Cómo el ejercicio en la adolescencia puede reducir el riesgo de cáncer de mama en el futuro

Moverse en la adolescencia podría dejar una huella protectora que dure toda la vida. Un estudio científico muestra que la actividad física durante esta etapa clave del desarrollo se asocia con cambios en el tejido mamario y con biomarcadores vinculados a un menor riesgo futuro de cáncer de mama.

Por Enrique Coperias, periodista científico

El ejercicio recreativo no solo influye en el peso corporal: también se asocia con cambios medibles en el tejido mamario durante una etapa clave del desarrollo.

El ejercicio recreativo no solo influye en el peso corporal: también se asocia con cambios medibles en el tejido mamario durante una etapa clave del desarrollo. Foto de MART PRODUCTION

La recomendación por parte de los médicos de hacer ejercicio en la adolescencia se apoya sobre todo en beneficios visibles y relativamente inmediatos: mejorar la salud cardiovascular, prevenir la obesidad o favorecer el bienestar mental.

Sin embargo, un nuevo estudio científico publicado en la revista Breast Cancer Research apunta a que el impacto de la actividad física podría ir mucho más allá y dejar una huella silenciosa en el organismo durante una de las etapas más sensibles del desarrollo femenino.

En concreto, la investigación sugiere que el ejercicio recreativo practicado en la adolescencia se asocia con cambios medibles en el tejido mamario y con niveles más bajos de estrés oxidativo, dos factores vinculados al riesgo futuro de cáncer de mama.

¿Qué es al actividad física recreativa?

Recordemos que el ejercicio recreativo se refiere a cualquier actividad física que se realiza de forma voluntaria en el tiempo libre, con fines de disfrute, bienestar o socialización, y no como parte de una obligación laboral o doméstica.

En la adolescencia incluye tanto actividades organizadas, caso de deportes de equipo, entrenamientos en clubes, clases de danza, natación y artes marciales, como actividades no organizadas, como jugar al aire libre, montar en bicicleta, patinar, correr, saltar a la comba y realizar ejercicio de manera informal con amigos. Aunque su intensidad puede variar, este tipo de ejercicio suele implicar movimiento regular, gasto energético y estímulos físicos que influyen en el desarrollo corporal y en procesos biológicos clave para la salud a largo plazo.

🗣️«La importancia y la urgencia de esta investigación quedan subrayadas por el aumento de la incidencia del cáncer de mama en mujeres jóvenes y por los alarmantemente bajos niveles de actividad física recreativa observados tanto en este estudio como entre los adolescentes de Estados Unidos y del resto del mundo», explica Rebecca Kehm, profesora de Epidemiología en la Escuela de Salud Pública Mailman de la Universidad de Columbia, en Estados Unidos, y primera autora del estudio.

Qué revela el estudio sobre ejercicio y tejido mamario

La investigación se centra en un momento crítico: la adolescencia, cuando las mamas experimentan una intensa proliferación celular y remodelación del tejido. Es una ventana de susceptibilidad, señalan Kehm y sus colegas, en la que determinados factores ambientales y de estilo de vida pueden influir de manera duradera en la biología mamaria.

Lo relevante del estudio no es solo el foco temprano —mucho antes de que el cáncer sea una amenaza tangible—, sino también el intento de desentrañar los mecanismos biológicos que podrían explicar por qué las chicas físicamente activas tienen menos riesgo de desarrollar la enfermedad décadas después.

«Nuestros hallazgos sugieren que la actividad física recreativa se asocia con cambios en la composición del tejido mamario y en biomarcadores de estrés durante las adolescentes, de forma independiente de la grasa corporal, lo que podría tener importantes implicaciones para el riesgo de cáncer de mama», añade Kehm.

Células de cáncer de mama.

