Un tercio de los jóvenes reconoce haber agredido físicamente a sus padres

Durante años, la violencia dentro del hogar se ha analizado casi siempre en una sola dirección. Un estudio longitudinal revela ahora que uno de cada tres jóvenes admite haber agredido físicamente a sus padres al menos una vez durante la adolescencia, un fenómeno más común —y complejo— de lo que se creía.

Por Enrique Coperías, periodista científico

Un estudio longitudinal con más de 1.500 jóvenes revela que el 32,5% ejerció violencia física contra sus padres durante la adolescencia.

Un estudio longitudinal con más de 1.500 jóvenes revela que el 32,5% ejerció violencia física contra sus padres durante la adolescencia. Foto: Engin Akyurt

Un golpe lanzado en un momento de ira, un objeto arrojado contra la pared, un empujón en medio de una discusión doméstica. Escenas así suelen asociarse a la violencia de los adultos hacia los menores.

Sin embargo, un amplio estudio longitudinal realizado en Suiza obliga a invertir la mirada: uno de cada tres jóvenes reconoce haber ejercido alguna vez violencia física contra sus padres durante la adolescencia o el inicio de la vida adulta.

El fenómeno, poco estudiado y a menudo oculto, afecta a familias de todos los perfiles sociales y alcanza su punto máximo en la temprana adolescencia.

Un tercio de los jóvenes confiesa hacer maltratado físicamente a sus padres

La investigación, publicada en la revista European Child & Adolescent Psychiatry, sigue durante más de una década a 1.522 personas desde los once hasta los veinticuatro años, dentro del Zurich Project on Social Development from Childhood to Adulthood (z-proso), uno de los estudios poblacionales más ambiciosos de Europa sobre desarrollo infantil y juvenil.

A lo largo de seis evaluaciones, los participantes respondieron a preguntas directas sobre si habían golpeado, pateado o lanzado objetos a sus padres en episodios de enfado durante el último año.

El resultado es tan contundente como incómodo: el 32,5% de los jóvenes admite haber protagonizado al menos un episodio de este tipo entre los once y los veinticuatro años.

De forma reiterada

«A primera vista, puede resultar sorprendente que un tercio de los adolescentes llegue a comportarse de forma físicamente agresiva con sus padres en algún momento de sus vidas —explica la psicóloga del desarrollo Lilly Shanahan, del Departamento de Psicología, en la Universidad de Zúrich, y una de las autoras del estudio. Y añade—: Pero en la mayoría de los casos se trata de episodios aislados, probablemente en medio de conflictos intensos entre padres e hijos que son habituales durante la pubertad. No estamos hablando de violencia sistemática ni de un fracaso individual».

En la mayoría de los casos se trata de hechos esporádicos —seis de cada diez lo reconocen solo en una de las evaluaciones—, pero casi uno de cada cinco lo hace de manera reiterada, en tres o más momentos distintos.

Una violencia que crece y luego cae

El análisis revela además un patrón claro ligado a la edad. La prevalencia de la violencia de hijos a padres aumenta desde los 1 once hasta los trece años, cuando alcanza su pico: alrededor del 15% de los adolescentes reconoce haber agredido físicamente a sus progenitores en ese periodo.

A partir de ahí, los episodios disminuyen progresivamente durante la adolescencia tardía y se estabilizan en la juventud. A los veinticuatro años, cerca del 5% sigue incurriendo en este tipo de conductas.

Esta trayectoria —ascenso temprano, descenso gradual y meseta final— encaja con lo que la psicología del desarrollo describe para otros comportamientos antisociales. La adolescencia temprana es una etapa marcada por la impulsividad, la búsqueda de autonomía y la renegociación de las normas familiares.

En los márgenes de la investigación

«No es una fase tranquila en muchas casas» resumen los autores. La diferencia es que, hasta ahora, este tipo específico de violencia había quedado en los márgenes de la investigación.

Aunque los chicos presentan tasas algo más altas que las chicas —un 35,6% frente a un 29,3% a lo largo de todo el periodo—, las diferencias por sexo son mucho menores que en otras formas de agresión física. En la práctica, la violencia contra los padres aparece como un fenómeno transversal, con raíces compartidas entre uno y otro sexo.

🗣️ «Este problema atraviesa todas las clases sociales —subrayaLaura Bechtiger, investigadora posdoctoral en el Jacobs Center for Productive Youth Development de la Universidad de Zúrich y autora principal del trabajo—. No está limitado a un entorno social concreto ni a un género determinado».

Más allá del estereotipo

Uno de los hallazgos más relevantes del estudio es lo que no encuentra. Ni el nivel socioeconómico, ni el origen migrante, ni la estructura familiar (por ejemplo, la separación de los padres) explican de forma significativa quiénes agreden y quiénes no. La violencia de hijos a padres no es, por tanto, un problema limitado a familias desfavorecidas o a contextos específicos. Puede aparecer en cualquier hogar.

