¿Por qué unas personas obedecen órdenes genocidas y otras se revelan contra ellas? La neurociencia estudia el cerebro de perpetradores y rescatadores en Ruanda
Treinta años después del genocidio de los tutsis en Ruanda, la ciencia se adentra en una de las preguntas más inquietantes de la condición humana: qué diferencia a quien obedece una orden criminal de quien se atreve a resistirla. Un estudio pionero compara por primera vez el cerebro de antiguos perpetradores y rescatadores de vecinos para entender qué mecanismos neuronales explican la obediencia y el coraje moral.
Por Enrique Coperías, periodista científico
Por primera vez, un equipo de neurocientíficos ha utilizado técnicas de neuroimagen para estudiar el funcionamiento cerebral de los rescatadores del genocidio, conocidos como los Justos. Crédito: Emilie Caspar
Treinta años después del genocidio contra los tutsis en Ruanda, una pregunta sigue atravesando la memoria de aquel país y de todos los escenarios de violencia masiva del siglo XX: ¿por qué, en un mismo contexto social, económico y político, algunos individuos obedecen ciegamente las órdenes criminales mientras otros las desafían y arriesgan su vida para salvar a sus vecinos perseguidos?
Un estudio publicado en la revista American Psychologist por Lola Seyll y Emilie A. Caspar, de la Universidad de Gante (Bélica); y Vincent Sezibera y François Masabo, de la Universidad de Ruanda, aborda esa cuestión desde un ángulo inédito: el cerebro.
Los cuatro investigadores han comparado por primera vez los procesos neurales de antiguos perpetradores del genocidio ruandés, de personas que salvaron vidas —los llamados Abarinzi b’Igihango— y de testigos pasivos, cuando reciben órdenes perjudiciales de una figura autoritaria.
No hay que olvidar que el genocidio contra los tutsis en Ruanda se produjo entre abril y julio de 1994, tras el asesinato del presidente Juvénal Habyarimana, y en apenas cien días dejó alrededor de 800.000 muertos, en su mayoría tutsis y hutus moderados. La matanza fue el resultado de años de propaganda, deshumanización y polarización política que presentaban a la minoría tutsi como un enemigo interno.
Lo más estremecedor del conflicto es que gran parte de la violencia no fue ejecutada por un ejército regular, sino por vecinos, milicias locales y ciudadanos corrientes que, bajo presión social y órdenes de autoridad, participaron en uno de los episodios más rápidos y brutales de exterminio del siglo XX.
Contexto: más allá del experimento de Milgram
La referencia inevitable para este trabajo neurocientífico es Stanley Milgram. Los experimentos de este psicólogo de Harvard en los años sesenta mostraron que ciudadanos corrientes eran capaces de administrar descargas eléctricas potencialmente letales a un desconocido si una autoridad científica se lo ordenaba.
Aquellos estudios han sido citados durante décadas para explicar cómo personas aparentemente normales pudieron participar en atrocidades colectivas.
Sin embargo, Milgram nunca estudió a personas que hubieran vivido un genocidio en sus propias carnes.
Este nuevo trabajo llena ese vacío: analiza directamente a quienes participaron, resistieron o permanecieron al margen durante el genocidio ruandés.
Cómo se hizo el estudio: neurociencia en aldeas rurales de Ruanda
El equipo de investigación, con Caspar al frente, trasladó su laboratorio a varias aldeas ruandesas. Entre febrero y junio de 2024 reclutaron a 169 personas:
✅ 51 antiguos perpetradores condenados por la corte gacaca —un sistema de comunitario de justicia inspirado desde la antigüedad y creado en Ruanda tras el genocidio de 1994 para juzgar a cientos de miles de sospechosos— y que ya habían cumplido su pena.
✅ 63 rescatadores oficialmente reconocidos por instituciones ruandesas
✅ 55 testigos que no participaron ni en los actos de violencia ni en el rescate de las víctimas.
🗣️ En palabras de Caspar, «este es el primer estudio que utiliza métodos de la neurociencia para investigar qué distingue a estos grupos. A nivel humano, fue una experiencia intensa. Más allá de escuchar sus historias, requirió un largo proceso de construcción de confianza antes de que los participantes se sintieran cómodos llevando estos dispositivos en la cabeza».
