Ni el azar equilibra el tablero: el ajedrez 960 también favorece a las blancas, según un estudio
Ni siquiera barajar las piezas logra borrar una de las leyes no escritas del ajedrez. Un nuevo estudio científico que analiza las 960 posiciones posibles del ajedrez aleatorio demuestra que mover primero sigue siendo una ventaja estructural, incluso cuando desaparece la teoría de aperturas.
Por Enrique Coperías, periodista científico
Dos jugadores analizan una posición inicial no clásica del ajedrez 960, una variante creada para evitar la memorización de aperturas. Un estudio reciente muestra que, incluso con las piezas colocadas al azar, las blancas conservan una ventaja estructural por mover primero. Crédito: IA-DALL-E-©RexMolón Producciones
Qué es el ajedrez 960 o ajedrez aleatorio de Fischer
Durante décadas, el ajedrez ha vivido bajo una paradoja. Cuanto más profundo se volvía el conocimiento del juego, más previsible resultaba su inicio.
En la élite del ajedrez, las primeras quince o veinte jugadas de una partida clásica suelen discurrir por caminos trazados hace años, memorizados hasta el último detalle. La creatividad en el ajedrez —esa mezcla de intuición, cálculo y riesgo que da sentido al juego— queda aplazada hasta bien entrada la partida.
Para combatir ese problema, en 1996 el campeón del mundo Bobby Fischer propuso una idea radical: barajar las piezas iniciales y empezar cada partida desde un terreno desconocido. Así nació el ajedrez aleatorio de Fischer, hoy conocido como ajedrez 96 o Chess960.
El estudio científico: analizar las 960 posiciones posibles
La promesa era tentadora: eliminar la preparación teórica sin alterar las reglas fundamentales del ajedrez. Sin embargo, una pregunta quedaba en el aire. ¿Son realmente equivalentes esas 960 posiciones iniciales posibles? ¿O algunas son, por naturaleza, más complejas, más injustas o más favorables que otras?
Un nuevo estudio científico publicado en arXiv acaba de demostrar que, lejos de ser un conjunto homogéneo, el universo del ajedrez 960 es un paisaje estratégico abrupto, lleno de desigualdades ocultas. Y, lo más llamativo: incluso en este ajedrez aleatorio, las blancas siguen teniendo ventaja.
El trabajo, realizado por el físico teórico francés Marc Barthelemy, del Instituto de Física Teórica de París-Saclay (Francia), ha analizado de forma sistemática las 960 configuraciones legales del ajedrez 960 utilizando uno de los motores de ajedrez más potentes del mundo, el Stockfish.
Stockfish y la ventaja estructural de mover primero
La conclusión principal es tan sencilla como contundente: en el 99,6% de las posiciones iniciales, Stockfish evalúa que las blancas están mejor desde el primer movimiento. La ventaja media de las blancas ronda los 0,3 peones, una cifra modesta pero persistente, muy similar a la que se observa en el ajedrez clásico.
Este resultado desmonta una intuición extendida entre aficionados y jugadores profesionales: la idea de que la ventaja de las blancas en el ajedrez tradicional sería un producto artificial de siglos de análisis teórico y refinamiento. Según el estudio, no es así.
El simple hecho de mover primero confiere un beneficio estructural que sobrevive incluso cuando las piezas se colocan al azar. La iniciativa en el ajedrez, parece, es una propiedad profunda del juego, no un accidente histórico.
Ejemplo de posición inicial en ajedrez 960, con las piezas dispuestas de forma aleatoria en la primera fila, según las reglas propuestas por Bobby Fischer. Ilustración tomada del libro de Svetozar Gligoric (Fischerandom Rules, p. 87), realizada con los iconos de ajedrez creados por user:Cburnett.
Medir la complejidad del ajedrez con teoría de la información
Pero el trabajo va mucho más allá de medir quién está más aventajado tras la primera jugada. Su aportación más original es una nueva forma de cuantificar la complejidad del ajedrez. En lugar de contar variantes o posiciones posibles, Barthelemy introduce un concepto inspirado en la teoría de la información: el coste informativo de la toma de decisiones.
La idea es intuitiva. En una posición de ajedrez determinada, el motor evalúa cuál es la mejor jugada y cuál es la que le sigue. Si la diferencia entre ambas es grande, la decisión es fácil: hay un movimiento claramente superior. Si la diferencia es mínima, elegir correctamente exige mucho más esfuerzo cognitivo. Esa dificultad se puede medir en bits de información, del mismo modo que se mide la incertidumbre en un sistema físico.
El coste cognitivo de tomar decisiones en el tablero
Sumando ese coste decisión tras decisión, el autor calcula cuánta información necesita un jugador para navegar correctamente por las primeras jugadas de una partida. Y, lo que resulta crucial, puede separar ese coste para las blancas y para las negras. Así emerge una nueva dimensión del juego: no solo quién está mejor, sino quién lo tiene más difícil.
