Cómo evolucionaron los perros junto a los humanos: 15.000 años adaptándose a nuestras formas de vida

El arqueólogo Peter Mitchell reconstruye en su nuevo libro, First Dogs, 15.000 años de convivencia entre humanos y perros y revela hasta qué punto ambas especies se transformaron mutuamente. Del hielo del Ártico a las selvas tropicales, los perros evolucionaron para adaptarse no solo al ambiente, sino también a las distintas formas de vida de sus compañeros humanos.

Por Enrique Coperías, periodista científico

Desde los primeros encuentros entre lobos y cazadores-recolectores hasta los perros que hoy forman parte de nuestras familias, la relación entre humanos y cánidos constituye una de las alianzas más antiguas y profundas entre dos especies.

150 siglos de historia compartida. Desde los primeros encuentros entre lobos y cazadores-recolectores hasta los perros que hoy forman parte de nuestras familias, la relación entre humanos y cánidos constituye una de las alianzas más antiguas y profundas entre dos especies. Foto de Nicholas Brownlow en Unsplash

Mucho antes de que existieran los pastores alemanes, los chihuahuas o los grandes daneses, cuando nadie podía imaginar siquiera el concepto moderno de raza, algunos lobos comenzaron a acercarse a los seres humanos. Lo que ocurrió después no fue simplemente la domesticación de un animal salvaje. Fue el comienzo de una asociación evolutiva extraordinaria.

Durante miles de años, los seres humanos y los cánidos viajaron juntos por el planeta y, allí donde llegaron, los perros fueron cambiando para encajar en las necesidades, los paisajes e incluso las culturas de las personas con las que convivían.

Un perro del Ártico debía sobrevivir al frío, alimentarse en gran medida de recursos disponibles en aquellas latitudes y ser capaz de arrastrar un trineo durante kilómetros. Un perro que acompañaba a cazadores en una selva tropical necesitaba cualidades completamente diferentes: agilidad, resistencia al calor y capacidad para encontrar presas entre una maraña de vegetación. En la meseta tibetana, el desafío era otro todavía más elemental: respirar. Y en la costa noroccidental de América del Norte hubo comunidades indígenas que criaron perros pequeños y lanudos no principalmente para cazar o transportar cargas, sino para obtener su pelo y fabricar tejidos.

El resultado es una historia en la que los perros no se limitaron a seguir nuestros pasos. Su evolución terminó reflejando las diferentes maneras de ser humano.

Qué revela la historia evolutiva de los perros

Esta es una de las ideas que vertebran First Dogs: Hunter-Gatherers and Their Canine Companions from Prehistory to the Present, publicado en 2026 por Routledge y escrito por Peter Mitchell, profesor de Arqueología Africana de la Universidad de Oxford, en el Reino Unido. Mitchell ha reunido evidencias arqueológicas, antropológicas, genéticas, históricas, ecológicas y lingüísticas para reconstruir las relaciones entre los perros y las sociedades cazadoras-recolectoras desde los primeros episodios de domesticación hasta la actualidad. El libro amplía además deliberadamente la mirada más allá de Eurasia y Norteamérica para incorporar América Latina, África y el sudeste asiático.

La historia que emerge cuestiona una imagen demasiado sencilla de la domesticación: la de unos seres humanos que un buen día capturaron lobos, escogieron los ejemplares más dóciles y comenzaron a transformarlos en perros. Para Mitchell, la relación fue probablemente mucho más larga, dinámica y bidireccional.

🗣️ «El proceso por el que los lobos grises se convirtieron en perros continúa; no estuvo marcado por un único acontecimiento que traspasara un umbral. Tal vez fue largo y prolongado», explica el arqueólogo. Y añade una idea fundamental: «La relación así construida ha sido un esfuerzo conjunto, aunque en ella, especialmente en Occidente y durante los últimos siglos, los seres humanos hayan pasado a dominar cada vez más la determinación de su forma y dirección».

Peter Mitchell y la larga historia del primer perro. El arqueólogo de la Universidad de Oxford, autor de First Dogs, reconstruye la relación entre cazadores-recolectores y cánidos para explicar cómo miles de años de convivencia, selección y adaptación transformaron al lobo en nuestro compañero más antiguo. Ilustración generada con IA.

