El dodo no era tan torpe como creíamos: uno de los dos únicos cráneos completos nos desvela cómo percibía el mundo

La imagen que ha llegado hasta nuestros días es la de un dodo torpe, ingenuo y poco inteligente. Pero la ciencia acaba de demostrar que esa fama era profundamente injusta. El análisis de uno de los dos únicos cráneos completos conservados en el mundo revela ahora que poseía un olfato muy desarrollado, un pico altamente sensible y un cerebro tan sofisticado como el de sus parientes vivos.

Por Enrique Coperías, periodista científico

Reconstrucción del dodo expuesta en el Museo de Historia Natural de Dinamarca junto a una réplica de su cráneo, uno de los dos únicos ejemplares completos conservados en el mundo.

Reconstrucción del dodo expuesta en el Museo de Historia Natural de Dinamarca junto a una réplica de su cráneo, uno de los dos únicos ejemplares completos conservados en el mundo. Cortesía: Natural History Museum Denmark

El dodo (Raphus cucullatus) es uno de los grandes símbolos de la extinción provocada por el ser humano. Su aspecto rechoncho, su incapacidad para volar y la rapidez con la que desapareció tras nuestra llegada en el siglo XVI a la isla Mauricio alimentaron la imagen de un ave lenta, ingenua e incluso poco inteligente. Pero esa caricatura podría estar mucho más alejada de la realidad de lo que se pensaba. Un nuevo estudio internacional acaba de reconstruir el mundo sensorial del dodo con la ayuda de uno de los dos únicos cráneos completos que existen en el planeta, y concluye que esta singular ave poseía adaptaciones sensoriales muy diferentes de las de las palomas actuales, sus parientes vivos más próximos.

La investigación, publicada en Zoological Journal of the Linnean Society, se apoya en una auténtica joya científica: el cráneo completo conservado desde hace siglos en el Museo de Historia Natural de Dinamarca. Solo existe otro ejemplar íntegro en todo el mundo, custodiado por el Museo de Historia Natural de la Universidad de Oxford. Gracias a la tomografía computarizada de alta resolución, ambos fósiles han podido estudiarse sin que sufrieran el menor daño, lo que ha permitido reconstruir digitalmente el espacio que ocupó el cerebro del animal y, con él, aproximarse a cómo veía, olía, oía y exploraba el entorno antes de desaparecer a finales del siglo XVII, probablemente alrededor de 1681, aunque la fecha exacta sigue siendo objeto de debate debido a la escasez de registros contemporáneos.

El resultado no resuelve todos los enigmas que rodean al dodo, pero sí desmonta varios mitos profundamente arraigados y ofrece la imagen de una especie mucho más especializada y adaptada a su ecosistema insular de lo que sugería la tradición popular.

Por qué este estudio es tan importante

Los restos completos de dodo son extraordinariamente escasos. La mayor parte de los huesos encontrados proceden de yacimientos donde los esqueletos aparecen mezclados y fragmentados, lo que dificulta reconstruir con precisión la anatomía de cada individuo. Disponer de dos cráneos completos supone, por tanto, una oportunidad única para estudiar con detalle una especie que desapareció hace más de 350 años. Además de la caza, la introducción de ratas, cerdos, perros, gatos y monos, que depredaban sus huevos y alteraron profundamente el ecosistema de Mauricio, desempeñó un papel decisivo en su extinción.

🗣️ «El dodo es uno de los animales extinguidos más reconocibles del mundo y, sin embargo, sabemos sorprendentemente poco sobre cómo vivía realmente —explica Peter Andrew Hosner, conservador de aves del Museo de Historia Natural de Dinamarca y uno de los autores del estudio. Y añade—: Su comportamiento y su forma de buscar alimento llevan siglos siendo objeto de debate. Tener acceso a uno de los dos únicos cráneos completos nos ha brindado una oportunidad excepcional para compararlo con sus parientes vivos más cercanos y comprender mejor cómo percibía e interactuaba con su entorno».

El proyecto reunió datos obtenidos mediante tomografía de tres cráneos de dodo y cuatro del solitario de Rodrigues (Pezophaps solitaria), su pariente extinguido más cercano, además de compararlos con 36 especies actuales de palomas y tórtolas, entre ellas la paloma de Nícobar (Caloenas nicobarica), considerada hoy el familiar vivo más próximo del dodo. Esta comparación permitió identificar qué rasgos eran realmente exclusivos del dodo y cuáles simplemente reflejaban la evolución habitual dentro del grupo de las palomas.

