¿Es el ser humano violento por naturaleza? Esto es lo que dice la evolución

Un nuevo estudio en primates, incluido el ser humano, cuestiona una de las ideas más arraigadas sobre nuestra especie: que la violencia es inevitable. La evolución apunta a que no toda agresión conduce a matar y que la naturaleza humana es más compleja de lo que creemos.

Por Enrique Coperías, periodista científico

Un gesto universal de tensión y conflicto. La agresión forma parte del repertorio humano, pero la ciencia sugiere que la violencia letal no es su consecuencia inevitable, sino un fenómeno más complejo que depende de factores sociales, ecológicos y evolutivos. Imagen de Amore Seymour en Pixabay

Esta es una de las pregunta que, sin duda alguna, más ampollas levanta entre los científicos, los filósofos y el gran público cuando se saca a colación: ¿es el ser humano violento por naturaleza o la violencia es fruto de la cultura y las circunstancias históricas?

Un nuevo estudio comparativo llevado a cabo en un centenar de especies de primate, incluido el Homo sapiens, introduce un matiz decisivo en este viejo debate: la agresividad no es una sola cosa, y no todas sus formas comparten el mismo origen.

El trabajo, que ha visto la luz en la revista Evolution Letters, concluye que la violencia letal, definida como el acto de matar a otros individuos de la misma especie, no está estrechamente vinculada a formas más leves de agresión. Es decir: ser más peleón no implica necesariamente ser más asesino.

A lo largo del último siglo, la ciencia y la filosofía han ofrecido respuestas muy distintas a esta cuestión. Desde las teorías que sostienen que la violencia es un rasgo profundamente arraigado en nuestra evolución, como defendieron autores inspirados en la biología evolutiva o la etología, hasta las que la consideran sobre todo el resultado de factores culturales, históricos y sociales, como plantean numerosos antropólogos.

Entre ambos extremos, otras corrientes han propuesto visiones intermedias, en las que la capacidad para la violencia existe, pero su expresión depende del entorno, las normas sociales y las condiciones materiales. Este nuevo estudio se sitúa precisamente en ese terreno matizado, al cuestionar, como veremos, que pueda hablarse de una única naturaleza violenta del ser humano.

La trampa de pensar en la violencia como un rasgo único

Una de las ideas más extendidas en la investigación sobre la violencia es que esta constituye un rasgo único, una especie de interruptor evolutivo que está encendido o apagado en nuestra especie. Bajo esa lógica, la discusión se polariza: o bien somos violentos por naturaleza, como decía Hobbes, o bien la violencia es una construcción cultural relativamente reciente, como sugería Rousseau.

Sin embargo, el estudio liderado por Bonaventura Majolo, Samantha J. Wakes y Marcello Ruta, de la Universidad de Lincoln, en el Reino Unido, propone desmontar ese supuesto. En lugar de tratar la agresión como un bloque homogéneo, los investigadores distinguen cinco tipos diferentes:

1️⃣ Agresión leve dentro del grupo.

2️⃣ Agresión leve entre grupos.

3️⃣ Homicidio de adultos (adulticidio) dentro del grupo.

4️⃣ Homicidio de adultos entre grupos.

5️⃣ Infanticidio.

Esta distinción es clave. No es lo mismo una pelea ritualizada o un empujón entre individuos que un ataque coordinado que termina con la muerte de otro miembro del grupo. Tampoco es equivalente matar a una cría que a un adulto. Cada uno de estos comportamientos tiene costes, beneficios y contextos distintos desde el punto de vista evolutivo.

🗣️«Comprender las raíces evolutivas de la violencia es importante no solo para la biología, sino también para cómo pensamos sobre el comportamiento humano», explica Majolo en un comunicado de la Universidad de Lincoln.

Hallazgo principal: la agresión cotidiana no conduce necesariamente a la violencia extrema

Uno de los hallazgos más llamativos del estudio es que los primates que muestran altos niveles de agresión leve no son necesariamente más propensos a matar. La correlación entre ambos tipos de comportamiento es débil.