Una relación anterior a la agricultura y la ganadería

El perro ocupa un lugar excepcional en la historia del Homo sapiens, porque fue nuestro primer animal doméstico. Cuando comenzó la transformación del lobo, todavía no existían agricultores seleccionando cereales ni ganaderos criando ovejas, cabras o vacas. Fueron comunidades de cazadores-recolectores las que iniciaron esa convivencia con un gran carnívoro que, en principio, podía competir con ellas por las mismas presas e incluso resultar peligroso.

Mitchell subraya lo insólito del proceso: ocurrió sin que nuestros ancestros dispusieran de ningún modelo previo de domesticación animal, y convirtió a un depredador poderoso en un compañero extraordinariamente versátil.

No conocemos todos los detalles de aquella transformación ni existe todavía consenso absoluto sobre cuándo y dónde comenzó. Pero sí sabemos que la relación es antiquísima. Con el tiempo, los descendientes de aquellos lobos se dispersaron junto a los seres humanos desde Eurasia hacia América y otras regiones hasta alcanzar una distribución planetaria que ningún otro animal doméstico consiguió de la misma manera.

Y lo hicieron desempeñando casi todos los oficios imaginables.

Un abanico de relaciones ser humano-perro

Los perros ayudaron a cazar osos polares y focas en el Ártico, ciervos en Europa y Japón, canguros en Australia, facóqueros en el Kalahari y guanacos en Patagonia. Transportaron equipajes sobre el lomo, arrastraron travois en las llanuras norteamericanas y se convirtieron en los motores biológicos de los trineos árticos. Sus pieles y pelos sirvieron para fabricar ropa; sus huesos y dientes se transformaron en objetos; fueron guardianes, compañeros y protagonistas de mitologías y rituales.

🗣️ «Las conexiones entre los perros, por una parte, y las personas dependientes de recursos vegetales y animales silvestres, por otra, son antiguas, diversas y profundas», resume Mitchell.

La palabra clave es diversas. Porque no existió una única relación entre humanos y perros. Hubo muchas.

Como la ecología y la cultura fueron moldeando conjuntamente a los perros

A medida que nuestra especie colonizaba ambientes radicalmente distintos, los perros entraban en ellos a nuestro lado. Pero sobrevivir en Groenlandia no exige las mismas capacidades que perseguir una presa en Nicaragua o vivir a 4.000 metros sobre el nivel del mar.

La selección natural actuó sobre las poblaciones caninas, pero también lo hizo la selección humana. Las comunidades conservaron, alimentaron o favorecieron la reproducción de los animales que mejor realizaban determinadas tareas. A lo largo de generaciones, ecología y cultura fueron moldeando conjuntamente a los perros.

Uno de los ejemplos más espectaculares se encuentra en la meseta tibetana. Allí, personas y perros tuvieron que enfrentarse al mismo enemigo invisible: la hipoxia, la escasez de oxígeno provocada por la altitud. Las poblaciones caninas de la región presentan adaptaciones genéticas relacionadas con la supervivencia a gran altura, un fascinante caso en el que dos especies que conviven se encontraron sometidas a presiones ambientales paralelas.

🗣️ «No sabemos cuándo se unieron a ellos los perros, y las variantes genéticas necesarias para prosperar allí pudieron adquirirse rápidamente, pero hasta que eso ocurrió la hipoxia presumiblemente actuó como una limitación para la presencia canina», señala Mitchell.

No significa que nuestros antepasados y los perros evolucionaran exactamente mediante los mismos mecanismos, sino que compartieron un problema fisiológico extraordinariamente severo. La compañía humana había llevado al perro hasta el techo del mundo; después, la evolución tenía que permitirle permanecer allí.

Algo parecido, aunque en un escenario completamente distinto, ocurrió en el Ártico.

Los primeros compañeros de nuestra especie. Recreación de una comunidad de cazadores-recolectores del Pleistoceno conviviendo con los primeros perros, una relación que, según analiza el arqueólogo Peter Mitchell, acabaría transformando profundamente tanto la evolución canina como las formas de vida humanas. Ilustración: IA-DALL-E / RexMolón Producciones

El animal que convirtió el hielo en una carretera

Para comprender hasta qué punto un perro puede modificar las posibilidades de una sociedad humana basta imaginar el paisaje ártico sin trineos.

Durante siglos, los perros fueron una auténtica tecnología de transporte viviente. Mitchell distingue tres grandes maneras en las que las sociedades cazadoras-recolectoras aprovecharon su fuerza: transportando cargas sobre el cuerpo, arrastrando estructuras como los travois y tirando de trineos en las regiones boreales y árticas.

