Una de cada cinco personas siente más dolor por la muerte de su mascota que por la de una persona
Una investigación publicada en la revista científica PLOS One demuestra que el duelo por animales de compañía puede ser tan intenso y duradero como el provocado por la pérdida de un familiar, y cuestiona los límites actuales de la psiquiatría.
Por Enrique Coperías, periodista científico
Durante años se ha dicho que «solo era un animal». Sin embargo, la ciencia empieza a contar otra historia. Una investigación realizada en el Reino Unido muestra que el 21% de quienes han perdido a una mascota y a una persona cercana sufrió más por la muerte del animal, un dato que cuestiona el estigma social del duelo animal y obliga a replantear cómo entendemos el dolor, el apego y la salud mental. Foto: Cortney Chummoungpak
Para una parte nada desdeñable de la población, la muerte de una mascota no es una pérdida menor ni simbólica, sino un golpe emocional profundo, comparable —y a veces superior— al que provoca la muerte de una persona cercana.
Un nuevo estudio científico realizado en el Reino Unido pone cifras a una intuición compartida por millones de dueños de mascotas: una de cada cinco personas que ha perdido tanto a un ser humano como a su animal de compañía afirma que la muerte de este último fue la experiencia más dolorosa.
El dato no solo desafía prejuicios culturales muy arraigados, sino que plantea una pregunta incómoda para la psiquiatría moderna: ¿por qué el duelo por una mascota sigue siendo tratado como un dolor de segunda categoría?
Qué es el trastorno por duelo prolongado y por qué excluye a las mascotas
La investigación, publicada en la revista científica PLOS One y firmada por el psicólogo Philip Hyland, del Departamento de Psicología, en la Universidad de Maynooth (Irlanda), analiza por primera vez en una muestra amplia y representativa si el llamado trastorno de duelo prolongado —una categoría diagnóstica oficial en los manuales psiquiátricos internacionales— puede aparecer tras la muerte de un animal de compañía. La respuesta corta es sí. La larga tiene implicaciones científicas, clínicas y sociales que van mucho más allá del vínculo entre humanos y animales.
El trastorno por duelo prolongado (PGD) fue incorporado recientemente a la Clasificación Internacional de Enfermedades (ICD-11) y al manual diagnóstico de la Asociación Estadounidense de Psquiatría. Describe una forma intensa y persistente de duelo que interfiere gravemente en la vida cotidiana y que afecta solo a una minoría de personas en duelo.
Pero ambos manuales establecen una condición tajante: solo puede diagnosticarse si la pérdida es la de una persona. La muerte de un perro, un gato o cualquier otro animal de compañía queda explícitamente excluida, por muy devastadora que haya sido.
Uno de cada cinco afectados: cuando la pérdida del animal es la más dolorosa
Hyland parte de una paradoja evidente. Décadas de investigación científica han demostrado que los humanos establecemos vínculos emocionales profundos con nuestras mascotas, y que en esta relación se activan incluso los mismos mecanismos neurobiológicos que en las relaciones humanas más íntimas.
Sin embargo, cuando esos vínculos se rompen por la muerte del animal, el sufrimiento resultante carece de reconocimiento clínico y social. Para comprobar si existe alguna base científica que justifique esta exclusión, el investigador analizó datos de casi mil adultos británicos.
El estudio revela que un tercio de las personas adultas del Reino Unido ha sufrido la muerte de una mascota querida. Casi todos ellas, además, habían experimentado también la muerte de algún familiar o amigo cercano. Cuando se les pidió que identificaran cuál de esas pérdidas había sido la más angustiosa de sus vidas, el 21% eligió la muerte de su mascota, una proporción similar a la de quienes señalaron la muerte de un padre o de otro familiar cercano. En otras palabras, para muchas personas el duelo por un animal no solo es real, sino central.
Los síntomas del duelo por el fallecimiento de una mascota o un amigo son clínicamente idénticos
Más allá de la percepción subjetiva, los datos clínicos son aún más contundentes. El 7,5% de quienes señalaron la muerte de su mascota como su pérdida más dolorosa cumplían todos los criterios diagnósticos del trastorno de duelo prolongado según la ICD-11. Este porcentaje es prácticamente idéntico al de la muerte de un hermano, un abuelo, un amigo íntimo o incluso una pareja sentimental. Solo las pérdidas consideradas universalmente más devastadoras —la muerte de un hijo o de un progenitor— mostraron tasas claramente superiores.
El hallazgo desmonta la idea de que el duelo por una mascota sea, por definición, menos intenso o menos patológico. Pero el estudio va un paso más allá: los síntomas del duelo prolongado se manifiestan exactamente igual, tanto si la pérdida es humana como si es animal. La añoranza persistente, la dificultad para aceptar la muerte, el dolor emocional intenso o la sensación de vacío siguen el mismo patrón psicológico en ambos casos. No hay diferencias en la estructura ni en la expresión del sufrimiento.
