Insectos del Jurásico ya se comunicaban con ultrasonidos hace 165 millones de años
Un puñado de alas fosilizadas ha permitido reconstruir el sorprendente coro de insectos que llenaba los bosques jurásicos. En este artículo puedes escuchar recreaciones de las llamadas de algunas de aquellas especies; otras se comunicaban mediante ultrasonidos mucho antes de que aparecieran los murciélagos.
Por Enrique Coperías, periodista científico
Recreación artística de un insecto ensífero estridulando en un bosque del Jurásico medio, mientras pequeños dinosaurios emplumados se mueven entre la vegetación. Crédito: IA-DALL-E / RexMolón Producciones
Así sonaba un bosque del Jurásico
Si una persona pudiera adentrarse en un bosque del Jurásico medio, hace entre 175 millones de años y161 millones de años, probablemente prestaría atención al crujido de la vegetación bajo las patas de los dinosaurios o al batir de alas de algún pterosaurio.
Sin embargo, buena parte de aquel paisaje sonoro procedería de animales mucho más pequeños. Entre helechos, coníferas y ginkgos, decenas de insectos frotaban sus alas y llenaban el aire con una sucesión de notas puras, pulsos rítmicos y llamadas agudas. Algunas serían perfectamente audibles para nosotros. Otras quedarían fuera de nuestro alcance, en el territorio de los ultrasonidos.
Ahora un equipo internacional de investigadores ha logrado reconstruir parte de aquel coro perdido a partir de veinte fósiles de insectos ensíferos —el suborden taxonómico al que pertenecen los grillos y los tettigónidos o saltamontes longicornios— hallados en la formación Jiulongshan, cerca de la aldea de Daohugou, en Mongolia Interior (China).
Los restos fósiles pertenecen a nueve especies que convivieron en el mismo lugar hace entre 157 y 165 millones de años. Su análisis, publicado en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), constituye la reconstrucción conjunta más antigua realizada hasta hoy de una comunidad acústica animal del pasado.
El trabajo cambia la imagen habitual de un Jurásico dominado sonoramente por grandes vertebrados.
🗣️ «El mundo durante el Jurásico era acústicamente mucho más rico y diverso de lo que se pensaba», resume Thorin Jonsson, bioacústico de la Universidad de Graz y uno de los autores del estudio, en un comunicado de la institución.
Saltamontes longicornio actual, cuyos antepasados jurásicos ya producían complejas llamadas al frotar sus alas. Foto de David Clode en Unsplash
¿Cómo se puede reconstruir un sonido extinguido?
Reconstruir la voz de un animal extinguido plantea un problema evidente: el sonido no fosiliza. Tampoco suelen conservarse los tejidos blandos que permiten vocalizar a los vertebrados, como las cuerdas vocales, la laringe o la siringe de las aves. Por eso, las propuestas sobre los bramidos de los dinosaurios continúan dependiendo en gran medida de comparaciones anatómicas y modelos indirectos.
Los insectos ofrecen una excepción extraordinaria. Muchos grillos y sus parientes no producen sonido con la garganta, sino que tocan una especie de instrumento incorporado a sus alas.
En una de ellas poseen una hilera de diminutos dientes que recuerda a un peine, denominada lima estridulatoria; en la otra una púa, un borde endurecido o plectro. Al cerrar las alas, este último recorre la lima y cada diente genera un impulso que hace vibrar determinadas membranas alares.
El resultado es una llamada cuya frecuencia depende de la longitud y disposición de los dientes, de la velocidad del movimiento y de las propiedades resonantes del ala.
Como estas estructuras están formadas por cutícula endurecida, pueden quedar impresas con una precisión excepcional en las rocas. Cada ala fósil conserva así algo parecido a la huella física de la música que produjo.
Alas modernas para interpretar alas fósiles
Para descifrarla, los investigadores combinaron varias disciplinas científicas. Primero estudiaron especies actuales de grillos, saltamontes longicornios (Tettigoniidae) y profalangópsidos (Prophalangopsidae). Estos últimos son considerados reliquias vivientes de grupos muy abundantes en el Mesozoico.
Mediante vibrometría láser Doppler, los investigadores midieron qué zonas de sus alas vibraban, a qué frecuencia resonaban y cuánto tardaban en amortiguarse las oscilaciones. También grabaron el movimiento de las alas con cámaras de alta velocidad.
A continuación crearon modelos de elementos finitos, una técnica informática que divide una estructura compleja —en este caso, el ala— en miles de pequeñas porciones y calcula cómo responde cada una cuando recibe una fuerza. Las alas digitales reprodujeron correctamente las frecuencias y zonas de vibración medidas en los insectos vivos, lo que permitió validar el método. Después aplicaron los mismos principios físicos a las geometrías bidimensionales de las alas fósiles, conservadas en la roca como impresiones aplanadas, para estimar cómo habrían vibrado cuando los insectos estaban vivos.