La especialización llegó a dejar huellas en el esqueleto. El trabajo repetido de transportar y arrastrar cargas puede producir determinadas alteraciones musculoesqueléticas y vertebrales, lo que permite a los arqueólogos intentar reconocer perros de trabajo en yacimientos antiguos. La arqueología del perro no estudia únicamente cráneos y ADN: también busca las cicatrices que el trabajo dejó grabadas en los huesos.

La importancia del animal, sin embargo, iba mucho más allá de su fuerza muscular.

Lo que aporta cada especie

Entre los inuit, conducir un trineo exige lo que el arqueólogo Peter Whitridge, profesor de la Memorial University of Newfoundland (Canadá), ha denominado una íntima alineación de funciones: las personas aportan entrenamiento, alimentación, disciplina y tecnología, pero los perros aportan capacidades sin las cuales el sistema simplemente no funciona. Su olfato, oído y vista pueden además proporcionar información sobre presas o cambios ambientales.

Mitchell los describe, siguiendo esta perspectiva, como coactores esenciales del desplazamiento humano por el paisaje ártico.

La comida reforzaba esa conexión. El análisis de isótopos estables conservados en los restos arqueológicos permite reconstruir parcialmente qué comían humanos y perros y, en determinados asentamientos costeros, muestra el importante peso de los recursos marinos en la dieta de ambos. El perro se había incorporado al mismo sistema ecológico que sus compañeros humanos.

En aquellas latitudes, alimentar un equipo de trineo tampoco era un detalle secundario: mantener perros suficientes implicaba disponer de recursos capaces de sostenerlos. El animal ampliaba las posibilidades humanas, pero los humanos tenían que reorganizar parte de su economía para mantener al animal.

Eso es coevolución cultural en un sentido profundo: el perro se adaptaba al modo de vida humano mientras el modo de vida humano se reorganizaba alrededor del perro.

Dos hombres posan junto a perros equipados para transportar suministros por el sendero de Dyea.

Perros de carga en Alaska, 1897. Dos hombres posan junto a perros equipados para transportar suministros por el sendero de Dyea, una muestra histórica de cómo la fuerza y resistencia caninas permitieron mover mercancías en territorios difíciles mucho antes de la generalización del transporte motorizado. Cortesía: Frank La Roche - Frank La Roche Photographs

De los hielos a la selva

En los bosques tropicales las reglas cambiaban.

Allí no hacía falta un animal robusto capaz de arrastrar grandes cargas sobre el hielo, sino perros útiles para localizar, perseguir y acorralar animales en un entorno donde la vegetación reduce drásticamente la visibilidad.

Mitchell dedica una parte importante de su análisis a la caza, probablemente el uso más extendido que los cazadores-recolectores han dado históricamente a los perros. Las evidencias abarcan desde los bosques neotropicales de América hasta África Central, el sudeste asiático y Nueva Guinea.

En estos ambientes, el olfato canino proporciona algo parecido a un sentido adicional. Allí donde el ser humano ve una pared vegetal, el perro puede detectar un rastro.

Los peludos ágiles y eficaces tenían un enorme valor y las comunidades podían favorecer de forma deliberada sus características mediante la elección de cachorros, el entrenamiento y el control de la reproducción. No debemos imaginar necesariamente programas de cría comparables a los modernos clubes caninos.

➡️ La selección podía ser mucho más pragmática: conservar al perro que cazaba bien, cuidar especialmente a sus descendientes o buscar animales con determinadas cualidades.

Y los perros no eran máquinas intercambiables. Un estudio citado por Mitchell sobre perros cazadores de las tierras bajas de Nicaragua encontró diferencias en la capacidad cinegética y el estado nutricional de los distintos individuos, un recordatorio de que, también dentro de una población, algunos animales podían resultar compañeros mucho más eficaces que otros.

Esta asociación tenía además consecuencias ecológicas. Introducir perros en ecosistemas donde anteriormente no existían cánidos domésticos podía alterar las relaciones entre depredadores y presas. La expansión del perro fue, en cierto sentido, otra dimensión de la expansión ecológica humana.

Piel de un ejemplar recogido en 1859, cuyo espeso pelaje era aprovechado por los pueblos indígenas de la costa noroccidental de Norteamérica para obtener fibra y elaborar tejidos y mantas.

El desaparecido perro lanudo de los Coast Salish. Piel de un ejemplar recogido en 1859, cuyo espeso pelaje era aprovechado por los pueblos indígenas de la costa noroccidental de Norteamérica para obtener fibra y elaborar tejidos y mantas. Es uno de los ejemplos más singulares de selección canina ligada a una necesidad cultural humana. Foto: Brittany M. Hance / Smithsonian Institution.

