Un «cementerio» de tiburones desvela que el desierto de Egipto fue un mar tropical hace decenas de millones de años
Mucho antes de que existieran los faraones, las pirámides e incluso un desierto, tiburones de al menos siete especies surcaban un mar tropical en el actual oeste de Egipto. Catorce dientes fósiles encontrados en Abu-Tartur permiten reconstruir aquel exuberante ecosistema y un mundo radicalmente distinto.
Por Enrique Coperías, periodista científico
Recreación artística con un guiño humorístico del mar tropical que cubría el actual desierto occidental de Egipto hace unos 75 millones de años. Los tiburones de Abu-Tartur imaginan un futuro aún remotísimo: el Egipto de las pirámides, los faraones y la Esfinge. Crédito: IA-DALL-E / RexMolón Producciones
Resulta difícil imaginar un paisaje más alejado del océano. El altiplano de Abu-Tartur se extiende entre los oasis de Kharga y Dakhla, en el desierto occidental de Egipto, a unos 650 kilómetros al suroeste de El Cairo. Hoy es una región árida, casi deshabitada, conocida sobre todo por albergar una de las mayores reservas de fosfato del país.
Pero las rocas cuentan una historia muy distinta: hace alrededor de 75 millones de años, allí donde ahora solo hay arena, piedra y explotaciones mineras se extendía un mar cálido habitado por peces, tortugas, reptiles marinos y una sorprendente variedad de tiburones.
Un equipo internacional dirigido por el paleontólogo Tarek Yassin, de la Universidad de El Cairo, en Egipto, ha recuperado en esta región catorce dientes fosilizados pertenecientes al menos a cinco especies extinguidas de tiburones. Todas ellas son nuevas para los paleontólogos que trabajan en el yacimiento, y, sumadas a otras dos descritas previamente, elevan a siete la diversidad conocida en Abu-Tartur.
Una película del pasado
El trabajo, publicado en la revista Cretaceous Research, convierte este enclave del desierto egipcio en una valiosa ventana a los ecosistemas marinos que ocuparon el norte de África durante el Cretácico superior.
La expresión «cementerio de tiburones», utilizada por los propios autores en el título de la investigación (Egyptian shark graveyard: New Late Cretaceous Lamniform shark Assemblage from Duwi Formation of Abu-Tartur Area, Southwestern desert, Egypt) , resulta evocadora, pero puede conducir a engaño. No se ha descubierto una acumulación de esqueletos ni la huella de una muerte colectiva. Los fósiles consisten en dientes aislados depositados durante un intervalo de tiempo probablemente prolongado.
Más que una fotografía instantánea de una catástrofe, las rocas conservan una película muy comprimida de aquel antiguo ecosistema.
Por qué hay fósiles de tiburón en el desierto de Egipto
Los dientes proceden de la formación de Duwi, un conjunto de sedimentos marinos ricos en fosfato depositados durante el Campaniense, una etapa o piso del Cretácico superior comprendida aproximadamente entre hace 84 y 72 millones de años.
En aquel momento, el planeta atravesaba un intenso periodo de clima de invernadero. Las temperaturas globales eran superiores a las actuales, apenas existían grandes masas permanentes de hielo en los polos y el nivel del mar se encontraba mucho más elevado.
Como consecuencia del efecto invernadero, amplias extensiones de los continentes estaban cubiertas por mares poco profundos. El norte de África formaba parte del margen meridional del océano de Tetis, la gran masa de agua que se abría entre los continentes septentrionales y las tierras del antiguo Gondwana. Buena parte del actual Egipto no era un desierto, sino una plataforma marina tropical comunicada con ese océano.
Dientes fósiles de tiburones lamniformes recuperados en la formación de Duwi, en Egipto. La variedad de formas —desde piezas largas y estrechas hasta coronas triangulares y dentadas— permitió identificar distintas especies que habitaron aquel mar tropical durante el Cretácico superior. Cortesía: Cretaceous Research (2026). DOI: 10.1016/j.cretres.2026.106476.
Abu-Tartur, la memoria mineral de un océano desaparecido
La formación de Duwi conserva numerosos testimonios de aquel mundo desaparecido. Sus rocas han proporcionado fósiles de peces óseos, invertebrados, tortugas y grandes reptiles marinos.
El fosfato constituye en sí mismo una pista ambiental: estos depósitos de fosforita —una roca sedimentaria de origen marino compuesta principalmente por minerales de fosfato cálcico— suelen desarrollarse en zonas donde circula una enorme cantidad de materia orgánica y los nutrientes se concentran en el fondo marino. Por eso, además de su importancia económica para la fabricación de fertilizantes, las capas de fosforita funcionan como archivos de antiguos ecosistemas de elevada productividad.
