Un estudio científico relaciona los patrones de crecimiento craneal en el primer año de vida con el riesgo de autismo

El crecimiento de la cabeza durante el primer año de vida podría ofrecer pistas tempranas sobre el desarrollo neurológico infantil. Una investigación con más de ochocientos niños sugiere que los patrones extremos de crecimiento craneal y corporal se asocian a una mayor probabilidad de padecer un trastorno del espectro autista.

Por Enrique Coperías, periodista científico

El seguimiento del perímetro craneal y la estatura durante el primer año de vida podría ayudar a identificar patrones de desarrollo asociados al riesgo de autismo, según un nuevo estudio científico.

El seguimiento del perímetro craneal y la estatura durante el primer año de vida podría ayudar a identificar patrones de desarrollo asociados al riesgo de autismo, según un nuevo estudio científico. Crédito: IA-Gemini-RexMolón Producciones

En los controles pediátricos rutinarios del primer año de vida, medir el perímetro craneal del bebé es casi un gesto automático: cinta métrica, anotación en la cartilla y un vistazo a la curva de crecimiento.

Pero ese gesto aparentemente banal podría encerrar información mucho más valiosa de lo que pensaban los pediatras.

Un nuevo estudio realizado por investigadores de la Facultad de Ciencias de la Salud, en la Universidad Ben-Gurión del Néguev (Israel) sugiere que las trayectorias de crecimiento de la cabeza, especialmente cuando se sitúan en los extremos de la normalidad, se asocian con un mayor riesgo de diagnóstico posterior de trastorno del espectro autista (TEA).

Y, sobre todo, apunta a que estas diferencias no afectan solo al cráneo, sino al conjunto del crecimiento corporal en los primeros meses de vida.

¿Qué es el trastorno del espectro del autismo?

El trastorno del espectro autista (TEA) es una condición del neurodesarrollo que afecta principalmente a la comunicación social, la interacción con otras personas y la flexibilidad del comportamiento. Se considera un espectro porque su manifestación es muy diversa: puede ir desde formas leves, con pocas dificultades funcionales, hasta otras más intensas que requieren apoyos significativos a lo largo de la vida.

Las causas exactas no se conocen con precisión, pero la evidencia científica apunta a un origen multifactorial en el que intervienen factores genéticos, biológicos y ambientales que influyen en el desarrollo temprano del cerebro.

En las últimas décadas, la incidencia ha aumentado en todo el mundo, en parte por la mejora en los sistemas de detección y diagnóstico: actualmente se estima que aproximadamente uno de cada cien niños presenta algún tipo de TEA, aunque la cifra varía según los países y los métodos de diagnóstico utilizados.

Una sospecha que cobra forma

Para esta nueva investigación, que ha sido publicada en la revista Autism Research, los científicos analizaron los patrones de crecimiento craneal y de altura durante el primer año de vida de más de ochocientos niños en el sur de Israel.

Sus conclusiones refuerzan una idea que se había insinuado en trabajos anteriores: algunos bebés que más tarde serán diagnosticados con autismo presentan trayectorias de crecimiento físico atípicas desde muy temprano.

Sin embargo, el estudio aporta un matiz relevante: el factor clave no sería únicamente el tamaño de la cabeza, sino un patrón de crecimiento generalizado que afecta al organismo en su conjunto.

Qué dice el nuevo estudio sobre crecimiento craneal y autismo

La investigación, coordinada por la epidemióloga Rewaa Balaum, se basó en un diseño retrospectivo de casos y controles. El equipo examinó los registros médicos de 262 niños diagnosticados con TEA y 560 sin trastornos del desarrollo, todos nacidos entre 2014 y 2017 y seguidos en el sistema público de salud infantil israelí.

En este sistema, prácticamente todos los bebés acuden a revisiones periódicas donde se registran medidas antropométricasperímetro craneal, peso, talla— a lo largo de los primeros años. Para el estudio, los científicos se centraron en seis momentos clave del primer año: uno, dos, cuatro, seis, nueve y doce meses.

El análisis de estos datos permitió clasificar a los bebés en siete trayectorias distintas de crecimiento craneal. Algunas mostraban un tamaño de cabeza estable dentro de la normalidad; otras reflejaban un crecimiento constante en los percentiles bajos o altos; y otras describían cambios ascendentes o descendentes a lo largo del año.