El perro criado para producir lana

Quizá ningún ejemplo muestre mejor la capacidad humana para transformar funcionalmente al perro que el de los pueblos Coast Salish de la costa noroccidental de Norteamérica.

Algunas de estas comunidades mantuvieron perros pequeños de abundante pelo cuya fibra se utilizaba para fabricar tejidos y mantas. El libro dedica específicamente apartados al llamado perro lanudo salish y a las mantas confeccionadas con pelo canino.

Aquí la función del animal ya no era perseguir presas ni arrastrar personas. Era producir una materia prima.

La existencia de estos perros muestra hasta dónde había llegado la diversificación cultural canina mucho antes del nacimiento de las razas modernas. En diferentes sociedades, las personas estaban seleccionando animales en función de necesidades extraordinariamente distintas.

➡️ El fenómeno desmonta además la idea de que la gran diversificación del perro sea exclusivamente un producto de la cría europea de los últimos siglos. La explosión moderna de razas llevó esa selección hasta extremos espectaculares, pero las sociedades indígenas ya habían desarrollado poblaciones caninas especializadas mucho antes.

La barrera invisible de las enfermedades

Sin embargo, no todos los lugares del planeta resultaron igualmente hospitalarios para los perros.

Aquí aparece uno de los aspectos más interesantes de la investigación de Mitchell. Si los perros procedían originalmente de regiones templadas y árticas del hemisferio norte, ¿por qué su expansión hacia determinadas zonas tropicales parece haber sido más difícil?

Una posible respuesta son los agentes atógenos transmitidos por vectores.

El propio Mitchell llegó a esta hipótesis al observar que las enfermedades endémicas habían limitado históricamente la expansión de animales domésticos por el África subsahariana. Se preguntó entonces si algo parecido habría sucedido con los perros, una cuestión que más tarde se extendió a la América neotropical y al conjunto de los trópicos.

Tripanosomiasis, ehrlichiosis y otras infecciones transmitidas por artrópodos podían convertir determinadas regiones en ambientes particularmente hostiles para animales procedentes de otras latitudes. El libro dedica incluso una tabla específica a los riesgos de enfermedades infecciosas tropicales para los perros y un mapa a su distribución africana.

La evolución del perro, por tanto, no estuvo determinada en exclusiva por lo que nuestros tatarabuelos querían de él. También estuvo limitada por aquello que el entorno le permitía ser.

El clima, la disponibilidad de alimento, los parásitos y los agentes patógenos podían actuar como filtros. Allí donde los perros sobrevivían y se reproducían, las poblaciones podían adaptarse de manera progresiva. Allí donde no lo conseguían, su expansión se ralentizaba o directamente se detenía.

Enterramiento conjunto de un perro y un individuo humano perinatal, una evidencia arqueológica que muestra la complejidad de las relaciones sociales y simbólicas que distintas comunidades establecieron con los perros desde tiempos antiguos.

Un vínculo que trascendía la utilidad. Enterramiento conjunto de un perro y un individuo humano perinatal, una evidencia arqueológica que muestra la complejidad de las relaciones sociales y simbólicas que distintas comunidades establecieron con los perros desde tiempos antiguos. Foto: S. R. Thompson, cortesía de SABAP-VR / Laffranchi et al., 2024.

Compañeros, no simples herramientas

Reducir toda esta historia a una sucesión de adaptaciones funcionales sería, sin embargo, perder quizá su dimensión más importante.

Los perros fueron también individuos.

Recibieron nombres. Fueron cuidados cuando enfermaron. Aparecen enterrados solos y junto a seres humanos. En diferentes culturas podían ser considerados personas no humanas, intermediarios con otros mundos, acompañantes de los muertos o participantes en ceremonias. En otros contextos fueron maltratados, sacrificados o consumidos.

➡️ Esa ambigüedad fascina a Mitchell: el perro vive en una frontera. Procede de un depredador salvaje, pero duerme junto a nosotros. Es animal y al mismo tiempo miembro de la comunidad. Depende de los humanos, pero conserva voluntad propia.

En algunas sociedades cazadoras-recolectoras los perros son concebidos como individuos con nombre que pueden ser llorados de manera semejante a las personas; en otras poseen poderes sobrenaturales o participan en rituales.

La arqueología aporta ejemplos conmovedores de ese vínculo. Los enterramientos caninos constituyen una parte importante del registro estudiado por Mitchell, que reúne casos desde Europa hasta Siberia, Australia y América.