El diseño experimental evitó infligir cualquier daño físico. En lugar de descargas eléctricas, los participantes escuchaban a través de auriculares una orden grabada en kinyarwanda: Coge el dinero o No cojas el dinero. Frente a ellos aparecían dos imágenes —adaptadas para quienes no sabían leer— que representaban ambas opciones. Si decidían coger el dinero, 50 francos ruandeses se transferían de la remuneración de una asistente de investigación a la suya. Si optaban por no hacerlo, nadie perdía nada.
Tras cada decisión, veían el rostro de la asistente: triste si le habían quitado el dinero, sonriente si no. Mientras tanto, un electroencefalograma (EEG) de 128 electrodos registraba la actividad cerebral en tres momentos clave:
1️⃣ Cuando escuchaban la orden (fase previa a la decisión)
2️⃣ Cuando decidían (fase de conflicto).
3️⃣ Cuando observaban la consecuencia emocional (fase posterior).
Entre abril y julio de 1994, el genocidio contra los tutsis en Ruanda dejó alrededor de 800.000 muertos en apenas cien días, tras el asesinato del presidente Juvénal Habyarimana, en uno de los episodios más brutales del siglo XX. Foto: © Xavier Lassalle / MSF
La obediencia no fue automática y no existen «cerebros genocidas»
En términos conductuales, los antiguos genocidas fueron más proclives a obedecer órdenes antisociales —tomar el dinero— que los otros grupos. Cuando recibían la instrucción de perjudicar a la asistente, desobedecían de forma prosocial (es decir, se negaban a quitarle el dinero) en torno al 41% de los ensayos, frente al 60% de los testigos indiferentes y el 55% de los rescatadores.
Sin embargo, el dato más llamativo es otro: en los tres grupos predominó la desobediencia prosocial. Incluso entre quienes habían participado en el genocidio, muchos se negaron repetidamente a cumplir órdenes dañinas en el laboratorio. La imagen del ejecutor automático, incapaz de resistir a la autoridad, no encaja con estos resultados.
Además, no hubo diferencias significativas entre los perpetradores y los testigos que no movieron un dedo durante el genocidio ruandés en la mayoría de las medidas neurales. Este hallazgo cuestiona la idea de que quienes participaron en la violencia masiva posean rasgos cerebrales distintivos o una firma neural permanente de la maldad. Según los autores, los datos no respaldan la hipótesis de que existan disposiciones inherentes que expliquen por sí solas la conducta genocida .
🗣️ «Este hallazgo es crucial —subraya Caspar—. En el pensamiento cotidiano, las personas tienden a atribuir las acciones genocidas a rasgos oscuros de la personalidad o a algún tipo de disfunción cerebral. Desde un punto de vista emocional, esto es comprensible. Pero no encontrar ninguna diferencia respalda la idea de Hannah Arendt sobre la banalidad del mal: la participación en un genocidio no tiene que ver con quién eres, sino con las presiones sociales y circunstancias ordinarias que pueden llevar a personas comunes a cometer daños extraordinarios».
El cerebro del conflicto
Donde sí aparecieron patrones interesantes fue en los tiempos de decisión y en las oscilaciones cerebrales asociadas al conflicto moral. En general, todos los participantes tardaban más en desobedecer que en obedecer, y antes de obedecer mostraban mayor actividad en la banda theta frontal media, una señal asociada al procesamiento del conflicto y al control cognitivo.
Esta activación sugiere que obedecer una orden perjudicial no es un acto automático, sino la resolución de una tensión entre la norma moral —no hacer daño— y la presión de la autoridad. Es coherente con investigaciones previas del mismo laboratorio que mostraban que la obediencia puede reducir la sensación subjetiva de agencia y responsabilidad, un fenómeno cercano al estado agéntico descrito por Milgram.
No obstante, en este estudio la sensibilidad a las órdenes —medida por la actividad theta tras escucharlas— fue similar en los tres grupos. Todos procesaban con mayor intensidad la instrucción de tomar el dinero que la de no tomarlo, pero sin diferencias entre perpetradores, rescatadores y testigos.
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La diferencia está en la empatía
La divergencia más sugerente apareció en la fase posterior a la decisión, cuando los participantes observaban el rostro de la víctima. Los investigadores analizaron componentes eléctricos como la onda P3 o P300 y el potencial positivo tardío (LPP), dos marcadores clásicos del procesamiento emocional.