Esta aproximación longitudinal, que examina la evolución del crecimiento en lugar de una única medición puntual, constituye uno de los principales aportes del estudio, ya que permite detectar patrones sutiles que de otro modo pasarían desapercibidos.

Principales hallazgos: extremos de crecimiento y mayor riesgo de TEA

Los resultados muestran una asociación clara entre ciertos patrones de crecimiento craneal y el riesgo de autismo:

✅ Los niños que mantuvieron un perímetro craneal consistentemente pequeño o consistentemente grande durante el primer año de vida presentaron aproximadamente el triple de probabilidad de recibir un diagnóstico posterior de autismo en comparación con quienes se mantuvieron en rangos medios.

✅ El riesgo aumentaba cuanto más extremo era el percentil de crecimiento.

✅ En los bebés situados en el 5% inferior de tamaño craneal —incluidos los casos de microcefalia— la probabilidad de autismo era hasta nueve veces mayor que en los de crecimiento típico. En el extremo opuesto, los que se mantenían en percentiles muy altos también mostraban un incremento notable del riesgo. O sea, que cuanto más pequeña o más grande era la cabeza del bebé respecto a la media, mayor era la probabilidad de autismo.

Este patrón confirma observaciones previas: tanto la macrocefalia (cabeza inusualmente grande) como la microcefalia (inusualmente pequeña) se han descrito en un subconjunto de personas con trastorno del espectro autista.

👉 No obstante, la mayoría de los niños con TEA no presenta estas características, y por ello los investigadores insisten en que no se trata de un marcador diagnóstico en sí mismo. Más bien, su valor radica en ayudar a comprender la diversidad biológica del autismo y, potencialmente, en mejorar la detección temprana en determinados subgrupos.

El estudio detectó que el perímetro craneal y la altura de los bebés evolucionan de forma estrechamente relacionada durante el primer año de vida, especialmente en quienes presentan mayor riesgo de autismo.

El estudio detectó que el perímetro craneal y la altura de los bebés evolucionan de forma estrechamente relacionada durante el primer año de vida, especialmente en quienes presentan mayor riesgo de autismo. Foto: Evgeny Makarenko

Crecimiento de la cabeza y crecimiento corporal: una relación clave

Otro hallazgo relevante es que algunos bebés que nacen con cabezas más pequeñas experimentan un crecimiento acelerado durante los primeros meses, mientras que otros muestran trayectorias opuestas.

En el estudio, los niños cuya cabeza crecía rápidamente desde percentiles bajos hasta medios o altos también tenían un mayor riesgo de autismo, aunque menos acusado que en los casos de tamaños extremos constantes. En cambio, las trayectorias descendentes —cuando el percentil del perímetro craneal disminuye con el tiempo— no mostraron asociaciones significativas.

Sin embargo, el aspecto más novedoso del trabajo no es la relación entre tamaño de la cabeza y autismo, sino el vínculo con el crecimiento corporal general. Balaum y su equipo observó que el perímetro craneal y la altura estaban estrechamente correlacionados durante todo el primer año de vida. En efecto, los bebés con cabezas grandes tendían a ser también más altos; los de cabezas pequeñas, más bajos. Y esta correlación era aún más intensa entre los niños que posteriormente serían diagnosticados con TEA.

Cuando los investigadores analizaron conjuntamente ambas variables, el panorama cambió de forma sorprendente:

✅ El aumento del riesgo de autismo asociado a tamaños craneales extremos se concentraba sobre todo en los niños que presentaban trayectorias de crecimiento similares en la cabeza y el cuerpo. Es decir, aquellos con cabezas pequeñas y estaturas bajas, o con cabezas grandes y estaturas altas, mostraban los mayores incrementos de riesgo.

✅ En cambio, si el tamaño de la cabeza era extremo pero la altura era normal, la asociación con TEA se reducía considerablemente.

Posibles causas biológicas: genética, hormonas e inmunidad

Este resultado sugiere que las diferencias de crecimiento craneal podrían ser parte de una alteración fisiológica más amplia en algunos niños con trastorno del espectro autista, en lugar de un fenómeno aislado del desarrollo cerebral.

La hipótesis encaja con investigaciones de otros científicos que han propuesto que el autismo, en ciertos casos, podría implicar procesos biológicos sistémicos que afectan al crecimiento general del organismo. Entre las posibles explicaciones se barajan determinados factores hormonales, inmunológicos o genéticos, aunque todavía no existe un consenso claro.

