles, equivalentes a 16 kilos por persona.
La inmensa mayoría de esos desechos acaba en vertederos, incineradoras o es exportada a países de África y Asia, donde una parte termina abandonada en el medio natural.
Dicho esto, los investigadores también realizaron un análisis completo del impacto ambiental del proceso de fabricación. Detectaron que todavía existen aspectos mejorables, especialmente el consumo de agua y nutrientes durante el cultivo del hongo y el empleo de glicerol para flexibilizar el material. Sin embargo, consideran que esos procesos pueden optimizarse en futuras versiones del sistema.
¿Estamos ante la vestimenta del futuro?
Como ocurre con casi todas las tecnologías emergentes, conviene distinguir entre lo que ya se ha conseguido y lo que todavía pertenece al terreno de las posibilidades.
Los propios autores reconocen que estas prendas aún presentan importantes limitaciones. Su resistencia mecánica sigue siendo inferior a la de muchos tejidos comerciales, la humedad ambiental puede reactivar parcialmente la actividad biológica del hongo y todavía no se han estudiado cuestiones fundamentales como la comodidad, la transpirabilidad, la resistencia al lavado o el desgaste provocado por el uso cotidiano.
Precisamente por ello, los investigadores no imaginan, al menos de momento, un armario lleno de camisetas vivas.
Las primeras aplicaciones parecen mucho más realistas en ámbitos donde la biodegradabilidad sea una ventaja: embalajes sostenibles, instalaciones artísticas, textiles temporales, decoración, arquitectura efímera o materiales inteligentes capaces de responder al entorno durante un tiempo limitado antes de descomponerse de forma natural.
Justin Beardsley, investigador de la Universidad de Sídney (AUSTRALIA) que no ha participado en el estudio, resume bien esa dualidad. A su juicio, la extraordinaria biodegradabilidad del material supone una enorme ventaja frente al problema de los residuos generados por la moda rápida, pero también plantea un desafío evidente: nadie quiere llevar una prenda que pueda degradarse mientras la está usando.
Al mismo tiempo, Beardsley imagina una evolución todavía más ambiciosa. Si en el futuro fuera posible modificar las propiedades del tejido en tiempo real, una misma chaqueta podría hacerse impermeable cuando empieza a llover y recuperar después su transpirabilidad cuando escampe.
Puede parecer una idea futurista, pero hace apenas unos años también habría parecido ciencia ficción hablar de un vestido fabricado con un hongo vivo capaz de regenerarse, limpiarse solo y desaparecer casi por completo cuando termina su vida útil.
Ese quizá sea el verdadero valor de este trabajo. Más que presentar una nueva tela, abre la puerta a una forma completamente distinta de entender los materiales. En lugar de fabricar objetos inertes destinados a deteriorarse desde el primer día, la biología propone materiales que crecen, responden al entorno, se adaptan y, finalmente, regresan a la naturaleza.
Es un cambio de paradigma que todavía está dando sus primeros pasos, pero que podría transformar no solo la industria textil, sino también la manera en que concebimos los materiales del futuro.▪️(27-julio-2026)
LO MÁS IMPORTANTE DEL ESTUDIO, EN 30 SEGUNDOS
- El tejido está fabricado con el hongo Cordyceps militaris.
- Conserva células vivas incluso después de fabricarse.
- Puede reparar pequeños daños mediante el nuevo crecimiento del micelio.
- Se colorea utilizando levaduras modificadas genéticamente.
- Repele el agua sin utilizar productos químicos.
- Puede incorporar protección frente a la radiación ultravioleta.
- Es biodegradable y prácticamente desaparece del suelo en unos 41 días.
- Su principal aplicación inicial será la moda sostenible y otros materiales biodegradables.
BIOTECNOLOGÍA AMBIENTAL
PREGUNTAS & RESPUESTAS: Ropa y Viva
👗 ¿Qué es un tejido vivo?
Es un material fabricado con organismos vivos —en este caso el hongo Cordyceps militaris— que conserva actividad biológica y puede desarrollar funciones como crecer, repararse o responder al entorno.
👗 ¿La ropa está hecha realmente de un hongo?
Sí. El material se fabrica utilizando el micelio del hongo Cordyceps militaris, cuyos filamentos forman una lámina flexible sin necesidad de fibras textiles tradicionales.
👗 ¿Puede repararse sola?
Sí, aunque no de forma instantánea. Si el tejido se daña, puede regenerarse añadiendo nuevo micelio y proporcionando humedad y nutrientes para que el hongo vuelva a crecer.
👗 ¿Se limpia sola?
Sí. El crecimiento de hifas sobre la superficie hace que el agua resbale y arrastre la suciedad, un efecto similar al de las hojas de loto.
👗 ¿Cuánto tarda en degradarse?
En las pruebas realizadas por los investigadores, el material mostró una degradación visible casi completa tras permanecer enterrado unos 41 días.
👗 ¿Ya puede comprarse?
No. Actualmente es un prototipo de laboratorio publicado en la revista científica Science Advances y todavía no está preparado para su comercialización.
TECNOLOGÍA TEXTIL
Fuente: Ke Li et al. A programmable fungal platform for engineered living textiles. Science Advances. DOI: 10.1126/sciadv.aed6937

