La mayoría de la gente cree que el cambio climático afectará más a los demás que a sí misma
Aunque el cambio climático se percibe como una amenaza real y creciente, la mayoría de las personas cree que sus peores consecuencias las padecerán gente de otras regiones, países o continentes. Un amplio metaanálisis internacional desvela un sesgo psicológico persistente que puede frenar la respuesta social ante la crisis climática.
Por Enrique Coperías, periodista científico
La mayoría de las personas percibe que el cambio climático afectará con más fuerza a otros que a sí mismas, un sesgo psicológico documentado por un metaanálisis con más de 70.000 participantes. Crédito: IA-DALL-E-RexMolón-Producciones
La mayoría de las personas reconoce que el cambio climático es una amenaza real, creciente y peligrosa. Sin embargo, cuando se les pregunta a quién afectará más, la respuesta suele señalar hacia fuera: a otros países, a otras regiones, a otras personas. No a uno mismo.
Esta brecha entre el riesgo que percibimos para nosotros y el que atribuimos a los demás es amplia, sistemática y sorprendentemente resistente a la evidencia científica.
Así lo confirma un nuevo y ambicioso estudio científico publicado en la revista Nature Sustainability, que analiza décadas de investigaciones sobre cómo evaluamos los riesgos climáticos y llega a una conclusión inquietante: casi todos creemos que el cambio climático golpeará con más fuerza a otros que a nosotros.
Un metaanálisis con datos de más de 70.000 personas
El trabajo, firmado por los psicólogos Isak Sandlund, Pär Bjälkebring y Magnus Bergquist, del Departamento de Psicología en la Universidad de Gotemburgo (Suecia), no es un estudio más, sino un metaanálisis —una síntesis estadística de estudios previos— que reúne datos de 70.337 personas en diecisiete países distintos.
En total, los autores han analizado sesenta conjuntos de datos y 83 estimaciones independientes sobre la percepción del riesgo climático.
El resultado es contundente: en 81 de los 83 casos, las personas consideran que su riesgo personal es menor que el de los demás.
Por qué subestimamos nuestro riesgo frente al de los demás
Esta diferencia, conocida en psicología como discrepancia Yo-Otros, no es nueva. Se ha observado en ámbitos como la salud, como es el caso de los fumadores que creen que el cáncer afectará antes a otros; o la seguridad vial, por ejemplo, los conductores que están convencidos de que son mejores al volante que la media.
Pero el nuevo estudio demuestra que este sesgo psicológico también atraviesa de lleno nuestra relación con el cambio climático, y lo hace a gran escala.
Según los autores, el tamaño del efecto es notable: de media, más del 68% de las personas percibe que el cambio climático será menos probable o menos grave para ellas que para los demás. Esta percepción se mantiene tanto cuando se pregunta por riesgos generales, caso del cambio climático y del calentamiento global, como cuando se desciende a amenazas concretas: olas de calor, inundaciones, sequías o tormentas extremas.
El papel del sesgo psicológico y el optimismo comparativo
No se trata, advierten los investigadores, de afirmar que todo el mundo esté equivocado sobre su riesgo real. El estudio no compara las percepciones con datos objetivos individualizados. Lo que muestra es otra cosa: una asimetría sistemática en cómo juzgamos el peligro cuando el sujeto somos yo y cuando son otros. Una forma de optimismo comparativo que, en el contexto climático, puede tener consecuencias profundas.
🗣️ «Los estudios que hemos recopilado no miden el riesgo real de las personas. No podemos determinar si las evaluaciones individuales del riesgo son excesivamente optimistas, pero a nivel de grupo vemos claramente que la mayoría percibe su propio riesgo como inferior al de los demás», explica Bergquist.
Uno de los hallazgos más interesantes del trabajo es que esta brecha no es igual en todos los contextos. Depende, en primer lugar, de con quién nos comparemos. Cuando las personas evalúan su riesgo frente al de la humanidad o la gente en general, la discrepancia es máxima. Cuando la comparación se hace con personas cercanas —vecinos, gente de la comunidad o de la ciudad—, el sesgo se reduce de forma significativa.
En términos estadísticos, el riesgo percibido es mucho más bajo para uno mismo cuando el referente es abstracto y lejano que cuando es concreto y próximo. Dicho de otro modo: cuanto más difuso es el otro, más fácil es pensar que será él quien sufra las peores consecuencias.
La percepción del riesgo personal influye de forma decisiva en la respuesta ante el cambio climático: cuando se siente como algo que afecta a otros, la urgencia por actuar se diluye, y viceversa. Foto: Markus Spiske
Europa, Estados Unidos y Asia: diferencias en la percepción
La explicación, apuntan los autores, tiene que ver con cómo funciona nuestra mente. Al pensar en nosotros mismos, tendemos a centrarnos en nuestras capacidades, recursos o estrategias para afrontar problemas: yo me adaptaré, yo estaré preparado, a mí no me pasará tanto.
En cambio, cuando pensamos en grupos amplios y anónimos, imaginamos escenarios más extremos, poblaciones vulnerables o lugares especialmente expuestos. El resultado es una comparación desequilibrada.