Desde un punto de vista estadístico, la muerte de una mascota aumenta en un 27% el riesgo de desarrollar duelo prolongado, una cifra comparable a la asociada a la muerte de un padre o un hermano. Además, debido a la enorme prevalencia de animales de compañía en la sociedad actual, la pérdida de mascotas explica aproximadamente uno de cada doce casos de duelo prolongado en la población, más que algunas pérdidas humanas tradicionalmente consideradas de alto riesgo.
Cementerio para mascotas. Para millones de personas, la muerte de un perro o un gato no es una pérdida menor, sino una ruptura emocional profunda. Foto: Csaba Gyulavári
El problema del «duelo desautorizado» y el estigma social
Estos números obligan a replantear una frontera que hasta ahora se daba por sentada. Si el núcleo del duelo patológico es la ruptura de un vínculo de apego significativo —y no la especie del fallecido—, excluir a las mascotas del diagnóstico parece difícil de justificar. El propio Hyland lo expresa con una crudeza poco habitual en la literatura académica: aceptar los criterios actuales implica asumir que una persona puede cumplir todos los requisitos clínicos del trastorno y, aun así, quedar fuera del diagnóstico únicamente porque el ser perdido no era humano.
La cuestión no es solo teórica. El duelo por animales suele estar marcado por lo que los expertos llaman duelo desautorizado: una angustia que no recibe validación social y que, en ocasiones, genera vergüenza o aislamiento. Frases bienintencionadas pero hirientes, como «era solo un perro» o «puedes comprarte otro», siguen siendo habituales. Esta falta de reconocimiento puede agravar el sufrimiento psicológico y dificultar la búsqueda de ayuda profesional.
Paradójicamente, la ciencia lleva años mostrando hasta qué punto las mascotas ocupan un lugar central en la vida emocional de las personas. Estudios con resonancia magnética, mediciones hormonales y análisis conductuales han demostrado que la interacción con perros y gatos activa circuitos de apego, reduce el estrés y fortalece la regulación emocional. En muchas biografías, los animales no son un complemento, sino una fuente estable de compañía, identidad y sentido.
Por qué la psiquiatría podría estar equivocándose
El estudio también subraya un aspecto incómodo: la psiquiatría no es inmune a prejuicios culturales. La exclusión del duelo por mascotas de los manuales diagnósticos podría responder menos a la evidencia empírica que al temor de trivializar la disciplina o de ser acusada de medicalizar emociones normales.
Sin embargo, como recuerda Hyland, el diagnóstico de duelo prolongado no pretende hacer patológico el dolor, sino identificar aquellos casos en los que el sufrimiento se vuelve crónico, incapacitante y clínicamente relevante.
Reconocer que este trastorno puede surgir tras la muerte de una mascota no significa que todo duelo animal deba tratarse como una enfermedad mental. Significa, simplemente, aceptar que el sufrimiento humano no entiende de especies, y que negar ayuda a quien la necesita por una razón administrativa o simbólica es éticamente cuestionable.
Qué implicaciones tiene reconocer el duelo por mascotas
El trabajo tiene limitaciones, según reconoce el autor. Se basa en una muestra británica, utiliza cuestionarios autoinformados y no explora en profundidad factores como la eutanasia o las circunstancias de la muerte del animal. Pero sus conclusiones son difíciles de ignorar. En sociedades donde más de la mitad de los hogares conviven con animales, seguir considerando este tipo de duelo como algo marginal parece cada vez más desconectado de la realidad social.
Tal vez el dato más revelador del estudio no sea el porcentaje exacto de personas afectadas, sino lo que dice sobre nuestra forma de entender las relaciones emocionales. Para millones de personas, un perro o un gato no es un sustituto de un humano, sino un vínculo único, irrepetible y profundamente significativo. Cuando ese vínculo se rompe, el dolor no pide permiso a los manuales diagnósticos.
A fin de cuentas, como escribió Charles Darwin —y recuerda el propio artículo—, no hay una frontera tajante entre humanos y otros animales en la capacidad de sentir placer, dolor o apego. Quizá haya llegado el momento de que la salud mental, y la sociedad en su conjunto, empiecen a tomarse esa idea tan en serio como quienes lloran, en silencio, la pérdida de una mascota.▪️
TAMBIÉN TE PUEDE INTERESAR:
🐶 Los perros y gatos actúan como «lubricante» en las relaciones de pareja y amistad, según un estudio
🐶 Los perros pueden hacernos más cariñosos y sociables al cambiar nuestro microbioma
🐶 ¿Por qué tratamos a los perros como hijos? Ciencia, emociones y una nueva forma de familia
Fuente: Philip Hyland. No pets allowed: Evidence that prolonged grief disorder can occur following the death of a pet. PLOS One (2026). DOI: https://doi.org/10.1371/journal.pone.0339213

