Un nuevo mapa desvela cómo es la Antártida bajo 2.000 metros de hielo
Bajo el blanco infinito de la Antártida se oculta un paisaje tan complejo como decisivo para el futuro del planeta. Un nuevo mapa, elaborado a partir del propio movimiento del hielo, muestra con un detalle sin precedentes cómo es el continente oculto que condiciona la estabilidad de la mayor reserva de hielo de la Tierra.
Por Enrique Coperías, periodista científico
Bajo kilómetros de hielo, la Antártida esconde un relieve abrupto y desconocido. Un nuevo mapa logra revelarlo leyendo la forma del hielo como si fuera un molde del continente oculto. Foto de Torsten Dederichs en Unsplash
A más de dos kilómetros bajo la superficie blanca y aparentemente uniforme de la Antártida se esconde un paisaje subglacial abrupto, lleno de valles, montañas, canales y estructuras geológicas.
Durante décadas, ese mundo oculto ha sido uno de los grandes puntos ciegos de la ciencia de la Tierra. Ahora, un nuevo mapa continental, publicado en la revista Science, ofrece la imagen más detallada hasta la fecha del relieve rocoso que yace bajo la mayor masa de hielo del planeta, y lo hace de una manera tan ingeniosa como reveladora: leyendo la forma del hielo antártico como si fuera un molde del terreno que lo sustenta.
El trabajo, liderado por la glacióloga Helen Ockenden, de la Universidad de Grenoble-Alpes, en Francia, junto a investigadores de las universidades de Edimburgo y Dartmouth, supone un salto cualitativo en nuestro conocimiento de la Antártida profunda. No se trata solo de un mapa más preciso, sino de una nueva forma de cartografiar el continente antártico y reconstruir los paisajes ocultos bajo el hielo con la asistencia de satélites, datos de teledetección y las leyes físicas del flujo glaciar.
Un continente menos conocido que Mercurio
Puede parecer paradójico, pero la topografía subglacial de la Antártida está peor cartografiada que la superficie de algunos planetas del sistema solar. Mientras que Marte o Mercurio cuentan con mapas globales de alta resolución, el lecho rocoso antártico ha dependido hasta ahora de mediciones indirectas y fragmentarias.
Durante décadas, los científicos han usado radares aerotransportados, estudios geofísicos y campañas realizadas desde aviones o sobre el propio hielo. Aunque esos datos son valiosísimos, están distribuidos de forma irregular: hay zonas con perfiles muy detallados y otras donde las líneas de medición están separadas por decenas de kilómetros.
Ese vacío obligaba a rellenar los huecos mediante interpolaciones estadísticas, una especie de suposición informada que suavizaba el terreno entre los puntos medidos. El resultado eran mapas útiles a gran escala, pero incapaces de reproducir la rugosidad del terreno, justo la que más importa para entender cómo se mueve el hielo continental.
El hielo como espejo del terreno
La clave del nuevo trabajo es una idea simple y poderosa: el hielo no fluye al azar. Al deslizarse lentamente sobre el lecho subglacial, responde a cada obstáculo, cada colina y cada valle que encuentra en su camino. Esas irregularidades se transmiten hacia arriba y dejan una huella sutil en la superficie del hielo.
Allí donde el lecho es rugoso, el hielo se acelera, se frena, se estira o se comprime, generando pequeñas ondulaciones superficiales que los satélites de observación de la Tierra pueden medir con enorme precisión.
Aprovechando modelos digitales de elevación, datos de velocidad del hielo y observaciones satelitales de alta resolución, Ockende y su equipo aplicaron un método conocido como Ice Flow Perturbation Analysis (IFPA). En esencia, se trata de invertir el problema: en lugar de preguntarse cómo se mueve el hielo sobre un terreno conocido, los científicos deducen cómo debe de ser el terreno para producir los patrones de flujo glaciar observados.
El resultado es un mapa subglacial continuo de la Antártida, con un nivel de detalle sin precedentes en las escalas intermedias, entre dos y treinta kilómetros, que hasta ahora quedaban fuera del alcance de los métodos clásicos.
Comparación de distintos mapas del relieve subglacial en la región de la cuenca Pensacola–Polo Sur. De izquierda a derecha, Bedmap3, BedMachine Antarctica v3 y el nuevo mapa IFPA, que reconstruye con mayor detalle la topografía bajo el hielo a partir de datos satelitales, velocidad del hielo y mediciones geofísicas. Cortesía: Helen Ockenden et al.