El ajedrez clásico no es tan especial como creemos
Los resultados son reveladores. Aunque, de media, la complejidad total de las partidas iniciales no varía de forma extrema entre posiciones, sí lo hace —y mucho— el reparto de la complejidad entre ambos bandos. En algunas configuraciones, las blancas cargan con la mayor parte del esfuerzo intelectual desde el inicio. En otras, son las negras las que se enfrentan a decisiones críticas, con menos margen de error.
La asimetría cognitiva puede alcanzar diferencias de más de cuatro bits entre un jugador y otro, una brecha considerable. Y, en promedio, el estudio detecta una ligera tendencia a que las blancas tengan que tomar decisiones más complejas en la apertura, quizá porque son ellas las que deben marcar el rumbo de la partida desde el primer movimiento.
¿Y qué ocurre con el ajedrez clásico, la posición inicial tradicional que todos conocemos? Contra lo que cabría esperar, no destaca especialmente ni por su complejidad estratégica ni por su equilibrio competitivo. Se sitúa cerca de la media del conjunto, tanto en dificultad global como en ventaja inicial. Donde sí sobresale es en la asimetría decisional: está en el percentil 91 de las posiciones en las que las negras afrontan un mayor esfuerzo cognitivo que las blancas durante la apertura.
👉 En otras palabras, el ajedrez tradicional no es ni especialmente profundo ni especialmente justo desde un punto de vista estadístico. Su centralidad cultural no parece responder a una optimización matemática, sino a otros factores: la estética del tablero, la simetría visual, la facilidad de aprendizaje o, sencillamente, la inercia histórica.
TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR:
♟️ Allie: el bot de ajedrez con inteligencia artificial que juega como un humano
Extremos fascinantes en las 960 configuraciones
Más sorprendente aún es que pequeñas alteraciones en la disposición de las piezas pueden transformar por completo el carácter del juego. El estudio identifica posiciones casi idénticas al ajedrez clásico —diferentes solo por el intercambio de dos piezas en la fila inicial— que generan partidas mucho más complejas o, por el contrario, extraordinariamente simples. Un leve cambio puede multiplicar por tres el coste informativo de la apertura.
Entre las 960 configuraciones, el autor identifica extremos fascinantes. Hay posiciones que imponen una carga cognitiva enorme a uno de los bandos desde el primer momento, obligándolo a jugar con una precisión extrema. Otras, en cambio, resultan sorprendentemente equilibradas, con evaluaciones neutras y una complejidad simétrica entre blancas y negras.
Una de ellas destaca especialmente: una disposición concreta de las piezas que minimiza simultáneamente la ventaja inicial y la asimetría en la toma de decisiones. Es, según el criterio del estudio, la posición más justa del Chess960. Curiosamente, se obtiene también con un cambio mínimo respecto al ajedrez tradicional. La equidad competitiva, parece, estaba a un paso, pero la historia tomó otro camino.
Robert James Fischer, conocido mundialmente como Bobby Fischer, leyenda del ajedrez nacida en Chicago en 1943, revolucionó el juego con su talento prodigioso y una dedicación implacable que marcó un antes y un después en la historia del tablero.
Implicaciones para torneos y futuro del ajedrez
Estos hallazgos tienen implicaciones prácticas. En los torneos de ajedrez 96 —o Freestyle Chess, como se empieza a llamar— las posiciones iniciales suelen sortearse al azar bajo la suposición de que todas son equivalentes. El estudio cuestiona esa premisa.
No todas las posiciones ofrecen las mismas condiciones de juego, ni el mismo reparto de dificultades. Elegirlas al azar no garantiza justicia competitiva.
Para los organizadores, esto abre la puerta a nuevas posibilidades: filtrar posiciones desequilibradas, diseñar subconjuntos más justos o incluso explorar formatos en los que la complejidad esté controlada de forma deliberada. El ajedrez, por primera vez en siglos, podría empezar sus partidas desde un terreno científicamente calibrado.
Ajedrez, ciencia y cultura: más allá del tablero
Más allá del tablero, el trabajo es un ejemplo de cómo conceptos de la física, la estadística y la teoría de la información pueden iluminar fenómenos culturales complejos. El ajedrez aparece aquí como un laboratorio ideal para estudiar la toma de decisiones, la incertidumbre y la carga cognitiva en sistemas deterministas.
Y plantea una pregunta provocadora: si el ajedrez clásico no es especial desde el punto de vista matemático, ¿por qué triunfó ese y no otro?
Tal vez la respuesta no esté en la optimización, sino en la cultura, en lo fácil de transmitir, de aprender y de enseñar. O quizá, simplemente, en el azar histórico. Como en el ajedrez 960, la historia también barajó las piezas una vez, y el resultado quedó fijado para siempre. ▪️
Fuente: Marc Barthelemy. Not all Chess960 positions are equally complex. arXiv (2025). DOI: https://doi.org/10.48550/arXiv.2512.14319

