Descubren más de 120 moléculas diferentes en una nube cercana al centro de la Vía Láctea

En una de las regiones más turbulentas de la Vía Láctea, los astrónomos han encontrado una inesperada fábrica de complejidad química. Su inventario incluye moléculas de interés prebiótico y revela que los ingredientes de la vida pueden formarse incluso cerca del corazón de la galaxia.

Por Enrique Coperías, periodista científico

Recreación artística de la nube molecular G+0.633-0.0604, próxima al centro de la Vía Láctea, donde los choques entre grandes masas de gas y polvo pueden liberar una extraordinaria variedad de moléculas al espacio interestelar.

Recreación artística de la nube molecular G+0.633-0.0604, próxima al centro de la Vía Láctea, donde los choques entre grandes masas de gas y polvo pueden liberar una extraordinaria variedad de moléculas al espacio interestelar. Crédito: IA-DALL-E / RexMolón Producciones

En las proximidades del centro de la Vía Láctea, donde las nubes de gas chocan y la radiación es intensa, los astrónomos han encontrado un nuevo laboratorio químico natural. La nube molecular G+0.633-0.0604 contiene ya más de 120 especies moleculares diferentes; entre ellas, compuestos orgánicos de interés prebióticoy moléculas formadas por los seis elementos esenciales para la vida terrestre: carbono, hidrógeno, oxígeno, nitrógeno, fósforo y azufre.

El descubrimiento no implica que exista vida allí, pero amplía el escenario en el que pueden producirse algunas de sus materias primas químicas.

La nube se encuentra en el extremo meridional de Sagitario B2, uno de los complejos moleculares más masivos y activos de la galaxia, situado a unos 100 pársecs —unos 3,086 × 10¹⁵ km o 326 años luz— del agujero negro central, Sagitario A*. El trabajo, presentado por David San Andrés, astrofísico del Centro de Astrobiología (CAB, CSIC-INTA), en Madrid (España), y sus colaboradores, describe G+0.633 como una nueva «mina de oro» para la astroquímica.

La fuente reúne una química excepcional y ofrece condiciones favorables para distinguir las huellas de moléculas poco abundantes.

¿Qué es una nube molecular?

Recordemos que una nube molecular es una extensa concentración de gas y polvo interestelar en la que las bajas temperaturas y la densidad permiten que los átomos se unan y formen moléculas. Algunas nubes terminan colapsando y originando estrellas y sistemas planetarios; otras, como G+0.633, permiten estudiar la química que precede a esos procesos.

Cómo se identificaron más de 120 especies moleculares

Los autores del estudio, subido a arXiv, no observan directamente esas sustancias como quien analiza una muestra en un laboratorio. Las reconocen por las líneas espectrales que emiten al rotar: una suerte de código de barras electromagnético propio de cada molécula.

Para elaborar el inventario se combinaron observaciones de tres instalaciones astronómicas:

1️⃣ El radiotelescopio de 40 metros de Yebes, en Guadalajara (España).

2️⃣ El telescopio IRAM de 30 metros, en Sierra Nevada (Granada, España).

3️⃣ El APEX, situado en el desierto de Atacama, en Chile.

El rastreo cubrió cerca de 100 gigahercios de ancho de banda agregado en las ventanas de 7, 3 y 1,3 milímetros. La elevada sensibilidad de estas observaciones permitió detectar señales extremadamente débiles y comprobar varias transiciones de una misma molécula, un requisito fundamental para reducir el riesgo de identificaciones falsas.

G+0.633 y G+0.693: dos nubes con una química casi idéntica

G+0.633 tiene, además, una hermana casi idéntica. A unos 10 pársecs de distancia proyectada hacia el norte se encuentra G+0.693-0.027, una nube sin formación estelar activa que durante los últimos años se ha convertido en uno de los grandes escenarios de la astroquímica. En ella se ha identificado alrededor del 40 % de las especies conocidas en el medio interestelar.

Hasta ahora quedaba una duda flotando en el aire: si aquella abundancia era fruto de circunstancias irrepetibles o si otras regiones sometidas a procesos semejantes podían construir un repertorio comparable.

G+0.633 inclina la respuesta hacia la segunda posibilidad. Las dos nubes presentan inventarios y abundancias moleculares estrechamente correlacionados, así como temperaturas y mecanismos de excitación parecidos. En G+0.633, el gas alcanza entre unos 55 y 90 kelvin, pero muchas moléculas muestran temperaturas de excitación de solo 3 a 20 kelvin.