Valles, canales y cicatrices ocultas
El nuevo mapa revela un continente sorprendentemente complejo. Bajo kilómetros de capa de hielo aparecen canales subglaciales profundos que se extienden cientos de kilómetros, valles en forma de U típicos de la erosión glaciar, y límites geológicos abruptos entre regiones muy distintas. En la cuenca subglacial de Maud, por ejemplo, los investigadores identifican un canal estrecho y profundo, de unos 50 metros de profundidad media y seis kilómetros de ancho, que recorre casi 400 kilómetros bajo el hielo.
En otras regiones, como Wilhelm II Land, emergen redes de canales que podrían formar parte de antiguos sistemas de drenaje subglacial. También se observan con claridad estructuras lineales que siguen direcciones preferentes, probablemente asociadas a fallas tectónicas y procesos geológicos antiguos.
En zonas montañosas enterradas, como las montañas subglaciales de Golicyna, el relieve muestra patrones dendríticos que recuerdan a paisajes alpinos, similares a los que hoy se observan en regiones libres de hielo. Estos detalles no son meras curiosidades geomorfológicas: cada colina y cada valle influyen directamente en cómo el hielo se desliza, se deforma y, en última instancia, en cuánta masa pierde o gana el continente helado.
Un lecho más rugoso de lo que se pensaba
Una de las conclusiones más llamativas del estudio es que el lecho antártico es mucho más rugoso de lo que sugerían los mapas anteriores. Al cuantificar la cantidad de colinas subglaciales y la textura del terreno, los autores encuentran casi el doble de elevaciones significativas que en los modelos más utilizados hasta ahora.
Esta rugosidad es crucial porque está directamente relacionada con el rozamiento basal, uno de los factores que controlan la velocidad del hielo. Un lecho liso permite que el hielo fluya con mayor facilidad; uno rugoso actúa como freno.
Por eso, disponer de un mapa subglacial más realista resulta esencial para mejorar los modelos climáticos que intentan predecir la evolución de la capa de hielo antártica y su contribución al aumento del nivel del mar.
Huellas de un pasado cambiante
Más allá de la dinámica actual, el mapa ofrece una ventana al pasado geológico del continente. Los científicos han clasificado el paisaje subglacial en grandes tipos geomorfológicos: regiones de bajo relieve, paisajes alpinos y áreas de erosión selectiva, donde profundas incisiones atraviesan mesetas relativamente planas.
Esa diversidad sugiere que la Antártida no siempre estuvo cubierta por una capa de hielo tan vasta y estable como la actual. Algunas de las formas identificadas parecen corresponder a paisajes preglaciares, esculpidos por glaciares de montaña, ríos o antiguos sistemas de drenaje, posiblemente formados hace más de 14 millones de años.
Otras zonas muestran señales de erosión activa asociada a los grandes ríos de hielo actuales, como los que desembocan en el mar de Amundsen.
Clasificación geomorfológica del paisaje oculto bajo el hielo antártico. El nuevo mapa IFPA permite distinguir regiones de relieve suave, paisajes alpinos y zonas de erosión selectiva, y revela cómo la forma del lecho rocoso está estrechamente ligada a antiguas estructuras tectónicas del continente. Cortesía: Helen Ockenden et al.
Una herramienta para el futuro
Los autores subrayan que su método no puede resolver detalles más pequeños que el propio espesor del hielo: si una irregularidad es demasiado pequeña, no deja huella detectable en la superficie. Aun así, los paisajes naturales suelen mostrar patrones fractales, lo que significa que la información a escala intermedia está relacionada con la rugosidad a escalas menores.
En la práctica, el nuevo mapa proporciona una guía mucho más fiable para entender cómo interactúan el hielo antártico y el terreno subyacente.
Además, el trabajo tiene implicaciones prácticas inmediatas. Saber dónde el lecho es más complejo o dónde existen límites geológicos marcados puede ayudar a planificar futuras campañas científicas, sondeos por radar y perforaciones, optimizando recursos en uno de los entornos más extremos del planeta.
Leer el hielo para entender el planeta
En un momento en el que la Antártida se ha convertido en una pieza clave del rompecabezas climático, este mapa representa algo más que un avance técnico. Es un recordatorio de que incluso los lugares más remotos siguen guardando secretos científicos fundamentales para nuestro futuro.
Al aprender a leer la superficie del hielo, los investigadores han conseguido iluminar un continente oculto y mejorar nuestra capacidad para anticipar cómo responderá la mayor reserva de hielo de la Tierra a un clima cambiante.
Bajo esos 2.000 metros de hielo no solo hay rocas y valles: hay la memoria geológica de la Antártida y pistas decisivas sobre el futuro de las costas y el nivel del mar en todo el mundo. ▪️
Información facilitada por la Asociación Estadounidense para el Avance de la Ciencia
Fuente: Helen Ockenden et al. Complex mesoscale landscapes beneath Antarctica mapped from space. Science (2026). DOI: 10.1126/science.ady2532

