Cómo el fuego cambió la evolución humana: la teoría científica que explica por qué las quemaduras moldearon nuestros genes
Un estudio científico propone que la exposición al fuego y a las quemaduras actuó como fuerza de selección natural durante más de un millón de años, influyendo en la piel, el sistema inmunitario y la biología de la especie humana.
Por Enrique Coperías, periodista científico
Grupo de humanos prehistóricos en torno al fuego. La exposición constante a quemaduras y altas temperaturas pudo actuar como una fuerza de selección natural durante la evolución humana, favoreciendo genes relacionados con la cicatrización, la inmunidad y la supervivencia frente a lesiones térmicas. Crédito: IA-DALL-E-RexMolón Producciones
El fuego y la evolución humana: una relación clave
La historia de la evolución de nuestra especie, esto es, la del Homo sapiens, ha estado iluminada por una idea poderosa: dominar el fuego nos hizo humanos. El control de las llamas permitió cocinar alimentos, ahuyentar depredadores, colonizar regiones frías y reorganizar la vida social en torno a las hogueras.
Pero un nuevo estudio publicado en la revista BioEssays y liderado por Joshua Cuddihy, del Grupo de Nocicepción del Imperial College de Londres, en el Reino Unido, propone mirar esa historia desde un ángulo menos confortable. La relación con el fuego no solo habría traído ventajas; también introdujo un riesgo constante y potencialmente letal: las quemaduras.
Y ese riesgo, sostienen los autores de un nuevo trabajo de investigación, pudo convertirse en una fuerza evolutiva decisiva.
La hipótesis de la «selección por quemaduras»
La hipótesis, bautizada como selección por quemaduras, plantea que la exposición recurrente a lesiones térmicas actuó como un agente de selección natural en la evolución humana, ya que favoreció a las variantes genéticas que mejoraban la cicatrización, la respuesta inflamatoria y la supervivencia tras las quemaduras.
Según Cuddihy y sus colegas, esta presión selectiva habría dejado huellas en el genoma humano y contribuido a moldear características fisiológicas y anatómicas de nuestra especie.
👉 Los beneficios del fuego están bien documentados. Hace al menos un millón de años, los homininos ya controlaban el fuego. Su dominio facilitó la expansión a climas fríos y oscuros, mejoró la dieta mediante la cocción de alimentos y favoreció el desarrollo tecnológico y social.
Aún hoy, el fuego nos sigue produciendo «ampollas»
El uso sistemático del fuego pudo influir incluso en la reducción del tamaño de la mandíbula y la dentición, así como en el aumento del tamaño cerebral, al permitir una mayor extracción de nutrientes y reducir el tiempo dedicado a la masticación.
Sin embargo, la cercanía constante a fuentes de calor extremo tuvo un coste inevitable: el aumento del riesgo de quemaduras.
La mayoría de los seres humanos, señalan los autores, se queman al menos una vez en la vida. En 2004, las quemaduras térmicas que requirieron atención médica causaron casi once millones de lesiones en todo el mundo y más de 180.000 muertes.
Estas cifras, sin embargo, solo reflejan una parte del problema: las quemaduras leves, mucho más frecuentes, rara vez se registran. A diferencia de otras especies, los humanos interactúan a diario con líquidos hirviendo, superficies calientes o dispositivos que alcanzan altas temperaturas, una exposición estrechamente ligada al uso del fuego y sus derivados tecnológicos.
Jugar con fuego: La exposición al calor forma parte de la historia humana: la mayoría de las personas sufre al menos una quemadura en su vida y, solo en 2004, las quemaduras térmicas causaron cerca de once millones de lesiones y más de 180.000 muertes en todo el mundo. Foto: Janne Rieck
Por qué las quemaduras son diferentes de otras heridas
Esta relación singular con el calor extremo no tiene parangón en el reino animal. Aunque algunas especies han desarrollado adaptaciones al fuego, desde insectos capaces de detectar incendios mediante sensores infrarrojos hasta aves que aprovechan las llamas para cazar, ninguna ha mantenido un contacto tan continuo e intenso con fuentes de calor como los humanos.
Esa singularidad, argumentan los investigadores, sugiere que nuestra especie pudo desarrollar adaptaciones específicas para mitigar los efectos dañinos del fuego.
Las quemaduras constituyen un tipo de trauma muy distinto de otras heridas. Mientras que los cortes o laceraciones suelen afectar áreas localizadas, las quemaduras pueden dañar grandes extensiones de piel, y alterar la barrera protectora del organismo y aumentar el riesgo de infección en los días posteriores.
Adaptación a las quemaduras graves
👉 En la era previa a los antibióticos, la infección tras una quemadura debió de ser una de las principales causas de muerte. Esta presión habría favorecido respuestas fisiológicas que aceleraran la cicatrización, limitaran la infección y restauraran rápidamente la integridad de la piel.
Además, las quemaduras desencadenan una respuesta inflamatoria intensa y prolongada, con liberación masiva de mediadores inmunitarios, cambios en la circulación y alteraciones metabólicas. Aunque esta respuesta puede resultar desproporcionada en casos de quemaduras graves, al provocar inflamación sistémica o fallo orgánico, podría haber sido adaptativa frente a lesiones más pequeñas y frecuentes, que eran las más probables en el entorno ancestral.