Esta diferencia revela una excitación subtérmica: las colisiones entre partículas no son suficientes para repartir la energía de acuerdo con la temperatura del gas. El resultado es un espectro menos congestionado, en el que las señales débiles pueden reconocerse con mayor facilidad.

Los mapas laterales muestran que las nubes G+0.693 —en rojo— y G+0.633 —en azul— coinciden con dos destacados picos de emisión de HNCO en Sagitario B2, indicativos de la presencia de choques.

Los mapas laterales muestran que las nubes G+0.693 —en rojo— y G+0.633 —en azul— coinciden con dos destacados picos de emisión de HNCO en Sagitario B2, indicativos de la presencia de choques. En el centro aparecen varias moléculas de interés prebiótico detectadas en ambas regiones, cuya extraordinaria semejanza convierte a G+0.633 en el primer gemelo astroquímico confirmado de G+0.693. Cortesía: David San Andrés et al.

Los choques entre nubes actúan como motores químicos

El parecido también apunta a un mismo motor químico: los choques de baja velocidad asociados a colisiones entre nubes. G+0.633 coincide con un máximo de emisión de ácido isociánico (HNCO), una molécula empleada como trazador de este tipo de impactos.

Los granos de polvo interestelar están recubiertos por finas capas de hielo. Sobre esas superficies pueden acumularse átomos y moléculas que reaccionan lentamente. Cuando una onda de choque atraviesa la nube, erosiona los mantos helados y libera al gas parte de su contenido. Es como abrir de golpe un archivo químico congelado y dejar sus moléculas al alcance de los radiotelescopios.

El descubrimiento sugiere que los choques no solo destruyen estructuras químicas. También pueden aumentar la diversidad observable al trasladar al gas moléculas que permanecían ocultas en el hielo.

Qué moléculas de interés prebiótico se han encontrado

El inventario de G+0.633 contiene los seis elementos biogénicos —carbono, hidrógeno, oxígeno, nitrógeno, fósforo y azufre— y varias especies relacionadas con componentes esenciales de los organismos terrestres.

✅ Etanolamina, relacionada con las membranas celulares

Entre las especies más llamativas aparece la etanolamina, uno de los componentes habituales de las cabezas hidrófilas de los fosfolípidos que conforman las membranas celulares actuales. Su primera detección interestelar se produjo en G+0.693 y la observación en G+0.633 constituye una segunda identificación independiente.

✅ Glicolamida, un isómero de la glicina

También se ha encontrado sp-glicolamida, isómero estructural de la glicina, el aminoácido más sencillo. Esto significa que ambas sustancias contienen los mismos tipos y números de átomos, pero enlazados de manera diferente. No es un aminoácido, aunque su estructura ayuda a estudiar las rutas químicas capaces de originar moléculas cada vez más complejas.

✅ Cianometanimina y las posibles rutas hacia la adenina

Por otro lado, la nube G+0.633 alberga los tres isómeros conocidos de la cianometanimina. Estas moléculas han sido propuestas como intermediarias en determinadas rutas químicas que podrían conducir a la adenina, una de las bases nitrogenadas presentes en el ADN y el ARN.

La nube molecular G+0.693-0.027, situada en el complejo de Sagitario B2, es uno de los entornos con mayor diversidad de moléculas orgánicas conocidos.

La nube molecular G+0.693-0.027, situada en el complejo de Sagitario B2, es uno de los entornos con mayor diversidad de moléculas orgánicas conocidos. El descubrimiento de una composición casi idéntica en G+0.633 demuestra que su extraordinaria riqueza química no es un caso único. Cortesía: CSIC.

Por qué este descubrimiento no demuestra que haya vida

Conviene mantener presente la escala del hallazgo. Hallar un precursor o una molécula con una estructura aprovechada por la biología no equivale a encontrar un sistema vivo ni demuestra que en la nube se estén formando ácidos nucleicos, proteínas o membranas. La voz prebiótico designa aquí una posible relación química, no una prueba biológica.

La relevancia está en comprobar que el medio interestelar puede generar una diversidad de compuestos mayor de la que se suponía y que parte de ese material podría incorporarse más tarde a sistemas planetarios en formación.

Los resultados encajan con una sucesión reciente de descubrimientos en G+0.693. En 2024, un equipo encabezado también por San Andrés comunicó en The Astrophysical Journal la primera detección espacial de N-cianometanimina, el isómero de mayor energía de esta familia y una molécula con el esqueleto NCN de interés prebiótico.

