El dinosaurio parecido a un ave que usaba su cráneo para pelear por las hembras

Un fósil descubierto en México nos descubre que un dinosaurio emparentado con las aves modernas desarrolló un cráneo reforzado para enfrentarse a otros de su especie. La anatomía del Xenovenator espinosai sugiere que los cabezazos pudieron ser clave en la lucha por conseguir pareja hace 73 millones de años.

Por Enrique Coperías, periodista científico

Recreación artística de dos machos de Xenovenator espinosai enfrentándose en un combate ritual a cabezazos

Recreación artística de dos machos de Xenovenator espinosai enfrentándose en un combate ritual a cabezazos, un comportamiento similar al de algunos mamíferos y aves actuales. El grosor y la arquitectura interna de su cráneo, revelados por fósiles hallados en México, sugieren que este dinosaurio cercano al origen de las aves utilizaba la cabeza como arma en la competencia por conseguir pareja durante el Cretácico superior. Crédito: IA-DALL-E-RexMolón Producciones

La imagen popular de los dinosaurios terópodos, esto es, los grandes depredadores bípedos que acabarían dando origen a las aves, ha estado asociada a dientes afilados, garras curvas y carreras veloces. Solo hay que pensar, por ejemplo, en el Velociraptor, el Deinonychus o el Microraptor.

Pero la evolución de estos reptiles, como recuerda la paleontología moderna, no se explica solo por la lucha por la supervivencia. También cuenta el sexo. Y mucho. Un nuevo fósil descubierto en México añade ahora un capítulo inesperado a esa historia: uno de los parientes más cercanos de las aves modernas pudo utilizar su cabeza como un ariete para pelear por conquistar a las hembras.

El protagonista no es otro que el Xenovenator espinosai, un dinosaurio del tamaño aproximado de un pavo grande que vivió hace unos 73 millones de años, durante el Cretácico superior, en lo que hoy es el estado de Coahuila, en México A primera vista no impresiona como un tiranosaurio ni luce cuernos espectaculares como los ceratópsidos. Sin embargo, su cráneo cuenta otra historia: es sorprendentemente grueso, abombado y reforzado por dentro como si estuviera diseñado para recibir impactos repetidos.

El hallazgo, descrito por un equipo internacional de investigadores liderado por científicos del Museo del Desierto de Saltillo y de la Universidad de Bath, constituye la primera evidencia clara de combate cabeza contra cabeza en un terópodo manirraptor no aviano. Es decir, en un grupo de dinosaurios muy próximo al origen de las aves.

Un cráneo diseñado para el impacto

Hasta ahora, las adaptaciones para el combate intraespecífico —las peleas entre individuos de la misma especie— se conocían sobre todo en dinosaurios herbívoros: los cuernos de los ceratópsidos, las cúpulas óseas de los paquicefalosaurios o los escudos craneales de algunos hadrosaurios. Entre los terópodos, en cambio, las armas parecían limitarse a dientes y garras. Xenovenator rompe ese esquema.

El fósil principal consiste en una parte bien conservada del cráneo, que incluye los huesos frontales y parietales que forman el techo de la cabeza. Lo que llamó inmediatamente la atención de los investigadores fue su grosor: en algunos puntos, los huesos alcanzan hasta 12 milímetros, una cifra excepcional para un animal de este tamaño.

Además, el cráneo de este dinosaurio paraviano no es plano, como en otros troodóntidos, sino que forma una cúpula baja, similar —aunque no idéntica— a la de los paquicefalosaurios, los famosos lagartos de cabeza gruesa, que vivieron desde el Cretácico Inferior hasta el Cretácico Superior, hace aproximadamente entre 90 y 66 millones de años.

Una arquitectura craneal diseñada para los cabezazos

Pero el grosor no es el único detalle revelador. Las tomografías computarizadas muestran que los huesos están atravesados por una compleja red de trabéculas, una arquitectura interna esponjosa que recuerda a la de animales modernos que se golpean la cabeza durante el combate, como los carneros, los bueyes almizcleros y ciertas aves, caso del cálao de yelmo (Rhinoplax vigil). Esta estructura sirve para absorber impactos y redistribuir las fuerzas del choque, lo que reduce el riesgo de fractura o daño cerebral.

Además, las suturas del cráneo —las uniones entre los distintos huesos— aparecen extraordinariamente reforzadas y entrelazadas, formando un patrón en zigzag que aumenta la resistencia mecánica del conjunto. En el ejemplar adulto, algunos huesos incluso llegan a fusionarse parcialmente, un rasgo típico de animales que utilizan la cabeza como arma.

La superficie externa del cráneo tampoco es lisa. Presenta una textura rugosa, irregular, similar a la que se observa en especies actuales implicadas en luchas ritualizadas. Este tipo de rugosidad se ha relacionado tanto con el refuerzo estructural del hueso como con la inserción de tejidos blandos protectores, como almohadillas de piel o queratina.

