La «ameba de fuego» que se reproduce a 63 °C y rompe el récord de calor que soporta la vida compleja
Una ameba que vive en unas aguas termales de un parque volcánico de California, en Estados Unidos, prospera a temperaturas superiores a los 60 °C, un umbral que antes se consideraba letal para las formas de vida complejas.
Por Enrique Coperías, periodista científicos
Un ejemplar de la ameba de fuego Incendiamoeba cascadensis se divide a 63 °C, una temperatura récord para la reproducción de un organismo con núcleo. En la imagen microscópica, el ADN aparece en azul y las estructuras que intervienen en la división, en magenta. Cortesía: Felix Mikus.
Sus descubridores la han bautizado con el nombre científicos de Incendiamoeba cascadensis. Incendiamoeba, que se corresponde con el género, podría traducirse como ameba de fuego, por su resistencia térmica; y cascadensis hace alusión a la cordillera de las Cascadas, la gran cadena montañosa frente al océano Pacífico donde se encuentra el Parque Nacional Volcánico Lassen.
El hallazgo, publicado en la revista Cell, establece un nuevo récord de temperatura de reproducción para los eucariotas, el gran grupo al que pertenecen desde las amebas hasta los hongos, las plantas y los seres humanos.
Todos los eucariotas comparten una característica esencial: guardan el ADN en un núcleo y cuentan con compartimentos celulares delimitados por membranas. Esa organización ofrece muchas posibilidades biológicas, pero también plantea dificultades cuando sube la temperatura en el exterior.
Un pequeño depredador en un arroyo caliente
Los investigadores, encabezados por H. Beryl Rappaport y Angela Oliverio, de la Universidad de Syracuse, encontraron la especie en un afluente de Hot Springs Creek. Entre 2023 y 2025 tomaron muestras en veinte puntos; hallaron la ameba en catorce de ellos, tanto en el agua como en los sedimentos y en las comunidades microbianas adheridas a las superficies. La temperatura del arroyo oscilaba entre los 49 ºC y los 65 °C en los lugares estudiados.
La célula alcanza unos 39 micrómetros de longitud cuando se estira. Puede adoptar una forma alargada, semejante a un diminuto gusano, o hacerse más compacta y extender prolongaciones para desplazarse y atrapar alimento. Los investigadores la observaron envolviendo bacterias filamentosas hasta introducirlas en su interior. En los cultivos abundaba Meiothermus ruber, una bacteria termófila que podría ser una de sus presas habituales, aunque su abundancia por sí sola no lo demuestra.
Encontrar a la ameba entre multitud de bacterias no era sencillo. Oliverio lo explicó a New Scientist con una comparación: en un bosque es fácil ver plantas, pero mucho más difícil avistar un oso. En este ecosistema microscópico, la ameba ocupa el papel de depredadora entre organismos mucho más numerosos.
Cómo demostraron que la ameba puede reproducirse a 63 °C
Detectar una célula o su ADN en un manantial caliente no prueba que esté creciendo allí. Podría haber llegado arrastrada desde una zona más fría o permanecer inactiva. Para establecer el récord, el equipo cultivó Incendiamoeba cascadensis a dieiciste temperaturas diferentes, entre 30 y 64 °C, y observó durante días si aumentaba el número de células.
La ameba no creció a 40 °C ni por debajo de esa temperatura. Empezó a hacerlo a 42 °C, prosperó especialmente entre los 55 ºC y los 57 °C, y aún se reprodujo a 63 °C. A un grado más ya no se detectó crecimiento. Es, por tanto, una termófila obligada: necesita temperaturas elevadas para multiplicarse. Los científicos también observaron células en distintas fases de la mitosis, el proceso por el que reparten su material genético al dividirse, después de mantenerlas a 63 °C.
Esa observación distingue la división celular de otras formas de crecimiento. En algunos hongos termófilos se había descrito actividad cerca del antiguo límite de 60 °C, pero no siempre estaba claro si implicaba completar una división. En la ameba de fuego, el equipo reunió ambas pruebas: el aumento de la población en cultivo y la observación directa de células en mitosis.
La investigadora H. Beryl Rappaport toma muestras en el arroyo termal del Parque Nacional Volcánico Lassen, en California, donde su equipo descubrió Incendiamoeba cascadensis. Cortesía: Kristen Skruber.
Qué sucede cuando el agua se calienta aún más
Cada grado adicional revela una capacidad distinta de este protista unicelular. A 64 °C, la Incendiamoeba cascadensis todavía se desplaza, pese a haber dejado de reproducirse.
Si la temperatura sigue aumentando, cambia de aspecto: se redondea y forma un quiste, una estructura protectora asociada a un estado de resistencia.
