¿Piensan los pulpos como nosotros? La otra inteligencia que está revolucionando la neurociencia

Ni tienen esqueleto ni un cerebro como el nuestro, pero los pulpos y otros cefalópodos resuelven problemas, recuerdan y toman decisiones complejas. Su estudio está obligando a la ciencia a replantearse qué significa realmente ser inteligente.

Por Enrique Coperías, periodista científico

Podcast RexMolón: «La mente del pulpo»
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El calamar vampiro (Vampyroteuthis), una de las criaturas más enigmáticas de las profundidades, ilustra hasta qué punto la evolución ha generado formas de vida y sistemas nerviosos radicalmente distintos.

El calamar vampiro (Vampyroteuthis), una de las criaturas más enigmáticas de las profundidades, ilustra hasta qué punto la evolución ha generado formas de vida y sistemas nerviosos radicalmente distintos, clave para entender que la inteligencia puede adoptar múltiples caminos. Cortesía: Steven Haddock / MBARI

Tres corazones. Sangre azul. Brazos que saborean y toman decisiones. Piel que ve, siente y se transforma. Ojos superpotentes. Oídos de mamífero marino. Los pulpos, junto con los calamares, las sepias y los nautilos, parecen criaturas de otro planeta. Y, sin embargo, son uno de los espejos más intrigantes en los que la ciencia contemporánea se mira para entender una de sus preguntas más esquivas: qué es la inteligencia y cómo se construye un cerebro capaz de sostenerla.

Durante décadas, la neurociencia ha mirado sobre todo hacia los vertebrados, desde ratones hasta el ser humano, para intentar comprender la capacidad del cerebro para procesar información, aprender de la experiencia, adaptarse al entorno y resolver problemas. Pero algo ha cambiado en los últimos años. Un creciente grupo de investigadores está desplazando su atención hacia los cefalópodos, un linaje evolutivo que se separó del resto de los moluscos hace más de 600 millones de años. La pregunta que los impulsa es tan sencilla de formular como difícil de responder: ¿funcionan sus cerebros como los nuestros o representan una forma completamente distinta de ser inteligentes?

La respuesta, si llega algun día, podría obligarnos a replantear las bases mismas de la cognición, o sea, el conjunto de procesos mentales que permiten percibir, interpretar, almacenar y usar información. De forma resumida, podemos afirmar que es todo lo que el cerebro hace para entender el mundo y actuar en él, como percibir, recordar, pensar y decidir.

Dos formas de construir inteligencia

La historia evolutiva de los cefalópodos es, en sí misma, un experimento natural. Mientras que los vertebrados desarrollaban esqueletos internos, cerebros centralizados y sistemas nerviosos relativamente jerárquicos, estos moluscos optaron por otro camino. Perdieron sus conchas protectoras hace unos 400 millones de años y, en compensación, desarrollaron cerebros grandes y complejos, los más sofisticados entre los invertebrados. Este nombre hace referencia a la ausencia de columna vertebral, y el término engloba aproximadamente al 95 % de todas las especies animales.

Ese desarrollo no es trivial. Como explica en la revista Nature Cliff Ragsdale, profesor de Neurobiología en la Universidad de Chicago (Estados Unidos), los cefalópodos son los únicos animales sin columna vertebral que han alcanzado niveles de complejidad cerebral comparables, en ciertos aspectos, a los de los vertebrados. Y eso los convierte en un caso único para estudiar cómo emerge la inteligencia animal.

Los datos acumulados en las últimas décadas son apabullantes. Los pulpos y las sepias tienen memoria a corto y largo plazo, pueden resolver problemas, utilizan herramientas y muestran comportamientos que sugieren planificación e incluso una cierta noción del tiempo. Recordemos que la memoria a corto plazo es la capacidad de retener información durante unos segundos o minutos para usarla de forma inmediata, mientras que la memoria a largo plazo permite almacenar información durante periodos prolongados, desde horas hasta toda la vida, y recuperarla cuando es necesario.

➡️ En experimentos de laboratorio, estos cefalópodos han demostrado ser capaces de retrasar las recompensas, un rasgo asociado a formas avanzadas de cognición. Es decir, pueden renunciar a una recompensa inmediata, como comida disponible al instant, si saben que, esperando, obtendrán una mejor después, algo parecido a cuando una persona decide no gastar dinero ahora para ahorrar y conseguir algo más valioso en el futuro.