Todo apunta, por tanto, a una misma conclusión: Xenovenator espinosai no tenía esa cabeza por casualidad. Su cráneo parece diseñado para embestir.

magen de tomografía computarizada del cráneo de Xenovenator espinosai, que muestra la estructura interna esponjosa de los huesos frontales. Estas cavidades y refuerzos óseos ayudaban a absorber los impactos.

Imagen de tomografía computarizada del cráneo de Xenovenator espinosai, que muestra la estructura interna esponjosa de los huesos frontales. Estas cavidades y refuerzos óseos ayudaban a absorber los impactos, lo que apoya la idea de que este dinosaurio utilizaba la cabeza en combates rituales. Cortesía: Héctor E. Rivera Sylva et al

Selección sexual en la evolución de los dinosaurios

Pero ¿contra qué o contra quién? La respuesta más probable no es un depredador ni una presa, sino otro Xenovenator. Los autores del estudio, coordinados por Héctor E. Rivera-Sylva, jefe del Departamento de Paleontología del Museo del Desierto (MUDE) en Saltillo (Coahuila), interpretan estas adaptaciones como el resultado de la selección sexual, un proceso evolutivo descrito por Charles Darwin en el siglo XIX, mediante el cual ciertos rasgos se desarrollan no porque ayuden a sobrevivir, sino porque aumentan las probabilidades de reproducirse.

En muchas especies actuales, los machos —y en ocasiones las hembras— compiten entre sí por el acceso a las parejas mediante exhibiciones o combates ritualizados. Cuernos, colmillos, cornamentas y crestas son el resultado de esa carrera evolutiva. En el caso de Xenovenator, la hipótesis es que los individuos se enfrentaban chocando cabeza contra cabeza, quizá empujándose o golpeándose de forma controlada, para demostrar fuerza y dominancia.

El estudio, publicado en la revista Diversity, aporta un matiz adicional fascinante: no todos los fósiles atribuidos a Xenovenator muestran el mismo grado de engrosamiento craneal. Algunos ejemplares presentan cráneos menos abombados y sin fusión ósea, a pesar de tener un tamaño similar. Esto abre dos posibilidades no excluyentes: que el grosor del cráneo aumentara con la edad, como ocurre en los paquicefalosaurios, o que existiera dimorfismo sexual, con un sexo —probablemente los machos— desarrollando cráneos más robustos para el combate.

Si esta segunda opción se confirma, Xenovenator se convertiría en uno de los pocos dinosaurios en los que se puede empezar a rastrear una diferenciación sexual en el registro fósil, un tema todavía lleno de incógnitas en paleontología.

¿Qué aporta este hallazgo a la ciencia?

Más allá del caso concreto, el hallazgo tiene implicaciones más amplias. Los troodóntidos, el grupo al que pertenece Xenovenator, eran dinosaurios pequeños, ágiles, con cerebros grandes y sentidos desarrollados. Algunos estudios sugieren que tenían dietas omnívoras y comportamientos complejos. Añadir el combate ritualizado a ese retrato los acerca aún más a muchas aves actuales, donde la competencia por pareja es intensa y sofisticada.

El descubrimiento también refuerza una idea que gana peso en los últimos años: durante el Cretácico, la selección sexual pudo desempeñar un papel cada vez más importante en la evolución de los dinosaurios. Es la época en la que proliferan las crestas, los cuernos, las cúpulas craneales y otras estructuras llamativas. Tal vez los dinosaurios no solo competían por comida y territorio, sino también —y cada vez más— por atraer y conquistar parejas.

En ese contexto, Xenovenator espinosai representa una pieza inesperada del puzle. Un dinosaurio pequeño, emplumado y cercano al linaje de las aves que, en lugar de limitarse a cantar, exhibirse o danzar, optó por resolver sus disputas a cabezazos.

La escena, imaginada en la llanura costera del México cretácico, resulta tan extraña como reveladora: dos animales parecidos a aves, con grandes ojos y cuerpos esbeltos, enfrentándose en silencio, chocando cráneos reforzados bajo el sol del final de la era de los dinosaurios. No es una imagen heroica ni brutal, pero sí profundamente evolutiva.

Porque al final, incluso entre los dinosaurios, el amor —o la competencia reproductiva— también podía doler. Y mucho.▪️(30-enero-2026)

  • Fuente: Rivera-Sylva, H. E.; Aguillón-Martinez, M. C.; Flores-Ventura, J.; Sánchez-Uribe, I. E.; Guzman-Gutierrez, J. R.; Longrich, N. R. A Thick-Skulled Troodontid Theropod from the Late Cretaceous of Mexico. Diversity (2026). DOI: https://doi.org/10.3390/d18010038

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