Tras mantenerla cinco minutos a 70 °C, los investigadores comprobaron que podía reactivarse cuando la temperatura volvía a ser favorable. Después de exponerla a 80 °C, no observaron esa recuperación. Por eso conviene precisar qué significa resistir el calor: sobrevivir unos minutos a 70 °C no equivale a vivir y multiplicarse de forma continua a esa temperatura.
Por qué se creía que los eucariotas no podían crecer por encima de 60 °C
No hay que olvidar que el calor puede deformar las proteínas hasta impedir que desempeñen su función, favorecer que se agrupen y alterar las membranas que organizan el interior de la célula. Estos problemas resultan especialmente relevantes para los eucariotas, que dependen de numerosos compartimentos y procesos coordinados.
Hasta ahora, unos pocos hongos y algas rojas figuraban entre los eucariotas con mayor temperatura de crecimiento conocida, alrededor de 60 °C. Otra ameba de manantiales termales, la Echinamoeba thermarum, alcanzaba aproximadamente los 57 °C. El nuevo hallazgo no acerca a los eucariotas a los récords de ciertos microorganismos sin núcleo: algunas bacterias crecen cerca de los 100 °C y la arquea Methanopyrus kandleri puede reproducirse a 122 °C en condiciones experimentales. Sí demuestra que el límite de 60 °C atribuido a las células con núcleo podía superarse.
Bob Leung, investigador de la Universidad de Monash, en Australia, que no participó en el trabajo, declaró a la revista New Scientist que el resultado le obligará a actualizar sus clases sobre organismos extremófilos. Para Oliverio, el antiguo umbral se parecía a la barrera de los cuatro minutos para correr una milla: una marca que durante mucho tiempo pareció imposible de batir. La analogía no implica que los 63 °C sean el nuevo límite definitivo.
Las amebas de fuego, en acción
Amebas de fuego Incendiamoeba cascadensis se desplazan a 60 °C en este vídeo. En el laboratorio permanecieron parcialmente activa a 66 °C y pudieron recuperarse tras cinco minutos a 70 °C; después de una exposición a 80 °C, ya no se reactivaron. Vídeo: Beryl Rappaport.
Las pistas genéticas de su resistencia al calor
Para investigar cómo funciona su célula, el equipo secuenció el genoma de la Incendiamoeba y lo comparó con el de otras amebas menos tolerantes. Encontró una mayor presencia de genes relacionados con el mantenimiento de las proteínas y con la respuesta a cambios del entorno.
Después comparó la actividad de sus genes en cultivos a 48 ºC y 61 °C. Cerca de su límite de crecimiento aumentó la actividad de procesos vinculados al plegamiento de proteínas, la reparación del ADN y el transporte entre compartimentos celulares.
El análisis informático de sus proteínas aportó otra pista: predijo una mayor estabilidad térmica que la de proteínas de una ameba emparentada y diferencias en su superficie que podrían reducir su tendencia a agruparse con el calor. Son mecanismos candidatos, todavía no causas demostradas. Las propiedades previstas para esas proteínas deben medirse en experimentos, y los investigadores aún no pueden modificar genéticamente la nueva especie para comprobar la función de cada gen.
Lo que aportan otros estudios recientes
La ameba de fuego forma parte de una investigación más amplia sobre eucariotas que viven en ambientes extremos. En 2024, un estudio publicado en Communications Biology comparó 37 especies de hongos termófilos o tolerantes al calor con 42 especies adaptadas a temperaturas moderadas. Los autores de la investigación identificaron distintas señales evolutivas asociadas a la tolerancia térmica, entre ellas pérdidas de genes y rasgos relacionados con la estructura de las proteínas. Los resultados ayudan a estudiar posibles estrategias frente al calor, aunque no prueban que los hongos y Incendiamoeba empleen las mismas.
Y el años pasado, un grupo de investigadores japoneses dirigido por Yuki Tsuna, del National Institute of Genomics, aisló de manantiales ácidos de Japón varios eucariotas unicelulares capaces de alimentarse de un alga roja. Sus temperaturas de crecimiento eran muy inferiores a las de la ameba californiana, pero el trabajo mostró que los manantiales albergan depredadores microscópicos además de bacterias y arqueas. Y otro estudio, publicado ese año, examinó comunidades de 47 manantiales del este y el sureste de Asia: aunque las bacterias dominaban, los eucariotas representaban cerca del 10 % de la diversidad de taxones detectada.
Dos células de Incendiamoeba cascadensis en distintas fases de división a 58 °C. La microscopía de expansión permite distinguir las estructuras formadas por tubulina (magenta), el ADN (azul) y la membrana celular (gris). Cortesía: Rappaport y colaboradores, Cell.