Cráneo de dodo conservado en el Museo de Historia Natural de Dinamarca, uno de los dos únicos ejemplares completos conocidos en el mundo.

Cráneo de dodo conservado en el Museo de Historia Natural de Dinamarca, uno de los dos únicos ejemplares completos conocidos en el mundo. Su análisis mediante tomografía computarizada ha permitido reconstruir digitalmente el cerebro del ave y obtener nuevas pistas sobre sus capacidades sensoriales y su modo de vida antes de extinguirse. Cortesía: Natural History Museum Denmark

Cómo se puede reconstruir el cerebro de un animal extinguido

El cerebro del dodo, también llamado dronte, se esfumó hace siglos con el último ejemplar. Sin embargo, dejó una huella silenciosa en el interior del cráneo.

Durante el desarrollo embrionario, el cerebro se adapta estrechamente a la cavidad craneal, de modo que la superficie interna del hueso conserva un molde bastante fiel de su forma. Mediante técnicas de reconstrucción tridimensional, los investigadores elaboraron un molde endocraneal, una réplica virtual del espacio cerebral que permite estimar el tamaño relativo de distintas regiones implicadas en la visión, el olfato o el procesamiento sensorial.

🗣️ «El estudio de animales extinguidos se parece mucho al trabajo de un detective —afirma Christy Anna Hipsley, profesora asociada del Museo de Historia Natural de Dinamarca. Y continñua—: Aunque el cerebro del dodo desapareció hace siglos, dejó una impronta en el interior del cráneo. Al reconstruir digitalmente esos espacios y compararlos con los cerebros de aves actuales podemos empezar a reconstruir cómo percibía el mundo, cómo se comportaba y cómo interactuaba con su entorno».

El análisis no se limitó al cerebro. También se midieron las cavidades por donde pasaban distintos nervios craneales, el tamaño de las órbitas oculares, la estructura del oído interno y diversos elementos del pico, todos ellos indicadores indirectos del desarrollo de determinados sentidos.

Un cráneo diferente al de cualquier paloma

Uno de los hallazgos más llamativos es que el cráneo del dodo resulta extraordinariamente distinto al del resto de las palomas modernas.

La caja craneal aparece notablemente abombada y rodeada por una gruesa estructura neumática, una especie de escudo óseo lleno de cavidades de aire que protege el cerebro. Los autores destacan que una configuración semejante apenas tiene equivalente entre las aves actuales y recuerda únicamente, de forma parcial, a la de algunas lechuzas, aunque incluso en ellas el desarrollo de estas cavidades es mucho menor.

También llama la atención la robustez del pico. Mucho más grueso y alargado que el de cualquier paloma moderna, su estructura parece haber desempeñado un papel importante en la forma en que el dodo exploraba el terreno en busca de alimento.

Por el contrario, el solitario de Rodrigues, aunque también era incapaz de volar y alcanzó un tamaño considerable, conserva una organización sensorial mucho más parecida a la de las palomas de nuestros parques. Los investigadores concluyen que, pese a compartir un ancestro común, ambas especies siguieron trayectorias evolutivas muy distintas una vez quedaron aisladas en sus respectivas islas.

Esqueletos montados de un macho (derecha) y una hembra (izquierda) de solitario de Rodrigues (Pezophaps solitaria), el pariente extinguido más cercano del dodo.

Esqueletos montados de un macho (derecha) y una hembra (izquierda) de solitario de Rodrigues (Pezophaps solitaria), el pariente extinguido más cercano del dodo. Cortesía: Emőke Dénes

El olfato era uno de sus grandes aliados

Quizá el descubrimiento más sorprendente sea el relacionado con el olfato.

Las reconstrucciones muestran que los bulbos olfativos, la región cerebral encargada de procesar los olores, eran proporcionalmente mayores que en la mayoría de las palomas vivas. En promedio, su tamaño relativo cuadruplica al observado en la paloma de Nícobar, el pariente vivo más cercano del dodo.

Aunque existían diferencias entre los dos cráneos completos —algo que podría reflejar variación individual—, el conjunto de los datos apunta a que el olfato desempeñaba un papel mucho más importante en la vida cotidiana del dodo de lo que se había imaginado.

Esto abre nuevas hipótesis sobre su comportamiento. En lugar de depender casi exclusivamente de la vista, como hacen muchas aves diurnas, el dodo quizá utilizaba también señales olfativas para localizar frutos caídos, semillas, raíces o incluso pequeños animales ocultos entre la vegetación del bosque mauriciano.