Los investigadores recogieron los catorce dientes en superficie, dentro de un nivel de fosfato de tonos negros y amarillentos próximo al área minera de Abu-Tartur. Después analizaron su forma, tamaño, bordes cortantes, curvatura y pequeñas cúspides laterales, y compararon esos rasgos con ejemplares descritos en publicaciones científicas y colecciones paleontológicas.
Por qué los dientes son esenciales para estudiar tiburones fósiles
Los dientes constituyen la principal tarjeta de identidad de los tiburones prehistóricos. A diferencia de los peces óseos, estos animales poseen un esqueleto formado mayoritariamente por cartílago, un tejido que se degrada con facilidad y rara vez llega a fosilizar.
Sus piezas dentales, en cambio, están fuertemente mineralizados y se reemplazan continuamente durante toda la vida. Un solo tiburón puede producir miles de dientes. Por eso, aunque el resto del cuerpo desaparezca, las piezas dentales pueden conservarse durante decenas de millones de años.
Sus formas también aportan información sobre la dieta. Los dientes largos y estrechos resultan eficaces para atrapar peces escurridizos, mientras que los anchos, triangulares y dentados están mejor adaptados para cortar carne o despedazar presas de mayor tamaño.
Estratos sedimentarios de la formación de Duwi, en Abu-Tartur, donde fueron descubiertos los dientes fósiles de tiburón. Las sucesivas capas de roca, algunas ricas en fosfato, conservan la historia del mar tropical que cubrió esta región de Egipto durante el Cretácico superior. Cortesía: Tarek Yassin.
Cinco nuevas especies para el yacimiento egipcio
Los fósiles presentan anatomías muy diferentes. Algunos son largos, finos y puntiagudos, semejantes a agujas diseñadas para sujetar presas escurridizas. Otros son anchos, triangulares y dentados, más apropiados para cortar carne. También aparece una pieza intensamente curvada y varios dientes dotados de pequeñas puntas secundarias.
A partir de esas características, el equipo los atribuye a cinco especies de escualos ya extintas:
✅ Cretalamna cf. maroccana
✅ Scapanorhynchus cf. raphiodon
✅ Serratolamna cf. serrata
✅ Squalicorax bassanii
✅ Squalicorax pristodontus
La abreviatura cf., del latín confer, indica que el fósil se parece estrechamente a la especie mencionada, aunque su asignación no puede considerarse definitiva mientras no aparezcan restos adicionales.
Cinco más dos escualos
Las cinco especies pertenecen a linajes extinguidos de lamniformes, orden de peces seláqueos que hoy incluye, entre otros, al tiburón blanco, los marrajos y el enigmático tiburón duende. Dos de las especies identificadas, Serratolamna cf. serrata y Squalicorax bassanii, nunca habían sido registradas en Egipto.
El caso más destacado es el de Scapanorhynchus cf. raphiodon, que podría representar su primera aparición conocida en África y también el ejemplar más reciente de esta especie en el registro fósil mundial. Los autores advierten, no obstante, de que esta interpretación deberá confirmarse mediante el hallazgo de nuevos restos y futuras revisiones taxonómicas.
La investigación amplía un trabajo anterior del mismo equipo, que había identificado en Abu-Tartur otros dientes correspondientes a Scapanorhynchus rapax y Cretoxyrhina mantelli. Esta última especie fue uno de los grandes depredadores oceánicos del Cretácico. En conjunto, los dos estudios muestran que la zona no estaba ocupada por un único tipo de tiburón, sino por una comunidad diversificada, con animales adaptados a capturar presas distintas y a explotar diferentes partes del ecosistema.
«El descubrimiento ofrece una ventana a un ecosistema marino mucho más diverso de lo que conocíamos», ha declarado Yassin. Esa diversidad resulta importante, porque una comunidad capaz de mantener varios grandes depredadores necesita una base alimentaria abundante. Debajo de los tiburones debía de existir una compleja red compuesta por plancton, invertebrados, pequeños peces y depredadores de tamaño intermedio.
Así era el ecosistema marino del antiguo Egipto
Una comunidad capaz de mantener varios grandes depredadores necesita una base alimentaria abundante. Debajo de los tiburones debía de existir una compleja red trófica formada por plancton, invertebrados, pequeños peces y depredadores de tamaño intermedio.
Los investigadores consideran que la elevada productividad de aquellas aguas pudo estar impulsada por fenómenos de afloramiento marino. En estas zonas, las corrientes hacen ascender hacia la superficie aguas profundas y ricas en fósforo y otros nutrientes.
Al alcanzar la franja iluminada del océano, esas sustancias fertilizan el fitoplancton. Su proliferación alimenta al zooplancton, a los peces y, finalmente, a los grandes depredadores situados en los niveles superiores de la cadena alimentaria.