Es difícil contemplar estas prácticas y seguir describiendo al perro únicamente como una herramienta de caza.

El colonialismo borró parte de la diversidad genética de los perros

Hay además una paradoja. La extraordinaria variedad de razas que vemos hoy —cerca de 350 reconocidas por la Federación Cinológica Internacional (FCI)— puede hacernos pensar que vivimos en el momento de mayor diversidad canina de la historia. Genéticamente, la realidad es más complicada.

Numerosas poblaciones antiguas desaparecieron.

La expansión europea desde finales del siglo XV no transportó únicamente personas, caballos, ganado y microorganismos. También llevó perros. En amplias regiones de América, las poblaciones caninas introducidas sustituyeron genéticamente en gran medida a las que habían convivido durante milenios con los pueblos indígenas. Mitchell destaca que las investigaciones genéticas muestran una sustitución a gran escala en buena parte de América tras el contacto europeo.

Algunas líneas antiguas sobrevivieron parcialmente; otras se perdieron. Con ellas, se esfumaron combinaciones genéticas que contenían información sobre miles de años de adaptación local.

➡️ El colonialismo transformó así no solo las sociedades humanas, sino también a sus compañeros peludos.

Incluso los célebres perros de trineo sufrieron posteriormente el impacto de nuevas políticas, sacrificios deliberados, sedentarización y, finalmente, la competencia de las máquinas. El perro había permitido durante siglos ampliar el territorio accesible a nuestra especie; en el siglo XX, el motor de combustión comenzó a sustituirlo.

Portada de First Dogs: Hunter-Gatherers and Their Canine Companions from Prehistory to the Present, el libro del arqueólogo Peter Mitchell

La historia de nuestra alianza más antigua. Portada de First Dogs: Hunter-Gatherers and Their Canine Companions from Prehistory to the Present, el libro del arqueólogo Peter Mitchell que reconstruye, a partir de evidencias arqueológicas, genéticas y etnográficas, la profunda relación entre cazadores-recolectores y perros desde la Prehistoria hasta nuestros días. Imagen: Routledge.

Los perros cambiaron nuestra propia historia

Quizá la principal conclusión de First Dogs sea que resulta difícil contar por separado la historia de Homo sapiens y la de Canis familiaris durante los últimos milenios.

Nosotros modificamos a los perros. Pero ellos también modificaron nuestras posibilidades.

Permitieron detectar animales que nuestros sentidos no encontraban. Aumentaron la eficacia de determinadas formas de caza. Transportaron comida, pieles, herramientas y personas. Hicieron posibles desplazamientos mucho mayores sobre nieve y hielo. Vigilaron campamentos. Proporcionaron calor, materias primas y compañía.

No fueron simples pasajeros de la expansión humana. En determinados lugares, ayudaron a hacerla posible.

Por eso Mitchell propone una interpretación menos antropocéntrica de la domesticación. Los lobos que comenzaron a aproximarse a los asentamientos humanos también tomaban decisiones. Los animales capaces de tolerarnos obtenían acceso a comida y quizá protección; los seres humanos obtenían los sentidos y habilidades de otro gran depredador social. Con el paso de las generaciones, aquella proximidad alteró a ambos participantes.

➡️ «La manera en que perros y humanos se relacionan —y se han relacionado— entre sí tiene valor precisamente por su entrelazamiento mutuo y complejo», sostiene Mitchell.

Es una forma diferente de contemplar al animal que hoy duerme en millones de sofás. Bajo la enorme diversidad de tamaños, colores y comportamientos de los perros actuales permanece la huella de una historia mucho más antigua: la de poblaciones humanas que se desplazaron por tundras, estepas, montañas, desiertos y selvas acompañadas por otro animal social extraordinariamente adaptable.

La evolución hizo el resto, pero no trabajó sola. Actuaron el clima, los patógenos, la alimentación, la geografía y la selección natural; también las preferencias humanas, las técnicas de caza, las necesidades de transporte, las creencias religiosas y las decisiones cotidianas acerca de qué cachorro alimentar, qué perro conservar y cuál debía reproducirse.

Por eso nunca hubo un único «primer perro».

Hubo perros cazadores, perros de carga, perros de trineo, perros guardianes, perros productores de fibra, perros ceremoniales y perros convertidos simplemente en compañeros. Cada uno cuenta una pequeña parte de nuestra propia historia.