Donde sí surgen diferencias es en la historia previa de los jóvenes y en el clima relacional en el que crecen. Los niños con más síntomas de trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH), menor autocontrol o conductas agresivas tempranas tienen más probabilidades de protagonizar episodios violentos en casa durante la adolescencia. También influyen factores externos, como el consumo temprano de sustancias o la implicación en conductas delictivas.

Pero el peso del entorno familiar resulta decisivo. La exposición a una crianza dura —castigos físicos, gritos, humillaciones— y a conflictos frecuentes entre los progenitores incrementa el riesgo de que los hijos recurran a la violencia. El estudio se inscribe así en la llamada teoría del ciclo de la violencia: quienes crecen rodeados de agresión aprenden, normalizan y reproducen esas conductas.

La investigación también muestra que la violencia no se gesta solo dentro de casa. Haber sufrido agresiones graves fuera del entorno familiar, como asaltos o episodios de victimización severa, se asocia de manera independiente con una mayor probabilidad de agredir a los padres. La violencia, una vez más, tiende a acumularse.

El papel de los factores protectores

Frente a este panorama, el estudio aporta una nota de esperanza al identificar elementos que actúan como barrera. Los jóvenes con mejores habilidades para manejar los conflictos —capaces de afrontar el enfado sin recurrir a la agresión— presentan menos probabilidades de ejercer violencia contra sus padres. Del mismo modo, una mayor implicación parental, entendida como interés, apoyo y presencia en la vida de los hijos, reduce el riesgo.

Estos factores protectores mantienen su efecto incluso cuando se tiene en cuenta el nivel general de agresividad del niño en la infancia. Es decir, no solo ayudan a quienes ya muestran problemas de conducta, sino que actúan como un amortiguador universal frente a la escalada de conflictos familiares.

«Cuando faltan recursos personales y relacionales para gestionar el conflicto, la violencia puede convertirse en una vía de escape»,señalan los autores. Desde esta perspectiva, los golpes o empujones no serían tanto un acto deliberado de dominio como la expresión de una incapacidad para regular emociones intensas en un contexto de tensión.

🗣️ «Los conflictos entre padres y adolescentes son normales e incluso importantes para el desarrollo —señala Denis Ribeaud, codirector del proyecto z-proso. Y añade—: Los estallidos aislados durante la pubertad deberían invitar a la reflexión, pero no son necesariamente motivo de alarma. Sin embargo, cuando aparece un patrón, se trata de una señal de alerta».

La prevención debe dirigirse tanto a los padres como a los hijos, subraya el sociólogo Manuel Eisner, responsable del estudio.

La prevención debe dirigirse tanto a los padres como a los hijos, subraya el sociólogo Manuel Eisner, responsable del estudio. Reducir el castigo físico y reforzar la regulación emocional desde la infancia es clave para prevenir la violencia familiar. Foto de Kindel Media

Un fenómeno infravalorado

Los investigadores advierten de que sus cifras probablemente se quedan cortas. Las preguntas se limitaron a dos formas de agresión física y a lo ocurrido en el último año, dejando fuera la violencia verbal, psicológica o económica, que otros estudios consideran igualmente relevantes.

Además, admitir este tipo de conductas no es fácil, ni siquiera en cuestionarios anónimos.

Aun así, el dato de que uno de cada tres jóvenes haya cruzado alguna vez esa línea basta para desmontar la idea de que se trata de un problema marginal. Más aún si se tiene en cuenta que los episodios que persisten hasta la adultez temprana son especialmente preocupantes: a los veinte o veinticuatro años, la diferencia de fuerza física entre padres e hijos puede convertir cualquier agresión en un riesgo serio.

Prevenir antes de que estalle el conflicto

Las conclusiones del estudio apuntan con claridad hacia la prevención temprana.

🗣️ «La prevención debe dirigirse tanto a los padres como a los hijos —enfatiza el sociólogo Manuel Eisner, del Instituto de Criminología en la Universidad de Cambridge (Reino Unido), y también responsable del estudio. Y continúa—: Los padres deberían aprender a recurrir menos al castigo físico y a crear un entorno familiar de apoyo y constructivo. Los niños, por su parte, necesitan ayuda para aprender a regular sus emociones y a resolver los conflictos de forma constructiva, incluso antes de empezar la escuela».

Reducir la exposición de los niños a la violencia, mejorar las competencias parentales y reforzar las habilidades emocionales y de resolución de conflictos desde la infancia aparecen como estrategias clave para frenar esta forma de violencia intrafamiliar.

Lejos de enfoques punitivos, los autores subrayan la necesidad de intervenir antes de que los conflictos se cronifiquen. “La violencia de hijos a padres suele ser la punta del iceberg de dinámicas familiares deterioradas”, sostienen. Detectarla a tiempo puede evitar un sufrimiento prolongado tanto para los progenitores como para los propios jóvenes.

En un momento en el que el debate público sobre la violencia doméstica se centra —con razón— en la protección de mujeres y menores, este trabajo recuerda que las relaciones familiares pueden romperse en múltiples direcciones. Entenderlas en toda su complejidad es el primer paso para repararlas. ▪️(2-febrero-2026)

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