Los crocodilios gigantes dominaron la cadena alimentaria en la Sudamérica del Mioceno

Hace 12 millones de años, las orillas de los ríos sudamericanos eran territorio de unos caimanes gigantes capaces de abatir mamíferos de más de una tonelada. Cuatro fósiles hallados en Colombia conservan las mordeduras que delatan el reinado depredador de los Purussaurus.

Por Enrique Coperías, periodista científico

Reconstrucción de un Purussaurus neivensis atacando por la cabeza a un Pericotoxodon platignathus en los humedales colombianos de hace unos 12 millones de años.

Reconstrucción de un Purussaurus neivensis atacando por la cabeza a un Pericotoxodon platignathus en los humedales colombianos de hace unos 12 millones de años. Las mordeduras conservadas en los fósiles indican que este caimán gigante cazaba mamíferos de más de una tonelada. Imagen generada con IA a partir de una ilustración de Miguel Hernández

Hace unos 12 millones de años, donde hoy se extiende el paisaje árido del desierto de la Tatacoa, en Colombia, discurrían ríos sinuosos entre llanuras de inundación, bosques y extensos humedales. A sus orillas acudían mamíferos herbívoros que podían superar la tonelada y media de peso.

El peligro no siempre los esperaba oculto entre la vegetación. A veces, permanecía casi completamente sumergido, con los ojos y los orificios nasales sobre el agua: un crocodilio gigantesco capaz de sujetar a sus presas por la cabeza, arrastrarlas al río y despedazarlas con una mordida formidable.

Un estudio publicado en la revista Journal of Vertebrate Paleontology presenta las primeras pruebas físicas de que estos reptiles depredaban sobre los grandes ungulados de La Venta, uno de los yacimientos del Mioceno más importantes de Sudamérica. Las evidencias son cuatro fósiles —un cráneo, un fémur y dos mandíbulas— que conservan perforaciones, fracturas y surcos compatibles con ataques de crocodilios. El principal sospechoso es la especie Purussaurus neivensis, un caimán gigante de unos 6,9 metros de longitud y alrededor de 1.800 kilos.

El trabajo, encabezado por el paleontólogo Oscar E. Wilson, de la Universidad de Helsinki, en Finlandia, respalda una idea planteada desde hace tiempo: antes de que los grandes carnívoros placentarios llegaran a Sudamérica durante el Gran Intercambio Biótico Americano (GABI, por sus siglas en inglés), los reptiles desempeñaron un papel fundamental en la cima de la cadena alimentaria. En La Venta, según los autores, los crocodilios no eran actores secundarios, sino probablemente los depredadores más importantes de los mamíferos de gran tamaño.

Cuando los mamíferos no eran los grandes depredadores

La fauna de este enclave colombiano resulta difícil de comparar con cualquier ecosistema actual. En él se han identificado 156 especies de vertebrados, entre ellas nueve crocodiliformes, el grupo de reptiles que incluye a los cocodrilos actuales y a sus numerosos parientes extinguidos. Esa diversidad estuvo favorecida por el sistema de megahumedales de Pebas, una vasta red de ambientes acuáticos que cubrió buena parte del norte de Sudamérica durante el Mioceno medio.

Junto a los crocodilios vivían serpientes de gran tamaño, aves del terror o fororrácidos y esparasodontos, unos mamíferos depredadores emparentados lejanamente con los marsupiales.

Sin embargo, la proporción de carnívoros mamíferos respecto a sus posibles presas era relativamente baja. Ese aparente vacío ecológico pudo ser ocupado por reptiles como los del género Purussaurus. Las reconstrucciones previas basadas en el tamaño corporal y la disponibilidad de presas ya apuntaban en esa dirección, pero faltaba una prueba directa. Los nuevos fósiles proporcionan precisamente ese vínculo: huesos de herbívoros atravesados y deformados por dientes de grandes crocodilios.