Esto contradice una intuición bastante extendida: que la violencia extrema sería simplemente una escalada de conflictos cotidianos. Según algunas teorías clásicas, cuando la competencia por recursos es intensa o los rivales tienen fuerzas similares, las disputas podrían intensificarse hasta volverse mortales. Pero los datos sugieren que esa transición no es automática.

«Las especies con más agresión leve no tienen mayor probabilidad de matar”, resumen los autores en Evolution Letters. En otras palabras, la violencia letal no es simplemente el extremo de un continuo, sino un fenómeno con dinámicas propias.

Esto apunta a que existen mecanismos —sociales, cognitivos o fisiológicos— que limitan la escalada de la agresión. Entre ellos podrían estar las estrategias de resolución de conflictos, las jerarquías sociales estables o los costes elevados asociados a los enfrentamientos mortales.

La violencia letal sí sigue un patrón evolutivo propio

Donde sí aparece una relación clara es entre los distintos tipos de violencia letal. Majolo, Wakes y Ruta han detectado una correlación positiva entre el asesinato de adultos y el infanticidio: las especies en las que se observa uno de estos comportamientos tienden también a presentar el otro.

Esta conexión es especialmente fuerte cuando los agresores son machos. En cambio, entre las hembras, la relación es más débil y variable.

¿Por qué esta diferencia? La explicación probablemente tenga que ver con las estrategias reproductivas. En muchas especies, los machos pueden beneficiarse eliminando crías que no son suyas para aumentar sus oportunidades de reproducción. También pueden ganar ventaja eliminando competidores adultos, aunque esto implica mayores riesgos.

El infanticidio, de hecho, es mucho más frecuente que el adulticidio. En el conjunto de especies analizadas, alrededor del 65% presentan infanticidio, frente a solo un 19%–22% en el caso del asesinato de adultos.

La razón es sencilla desde el punto de vista evolutivo: matar a un adulto es peligroso. Implica enfrentarse a un rival de fuerza comparable y asumir un alto riesgo de lesión o muerte. En cambio, atacar a una cría es menos arriesgado y puede tener beneficios reproductivos claros.

El infanticidio ha sido una forma de violencia presente tanto en la historia humana como en otras especies. Este fresco medieval de Lüen (Suiza) representa la matanza de los Santos Inocentes ordenada por el rey Herodes (a la derecha), un episodio que ilustra cómo la eliminación de crías puede estar ligada a estrategias de poder, competencia o control. Como sugiere el estudio en primates, este tipo de violencia responde a dinámicas específicas —distintas de la agresión cotidiana— y no puede entenderse como una simple escalada del conflicto diario.

El papel de la cooperación y la inteligencia en la violencia

El estudio también subraya que la violencia letal, especialmente contra individuos adultos, suele requerir algo más que agresividad individual. En muchos casos implica cooperación, coordinación y cierta capacidad de planificación.

Por ejemplo, los ataques grupales, como los documentados en chimpancés, suelen producirse cuando varios individuos superan en número a la víctima. Este tipo de comportamiento exige evaluar riesgos, anticipar escenarios y actuar de forma conjunta.

Esta conducta planificada introduce un elemento interesante en el debate sobre la naturaleza humana. La violencia más extrema no sería tanto un producto de impulsos descontrolados como de capacidades cognitivas sofisticadas.

¿Qué implica todo esto para los humanos?

Aunque la investigación no se centra exclusivamente en nuestra especie, sus conclusiones tienen implicaciones directas para entender la violencia humana:

✅ En primer lugar, cuestiona la idea de que seamos intrínsecamente violentos en un sentido simple. Si la agresión no es un rasgo único, tampoco tiene sentido etiquetar a una especie —incluida la nuestra— como violenta o pacífica sin matices.

«Los humanos y otras especies no pueden describirse como indiscriminadamente violentos o pacíficos», concluyen los autores en el artículo.