Los autores sugieren que la evolución habría optimizado los mecanismos de recuperación frente a quemaduras moderadas, incluso a costa de reacciones excesivas en lesiones extensas.
Evidencias genéticas: huellas de la evolución en el genoma humano
Para explorar esta hipótesis, el equipo de Cuddihy analizó genes implicados en la respuesta a quemaduras. Tras comparar la expresión génica de piel quemada y no quemada en seres humanos y ratas, lograron identificar 94 genes clave en la respuesta a las lesiones térmicas.
Posteriormente, los investigadores examinaron la evolución de estos genes en seres humanos y otros primates, con la intención de detectar señales de selección positiva. Los resultados muestran que al menos nueve de estos genes —y posiblemente hasta diecinueve— presentan signos de evolución acelerada en la línea humana, una proporción superior a la esperada por azar.
Entre los genes identificados figuran algunos relacionados con la inflamación, la inmunidad y la reparación tisular. Su evolución podría haber mejorado la respuesta temprana a la infección, la regeneración de tejidos y la supervivencia tras quemaduras.
La piel humana como posible adaptación al fuego
No obstante, los autores reconocen que estos genes también participan en respuestas a otros tipos de daño, por lo que no se puede atribuir su evolución exclusivamente a las quemaduras. Aun así, sostienen que la exposición constante al fuego habría sido un factor relevante.
La hipótesis también invita a reconsiderar características distintivas de la piel humana. Nuestra piel presenta una dermis más gruesa y una mayor densidad de glándulas sudoríparas que la de otros primates, lo que podría ofrecer cierta protección frente al calor.
Estas estructuras profundas albergan células madre capaces de regenerar el tejido tras quemaduras parciales, lo que facilita la cicatrización. Asimismo, la tendencia humana a desarrollar cicatrices hipertróficas —cicatrices anormalmente gruesas, elevadas y rojizas que se forman cuando la piel produce demasiado colágeno durante la curación— podría interpretarse como el resultado de una estrategia evolutiva que prioriza el cierre rápido de la herida para evitar infecciones, aunque ello implique pérdida de elasticidad o movilidad.
El equipo de Joshua Cuddihy identificó 94 genes clave implicados en la respuesta a quemaduras. Al menos nueve muestran señales de evolución acelerada en la línea humana y están relacionados con la inflamación, la inmunidad y la reparación tisular. Crédito: IA-Gemini-RexMolón Producciones
Dolor, sensibilidad al calor y supervivencia
El dolor asociado a las quemaduras también podría tener un valor adaptativo. La hipersensibilidad al calor tras una lesión —una respuesta especialmente intensa en la piel quemada— podría aumentar la vigilancia frente a nuevas fuentes de calor, reduciendo el riesgo de daños adicionales.
Este fenómeno, aunque desagradable, habría contribuido a la supervivencia en entornos donde el contacto con el fuego era cotidiano.
Según los autores, la selección natural actuó principalmente sobre la capacidad de recuperarse de quemaduras pequeñas o moderadas, no de las más graves, que tal vez eran casi siempre mortales en el pasado. Solo quienes sobrevivían a las lesiones podían transmitir sus genes, por lo que la evolución habría favorecido mecanismos eficaces para curar heridas relativamente limitadas y prevenir infecciones.
Esta perspectiva evolutiva plantea también interrogantes sobre la investigación médica actual. Muchos estudios sobre quemaduras se basan en modelos animales cuya piel y respuestas inmunitarias difieren de las humanas.
Una herramienta «ardiente» de progreso cultural y tecnológico
Si nuestra especie ha experimentado presiones selectivas únicas relacionadas con el fuego, es posible que sus mecanismos de reparación y respuesta inflamatoria sean igualmente singulares, lo que podría explicar las dificultades para trasladar resultados experimentales de animales a nosotros.
En última instancia, la hipótesis de la selección por quemaduras propone una lectura distinta de la historia humana. El fuego no solo habría sido una herramienta de progreso cultural y tecnológico, sino también un agente de transformación biológica. Durante cientos de miles de años, convivir con las llamas implicó riesgos constantes que pudieron dejar una huella duradera en nuestro organismo.
Al situar las quemaduras como una presión evolutiva, el estudio invita a repensar la relación entre cultura y biología. La capacidad de controlar el fuego, uno de los rasgos más definitorios de la humanidad, no solo cambió nuestra forma de vivir, sino también —posiblemente— nuestra forma de sanar y sobrevivir.
La misma fuerza que iluminó las noches de nuestros antepasados pudo haber esculpido, silenciosamente, su cuerpo y su genoma humano.▪️(5-febrero-2026)
Fuente: Joshua Cuddihy, Yuemin Li, Isobel Fisher, Zoltan Takats, Dominic Friston, Declan Collins, Marcela Vizcaychipi, Matteo Fumagalli, Istvan Nagy, Armand Leroi. Burn Selection: How Fire Injury Shaped Human Evolution. BioEssays (2026). DOI: https://doi.org/10.1002/bies.70109