Cráneo parcial de Pericotoxodon platignathus visto desde arriba. La gran perforación circular conservada en el hueso frontal coincide en tamaño y forma con la mordedura de un Purussaurus neivensis.

Cráneo parcial de Pericotoxodon platignathus visto desde arriba. La gran perforación circular conservada en el hueso frontal coincide en tamaño y forma con la mordedura de un Purussaurus neivensis. Cortesía: Oscar Wilson.

Cuatro fósiles reconstruyen varios ataques

Un cráneo perforado por un diente de casi tres centímetros

Una de las piezas más reveladoras es el cráneo incompleto de Pericotoxodon platignathus, un notoungulado (Notoungulata) de casi una tonelada. En la superficie frontal conserva una perforación prácticamente circular de 29,2 milímetros de diámetro. Sus bordes presentan dos pequeños vértices opuestos, una forma característica de la penetración de un diente provisto de bordes cortantes.

La marca coincide en tamaño con los dientes de ejemplares adultos de Purussaurus neivensis, cuyos diámetros basales oscilan entre 19,6 y 43,7 milímetros.

El cráneo carece además de su parte anterior y presenta un patrón de rotura semejante al observado en experimentos con cocodrilos marinos actuales alimentándose de cadáveres de cerdo. En esas pruebas, los reptiles agarraban a los animales por la cabeza y llegaban a arrancar parte del hocico.

Los autores advierten de que la pérdida del rostro del animal también pudo deberse a la erosión o a otros procesos posteriores al enterramiento. La perforación, en cambio, constituye una evidencia mucho más sólida: fue producida cuando el hueso todavía conservaba las propiedades mecánicas de un tejido fresco.

Nueve marcas en el fémur de otro herbívoro

Otro fósil corresponde al extremo de un fémur del mismo ungulado. La pieza, que representa el primer fémur atribuido a Pericotoxodon platignathus, contiene nueve marcas: cinco perforaciones y cuatro depresiones que no llegan a atravesar la capa cortical.

Tres de los agujeros están bisecados de una manera compatible con los dientes carenados de Purussaurus.

El animal al que perteneció este hueso habría pesado alrededor de 616 kilos, según Wilson.

Una mandíbula mordida por dos depredadores diferentes

Las otras dos víctimas eran astrapoterios, un grupo extinguido de ungulados sudamericanos de cuerpo robusto, grandes caninos y una posible trompa corta. Una mandíbula de Xenastrapotherium kraglievichi, perteneciente a un individuo de unos 1.687 kilos, presenta dos perforaciones de hasta 24,8 milímetros y una deformación considerable del hueso.

Las fracturas se extienden desde los agujeros hasta la línea de los alvéolos dentales, señal de que la mandíbula recibió una presión extraordinaria.

Este fósil conserva además la huella de una segunda mordedura. En la cara opuesta de la mandíbula aparecen diez surcos finos y paralelos, producidos por un diente serrado que resbaló sobre el hueso. Los investigadores los atribuyen a un ejemplar de Langstonia huilensis, un crocodiliforme terrestre de unos cuatro metros de longitud, patas relativamente largas y dientes comprimidos semejantes a cuchillas.

La hipótesis más sólida que barajan los autores del estudio es que Purussaurus atacara o consumiera primero al Xenastrapotherium y que, después de su muerte, Langstonia aprovechara el cadáver.

La huella de un posible «giro de la muerte»

La cuarta pieza es la mandíbula de un ejemplar joven o subadulto de Granastrapotherium snorki. Aunque su masa calculada a partir de los dientes ronda los 1.822 kilos —una estimación que podría resultar excesiva—, todavía no había completado la erupción de su última muela.

La mandíbula presenta perforaciones, aplastamiento del hueso y un surco curvado que sugiere un movimiento violento del diente. Esta huella pudo formarse mientras el crocodilio sacudía a la presa o ejecutaba el llamado giro de la muerte: tras cerrar las mandíbulas sobre ella, el reptil hace rotar todo su cuerpo sobre su eje para desgarrar los tejidos y arrancar grandes fragmentos..