Y quizá ahí resida la peculiaridad de una asociación que lleva miles de años reinventándose. Hemos transformado al lobo hasta producir desde un diminuto chihuahua hasta un gran danés, pero antes de llegar a esos extremos estéticos hicimos algo posiblemente mucho más trascendente: convertimos al perro en un reflejo biológico y cultural de las diferentes maneras humanas de vivir en el mundo.▪️(10-agosto-2026)

LO MÁS IMPORTANTE DEL LIBRO, EN 30 SEGUNDOS

La diversidad canina actual tiene raíces muy anteriores a la creación moderna de razas. Durante miles de años, las poblaciones de perros se adaptaron a las diferentes condiciones ecológicas y necesidades culturales de las sociedades humanas con las que convivían.

  • En el Ártico, se especializaron en resistencia al frío y transporte mediante trineos.
  • En la meseta tibetana, desarrollaron adaptaciones que favorecen la vida con poco oxígeno.
  • En las selvas tropicales, fueron seleccionados como perros de caza ágiles y capaces de seguir rastros en vegetación densa.
  • En la costa noroccidental de Norteamérica, algunas comunidades criaron perros por su abundante pelo para fabricar tejidos.
  • En los trópicos, enfermedades transmitidas por vectores pudieron limitar su expansión.
  • Tras la colonización europea, numerosos linajes caninos indígenas fueron sustituidos por perros introducidos desde Europa.

Esta extraordinaria diversidad muestra que la evolución del perro es también una historia de adaptación a la diversidad cultural humana.

PREGUNTAS & RESPUESTAS: Perros y Evolución

🐕 ¿Cuándo comenzaron los humanos a domesticar perros?

La domesticación del perro comenzó durante el Pleistoceno entre sociedades cazadoras-recolectoras, mucho antes de la aparición de la agricultura y la ganadería. El proceso exacto sigue siendo objeto de investigación y probablemente fue gradual, no un acontecimiento único.

🐕 ¿De qué animal evolucionaron los perros?

Los perros descienden del lobo gris (Canis lupus), aunque las poblaciones concretas de lobos implicadas en el origen de los perros continúan siendo objeto de investigación.

🐕 ¿Por qué existen perros tan diferentes entre sí?

Porque durante miles de años actuaron simultáneamente la selección natural y la selección humana. Clima, alimentación, enfermedades y geografía favorecieron determinados rasgos, mientras las sociedades humanas seleccionaron perros por cualidades útiles para la caza, el transporte, la vigilancia, la producción de fibra o la compañía.

🐕 ¿Los perros evolucionaron realmente junto a los humanos?

Sí, en un sentido amplio. Las sociedades humanas modificaron las condiciones de vida y reproducción de los perros, mientras que estos animales proporcionaron nuevas capacidades a las personas. Esa interacción prolongada condicionó tanto la evolución biológica canina como numerosos aspectos de la cultura y la subsistencia humanas.

🐕 ¿Cómo se adaptaron los perros al Ártico?

Los perros utilizados en regiones árticas desarrollaron poblaciones adaptadas al frío y al esfuerzo físico. Fueron esenciales como animales de tracción para los trineos y permitieron a diferentes pueblos recorrer grandes distancias sobre nieve y hielo.

🐕 ¿Por qué son especiales los perros del Tíbet?

Las poblaciones caninas de la meseta tibetana poseen adaptaciones relacionadas con la supervivencia a gran altitud, donde la concentración de oxígeno es menor. Constituyen un ejemplo especialmente interesante de adaptación de perros y humanos a un mismo ambiente extremo.

🐕 ¿Existieron razas de perros antes de las razas modernas?

Existieron poblaciones caninas especializadas, aunque no fueran razas en el sentido moderno. Diferentes sociedades seleccionaban perros por su tamaño, capacidades de caza, resistencia, pelo u otras características útiles.

🐕 ¿Qué ocurrió con los perros indígenas de América?

Después de la llegada de los europeos, numerosos linajes caninos indígenas experimentaron una fuerte sustitución genética por perros procedentes de Europa. Algunos rastros de aquellas poblaciones antiguas todavía pueden conservarse, pero otras desaparecieron.

🐕 ¿Cuál es la principal conclusión de esta investigación?

Que los perros no se limitaron a seguir a los seres humanos por el planeta. Evolucionaron a nuestro lado y desarrollaron características relacionadas con los ambientes y las formas de vida de las sociedades humanas con las que convivieron. Por eso, estudiar la historia de los perros permite también comprender mejor nuestra propia historia.

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