Para Carrie Albertin, investigadora de la Universidad de Harvard, no hay duda de que estamos ante cerebros elaborados que sustentan conductas igualmente sofisticadas. Su entusiasmo, recogido en la revista Nature, es compartido por muchos colegas: entender estos sistemas podría revelar reglas generales sobre cómo se construyen los cerebros.

Pero ahí surge el dilema central. ¿Se trata de una convergencia superficial, o sea, dos sistemas distintos que llegan a soluciones parecidas, o de una convergencia profunda, en la que principios universales del cerebro gobiernan cualquier sistema complejo?

Dos calamares del género Chiroteuthis interactúan en las profundidades del Pacífico en una escena aún enigmática —¿depredación o apareamiento?— que refleja lo poco que sabemos sobre el comportamiento y la cognición de estos cefalópodos

Dos calamares del género Chiroteuthis interactúan en las profundidades del Pacífico en una escena aún enigmática —¿depredación o apareamiento?— que refleja lo poco que sabemos sobre el comportamiento y la cognición de estos cefalópodos. Crédito: NOAA Office of Ocean Exploration and Research

Cómo es el cerebro de un pulpo

Para empezar, los cerebros de los cefalópodos no se parecen en nada a los nuestros. Literalmente.

Antes de nada hay que decir que estas criaturas marinas cuentan con un complejo sistema nervioso, con unos ganglios alrededor del esófago que forman un auténtico cerebro com forma de dónuts. Un rasgo distintivo de los cefalópodos es que su cerebro está rodeado por una estructura cartilaginosa que actúa como una especie de protocráneo, una solución evolutiva que ofrece protección sin llegar a formar un cráneo óseo como el de los vertebrados.

Pero lo más sorprendente no es su forma, sino su distribución. Más de la mitad de sus neuronas no están en ese cerebro central, sino que aparecen repartidas en los ocho brazos, cada uno con su propia minisesera.

➡️ Esta organización desagrupada desafía la idea clásica de control centralizado. Cada brazo puede procesar información sensorial y ejecutar movimientos de manera parcialmente autónoma. Es, en cierto sentido, un sistema híbrido entre un cerebro central y una red distribuida.

En declaraciones a Nature, la bióloga marina experta en cefalópodos Robyn Crook, de la Universidad Estatal de San Francisco (Estados Unidos), describe la estructura de los cordones nerviosos de los brazos como un espagueti de color gris y caótico, sin la organización clara que caracteriza a los sistemas nerviosos de vertebrados. Y, sin embargo, ese aparente desorden produce conductas extraordinariamente precisas y adaptativas.

➡️ El pulpo no piensa solo con un cerebro central, sino con un sistema distribuido. Esto desafía la idea clásica de inteligencia centralizada.

Cristopher Niell, un neurocientífico que estudia la visión en estos animales en la Universidad de Oregón, en Eugene (Estados Unidos), insiste en lo difícil que resulta siquiera describir sus sistemas con categorías tradicionales. Aunque los ojos de los pulpos son sorprendentemente similares a los nuestros —un ejemplo clásico de evolución convergente—, los circuitos neuronales que procesan la información visual son radicalmente distintos. «Es difícil transmitir hasta qué punto son diferentes», viene a señalar.

¿Funcionan sus neuronas como las nuestras?

Las diferencias no son solo estructurales, sino también funcionales.

Un ejemplo reciente ilustra hasta qué punto los cefalópodos pueden operar con reglas propias. Investigadores liderados por William Schafer, neurobiólogo del MRC Laboratory of Molecular Biology de Cambridge (Reino Unido), han identificado en el sistema visual del pulpo un tipo de receptor de dopamina que funciona de forma directa como canal iónico.

En términos más sencillos, su trabajo, publicado en bioRxiv afinales de 2025, muestra que el cerebro del pulpo utiliza una química neuronal diferente a la de los vertebrados para procesar la visión: han descubierto canales que se activan directamente con neurotransmisores como la dopamina y la acetilcolina, lo que permite que algunas neuronas se activen (excitación) y otras se frenen (inhibición) de forma más directa.

En el caso del pulpo, la dopamina parece impulsar la señal hacia adelante en el sistema visual, mientras que la acetilcolina ayudaría a regularla mediante mecanismos de retroalimentación. Todo ello apunta a que, aunque el pulpo ve y responde a su entorno con gran eficacia, lo hace mediante circuitos y reglas de funcionamiento distintos a los de los mamíferos.

En efecto, en los vertebrados, en cambio, la dopamina actúa a través de cascadas bioquímicas más complejas.

Esto sugiere que incluso los bloques básicos de la comunicación neuronal pueden variar. Y plantea una cuestión inquietante: si los componentes son distintos, ¿también lo son las reglas del juego?