Células de cáncer de mama. Cortesía: Dr. Nancy Kedersha / ImmunoGen, Inc. / https://www.nikonsmallworld.com/

El trabajo se centró en hispanas y afroamericanas

Para el trabajo, los investigadores analizaron a 191 adolescentes de entre once y veinte años, pertenecientes mayoritariamente a comunidades afroamericanas e hispanas de barrios urbanos de Nueva York. Se trata de un grupo históricamente infrarrepresentado en la investigación biomédica y que, paradójicamente, presenta una mayor probabilidad de padecer cáncer de mama a edades tempranas y en formas más agresivas.

Además, estas poblaciones suelen registrar niveles más bajos de actividad física, lo que añade una dimensión de desigualdad social al problema.

«Nuestra población de estudio, formada por adolescentes hispanas (dominicanas) y negras/afroamericanas no hispanas que viven en entornos urbanos, es fundamental para la investigación sobre el cáncer de mama —subraya Kehm. Y añade—: Estos grupos no solo han estado históricamente infrarrepresentados en los estudios, sino que además presentan un mayor riesgo de desarrollar cáncer de mama a edades más tempranas y de padecer subtipos más agresivos. Al mismo tiempo, las chicas negras e hispanas informan de manera sistemática niveles más bajos de actividad física recreativa que sus iguales blancas no hispanas».

Menos actividad, menos agua en las mamas

Las participantes informaron del tiempo dedicado durante la semana previa a actividades físicas recreativas, tanto organizadas, como deportes de equipo, clases de danza y artes marciales, como no organizadas, es decir, montar en bicicleta o realizar actividades espontáneas al aire libre.

En paralelo, las investigadoras realizaron mediciones objetivas del tejido mamario mediante espectroscopia óptica, una técnica no invasiva que permite estimar la proporción de agua, grasa y colágeno en la mama sin radiación ni compresión, algo fundamental cuando se trabaja con menores.

Estos componentes no son arbitrarios. En la edad adulta, una mayor densidad mamaria, que. se caracteriza por más tejido fibroglandular y menos grasa, es uno de los factores de riesgo más potentes para el cáncer de mama. El contenido de agua y colágeno suele asociarse positivamente con esa densidad, mientras que el tejido adiposo lo hace de forma inversa.

Lo que encontraron las autoras fue que las adolescentes que habían practicado al menos dos horas semanales de actividad física organizada presentaban un menor porcentaje de agua en el tejido mamario, un indicio de menor densidad mamaria.

Estrés oxidativo: un marcador clave del riesgo de cáncer

La diferencia no es espectacular, pero sí consistente: alrededor de un 2,5% menos de contenido hídrico en comparación con las chicas que no realizaron ningún ejercicio organizado. Puede parecer un cambio modesto, pero los expertos recuerdan que la composición mamaria tiende a mantenerse relativamente estable a lo largo de la vida.

👉 «Pequeñas variaciones en etapas tempranas podrían tener efectos acumulativo», señalan las autoras, que subrayan la importancia de estudiar estos procesos antes de que aparezca la enfermedad.

El estudio también se adentró en otro terreno menos visible: el estrés oxidativo. Este proceso biológico, resultado de un desequilibrio entre radicales libres y antioxidantes, puede dañar el ADN y favorecer la carcinogénesis.

Para medirlo, el equipo analizó en muestras de orina los niveles de 15-F2t-isoprostano, uno de los biomarcadores más fiables de oxidación lipídica en el organismo. De nuevo, las adolescentes que practicaban ejercicio organizado al menos dos horas por semana mostraban concentraciones más bajas de este biomarcador, independientemente de su porcentaje de grasa corporal.

La actividad física tiene efectos metabólicos directos

El hallazgo refuerza la idea de que la actividad física no solo actúa a través del control del peso, sino que tiene efectos metabólicos directos. El ejercicio regular mejora las defensas antioxidantes del cuerpo y reduce la inflamación sistémica, mecanismos que en adultos se han relacionado con un menor riesgo de cáncer. Lo novedoso aquí es observar estas asociaciones en plena adolescencia, cuando el organismo todavía está en formación.

Además, los investigadores detectaron una relación entre el estrés oxidativo y la composición del tejido mamario: niveles más altos de isoprostanos —moléculas que se forman cuando las grasas de las células se dañan por el estrés oxidativo y se utilizan como marcadores muy fiables del daño oxidativo en el organismo— se asociaron con mayor contenido de colágeno en la mama, otro componente ligado a una mayor densidad.