Mandíbula de Xenastrapotherium kraglievichi que conserva las huellas de dos episodios de alimentación

Mandíbula de Xenastrapotherium kraglievichi que conserva las huellas de dos episodios de alimentación: las perforaciones profundas se atribuyen a Purussaurus neivensis, mientras que unos surcos paralelos podrían corresponder al carroñeo posterior de Langstonia huilensis. Foto: Oscar Wilson.

¿Depredación o consumo de cadáveres?

Averiguar si un animal fósil fue cazado o simplemente devorado después de morir es uno de los problemas clásicos de la paleontología. Ninguno de estos huesos muestra cicatrización, pero eso solo indica que las mordeduras se produjeron en el momento de la muerte o después de ella. La localización de las marcas ofrece, no obstante, una pista importante.

Tres de los cuatro fósiles están mordidos en el cráneo o la mandíbula, y el cuarto corresponde a la zona de la rodilla. Son precisamente algunas de las partes que los cocodrilos actuales atacan cuando sorprenden a los mamíferos que se acercan al agua.

Wilson y sus colaboradores consideran por ello que la depredación es la explicación más probable en la mayoría de los casos, aunque reconocen que no puede descartarse por completo el carroñeo. La semejanza con los cocodrilos modernos permite imaginar a los Purussaurus emboscados junto a los canales fluviales de La Venta. Un ataque rápido a la cabeza habría inmovilizado a la presa antes de que el reptil la arrastrara al agua para ahogarla.

Una fuerza de mordida capaz de fracturar huesos

Las estimaciones mecánicas refuerzan esa interpretación. Algunas series de perforaciones exigieron fuerzas combinadas de más de 40.000 newtons y, en ciertos casos, cercanas a 70.000.

El cálculo de unos 80.000 newtons para el agujero del cráneo probablemente está exagerado porque la fórmula aplicada no tiene en cuenta que el hueso frontal es más delgado que un fémur o una mandíbula.

Aun así, las cifras encajan mejor con Purussaurus que con cualquier otro depredador conocido en La Venta.

Reconstrucción de un Purussaurus brasiliensis, una especie de caimán gigante aún mayor que el Purussaurus neivensis. Este formidable depredador del Mioceno sudamericano habría desarrollado una fuerza de mordida cercana a los 69.000 newtons

Reconstrucción de un Purussaurus brasiliensis, una especie de caimán gigante aún mayor que el Purussaurus neivensis. Este formidable depredador del Mioceno sudamericano habría desarrollado una fuerza de mordida cercana a los 69.000 newtons. Cortesía: LiterallyMiguel

Por qué las mordeduras se atribuyen a Purussaurus

Los investigadores compararon las marcas con los dientes y la anatomía de los distintos crocodiliformes de La Venta. Algunas especies pudieron descartarse por su tamaño o por su especialización alimentaria.

Mourasuchus atopus, por ejemplo, poseía un hocico ancho y dientes demasiado pequeños para producir estas perforaciones. Gryposuchus colombianus tenía un hocico largo y estrecho, además de dientes ovalados más adecuados para capturar presas acuáticas pequeñas. Langstonia huilensis disponía de dientes serrados, pero demasiado comprimidos para dejar agujeros circulares tan grandes.

Purussaurus, en cambio, reunía todas las características necesarias:

✅ Un hocico ancho y robusto en forma de U.

✅ Dientes anteriores grandes, cónicos y puntiagudos.

✅ Piezas posteriores más cortas y redondeadas, capaces de soportar elevadas cargas.

✅ Una masa cercana a 1.800 kilos.

✅ Capacidad para capturar presas incluso mayores que él.