El neurocientífico Gilles Laurent, del Instituto Max Planck de Investigación Cerebral en Fráncfort (Alemania), propone en Nature que quizá la comparación no deba hacerse en términos de estructuras, sino de funciones. Tal vez haya que elevar el nivel de abstracción y preguntarse qué tipo de procesamiento cerebral realiza el sistema, independientemente de cómo esté implementado físicamente.

Un pulpo cirrado de aguas profundas (Grimpoteuthis) se desplaza con elegancia gracias a sus aletas laterales, un ejemplo de la diversidad de soluciones evolutivas en los cefalópodos

Un pulpo cirrado de aguas profundas (Grimpoteuthis) se desplaza con elegancia gracias a sus aletas laterales, un ejemplo de la diversidad de soluciones evolutivas en los cefalópodos, cuyos sistemas nerviosos y comportamientos siguen desafiando lo que sabemos sobre la inteligencia animal. Cortesía: NOAA Office of Ocean Exploration and Research

Movimiento, memoria y convergencias

Hay, sin embargo, áreas donde emergen paralelismos claros entre los cefalópodos y los vertebrados:

En el control del movimiento, las diferencias son profundas. Los pulpos no tienen huesos, por lo que sus brazos funcionan como músculos hidrostáticos, capaces de generar fuerza y rigidez sin estructuras rígidas. Esto obliga a su sistema nervioso a resolver problemas motores completamente distintos a los de un vertebrado. Según Benny Hochner, neurocientífico de la Universidad Hebrea de Jerusalén (Israel) que lleva décadas estudiando el movimiento de los cefalópodos, esto se traduce en estrategias radicalmente diferentes para planificar y ejecutar acciones.

En la memoria, en cambio, aparecen sorprendentes convergencias. Algunos estudios han demostrado que ciertas regiones del cerebro del pulpo utilizan mecanismos de fortalecimiento sináptico comparables a los que, en mamíferos, sustentan el aprendizaje. La diferencia está en los detalles moleculares: caminos distintos para llegar a resultados similares.

Hochner habla de una «convergencia hermosa», alcanzada por rutas evolutivas independientes. Es decir, la inteligencia podría ser un destino al que se puede llegar por múltiples caminos.

Del axón al genoma

La fascinación por los cefalópodos no es nueva. En 1930, el zoólogo británico John Zachary Young, uno de los biólogos más influyentes del siglo XX, describió en el calamar fibras nerviosas gigantes. Aunque hay que decir que fueron descubiertas unas décadas antes, en concreto en 1909, por Leonor Worcester Williams, en calamares del género Logilo. En cualquier caso, el axón gigante del calamar, una fibra nerviosa que puede alcanzar hasta 1,5 milímetros de diámetro y que desempeña un papel clave en el control del sistema de propulsión por chorro de agua de este animal, permitió estudiar cómo las neuronas transmiten impulsos eléctricos.

Aquellos experimentos sentaron las bases de la neurofisiología moderna.

Sin embargo, trabajar con estos animales siempre ha sido complicado. No se reproducen fácilmente en cautividad, requieren condiciones específicas y su sistema nervioso es difícil de registrar con técnicas convencionales. Durante décadas, eso limitó su uso como modelos experimentales.

El panorama empezó a cambiar en 2015, con la secuenciación del genoma del pulpo. Ese hito, en el que participó Albertin y que fue publicado en la revista Nature, marcó el inicio de una nueva era. Según Ragsdale, tuvo también un efecto psicológico en la comunidad científica: de pronto, estudiar cefalópodos parecía más accesible.

Desde entonces, el campo ha crecido con rapidez. Investigadores de diversas áreas han empezado a trasladar preguntas clásicas —sobre memoria, percepción o navegación— a estos animales.

El científico Peter Ward sostiene dos nautilos —Nautilus pompilius (blanco) y Allonautilus scrobiculatus (amarillo)—, considerados fósiles vivientes que permiten comparar la evolución de los cefalópodo

El científico Peter Ward sostiene dos nautilos —Nautilus pompilius (blanco) y Allonautilus scrobiculatus (amarillo)—, considerados fósiles vivientes que permiten comparar la evolución de los cefalópodos y entender cómo algunos linajes desarrollaron cerebros complejos mientras otros conservaron formas más primitivas. Cortesía: Peter Ward / University of Washington

Cómo perciben el mundo: el caso de las sepias

Uno de los terrenos más prometedores es el estudio de la percepción. Hablamos del proceso mediante el cual el sistema nervioso interpreta y da significado a la información sensorial que recibe del entorno. No es solo captar estímulos (luz, sonido, olor), sino convertirlos en una experiencia con sentido, como reconocer una cara o identificar un objeto.