Pero hay un segundo factor clave que modula esta percepción: el riesgo objetivo. El estudio muestra que la discrepancia Yo–Otros es mucho menor en regiones del mundo donde el impacto del cambio climático ya es alto. En países de Asia y Oceanía —zonas especialmente afectadas por fenómenos extremos en las últimas décadas—, las personas siguen creyendo que otros están más expuestos, pero la diferencia es menor que en Estados Unidos y, sobre todo, en Europa.
Cómo la experiencia directa cambia la percepción del riesgo
Europa aparece como la región donde el sesgo es más pronunciado. Allí, la percepción de que «el cambio climático afectará más a otros» es especialmente intensa. En cambio, en regiones con una exposición directa y frecuente a desastres climáticos, esa ilusión de invulnerabilidad se erosiona. La experiencia, parece, ajusta la percepción.
Este patrón encaja con investigaciones previas que muestran cómo el contacto directo con eventos extremos —inundaciones, incendios, tifones— puede reducir el optimismo irreal. Cuando el riesgo deja de ser una abstracción futura y se convierte en una vivencia presente, resulta más difícil mantener la distancia psicológica.
🗣️ «Encontramos este efecto en todos los estudios salvo en dos, en los que los participantes eran agricultores de China y Corea del Sur que habían estado directamente expuestos a las consecuencias del cambio climático. Esto sugiere que la experiencia directa reduce este efecto», señala Bjälkebring.
Por qué este sesgo puede frenar la acción climática
Y esa distancia es, precisamente, uno de los grandes problemas para la acción climática. Numerosos estudios han mostrado que la percepción de riesgo personal es un motor clave del comportamiento: cuanto más vulnerable se siente alguien, más probable es que apoye políticas climáticas, adopte medidas de adaptación o cambie hábitos cotidianos. Si el riesgo se percibe como algo que afecta sobre todo a otros, la urgencia se diluye.
Los autores del metaanálisis lo expresan con una claridad meridiana: esta percepción sesgada puede convertirse en un obstáculo serio para las estrategias de mitigación y adaptación al cambio climático. No porque la gente niegue el problema, sino porque lo sitúa siempre un paso más lejos de sí misma.
🗣️ «Incluso cuando las personas reconocen los riesgos reales que plantea el cambio climático, muchas parecen percibir que estos riesgos afectan principalmente a otros. Se trata de un sesgo psicológico que, en el peor de los casos, puede ralentizar tanto los esfuerzos de adaptación como los de mitigación del cambio climático», advierte Bergquist.
En las regiones más castigadas por los fenómenos extremos, como Asia y Oceanía, la percepción del riesgo es más realista que en Estados Unidos y Europa, donde discrepancia Yo-Otros es más acusada. Foto: Milind Ruparel
Implicaciones para la comunicación del cambio climático
El trabajo también desmonta una explicación alternativa habitual: la idea de que las personas no comparan su riesgo con el de un individuo concreto, sino con el riesgo acumulado de un grupo entero. Si esto fuera así, el sesgo desaparecería al comparar con «una persona cualquiera».
Sin embargo, los pocos estudios que han probado esta hipótesis muestran que incluso frente a un otro aleatorio, la mayoría sigue viéndose a sí misma como menos expuesta.
Todo ello plantea un desafío directo a la comunicación del riesgo climático. Según los autores, insistir en mensajes genéricos sobre “el impacto del cambio climático en la humanidad” puede reforzar involuntariamente la idea de que el problema es ajeno. En cambio, hablar de efectos locales, concretos y cercanos —en barrios, ciudades o colectivos específicos— podría ayudar a reducir la brecha perceptiva.
La recomendación no es alarmar, sino afinar el enfoque. Mostrar que el cambio climático no es solo una tragedia lejana ni un problema del futuro, sino una realidad que afecta aquí y ahora, a personas como nosotros. No como una amenaza abstracta, sino como un riesgo compartido.
El filtro del optimismo comparativo
El estudio también invita a la cautela. Los propios autores subrayan que existe una gran variabilidad entre estudios y contextos, y que no todas las personas ni todas las situaciones responden igual. En algunos casos muy específicos —como agricultores que viven en zonas altamente expuestas— el sesgo incluso se invierte: se sienten más en riesgo que los demás. Pero estos casos son minoritarios.
En conjunto, la imagen que emerge es clara y coherente. Y ni es otra que nuestra percepción del cambio climático está filtrada por un optimismo comparativo que nos protege psicológicamente, pero que puede resultar contraproducente colectivamente. Creer que el problema es siempre para otros puede aliviar la ansiedad individual, pero retrasa las decisiones necesarias para afrontarlo.
En un contexto de fenómenos extremos cada vez más frecuentes y de ventanas de oportunidad cada vez más estrechas, entender estos mecanismos mentales no es un ejercicio académico. Es una pieza clave para diseñar políticas públicas, campañas informativas y mensajes climáticos que conecten con la realidad psicológica de la ciudadanía. Porque, como sugiere este trabajo, el mayor riesgo no es solo el cambio climático, sino la convicción íntima de que a uno le tocará menos.▪️
Información facilitada por la Universidad de Gotemburgo
Fuente: Sandlund, I., Bjälkebring, P. & Bergquist, M. Meta-analytical evidence of a self–other discrepancy in climate change-related risk perceptions. Nature Sustainability (2026). DOI: https://doi.org/10.1038/s41893-025-01717-3