La genealogía también resultó crucial. El equipo reconstruyó un árbol evolutivo basado en 1.077 genes de especies actuales y analizaron la relación entre la longitud de las limas estridulatorias y la frecuencia de los cantos. Parte de este análisis se apoyó en unas sondas genéticas específicas para ortópteros presentadas en 2024 en la revista Scientific Reports, capaces de recuperar más de un millar de regiones genéticas por especie y resolver parentescos a escalas evolutivas muy amplias.
A–I, alas fosilizadas de las nueve especies de insectos jurásicos analizadas. J, detalle de la lima estridulatoria de Bacharaboilus curvus, cuyos diminutos dientes generaban el sonido al rozar la otra ala. K, el profalangópsido actual Tarragoilus diuturnus y el espectro de su llamada, de unos 4,6 kilohercios, utilizado como referencia para reconstruir los cantos fósiles. Cortesía: PNAS
La inteligencia artificial no inventó los sonidos
El equipo recurrió también a un modelo probabilístico de aprendizaje automático para estimar la velocidad con la que los insectos repetían sus sílabas.
La inteligencia artificial (IA) no generó libremente una supuesta banda sonora jurásica. Más bien el modelo fue entrenado con especies actuales para aprender las relaciones entre cuatro variables: longitud de la lima estridulatoria, número de dientes, frecuencia dominante y duración de cada sílaba. Después utilizó esos patrones para calcular ritmos plausibles en las especies fósiles.
Esta distinción es importante. La reconstrucción no es una grabación literal del Jurásico, sino una hipótesis biofísica limitada por las estructuras que realmente se han conservado.
Un coro repartido entre diferentes frecuencias
Las reconstrucciones ponen de manifiesto una comunidad con canales acústicos bien diferenciados. Cinco de las nueve especies emitían tonos puros de entre cinco y siete kilohercios, cercanos a los de algunos grillos actuales. Y otras ocupaban frecuencias de 8,3, 10,2 y 10,5 kilohercios.
Sin duda alguna, esta separación habría reducido la interferencia entre especies que cantaban de forma simultánea. El principio recuerda al de las emisoras de radio: cada una necesita utilizar una frecuencia distinta para que su señal no quede enmascarada por las demás.
Los fósiles revelan, además, limas estridulatorias con disposiciones complejas. Algunas presentan dientes espaciados de manera regular, adecuados para generar tonos puros; otras contienen regiones con diferentes densidades dentales, capaces de introducir variaciones en el ritmo o en la frecuencia.
Los insectos jurásicos no emitían, por tanto, un único chirrido repetitivo. Sus alas ya habían evolucionado como instrumentos acústicos especializados, con repertorios que permitían reconocer a los miembros de la propia especie y competir por el espacio sonoro.
El insecto que cantaba por encima del oído humano
En palabras de los autores del estudio, el resultado más sorprendente corresponde a Sigmaboilus peregrinus. Sus pequeñas alas habrían resonado a unos 22,5 kilohercios, ligeramente por encima del límite superior de la audición humana, que está situado en torno a 20 kilohercios.
Sería, según los investigadores, la prueba más antigua conocida de comunicación ultrasónica en animales. Hasta ahora, el predominio de los ultrasonidos entre muchos saltamontes longicornios modernos —aproximadamente el 70 % de las especies estudiadas los utilizan— se explicaba principalmente como consecuencia de su carrera evolutiva con los murciélagos.
Escuchar los pulsos de ecolocalización permite detectar al depredador; emitir llamadas ultrasónicas, que se atenúan rápidamente con la distancia, puede además dificultar que este localice al insecto que canta.
Pero Sigmaboilus peregrinus vivió unos 110 millones de años antes de la aparición de los primeros murciélagos conocidos. Estos mamíferos no pudieron ser, por tanto, los responsables iniciales de esa innovación.
🗣️«Por ahora, solo podemos confirmar que aquellos ensíferos se comunicaban desde las frecuencias audibles bajas hasta los ultrasonidos moderados», advierten los investigadores. La reconstrucción muestra qué podían emitir sus alas, pero no demuestra qué animales los escuchaban ni con qué precisión.
Los murciélagos aparecieron más de 100 millones de años después de que algunos insectos jurásicos comenzaran a comunicarse mediante ultrasonidos. Foto de Daniel Higuita Tamayo
Una carrera acústica anterior a los murciélagos
El equipo de investigadores plantea dos fuerzas evolutivas que pudieron actuar conjuntamente:
1️⃣ La competencia acústica entre especies. En un bosque lleno de cantores, desplazarse hacia frecuencias menos utilizadas habría permitido que las llamadas destacasen sobre el ruido ambiental.
2️⃣ La presencia de depredadores capaces de escuchar frecuencias altas. Entre ellos cabe citar a los pequeños mamíferos insectívoros y a algunos de sus parientes no mamalianos. Estos animales podían localizar a los insectos que revelaban su posición al buscar pareja.
Por otra parte, los tonos puros y de banda muy estrecha también pudieron ofrecer cierta protección. Aunque alcanzan distancias considerables, proporcionan menos pistas espectrales para calcular de dónde procede el sonido. Los insectos habrían encontrado así una manera de atraer pareja sin facilitar demasiado el trabajo de los animales que escuchaban a escondidas.