✅ En segundo lugar, el trabajo sugiere que las distintas formas de violencia humana, desde las peleas cotidianas hasta la guerra organizada, podrían tener orígenes y dinámicas diferentes. Mezclarlas en un mismo saco puede llevar a conclusiones erróneas sobre nuestra evolución o nuestra historia.

Este punto es especialmente relevante en debates contemporáneos, como los que enfrentan a quienes defienden que la violencia ha disminuido a lo largo del tiempo con quienes cuestionan esa narrativa. Si no distinguimos entre tipos de violencia, es difícil interpretar de forma correcta las tendencias históricas.

🗣️ «Nuestro estudio muestra que la evolución de la agresión sigue patrones más complejos de lo que proponían los modelos anteriores, que es biológicamente inexacto clasificar a las especies en función de su propensión general a la agresión y que necesitamos un enfoque más matizado cuando debatimos si los humanos somos inherentemente violentos», dice Majolo.

Factores que influyen en la violencia

Otro mensaje relevante del estudio es que la violencia depende en gran medida del contexto. Factores como el tamaño del grupo, la proporción de machos y hembras, la disponibilidad de recursos o el grado de territorialidad influyen en la aparición de distintos tipos de agresión.

Por ejemplo, en especies donde los machos son mucho más grandes que las hembras, el riesgo de infanticidio puede ser mayor. En otras, la competencia entre grupos por el territorio puede favorecer ataques coordinados.

Esto refuerza la idea de que la violencia no es un impulso universal que se expresa siempre de la misma manera, sino un conjunto de comportamientos moldeados por circunstancias ecológicas y sociales.

Chimpancés y bonobos muestran dos caras muy distintas de la agresión en primates. Mientras los chimpancés patrullan su territorio y pueden atacar y matar a individuos de grupos vecinos (A, B), los bonobos tienden a interactuar de forma pacífica e incluso utilizan el sexo como forma de cohesión social (C, D). Estas diferencias ilustran una de las claves del estudio: la violencia letal no es una consecuencia inevitable de la agresión cotidiana, sino un comportamiento que depende de factores sociales, ecológicos y evolutivos específicos. Cortesía: A. E. Pusey / PNAS

Una visión más compleja de la naturaleza humana

El nuevo estudio publicado en Evolution Letter, no resuelve definitivamente la pregunta sobre si el ser humano es violento por naturaleza. Pero sí obliga a replantearla en términos más precisos.

Quizá la cuestión no sea si somos violentos o no, sino qué tipo de violencia estamos considerando, en qué contexto aparece y qué mecanismos la favorecen o la limitan.

Al fin y al cabo, como muestra la evidencia comparada en primates, la agresión no es un rasgo monolítico heredado sin cambios desde nuestros ancestros. Es un mosaico de comportamientos con historias evolutivas distintas.

Y en ese mosaico, la violencia letal en humanos —la que más nos inquieta— no parece ser la consecuencia inevitable de una naturaleza agresiva, sino un fenómeno más complejo, raro y condicionado de lo que solemos pensar.

En tiempos en los que la violencia sigue ocupando titulares y debates públicos, esta mirada evolutiva aporta una dosis de matiz. Nos recuerda que entender nuestras tendencias no implica justificarlas, pero sí reconocer que son más diversas —y, quizá, más controlables— de lo que a veces creemos.▪️(23-marzo-2026)

PREGUNTAS&RESPUESTAS: Violencia y Ser Humano

👊 ¿El ser humano es violento por naturaleza?

No necesariamente. La investigación sugiere que la violencia no es un rasgo único ni inevitable, sino un conjunto de comportamientos influido por factores evolutivos y sociales.

👊 ¿La agresión lleva siempre a la violencia extrema?

No. El estudio muestra que la agresión leve no está directamente relacionada con la violencia letal.

👊 ¿Por qué existe la violencia en los humanos?

Puede surgir por razones evolutivas, sociales y contextuales, como competencia por recursos o estrategias reproductivas.

👊 ¿Los primates son violentos?

Algunos comportamientos violentos existen, pero no son universales ni constantes, y dependen del contexto.

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