El estudio también desvela que los niños con autismo, en promedio, nacían con un peso ligeramente menor y un perímetro craneal más pequeño que los del grupo de control. Aun así, las diferencias no eran universales ni determinantes

De hecho, muchos niños con TEA presentaban trayectorias de crecimiento completamente normales. Esta heterogeneidad subraya la complejidad del trastorno y la necesidad de evitar interpretaciones simplistas o alarmistas.

Qué significa esto para la detección temprana del autismo

Desde el punto de vista clínico, los autores insisten en que los hallazgos no deben interpretarse como una herramienta de diagnóstico precoz directa. Un perímetro craneal pequeño o grande por sí solo no predice el autismo.

Ahora bien, el seguimiento sistemático de las curvas de crecimiento podría ayudar a identificar a niños que merezcan una observación más atenta, especialmente cuando se combinan varios indicadores de desarrollo. En la actualidad, las primeras señales conductuales del TEA suelen detectarse hacia el año de edad o más tarde. Si determinados patrones de crecimiento físico se confirmaran como marcadores tempranos, podrían contribuir a adelantar la detección en algunos casos.

En palabras de Balaum, la fortaleza principal de este trabajo reside en el uso de datos longitudinales detallados procedentes de un sistema sanitario que monitoriza de forma regular a todos los bebés. Esto permitió a los investigadores reconstruir con precisión las trayectorias de crecimiento y evitar el sesgo de basarse en una o dos mediciones aisladas, un problema frecuente en investigaciones anteriores.

El trastorno del espectro del autismo es una condición del neurodesarrollo diversa y heterogénea que acompaña a las personas a lo largo de toda su vida

El trastorno del espectro del autismo es una condición del neurodesarrollo diversa y heterogénea que acompaña a las personas a lo largo de toda su vida; investigaciones recientes buscan señales tempranas, incluso en el primer año, que permitan comprender mejor su origen y evolución. Foto de Hiki App en Unsplash

Fortalezas y limitaciones del estudio israelí

Aun así, los autores advierten que existen limitaciones que han podio condicionar sus conclusiones. Sin ir más lejos, el análisis se restringe al primer año de vida de los bebés, pese a que algunos estudios sugieren que las diferencias de crecimiento pueden prolongarse más allá.

Tampoco se incluyeron análisis específicos por sexo, aunque el autismo es más frecuente en varones y podría presentar diferencias biológicas entre niños y niñas.

Además, no se disponía de información genética detallada que permitiera distinguir entre formas sindrómicas e idiopáticas del trastorno. Las formas sindrómicas del autismo son aquellas asociadas a síndromes genéticos o médicos conocidos (como el síndrome de X frágil), mientras que las formas idiopáticas son las más comunes y aparecen sin una causa médica o genética identificable clara.

👉 Pese a estas cautelas, la investigación refuerza una idea emergente: el desarrollo neurológico temprano no puede entenderse de forma aislada del crecimiento físico general. En los primeros meses de vida, el cerebro y el cuerpo evolucionan de manera estrechamente coordinada, y las variaciones en ese proceso pueden ofrecer pistas valiosas sobre la diversidad del desarrollo humano.

Qué deben saber las familias y los profesionales

Para los pediatras, la cinta métrica seguirá siendo una herramienta básica. Pero, a la luz de estos resultados, cada medición del perímetro craneal y la talla podría adquirir un significado más amplio.

No se trata de convertir las curvas de crecimiento en un predictor de autismo, sino de integrarlas en una visión más completa del desarrollo infantil. Como señalan los autores, un seguimiento longitudinal y multifactorial de las medidas físicas podría ayudar a identificar subgrupos de niños con mayor vulnerabilidad y facilitar intervenciones tempranas cuando sean necesarias.

En definitiva, el crecimiento de la cabeza durante el primer año de vida no solo refleja la expansión del cerebro, sino también la compleja interacción de procesos biológicos que configuran el desarrollo humano. Entender esos patrones de crecimiento podría contribuir a descifrar mejor las múltiples trayectorias que conducen al autismo y, quizá, a detectar antes algunas de ellas.▪️(8-febrero-2026)

  • Fuente: Rewaa Balaum, Leena Elbedour, Einav Alhozyel, Gal Meiri, Dikla Zigdon, Analya Michaelovski, Orly Kerub, Idan Menashe. Head Growth Trajectories During the First Year of Life and Risk of Autism Spectrum Disorder. Autism Research (2025). DOI: https://doi.org/10.1002/aur.70172

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