Los autores plantean que esta presión favoreció, a su vez, la mejora progresiva del oído de los cazadores. Habría sido una de las primeras carreras armamentísticas acústicas entre depredadores y presas, iniciada mucho antes de que los murciélagos comenzaran a patrullar los cielos nocturnos.
Otros estudios que ayudan a reconstruir el mundo acústico del pasado
La hipótesis encuentra un interesante punto de comparación en un estudio de 2023 sobre Eomortoniellus handlirschi, un tettigónido conservado en ámbar báltico hace unos 44 millones de años. La reconstrucción de su aparato auditivo mostró que podía escuchar señales de unos 32 kilohercios y poseía sensibilidad entre aproximadamente 10 y 89 kilohercios, suficiente para captar tanto las llamadas de sus congéneres como la ecolocalización de los primeros murciélagos.
Para entonces, la carrera entre cazadores y presas ya había impulsado oídos mucho más sofisticados: «Los resultados indican que la evolución del oído único del saltamontes longicornio, con su sensibilidad ultrasónica de banda ancha y sus propiedades biofísicas análogas a las de los oídos de los mamíferos, tuvo lugar en el Eoceno», afirman sus autores en la revista Current Biology.
Otros trabajos recientes ayudan a explicar por qué varias especies jurásicas conservaron frecuencias cercanas a cinco kilohercios. Por ejemplo, una investigación publicada también en PNAS por los investigadores Erin E. Brandt, Sarah Duke y Honglin Wang, de la Universidad de Princeton, demostró que los grillos pueden aprovechar el suelo como una superficie reflectante que aumenta la eficiencia y el alcance de sus llamadas.
Estas investigaciones sugieren que el bosque jurásico no solo pudo estar dividido por frecuencias, sino también por alturas: los cantores de tonos graves ocuparían posiciones próximas al suelo y las especies más agudas podrían llamar desde la vegetación.
Evolución propuesta del canto y la audición en los insectos ensíferos, comparada con el aumento de la sensibilidad auditiva de los mamíferos y sus antepasados. Cortesía: PNAS
Lo que todavía no podemos saber de aquellos cantos
La reconstrucción presenta limitaciones importantes. Los fósiles conservan el instrumento, pero no el sistema nervioso que controlaba su ejecución.
Los modelos permiten estimar la frecuencia dominante y la sílaba fundamental, pero no reproducen con certeza:
✅ El volumen real de las llamadas.
✅ La duración completa de cada canto.
✅ Las pausas entre secuencias.
✅ Todas las modulaciones de frecuencia y amplitud.
✅ La influencia exacta de la temperatura, la humedad y la vegetación.
✅ La capacidad auditiva de cada especie fósil.
Pese a estas incertidumbres, las alas petrificadas cuentan una historia evolutiva inesperada. Mucho antes de que existieran los murciélagos, los insectos ya habían desarrollado instrumentos resonantes, repertorios diferenciados y llamadas que escapaban al oído humano.
Cuando los primeros quirópteros aparecieron, no inauguraron el mundo ultrasónico. Irrumpieron en una conversación que llevaba cerca de 100 millones de años en marcha.▪️(8-septiembre-2026)
⏱️ LO MÁS IMPORTANTE DEL ESTUDIO, EN 30 SEGUNDOS
- Veinte fósiles devuelven la voz al Jurásico: los investigadores analizaron las alas excepcionalmente conservadas de nueve especies de insectos que convivieron en China hace entre 157 y 165 millones de años.
- Las alas conservaban la huella de sus llamadas: la longitud y disposición de los dientes de las estructuras estridulatorias permitieron estimar cómo vibraban y qué sonidos producían.
- Una combinación inédita de técnicas: el equipo empleó vibrometría láser, modelos biomecánicos, filogenómica y aprendizaje automático para reconstruir las sílabas fundamentales y el ritmo probable de los cantos.
- El bosque jurásico estaba lleno de frecuencias: las especies ocupaban distintos canales acústicos, desde tonos de unos 5 kilohercios hasta señales de 22,5 kilohercios.
- Un insecto ya utilizaba ultrasonidos: Sigmaboilus peregrinus habría emitido llamadas por encima del límite de la audición humana, la evidencia más antigua conocida de probable comunicación ultrasónica animal.
- Los murciélagos no iniciaron esta revolución: los ultrasonidos aparecieron en estos insectos más de 100 millones de años antes que los primeros murciélagos. La competencia acústica y otros depredadores pudieron impulsar su evolución.
- No es una grabación literal del pasado: las recreaciones son hipótesis científicas basadas en la anatomía fósil y en insectos actuales; permiten estimar frecuencias y vibraciones, pero no reproducir con certeza el volumen ni el canto completo.
Fuente: J. Gu, F. Montealegre-Z, T. Jonsson, C. Woodrow, E. Celiker, M. N. Islam, J. B. Linde, F. A. Sarria-S, F. Shi, H. Song, D. Robert & D. Ren. Reconstruction of an extinct soundscape reveals ultrasonic communication in the Jurassic. PNAS (2026). DOI: https://doi.org/10.1073/pnas.2615107123
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