La búsqueda de otras amebas capaces de soportar el calor
Los autores buscaron señales genéticas de parientes de Incendiamoeba en más de 31.000 conjuntos de datos ambientales. Encontraron una secuencia idéntica en un tapiz microbiano de una zona termal de Nueva Zelanda y secuencias emparentadas en Yellowstone (Estados Unidos).
Esas pistas sugieren dónde buscar nuevas poblaciones o especies, pero el ADN ambiental no demuestra que las amebas estén vivas ni que se reproduzcan a 63 °C. Hará falta encontrarlas, cultivarlas y poner a prueba sus límites.
🗣️ «Logramos descubrir muchas estrategias que podrían ayudar a la Incendiamoeba cascadensis a sobrevivir a las altas temperaturas, y algunas de estas estrategias podrían ser utilizadas por los organismos termófilos en todos los dominios de la vida —dice Rappaport. Y añade—: Por ejemplo, algunas proteínas de la I. cascadensis tienen una elevada carga superficial positiva que podría contribuir a mantenerlas estables. Estas cargas proteicas son similares a las observadas en bacterias y arqueas termófilas».
La búsqueda de vida más allá de la Tierra
El hallazgo también interesa a quienes buscan vida más allá de la Tierra.
«Encontrar eucariotas que sobrevivan en entornos de alta temperatura no solo amplía nuestra comprensión de dónde podría encontrarse vida, sino también de lo compleja que podría ser esa vida», explica Alison Olcott, astrobióloga del programa de Exobiología de la NASA. Conocer los límites reales de las células con núcleo ayuda a plantear en qué ambientes podría existir una vida más compleja de lo que hoy imaginamos.
Pero soportar el calor no basta. Rappaport recuerda, en la nota de prensa de la NASA, que Incendiamoeba cascadensis necesita agua, alimento y condiciones adecuadas de acidez, oxígeno y presión. También depende de las bacterias que consume. Por eso, su récord no demuestra que esta ameba pueda vivir en otro planeta: muestra que, al evaluar un posible hábitat, hay que considerar tanto la resistencia de un organismo como el ecosistema que le permitiría prosperar.
«Ciertamente, podría ser posible que una forma de vida compleja como la Incendiamoeba cascadensis sobreviviera en otro planeta, pero la Tierra es el único planeta que conocemos actualmente que reúne todos los requisitos para que la I. cascadensis prospere —dice Rappaport en un comunicado de la NASA. Y concluye—: No solo es cuestión de temperatura. Un entorno también requiere el nivel adecuado de acidez, oxígeno y presión, así como agua y alimento. La Incendiamoeba cascadensis no podría sobrevivir por sí sola. También necesita de otras formas de vida para subsistir».
El récord de la ameba de fuego deja una pregunta abierta: ¿cuál es la temperatura máxima a la que una célula con núcleo puede completar su ciclo vital? De momento, la respuesta comprobada llega a 63 °C. En un pequeño arroyo de California, esa frontera ha avanzado tres grados.▪️(23-septiembre-2026)
⏱️ LO MÁS IMPORTANTE DEL ESTUDIO, EN 30 SEGUNDOS
- Un nuevo récord para la vida eucariota: la «ameba de fuego», Incendiamoeba cascadensis, se alimenta y se reproduce a 63 °C, por encima del límite de crecimiento de unos 60 °C que se atribuía a las células con núcleo.
- Tres temperaturas, tres capacidades: puede reproducirse a 63 °C, moverse a 64 °C y recuperarse tras cinco minutos a 70 °C formando un quiste. Sobrevivir brevemente no equivale a crecer a esa temperatura.
- Vive en California: los investigadores la descubrieron en un arroyo termal del Parque Nacional Volcánico Lassen, donde se alimenta de bacterias adaptadas al calor.
- El récord se comprobó en el laboratorio: el equipo cultivó la ameba a distintas temperaturas y observó células en mitosis a 63 °C, confirmando que podían dividirse.
- Su resistencia tiene varias pistas: el estudio señala procesos relacionados con el cuidado de las proteínas, la reparación del ADN y el transporte dentro de la célula, aunque todavía falta demostrar cuáles son decisivos.
- Puede haber parientes por descubrir: se encontraron señales genéticas relacionadas en Nueva Zelanda y Yellowstone, pero esas secuencias por sí solas no prueban que allí haya amebas vivas reproduciéndose a temperaturas récord.
- Interesa a la búsqueda de vida extraterrestre: amplía las condiciones en las que podría considerarse posible una célula compleja. La temperatura es solo una parte: una ameba semejante también necesitaría agua, alimento y un entorno adecuado.
Fuente: Rappaport H., Petek-Seoane N., Tyml T. et al. A geothermal amoeba sets a new upper temperature limit for eukaryotes. Cell (2026). DOI: 10.1016/j.cell.2026.08.043
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