Los investigadores son prudentes con las conclusiones de su trabajo y recuerdan que la anatomía no permite reconstruir con absoluta certeza la conducta de un animal extinguido. Sin embargo, consideran que la combinación de varios indicadores anatómicos ofrece un argumento sólido para pensar que el mundo sensorial del dodo era mucho más complejo de lo que se había supuesto durante siglos.

¿El dodo veía peor que otras aves?

Los cambios anatómicos no se limitan al olfato. El estudio muestra también que el sistema visual del dodo presentaba una combinación poco habitual.

Por un lado, las órbitas oculares eran relativamente grandes para el tamaño de su cerebro. Sin embargo, la región cerebral encargada de procesar la información visual —los lóbulos ópticos— era mucho más pequeña que en las palomas actuales. En comparación con la paloma de Nícobar, ocupaban más de tres veces y media menos espacio proporcional dentro del cerebro.

A primera vista, ambos resultados parecen contradictorios. Pero los autores creen que podrían reflejar una estrategia visual distinta. En muchas aves, una reducción de determinadas áreas visuales no implica necesariamente peor visión, sino una adaptación a condiciones de iluminación más débiles. En otras palabras, el dodo quizá sacrificó parte de la resolución visual para ganar sensibilidad cuando la luz escaseaba.

Esta hipótesis encaja con otra de las conclusiones del trabajo: probablemente el dodo no limitaba toda su actividad a las horas centrales del día. Su anatomía es compatible con un animal que también podía desplazarse y alimentarse durante el amanecer o el atardecer, momentos muy ventajosos en un ecosistema insular tropical donde las temperaturas son más suaves y la competencia por el alimento puede disminuir.

Los investigadores incluso estimaron su agudeza visual a partir del anillo esclerótico conservado en el cráneo de Oxford. Los cálculos indican una resolución cercana a 27 ciclos por grado, comparable a la observada en aves tan inteligentes como el arrendajo euroasiático y la graja. Es decir, nada sugiere que el dodo tuviera una vista especialmente deficiente.

Sección transversal obtenida mediante tomografía computarizada del cráneo de un dodo.

Sección transversal obtenida mediante tomografía computarizada del cráneo de un dodo. Cortesía: Natural History Museum Denmark

Un pico que también servía para «tocar»

Otro de los sentidos que parece haber cobrado especial importancia es el tacto.

El estudio detectó que uno de los nervios encargados de transmitir información sensorial desde la parte superior del pico estaba claramente agrandado. Ese nervio forma parte del sistema trigeminal, que es responsable de enviar al cerebro señales relacionadas con el contacto, la presión o las vibraciones.

En muchas aves modernas que buscan alimento palpando el suelo o el barro, como algunas limícolas o aves acuáticas, este sistema alcanza un desarrollo extraordinario. Aunque el dodo no vivía en ambientes semejantes, el mayor tamaño de este nervio sugiere que utilizaba intensamente el enorme pico para explorar su entorno y obtener información táctil mientras buscaba comida entre la hojarasca, los frutos caídos o el suelo del bosque.

También oía sonidos de baja frecuencia

La anatomía del oído interno aporta otra sorpresa.

Los investigadores comprobaron que el conducto coclear del dodo era aproximadamente un 40 % más largo de lo esperado para un ave de su tamaño cuando se compara con la paloma nicobar. Esa estructura está relacionada con la sensibilidad auditiva y permite estimar tanto el rango de frecuencias que podía detectar como aquellas para las que el oído era especialmente sensible.

Los cálculos indican que el dodo probablemente estaba mejor adaptado para percibir sonidos de baja frecuencia que muchas palomas actuales.

Aunque resulta imposible reconstruir con precisión el paisaje sonoro de Mauricio hace cuatro siglos, esta capacidad podría haber facilitado la comunicación entre individuos en los bosques densos de la isla o la detección de sonidos ambientales producidos por otros animales o por fenómenos naturales.

La ciencia desmonta el mito del dodo «estúpido»

Quizá la conclusión con mayor repercusión sea la que desmonta uno de los estereotipos más persistentes.

Durante siglos, el dodo ha sido utilizado casi como sinónimo de bobería; los exploradores portugueses bautizaron al ave como dodo estúpido, por su torpeza y la facilidad con que podía ser cazada. Su desaparición poco después de la llegada de los colonizadores europeos reforzó la idea, sin sustento científico, de que se trataba de un animal incapaz de adaptarse a su medio.