Y en 2026, otro trabajo publicado en la revista Astronomy & Astrophysics amplió el inventario de compuestos con fórmula C₃H₆O₂: confirmó seis isómeros y anunció las primeras detecciones interestelares de lactaldehído y metoxiacetaldehído. La presencia de moléculas diferentes con la misma fórmula permite examinar qué rutas químicas favorece el espacio y hasta qué punto los modelos reproducen las abundancias observadas.

La citada etanolamina ofrece otro ejemplo de cómo la observación y el laboratorio se complementan. Un estudio publicado en 2025 en Monthly Notices of the Royal Astronomical Society expuso esta molécula a radiación ultravioleta y rayos X blandos para estudiar su estabilidad en ambientes astrofísicos. Los experimentos y simulaciones mostraron varias vías de fragmentación, con productos iónicos ricos en nitrógeno entre los más importantes.

La detección de etanolamina en dos nubes no significa que la molécula sea indestructible, sino que los mecanismos de formación y liberación pueden reponerla o hacerla observable pese a un entorno agresivo.

Una nube especialmente favorable para buscar nuevas moléculas

G+0.633 incorpora una ventaja decisiva: sus líneas moleculares tienen anchuras cercanas a 10 kilómetros por segundo, aproximadamente la mitad que las de G+0.693. En una nube turbulenta, las líneas anchas se solapan y convierten el espectro en una conversación multitudinaria en la que cuesta separar cada voz.

Las líneas más estrechas de la nueva fuente reducen esa confusión y permitirán buscar especies aún menos abundantes. Entre las ya halladas figura el benzonitrilo, una molécula aromática formada por un anillo de carbono unido a un grupo nitrilo.

Su presencia indica que ciertas estructuras cíclicas relativamente complejas pueden sobrevivir a las condiciones adversas del centro galáctico, caracterizado por choques y una elevada ionización causada por rayos cósmicos.

Un hallazgo prometedor, pero todavía en desarrollo

El hallazgo está aún en una fase científica temprana. La contribución remitida por los autores a un simposio de la Unión Astronómica Internacional resume el resultado, mientras que la caracterización física circula como prepublicación y el análisis astroquímico detallado figura como enviado a Astronomy & Astrophysics.

El número de especies podrá crecer y algunas asignaciones deberán consolidarse con nuevas transiciones y observaciones. Pero la comparación entre las dos nubes ya proporciona algo poco habitual: un experimento natural duplicado.

Si G+0.693 era una excepción fascinante, G+0.633 permite empezar a formular una regla. Ambas sugieren que los choques, lejos de limitarse a destruir moléculas, pueden enriquecer el gas al rescatar del hielo una química acumulada sobre los granos de polvo. El centro de la Vía Láctea aparece así no solo como una región violenta, sino también como una fábrica eficaz de complejidad molecular. La siguiente etapa consistirá en comprobar cuánto se repite esta receta en otras nubes y hasta dónde puede crecer, átomo a átomo, el inventario químico del espacio.▪️(2-septiembre-2026)

LO MÁS IMPORTANTE DEL ESTUDIO, EN 30 SEGUNDOS

  • Una extraordinaria reserva química: los astrónomos han identificado más de 120 especies moleculares en la nube G+0.633-0.0604, situada cerca del centro de la Vía Láctea.
  • Los seis elementos de la vida: el inventario contiene moléculas con carbono, hidrógeno, oxígeno, nitrógeno, fósforo y azufre, los elementos biogénicos esenciales.
  • Moléculas de interés prebiótico: se han detectado etanolamina, glicolamida y los tres isómeros de la cianometanimina, relacionados con componentes o posibles rutas químicas anteriores a la vida.
  • Una nube gemela: su composición es casi idéntica a la de G+0.693-0.027, lo que demuestra que aquella excepcional riqueza molecular no era un caso único.
  • Los choques favorecen la complejidad: las colisiones entre nubes erosionan el hielo de los granos de polvo y liberan al gas las moléculas formadas o almacenadas en sus superficies.
  • Un laboratorio privilegiado: sus líneas espectrales son aproximadamente dos veces más estrechas que las de su nube gemela, lo que facilitará la búsqueda de compuestos todavía más débiles y complejos.
  • No es una detección de vida: el hallazgo revela una notable complejidad química interestelar, pero no demuestra la presencia de organismos ni de actividad biológica.
  • Fuente: D. San Andrés, V. M. Rivilla, L. Colzi, M. Sanz-Novo, S. Martín, I. Jiménez-Serra, S. Zeng. The Galactic Centre G+0.633-0.0604 Molecular Cloud: A New Gold Mine for Astrochemistry. arXiv (2026. DOI: https://doi.org/10.48550/arXiv.2608.14381

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