Los modelos utilizados en el estudio indican que un ejemplar de ese tamaño podría haber cazado animales de hasta 3.400 kilos. Todos los ungulados analizados se encontraban dentro de su rango potencial de presas.caza.

El papel ecológico de los crocodilios gigantes

El dominio de estos reptiles tuvo consecuencias que fueron más allá de la muerte de algunos herbívoros. Los crocodilios consumen menos alimento y con menor frecuencia que los grandes depredadores de sangre caliente, pero una población numerosa puede controlar desde arriba la abundancia de sus presas.

Además, al arrastrar animales terrestres hacia los ríos, dispersar fragmentos de cadáveres y dejar restos para otros carroñeros, los Purussaurus habrían transportado nutrientes desde tierra firme hasta los ecosistemas acuáticos.

Los cuatro fósiles fueron descubiertos de manera incidental, no durante una búsqueda sistemática de mordeduras. Los autores creen que las colecciones de La Venta podrían conservar muchas más huellas inadvertidas.

Cada una de ellas permitiría reconstruir no solo quién se comía a quién, sino también cómo funcionaba un ecosistema sin equivalente moderno, en el que los mamíferos gigantes acudían al agua bajo la mirada de reptiles aún mayores. En aquella Sudamérica de hace 12 millones de años, la orilla del río pertenecía a los crocodilios. ▪️(19-agosto-2026)

LO MÁS IMPORTANTE DEL ESTUDIO, EN 30 SEGUNDOS

  • Cuatro fósiles de grandes ungulados hallados en Colombia conservan mordeduras de crocodilios de hace unos 12 millones de años.
  • El principal responsable habría sido Purussaurus neivensis, un caimán de casi siete metros y unos 1.800 kilos.
  • Este depredador podía atacar a mamíferos de más de una tonelada, probablemente cuando se acercaban a beber.
  • Las marcas confirman que los crocodilios gigantes ocuparon la cima de la cadena alimentaria en la Sudamérica del Mioceno.

PREGUNTAS & RESPUESTAS: Caimanes Gigantes y Fósiles

🐊 ¿Qué era Purussaurus neivensis?

Era un caimán gigante que vivió en el norte de Sudamérica durante el Mioceno medio. Alcanzaba aproximadamente 6,9 metros de longitud y una masa cercana a 1.800 kilos.

🐊 ¿Qué pruebas demuestran que atacaba a grandes mamíferos?

Los investigadores identificaron perforaciones, fracturas, aplastamientos y surcos dentales en cuatro fósiles de ungulados colombianos. El tamaño y la forma de las marcas coinciden con los dientes de Purussaurus.

🐊 ¿Qué animales fueron atacados?

Los fósiles pertenecen a tres especies de ungulados sudamericanos: Pericotoxodon platignathus, Xenastrapotherium kraglievichi y Granastrapotherium snorki. Algunos ejemplares pudieron superar los 1.500 kilos.

🐊 ¿Los fósiles prueban que fueron cazados vivos?

No de manera absoluta. La ausencia de cicatrización no permite separar siempre depredación y carroñeo. Sin embargo, la localización de las mordeduras en la cabeza y la rodilla, junto con la deformación del hueso, favorece la hipótesis de ataques durante la captura.

🐊 ¿Dónde se encontraron los fósiles?

Proceden de la región de La Venta, en el actual desierto de la Tatacoa, departamento de Huila, Colombia. Durante el Mioceno, la zona estaba formada por ríos, llanuras de inundación y humedales.

  • Información facilitada por la Universidad de Helsinki

  • Fuente: Wilson, O. E., Moreno-Bernal, J. W., Suarez, C., Tovar, F. C., Vanegas, A., Vanegas, R., … Zonneveld, J. P. Physical evidence of crocodylian predation on ungulates in the Middle Miocene of Colombia. Journal of Vertebrate Paleontology (2026). DOI: https://doi.org/10.1080/02724634.2026.2701154

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