Sin embargo, los datos obtenidos no respaldan esa imagen.

Los investigadores compararon el tamaño relativo del telencéfalo, la principal región cerebral implicada en funciones cognitivas complejas, aprendizaje y resolución de problemas. El resultado fue claro: el dodo no presenta ninguna reducción significativa respecto al resto de las palomas y tórtolas actuales. Su cerebro, al menos desde el punto de vista anatómico, no muestra signos de capacidades cognitivas inferiores.

La mala fama del dodo quizá tuvo mucho más que ver con las circunstancias de su aislamiento evolutivo que con una supuesta falta de inteligencia.

Durante millones de años evolucionó en Mauricio prácticamente sin depredadores terrestres. En un entorno así, no existía presión evolutiva para desarrollar miedo hacia grandes mamíferos porque, sencillamente, no los había. Cuando llegaron los marineros europeos acompañados de ratas, cerdos, perros, monos y otros animales, esa estrategia dejó de ser eficaz en muy poco tiempo.

Reconstrucción moderna del dodo junto a una réplica de su esqueleto expuestas en el Museo de Historia Natural de la Universidad de Oxford.

Reconstrucción moderna del dodo junto a una réplica de su esqueleto expuestas en el Museo de Historia Natural de la Universidad de Oxford. Cortesía: BazzaDaRambler

Un paso más para comprender al dodo real

Para los autores, el principal valor del estudio no reside solo en describir nuevos detalles anatómicos, sino en ofrecer un marco mucho más sólido para interpretar la biología de una de las especies extinguidas más famosas de la historia.

🗣️ «La anatomía del cráneo del dodo no se parece a la de ninguna ave viva, lo que hace que sea fascinante, pero también difícil de interpretar —señala Hipsley. Y añade—: Al comparar las reconstrucciones digitales de los dos únicos cráneos completos del mundo disponemos ahora de una base mucho más sólida para distinguir qué rasgos son realmente característicos de la especie y qué pueden decirnos sobre su forma de vida».

Hosner coincide en que todavía quedan numerosas incógnitas por resolver, pero considera que cada nuevo hallazgo permite alejarse un poco más de las leyendas construidas alrededor del ave: «El dodo se ha convertido en un símbolo de la extinción, pero en muchos aspectos sigue siendo sorprendentemente misterioso. Cada nueva evidencia nos ayuda a dejar atrás los mitos y construir una imagen mucho más precisa de cómo vivía realmente este extraordinario animal antes de desaparecer».

Ese quizá sea el mayor logro del trabajo. Durante siglos, el dodo ha sido recordado casi exclusivamente por su desaparición. Ahora, gracias a uno de los fósiles más raros del mundo y a las herramientas de la paleontología digital, empieza a conocerse también cómo experimentaba el bosque de Mauricio: un animal con un olfato muy desarrollado, un pico extraordinariamente sensible, un oído adaptado a las bajas frecuencias y un cerebro perfectamente comparable al de sus parientes actuales. Una especie singular, moldeada durante millones de años por la evolución insular, cuya verdadera historia resulta mucho más fascinante que la caricatura que ha sobrevivido hasta nuestros días.▪️(6-agosto-2026)

LO MÁS IMPORTANTE DEL ESTUDIO, EN 30 SEGUNDOS

  • Uno de los dos únicos cráneos completos de dodo ha permitido reconstruir digitalmente el interior de su cerebro.
  • El olfato del dodo era probablemente mucho más desarrollado que el de las palomas modernas.
  • Su enorme pico estaba adaptado para obtener abundante información táctil del entorno.
  • Su anatomía indica que podría haber estado activo también al amanecer y al atardecer, y no solo durante el día.
  • No existe ninguna evidencia de que tuviera un cerebro menos desarrollado que las palomas actuales.
  • El estudio desmonta la imagen tradicional del dodo como un ave “torpe” o “estúpida”.
  • Información facilitada por la Universidad de Copenhague

  • Fuente: Sara Citron, Christy Anna Hipsley, Julian Hume, Helen James, Peter Andrew Hosner, Kálmán Czeibert, Aubrey Keirnan, Ana Cecilia Castro Rodrigues Silva, Stig Walsh, Vera Weisbecker, Andrew N. Iwaniuk. The sensory world of the Dodo and Solitaire revealed by endocast and skull anatomy. Zoological Journal of the Linnean Society (2026). DOI: https://doi.org/10.1093/zoolinnean/zlag123

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