Aunque no se puede establecer una relación causal, el resultado sugiere que el entorno oxidativo del organismo podría influir en cómo se estructura el tejido mamario durante su desarrollo.

En cambio, los marcadores clásicos de inflamación crónica —como la proteína C reactiva o las interleucinas— no mostraron asociaciones claras ni con la actividad física ni con la composición mamaria una vez ajustado el análisis por grasa corporal. Según los autores, esto podría deberse a que los niveles de ejercicio en la muestra eran relativamente bajos: más de la mitad de las adolescentes no había realizado ninguna actividad física recreativa la semana previa, y solo una minoría superaba las tres horas semanales.

La prevención del cáncer de mama podría empezar mucho antes de lo que se pensaba, en los patios de los colegios y en el acceso cotidiano al deporte.

La prevención del cáncer de mama podría empezar mucho antes de lo que se pensaba, en los patios de los colegios y en el acceso cotidiano al deporte. Foto: Ashima Pargal

Desigualdades sociales y actividad física en adolescentes

Este dato, lejos de ser anecdótico, es una de las conclusiones más inquietantes del trabajo. La baja participación en actividad física organizada refleja una tendencia preocupante en la adolescencia urbana, especialmente en entornos socioeconómicos desfavorecidos.

«La inactividad es la norma, no la excepción», advierten las investigadoras, que consideran urgente intervenir en estas edades si se quiere reducir la carga futura de enfermedades como el cáncer de mama.

🗣️ «Nuestra investigación tiene varios puntos fuertes, entre ellos el uso de múltiples biomarcadores medidos en orina, sangre y tejido mamario —destaca Mary Beth Terry, profesora de Epidemiología en Columbia Mailman School of Public Health y autora sénior del estudio— Y añade—: Analizamos biomarcadores del estrés y de la inflamación crónica que están ampliamente validados y son de uso habitual en la investigación epidemiológica, lo que refuerza la confianza en nuestros resultados».

La investigadora subraya además la dimensión social del trabajo: «Es importante destacar que este estudio se llevó a cabo en una cohorte urbana y poblacional de chicas negras/afroamericanas e hispanas, grupos que han estado históricamente infrarrepresentados en la investigación y que afrontan desigualdades persistentes tanto en los niveles de actividad física como en los resultados del cáncer de mama».

El estudio tiene limitaciones importantes. Es transversal, lo que impide saber si el ejercicio causa los cambios observados o si existen otros factores no medidos que influyan en ambos. Además, la actividad física se evaluó mediante cuestionarios y solo para la semana anterior, lo que no capta necesariamente los hábitos a largo plazo. Y por último, el tamaño de la muestra es relativamente pequeño.

Aun así, la combinación de biomarcadores objetivos, técnicas innovadoras de medición del tejido mamario y un enfoque centrado en poblaciones vulnerables le otorgan un valor significativo.

Qué implican estos hallazgos para la prevención del cáncer de mama

Más que ofrecer respuestas definitivas, el trabajo abre una línea de investigación prometedora: la prevención del cáncer de mama podría empezar mucho antes de lo que se pensaba, incluso antes de que termine el desarrollo puberal.

Fomentar el ejercicio físico en niñas y adolescentes no solo tendría beneficios inmediatos, sino que podría contribuir a moldear el riesgo biológico de una de las enfermedades más frecuentes entre las mujeres.

En un contexto de aumento de la incidencia del cáncer de mama en mujeres jóvenes a nivel mundial, estos resultados refuerzan la idea de que la prevención no se juega solo en los hospitales o en las campañas de cribado, sino también en los patios de los colegios, los polideportivos de barrio y las políticas públicas que facilitan —o dificultan— el acceso al deporte.

El mensaje es sencillo, pero potente: moverse durante la adolescencia podría dejar una huella protectora que acompañe a las mujeres durante toda su vida. ▪️

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