La variedad de dientes también proporciona indicios sobre cómo se repartían el espacio. Los representantes de Squalicorax habrían frecuentado zonas costeras y sectores interiores de la plataforma continental. Scapanorhynchus, pariente remoto del actual tiburón duende, estaría asociado a aguas más profundas del borde exterior de la plataforma y el talud. Cretalamna y Serratolamna, por su parte, apuntan a condiciones relativamente estables de mar abierto. Los animales no tenían por qué competir directamente: podían especializarse en presas, profundidades y hábitats diferentes.
Diente fosilizado de megalodón (Otodus megalodon), recubierto por óxidos de ferromanganeso y recuperado en 2026 durante una expedición submarina de la NOAA en las islas Cook. Aunque este gigantesco depredador vivió mucho después que los tiburones de Abu-Tartur, la pieza ilustra la extraordinaria capacidad de los dientes para conservarse en el registro fósil. Cortesía: NOAA Ocean Exploration, 2026 Cook Islands ROV Exploration.
Por qué no fue una muerte masiva de tiburones
Sin embargo, la roca introduce una dificultad. El nivel fosfatado es lo que los geólogos denominan una sección condensada: una capa relativamente delgada formada durante un periodo de sedimentación muy lenta, pero que puede representar un intervalo de tiempo considerable. Al acumularse poco barro y arena, los restos biológicos quedaron concentrados. Las corrientes y otros procesos también pudieron transportar dientes desde ambientes cercanos.
Por tanto, el hallazgo no demuestra que las siete especies nadaran juntas ni que murieran en el mismo lugar y al mismo tiempo. El yacimiento integra organismos procedentes de varios nichos y posiblemente de momentos diferentes. También se trata de una muestra pequeña: catorce dientes permiten ampliar el inventario, pero no reconstruir por sí solos toda la abundancia o composición de aquella comunidad. Esta limitación obliga a evitar una lectura demasiado literal del supuesto cementerio.
Qué aporta el descubrimiento
Aun así, Abu-Tartur forma parte de un escenario paleogeográfico mucho más amplio. Otros depósitos de fosfato del Cretácico superior descubiertos en Marruecos, Siria y Oriente Próximo conservan comunidades igualmente ricas de tiburones y otros vertebrados marinos.
Las semejanzas entre estos yacimientos sugieren que buena parte del margen meridional del océano de Tetis estuvo ocupada por ecosistemas marinos conectados, cálidos y altamente productivos. Los nuevos fósiles ayudan a reconstruir la distribución geográfica de los tiburones cretácicos y las rutas que pudieron permitir su dispersión entre África y otras regiones.
Hoy, el océano de Tetis ha desaparecido. Sus fondos se elevaron, las aguas retrocedieron y parte del antiguo lecho marino acabó transformándose en desierto. Sin embargo, cada diente conservado en las rocas permite recuperar una pequeña parte de aquel paisaje perdido.
Abu-Tartur demuestra que algunos de los lugares más áridos del planeta pueden guardar la memoria de mares exuberantes y que, en paleontología, un puñado de dientes es suficiente para reconstruir todo un mundo desaparecido. ▪️(26-agosto-2026)
LO MÁS IMPORTANTE DEL ESTUDIO, EN 30 SEGUNDOS
- El hallazgo: los investigadores recuperaron 14 dientes fósiles de tiburón en el altiplano de Abu-Tartur, en el desierto occidental de Egipto.
- La antigüedad: los restos proceden del Cretácico superior y tienen alrededor de 75 millones de años.
- Un antiguo océano: la región estaba cubierta por un mar tropical conectado con el océano de Tetis, muy diferente del paisaje desértico actual.
- Cinco especies identificadas: los nuevos dientes pertenecen al menos a cinco especies extinguidas, todas desconocidas hasta ahora en este yacimiento.
- Siete especies en total: sumadas a dos especies descritas anteriormente, Abu-Tartur conserva indicios de al menos siete tipos diferentes de tiburones.
- Novedades para la paleontología: dos especies nunca se habían registrado en Egipto y Scapanorhynchus cf. raphiodon podría ser la primera conocida en África.
- Un ecosistema exuberante: la diversidad de depredadores revela un mar rico en nutrientes, peces e invertebrados, probablemente alimentado por corrientes de afloramiento.
- La cautela necesaria: el «cementerio» no demuestra una muerte colectiva. Los dientes pudieron acumularse durante un periodo prolongado y no todas las especies tuvieron que convivir al mismo tiempo.
Fuente: Tarek Yassin, Jorge D. Carrillo-Briceño, René Kindlimann, Alhussein Ibrahim, Mohamed K. AbdelGawad. Egyptian shark graveyard: New Late Cretaceous Lamniform shark Assemblage from Duwi Formation of Abu-Tartur Area, Southwestern desert, Egypt. Cretaceous Research (2026). DOI: https://doi.org/10.1016/j.cretres.2026.106476.