Las sepias o jibias tienen la capacidad de cambiar el color y el patrón de su piel en cuestión de segundos para camuflarse. Este proceso está controlado directamente por la actividad neuronal, lo que convierte su piel en una especie de pantalla que refleja lo que el cerebro percibe.

Para algunos investigadores, esto ofrece una oportunidad única: observar en tiempo real cómo un animal interpreta su entorno. Como señala Tessa Montague, neurobióloga en la Universidad de Columbia, en Nueva York, ningún otro animal —salvo el ser humano mediante el lenguaje— puede decir tan directamente lo que está viendo.

Experimentos recientes han mostrado que las sepias no aciertan el camuflaje a la primera, sino que prueban varias opciones en rápida sucesión hasta encontrar la mejor. Esto sugiere la existencia de un sistema de evaluación y retroalimentación, un tipo de procesamiento cognitivo que recuerda a algoritmos de optimización.

¿Sueñan los pulpos?

El comportamiento de los pulpos, de los que se conocen unas trescientas especies en todo el mundo, sigue ofreciendo sorpresas.

En 2023, un estudio realizado en Japón confirmó que los pulpos dormidos experimentan cambios rápidos de color en la piel, similares a los que muestran cuando están despiertos y activos. Esto ha llevado a algunos científicos a plantear la hipótesis de que podrían tener estados comparables al sueño REM y, quizá, experiencias internas complejas.

Aunque es pronto para hablar de sueños en sentido estricto, estos hallazgos apuntan a una vida mental más rica de lo que se pensaba.

Un pulpo rosado observado en las profundidades del Atlántico muestra la complejidad sensorial de estos animales: sus ventosas no solo sirven para moverse y capturar presas, sino también para explorar el entorno, una pista clave de su sofisticada cognición. Cortesía: Crédito: NOAA Office of Ocean Exploration and Research

Una neurociencia en expansión… y con dilemas

El auge de la investigación con cefalópodos no está exento de problemas. A diferencia de los vertebrados, estos animales no siempre están protegidos por normativas estrictas en investigación, pese a la creciente evidencia de su capacidad cognitiva y, potencialmente, de sufrimiento.

Los científicos se enfrentan así a un dilema ético. ¿Cómo estudiar estos cerebros complejos sin comprometer el bienestar de los animales? Las opciones de analgesia son limitadas, y el conocimiento sobre su experiencia subjetiva sigue siendo incompleto.

Aun así, el interés no deja de crecer. Para muchos, el potencial científico es demasiado grande como para ignorarlo.

Otra forma de ser inteligente

Al final, la cuestión de si los pulpos piensan como nosotros puede estar mal planteada.

Como resume Montague, el resultado de esta línea de investigación será revelador en cualquier caso. Si se descubren principios universales del cerebro, habremos identificado reglas fundamentales de la neurociencia. Si, por el contrario, los cefalópodos funcionan de manera distinta, eso significará que la inteligencia puede surgir de múltiples arquitecturas.

En ambos escenarios, el impacto es profundo.

Porque estudiar a los pulpos no es solo entender a un animal extraño. Es ampliar los límites de lo que consideramos mente. Es aceptar que la inteligencia animal —esa capacidad que solemos situar en el centro de lo humano— podría no ser un rasgo único, ni siquiera una única cosa.

Quizá, como sugieren estos animales de ocho brazos y cerebro distribuido, haya muchas maneras de pensar. Y apenas estamos empezando a comprenderlas.▪️(1-mayo-2026)

PREGUNTAS&RESPUESTAS: Cefalópodos e Inteligencia

🐙 ¿Los pulpos son inteligentes?

Sí. Tienen memoria, resuelven problemas, usan herramientas y muestran conductas complejas.

🐙 ¿Su cerebro funciona como el humano?

No. Aunque hay similitudes funcionales, su estructura y mecanismos son muy diferentes.

🐙 ¿Por qué interesan a la neurociencia?

Porque ofrecen un modelo alternativo de cómo puede surgir la inteligencia.

🐙 ¿Pueden soñar los pulpos?

No está confirmado, pero hay indicios de actividad cerebral compleja durante el sueño.

🐙 ¿Qué tienen de especial los cefalópodos?

Son los únicos invertebrados con cerebros grandes y sofisticados comparables en complejidad a los vertebrados.

  • Información facilitada por Nature

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