Las personas que rescataron a sus vecinos mostraron una mayor sensibilidad neural ante la expresión de tristeza de la asistente en comparación con los otros grupos, especialmente en componentes vinculados al procesamiento emocional sostenido. En otras palabras: sus cerebros reaccionaban con mayor intensidad ante el malestar ajeno.
Ese aumento de la respuesta emocional se asoció a una mayor probabilidad de desobediencia prosocial. Cuanto más fuerte era la señal cerebral relacionada con la empatía, más probable era que la persona se negara a cumplir la orden dañina. El patrón respalda la hipótesis de que la resistencia a la autoridad puede apoyarse en un procesamiento emocional que no se atenúa ante la presión social . “
🗣️«A nivel neural, los rescatadores parecen sentir el sufrimiento de los demás con mayor intensidad. Ese mayor compromiso emocional puede ayudar a explicar por qué eligieron ayudar a quienes eran perseguidos por el proceso genocida, en lugar de participar o mirar hacia otro lado», explica Caspar.
Frente a teorías que explican la obediencia por una identificación activa con el líder o la ideología, los datos sugieren que, al menos en este contexto experimental, la clave de la resistencia puede estar en la capacidad de mantener viva la respuesta empática.
Representación gráfica del experimento llevado a cabo por neurocientíficos de las universidades de Ruanda y Gante que analiza los cerebros de antiguos perpetradores del genocidio ruandés, de personas que salvaron vidas —los llamados Abarinzi b’Igihango— y de testigos pasivos. Cortesía: Seyll, L., Sezibera, V., Masabo, F., & Caspar, E. A. (2026)
Ni monstruos ni héroes predestinados
El estudio no pretende ni de lejos reducir la complejidad histórica del genocidio ruandés a un experimento de laboratorio. Los propios autores recuerdan que la violencia masiva es el resultado de años de propaganda, deshumanización y dinámicas políticas extremas. Pero el valor de este trabajo radica en introducir evidencia empírica allí donde durante décadas solo hubo testimonios y teorías.
Que perpetradores y testigos no difieran en la mayoría de los procesos neurales medidos apunta a un mensaje inquietante: bajo determinadas condiciones sociales, muchas personas pueden llegar a hacer daño. Y que los rescatadores destaquen por una mayor respuesta emocional ante el sufrimiento ajeno sugiere que la resistencia no depende necesariamente de rasgos heroicos extraordinarios, sino quizá de la preservación de circuitos empáticos que otros logran silenciar.
🗣️ En ese sentido, el propio estudio sugiere que la obediencia no es una cualidad rígida. «En efecto, esto sugiere que la obediencia no es un rasgo fijo —asevera Caspar. Y añade—: La experiencia vital, especialmente haber vivido un genocidio, puede cambiar profundamente la forma en que las personas sopesan la autoridad frente a la responsabilidad moral. Pero simplemente conocer estos acontecimientos, por ejemplo en las nuevas generaciones, no parece ser suficiente para resistir influencias dañinas».
Treinta años después, el laboratorio portátil instalado en iglesias y edificios comunales ruandeses no ofrece una explicación definitiva del mal. Pero aporta una pieza esencial: la obediencia y la desobediencia dejan huella en el cerebro, y esa huella puede ayudar a comprender por qué, ante una misma orden, unos ejecutan y otros se niegan.
A pesar de la promesa del Nunca Más, estas atrocidades siguen ocurriendo —advierte Caspar—. Comprender cómo las personas corrientes encuentran la fuerza para resistir órdenes inmorales no es solo una cuestión científica: es una cuestión social. Si podemos identificar los mecanismos que sostienen el coraje moral, quizá podamos ayudar a fomentarlos».
Si algo revela este estudio es que la frontera entre obedecer y resistir no está escrita en la biología de forma inmutable. Se construye —y tal vez se pueda fortalecer— en la interacción entre autoridad, normas sociales y la capacidad de sentir el dolor del otro como propio.▪️(1-marzo-2026)
Fuente: Seyll, L., Sezibera, V., Masabo, F., & Caspar, E. A. Neural processing of obedience and resistance among former genocide perpetrators and rescuers. American Psychologist (2026). DOI: https://doi.org/10.1037/amp0001666

